30 Mason #2
—Necesitaba mi tiempo, y no creo que sea malo o raro que así fuera.
De eso no me arrepiento; cada cosa tiene su evolución natural.
No soy la misma persona que conociste en Soul Finder, ni el mismo vecino aterrado de que tuvieras una familia.
Uno no pasa de temer a los niños a amarlos.
Se necesita un periodo de adaptación y, además,…
—¿Además qué?
—No sé cómo sonará esto, pero… quererte como lo hago, el hecho de que daría lo que fuera por ti, no significa que de repente me gusten los niños.
Me gusta la tuya. Y no solo porque es parte de ti y eso la convierte en un ser precioso; extraño, pero precioso.
Sino porque a ella ya no le tengo miedo.
Me cae muy bien, de hecho. Y soy consciente, aunque he tardado en entenderlo, que por quererla no me voy a convertir en su padre.
Que ya tiene uno. Tú. Yo voy a ser su amigo, su confidente, si quiere; su aliado.
Voy a estar ahí para lo que necesite. Ah, y también voy a ser su jefe.
—¿Su jefe?
—Sí, va a trabajar para mí.
—¿Mi hija de nueve años, dices?
—Esa misma.
—Pero cuando sea mayor.
—No, no, empieza el lunes.
Grant se ríe y niega con la cabeza antes de atraerme de nuevo hacia él y darme un abrazo.
Y, ahí, apoyado en su hombro veo el libro que tiene sobre la mesa. Si los gatos desaparecieran del mundo.
—¿Sabías que…? ¿Cuándo…?
Grant sigue la dirección de mi mirada. Sonríe. Es una sonrisa más tierna, más… nostálgica, diría que incluso triste.
—La primera vez que mi padre me propuso la cita a ciegas di por hecho que me quería emparejar con una mujer y obvié todas las evidencias que me gritaban que eras tú. Pero lo del pastel de ruibarbo, verte leyendo el libro el día que Tequila dio a luz…
—Qué fuerte que el señor Porche sea tu padre —es lo único que se me ocurre decir porque estoy flotando en una nube.
—Se llama Thomas, Thomas Marshall. Y tú puedes llamarlo Tommy.
Entonces me doy cuenta de algo y le doy un pequeño puñetazo en el brazo.
—¡¿Y no me lo dijiste?!
—Au —exclama de forma fingida, sonriéndome—. Lo iba a hacer. Quería hacerlo bonito, en este restaurante, porque tienen una tarta de ruibarbo y manzana que te va a enloquecer. Es una larga historia que, por suerte, tendré tiempo de contarte.
Lo miro. Me mira y vuelve a besarme. Tiene ambas manos en mis mejillas. Me sostiene, me devora, me abruma. Es un beso lleno de deseo, de felicidad, de… tantas cosas.
—Te quiero —me dice cuando me aparto para coger aire.
No me espero tal confesión, lo que hace que me quede muy quieto y abra los ojos como platos.
—¿Sí? —logro articular.
—Te acabo de comer la boca como si fueras la única fuente de agua en el desierto. Muy mal lo tengo que haber hecho para que no lo hayas pillado antes.
—Me quieres.
—Estoy loco por ti. Te he echado de menos cada día. Le he dado mil vueltas a todo y me he culpado de mucho. Pero ahora estás aquí y tendremos tiempo de hablarlo. Te quiero. Por triplicado. —Hace una pausa—. Por cuadriplicado, incluso.
—¿Eh? —Al final sí voy a ser un poco tonto.
—Lo digo porque nuestras vidas se encontraron por cuatro caminos distintos.
Ryder también nos intentó liar; todo lo de la feria y el helado para perros fue su excusa, orquestó una cita a ciegas en el gimnasio.
Solo que para nosotros no era tan ciega.
Nos conocíamos mucho más de lo que creíamos en aquel entonces.
Y ese día en el Langston me enamoré otro poquito de ti, de otra de tus capas.
—Me acaricia la cicatriz del ojo y luego me desliza el pulgar por la mandíbula—.
Te quise como Colmillo Blanco, como el loco de los gatos —sonríe cuando le doy otro puñetazo—, y me enamoré de ti leyendo y releyendo la lista que le hiciste a mi padre.
Leyendo tu libro favorito, uno de los pocos de ficción que sí lograbas acabar.
—Me quieres —repito otra vez, pero más contento. Esta vez es más un: «¡Me quieres!».
—Cada día un poco más, en todas tus facetas.
—¿Y como Mason? ¿Me quieres también como Mason a secas?
—Todos esos son Mason. Distintas capas de Mason, como un khanom chan sofisticado y delicioso.
—¿Así que tu plan B era soltarme un discurso de Perdidos? ¿Cuál? —me pregunta esa noche cuando estamos acurrucados en mi cama en una postura un tanto incómoda porque estamos rodeados de animales por todas partes.
Hemos tenido una buena sesión de sexo sucio y sudoroso a modo de reconciliación física, y una charla de horas en la que nos hemos dicho muchos «te quieros» y nos hemos sincerado a corazón abierto.
Mis errores, los suyos, lo mala que es la falta de comunicación.
Hemos decidido hablar las cosas siempre de frente y que nuestras inseguridades no nos hagan tomar decisiones de las que podamos arrepentirnos.
—No, el plan B era usar los ojos de Gato con botas de Mabel y que te apiadaras de mí por no romperle el corazón a una pobre niña.
Grant suelta una carcajada y aprieta más los brazos a mi alrededor.
—Lo de Perdidos era la segunda parte del plan A, por si lo de Grandes esperanzas me salía mal —le digo mientras dibujo un corazón en su piel con el dedo, a la altura del pecho—.
Era una adaptación de la carta que Penny le escribe a Desmond —explico, apoyado en su pecho, deleitándome con el tacto de su mano en mi pelo.
Me besa en la cabeza y suspira.
—Qué capitulazo.
—Como sabía que gracias a ese capítulo empezaste a leer a Dickens…
—El final de esa carta… «Lo único que necesitamos para sobrevivir es una persona que nos quiera de verdad…» —empieza a decir él, citando a Penny en el capítulo Nuestro amigo común.
—«… Y tú la tienes. Te esperaré. Siempre» —termino yo.
Se hace el silencio durante largos minutos. Un silencio cómodo en el que se oye el ligero ronronear de Manchitas y nuestras respiraciones saciadas y tranquilas. Pero también es un silencio cargado de emociones, de planes que se ciernen en el aire.
—Entonces —me atrevo a decir, trayendo a colación una de nuestras conversaciones más recientes; una de las más importantes, vital y cambiavidas—, ¿nos mudamos contigo?
—¿Mudamos? ¿Quiénes?
—Mis seis gatos, mis dos perros y yo —digo en voz baja sin atreverme a mirarlo.
—Seis gatos, dos perros y tú —repite Grant, meditabundo.
¿Se lo está pensando? ¿Ya se ha arrepentido? Creí que ese «Te quiero en mi vida, en mi casa y en mi cama desde ya hasta el último minuto de nuestras vidas», referencia a mi declaración de amor dickensiana incluida, quería decir precisamente eso.
—Mierda, ¿no era eso lo que querías? ¿Te he… entendido mal?
—Ey, ey. —Me sujeta de la barbilla y me hace alzar la cabeza para mirarlo. Tiene la sonrisa más bonita y más tierna del mundo—. Me has entendido perfectamente. Te quiero conmigo; para siempre, aunque te mudaras con veinticinco zarigüeyas.
—Sabes que eso no es verdad.
—No, no lo es, me ha dado un infartito de solo pensarlo. Pero seis gatos, dos perros y tú suena a final feliz.
—Lana del Rey dijo en una entrevista que siempre ha tenido debilidad por los finales, que tiende a romantizar la última escena. Y… lo entiendo. Con finales así, como el nuestro, me leería el libro una y otra vez.
—Pero esto no es el final; es el principio. Y lo vas a leer entero conmigo.
Eso vamos a hacer. Ya lo creo que sí.