28 Mason
VEINTIOCHO
MASON
La rutina. Ay, bendita rutina. Me envuelvo en ella como si fuera un bálsamo, ungüento para el alma.
Estar aquí me traslada a los días de niñez, a mi juventud.
Huele a hierbas y a flores frescas. Y a frío.
Es una casa fría. Pero si logras traspasar esas capas de recuerdos más tristes y experiencias más regulares, hay calidez.
La de mi madre ante mi presencia, ante la de mis animales, que lo llenan todo con su calor.
Ahora dice que quiere adoptar un perro, o unos gatitos.
Le digo que los de Tequila ya tienen casa para dentro de un par de semanas.
Me han llamado de la protectora para confirmarme que la respuesta al anuncio ha sido muy positiva y ya han cerrado las adopciones. A Mabel le va a dar mucha pena, pero…
Mabel. Ay, Mabel. Lo muchísimo que la echo de menos.
Nunca creí que diría algo así, que me sentiría de esta forma por un…
ser pequeñito, por una criatura extraña donde las haya.
Pero llenaba mi día a día en tantos aspectos…
No hago más que pensar en cómo le gustaría estar ayudando a Capitán América y a Iron Man —así llamamos a los perros rescatados de la mierda de peleas clandestinas—, lo que sufriría al ver lo rotos que están, y también lo que le alegraría ayudarlos a sanar, a confiar, a encontrar una casa llena de paz y amor.
Grant. Ay, Grant. Estoy tan triste… Tan arrepentido por haberle hecho creer que Mabel era un obstáculo entre nosotros…
Lo era, al principio. Igual que las mil cosas que me aterrorizaban de él, de empezar algo que tenía todas las papeletas para romperme.
Pero me acogieron, me cuidaron, me arroparon.
Y yo me enamoré, y me acojoné y me fui como un puto cobarde.
Pero esa mirada cuando vino a buscarme… Era pura agonía.
Incomprensión y dolor. ¿Podría ser…? Echo tanto de menos su presencia, sus besos, su olor, su comida...
Remy. Oh, Remy. Me quedaría a vivir en alguno de nuestros chats, que releo y releo sin cansarme.
Me escribió hace cuatro días, borracho, creo, porque yo estaba en línea y lo veía escribir, borrar, escribir, borrar un mensaje con errores tipográficos…
Cosas tan impropias de él. Me decía frases de Desmond en Perdidos.
Remy: Nos vemos en otra vida, hermano.
Remy: No puedes cambiar el pasado; lo que pasó, pasó.
Remy: No sé dónde estoy. Te quiero, Penny, siempre te he querido.
No tuve el valor de contestar. Y, cuando al día siguiente me conecté, los había borrado.
No lo he bloqueado, cosa que pensé hacer a modo de autocontención, para no sentirme tentado a responder con un: «Te quiero y quiero estar contigo toda la vida» en mayúsculas.
O algo más nosotros, quizá un «Si algo sale mal, Desmond Hume es mi constante».
¿Y si lo hago? Todas las mañanas me pican los dedos por escribirle justo eso.
Pero sin lo de Desmond. Con su nombre. Porque él es mi constante.
También me muero por marcar su número, escuchar su voz ronca y sexi, decirle que lo necesito, que lo quiero con locura, que me quiera, que por favor me quiera.
Luego se me pasa. Me siento pequeñito y raro, y se me pasa.
Y es que no me he olvidado de lo que sentí allí, en aquel hospital desangelado, esa sensación de soledad, la mordida de tristeza.
No era la primera vez que me pasaba, pero estar con ellos me había dado la falsa sensación de que nunca más volvería a sentirme…
solo. Y, de repente, todo se derrumbó. Mi alma se partió en tres y ellos se llevaron dos de las mitades, las más grandes, dejándome con un pedacito que no era nada.
Recuerdo a aquella niña igual de extraña que esa otra a la que había aprendido a querer, dibujando a mis animales mientras me miraba como si yo fuera…, pues yo. Quizá de la misma manera en que me miró Mabel la primera vez, con curiosidad.
Puede que nunca entienda a los niños, pero tal vez no necesite hacerlo, de la misma forma en que el mundo no necesita entenderme a mí.
Solo necesitamos encontrar a personas y quererlas.
Y yo los había encontrado a ellos, o quizá fueron ellos quienes me encontraron a mí —y a mis seis gatos y a mis dos perros—, y los quería —quiero— muchísimo.
Por eso me fui, porque me moría de miedo. Por eso no me atreví a mirarlo cuando vino a mi casa. Por eso soy incapaz de regresar a él. Me aterra volver a sentirme igual de solo cuando ya sé lo que es tener… familia.
Encontrar al amor de tu vida es jodido, pero que ese amor sea también tu alma gemela…, eso sí que es una rareza, casi un imposible.
Es curioso, pero Ari no hace más que decírmelo, y tiene razón: toda la vida enamorándome a primera vista, creyendo vivir historias de amor no correspondido trágicas y fugaces, creyendo que todo eran enamoramientos especiales y maravillosos, felices para siempre a la vuelta de la esquina, y luego el amor llamaba a mi puerta de verdad y por primera vez en la vida, y yo ni oía el timbre.
No le abría la puerta. Podría decirse incluso que sí fui a abrir, pero que no vi a nadie en el umbral.
Como una de esas bromas de críos, que llaman al timbre para luego salir corriendo.
¿Seré tonto? ¿Puede que, al final, sí que lo sea?
Me flagelo, lloro, trabajo con los perros superhéroes, ceno con mi madre, me flagelo, lloro un poco más. Y así cada día. Bendita rutina.
Mi madre. Ay, mi madre.
Ha dejado de beber. Ha sido progresivo. De estar sobria jueves y domingos, a cuatro días por semana, a cinco y a seis.
Los viernes se le resisten. Pero tiene que dejarlo del todo o no lo dejará nada.
Una copa de vino al día podría estar bien, cuatro por norma, no.
Y lo sabe, y lo intenta y sé que pronto dejará las copas de los viernes.
Es extraño verla sobria después de tantos años con ese velo cubriéndole los ojos, las palabras; como también lo es que intente cocinar, que sonría y me pregunte si quiero ver alguna película, o ir al cine, o si tengo novio.
La primera vez que me lo preguntó, esa primera noche en Winter Falls, me eché a llorar y se lo conté todo.
Su abrazo fue frágil y tembloroso, pero cálido.
Ha perdido peso y vitalidad, pero sigue oliendo como siempre.
Vuelvo a ser un niño que respira en cuanto su madre consigue calmarlo.
Le he dicho que venga a Eeriewood conmigo y ha accedido.
No de forma inmediata, quiere gestionar la floristería con Ari y pensar bien qué hacer.
Pero lo hará. Sé que sí. Y sé que estará bien.
A veces, me pongo alguno de los vídeos de Grant; no ha subido nada nuevo, pero tengo muchos antiguos donde elegir.
Los veo con mi madre, y luego intentamos imitar las recetas y acabamos llorando y excusándonos en lo mucho que odiamos las cebollas.
Me pregunto si todo consiste en dejar que el dolor se vaya como lo hace el tiempo y la vida.
Vivimos en un tren con una sola dirección —infinitos destinos—, y no se detiene.
Dos semanas y media llevo en este sinvivir dramático.
Parece una eternidad. Ahora estoy en casa de mi madre, he dejado a Capitán América y a Iron Man descansando tras una sesión muy intensa, me he tirado en el sofá rodeado por mis animales y he abierto Soul Finder.
Nada más entrar, me llega un mensaje de Ryder.
El Espectro: Es hora de que vuelvas. No puedes huir para siempre. Y en la urbanización echamos mucho de menos a tus animalitos.
Colmillo Blanco: Ya. Di también que estás harto de dar de comer a los gatitos de la colonia.
El Espectro: Eso también. Pero he liado a Billy y por la mañana lo hace él con un par de amigos. Por la noche vamos James y yo y nos lo montamos en la sombras, es como ser adolescente otra vez.
Colmillo Blanco: No sé si estoy preparado.
El Espectro: Pues te preparas. Respira; una, dos, tres veces. Lo he visto, ¿sabes? Tiene mala cara. Y la niña va como un alma en pena por los jardines. Te ha cambiado por un señor mayor.
Colmillo Blanco: ¿Grant?
El Espectro: No, la niña.
Colmillo Blanco: ¿?
El Espectro: Mira, Mason, que vuelvas. Que vayas a buscarlo y te pongas de rodillas. Y luego, ya sabes. O se la chupas o le pides la mano, lo que quieras.
Colmillo Blanco: Grant no es de casarse.
El Espectro: Pero sí es de almas gemelas, igual que tú. Y vosotros lo sois. Y, además, no se me escapa que no has dicho que no quieras unir vuestras vidas por toda la eternidad, solo que a él no le va el matrimonio.
El Espectro: Y eso está bien, lo que importa es algo más profundo que un trámite legal. Lo que importa es el alma. ¿Has visto? Publicidad subliminal de mi aplicación.
El Espectro: No le digas a Levi que he dicho que Soul Finder es mía, que se encabrona que no veas. Bueno, entonces, ¿cuándo vuelves?
Colmillo Blanco: ¿De verdad crees que está mal?
El Espectro: De verdad creo que deberías volver y comprobarlo.
Quizá era el empujón que necesitaba; tal vez no haya sido el más fuerte de todos, mi madre y Ariel me animan a volver y a hablar con Grant unas setecientas veces al día, pero era el que necesitaba.
Porque pensar que puedan estar tristes sin mí —aunque egoísta— me da esperanza. ¿Y si ellos también me quieren?
Así que tomo una decisión: terminar las sesiones que me quedan con mis superhéroes y volver a casa.
Viajaría a Winter Falls dos días por semana durante un par de meses para hacerles seguimiento, eso sí.
Es un proceso largo y sé que los dejo en buenas manos.
Pero si Jess no se viera capaz, podría llevármelos a Eeriewood conmigo y así Mabel podría ayudarlos.
O, si Grant nos deja, podría venir ella conmigo al hospital veterinario de Winter Falls… De repente, tengo muchos planes.