28 Mason #2
Cuando me despido de mi madre, lo hago con un fuerte abrazo y varias promesas.
La de venir más a menudo aparte de por motivos perrunos; la de hacer al menos una videollamada a la semana para vernos las caras, para que nuestras expresiones hablen; y la de ella de mudarse a Eeriewood cuando lo arregle todo…
Le va a doler dejar la casa en la que amó y vivió durante tantos años, pero quizá ha llegado el momento de crear nuevos recuerdos y mirar al pasado con cariño y una sonrisa.
Vivir en lo que fue no es bueno ni sano.
Y no va a dejar de querer a mi padre por mudarse e intentar no estar triste.
Es todo un poco Dark Paradise, de Lana del Rey.
Ariel viene a despedirse y me promete venir a visitarme pronto. Bromea con que no descarta mudarse él también a Eeriewood y montar una nueva floristería con mi madre. O solo. O con los gatos. Muy gracioso, el sireno mudo.
Mabel aparece cinco minutos después de que haya sacado a todos los animales y les haya puesto agua; y lo hace como siempre: de manera sigilosa.
El corazón me late desbocado al verla, pero esta vez no grito y ella no me devuelve el grito. Nos miramos, ella con un gesto enfadado y yo… a punto de llorar.
Está cabreada, por mi culpa, yo he hecho esto. A una niña. A una amiga. A una íntima amiga, hija del amor de mi vida. Yo solito.
—Si quieres entrar, Leia y los gatitos están dentro.
Me mira de forma suspicaz. Creí que llamar Leia a Tequila sería como ofrecerle una pipa de la paz, pero supongo que se le ha escapado la metáfora.
—Te fuiste —me dice, y creo que está a punto de llorar. Al final lloramos los dos. Menudo panorama.
—He vuelto.
—¿Te vas a volver a ir? —Mira hacia el interior de la casa.
La puerta de cristal está abierta y varios de los gatos y los dos perros salen a verla. Se ríe y llora mientras los abraza. Toto la lame, ella coge a Camaleón y Mr. Gruñón mueve la cola con tanta vehemencia que tengo que apartarlo para que no le haga daño.
Cuando la cosa se calma un poco, Mabel me mira y me vuelve a repetir:
—¿Te vas a volver a ir?
—No.
Se seca las lágrimas con el antebrazo y luego se pasa la manga de la camisa de fresitas por la nariz, quitándose los mocos como una niña salvaje cualquiera. Luego asiente, como si hubiera tomado una decisión.
—Vale. Que sepas que, si eso me lo dijera otra persona, creería que es como cuando la madre de mi amiga Felicia nos dijo que su hámster se había unido al circo.
—Se murió, ¿no?
Ella asiente.
—Pero si tú —incide mucho en el «tú»— dices que no te vas a volver a marchar, aunque suene a mentira después de lo que has hecho, te creo.
—Lo siento. —Me sorbo la nariz.
La miro y lo hago por primera vez sin ver su edad. La miro y veo a una chica lista, trabajadora, bondadosa y leal. No es pesada, no es cargante, es graciosa y… se parece tanto a su padre en los gestos que se me encoje el alma. En lo demás es igual que su madre: una loca.
—Nos dejaste.
—Necesitaba tiempo —declaro, apartando la vista. No quiero que me vea llorar. Soy adulto. Debería ser un ejemplo, debería ser… mejor. Debería…
—¿Tiempo para qué? ¿Para olvidar a mi padre?
No sé qué contestar. Pero lo hago, sin pensar.
—No creo que pueda olvidar a tu padre jamás.
Yo mismo me sorprendo de mi confesión. La miro.
Ella me mira con la cabeza ladeada y ojos vidriosos.
Se sienta en el escalón que conduce a la puerta corredera del salón.
Me siento a su lado porque la veo tan triste…
Mabel no es una niña triste, de hecho, es luz.
Una luz extraña, pero luz, al fin y al cabo.
—Ya sé por qué no estás con él. —Las lágrimas le caen por las mejillas otra vez.
No sé qué hacer. ¿La abrazo? Nunca lo he hecho, aunque ella a veces me saludaba rodeándome la cintura en un arrumaco liliputiense muy tierno.
Pero yo nunca he iniciado contacto, siempre me ha parecido raro.
Ahora quiero abrazarla, consolarla, decirle que no me voy a ir y que, si su padre me deja, me quedaré siempre a su lado.
Pero claro, no estoy seguro de que ese sueño que tengo de que Grant me quiera como yo a él sea real o pueda convertirse en real. Es solo eso, un puto sueño.
—Lo nuestro no… —empiezo a explicar. Pero me detengo porque no sé qué decir.
—Sé que es por mí, porque no me quieres.
—¡¿Qué?! ¿Por qué dices eso? Yo…
—Oí cómo papá se lo decía a mamá. No saben que lo escuché, pero le dijo que no habías podido con el peso de una niña, de una familia.
La abrazo, no me contengo. La abrazo y le doy un beso en la coronilla que huele a colonia de bebé y a hogar. A Grant.
—Shhh, Mabel. Te quiero, claro que te quiero. Mírame. —Le levanto la carita llena de lágrimas—. ¿Me notas en los ojos que es verdad? ¿Que te quiero y que me encanta estar contigo, y que creo que eres muy buena y me caes muy bien?
Tarda, pero asiente. Asiente con sus lágrimas y sus mocos y, cuando habla, lo hace aún entre sollozos:
—Si yo sabía que te caía bien, o lo creía. Pero luego te fuiste y papá se puso tristísimo y empezó a decir que te había perdido, que nunca debió enamorarse de ti, pero que no era tu culpa, porque tú siempre se lo habías dejado claro…
—Espera, ¿le oíste decir todo eso? ¿Que estaba enamorado de mí?
—Ajá. Él no sabe que lo oí. Y luego lo hablé con el abuelo. Porque el abuelo y yo teníamos un plan para arrejuntaros y…
—¿Tu abuelo? ¿Qué pinta tu abuelo en todo esto?
Joder con la niña, desviándose del tema vital, que puede que Grant me quiera, que hay esperanza. ¿Qué cojones me importará a mí el abuelo de la criatura?
—Mi abuelo. —Señala hacia los jardines del señor Porche y la señora de los rizos caobas—. Siempre creyó que haríais buena pareja. Y tenía un plan.
Ay, madre mía. Madre mía. Madre mía.
—¿Quién es tu abuelo, Mabel?
—El abuelo Marshall. Tú lo llamas señor Porche.
Ay, madre mía. Madre mía. Madre mía.
—Cariño, levanta de ahí —le pido, teniéndole una mano, aunque me siga pareciendo raro de cojones—. Tú y yo nos vamos a ver a tu abuelo. Tenemos un plan que trazar.