Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 27 Grant
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27 Grant

VEINTISIETE

GRANT

Estoy, pero no estoy. No tengo ni idea del tiempo que ha pasado.

Tengo la cabeza agarrotada y no se me quita el susto de encima, y eso que no lo he vivido en directo.

Escuchar a Martha contar cómo a Mabel se le pusieron los labios morados y los ojos en blanco antes de desmayarse…

Me estremezco. Y las pulsaciones no disminuyen, como si mi propio cuerpo temiera el hecho de que todo se puede ir a la mierda en cualquier momento y tuviera que estar en alerta permanente.

Miro a la cama, donde Martha le promete a nuestra niña que la llevará a la playa antes de que se acabe el verano.

Va a aprovechar la casi muerte hasta el infinito. Ya lo veo venir.

—¿Has llamado a tu padre? —me pregunta Martha, mientras le acaricia el pelo a Mabel como si fuera de la porcelana más fina y tuviera miedo de que se rompiera.

—Está en Greyson, en una excursión del ayuntamiento. Ahora que por fin se está animando a salir no he considerado oportuno alarmarlo. Mabel está bien.

Miro el suero que tiene inyectado en el brazo.

Está bien. Es algo que me tengo que repetir.

Ha sido algo puntual y solo quieren dejarla en observación por si acaso, y porque nos hemos puesto un poco pesados.

La gastroenteritis está en remisión, no les preocupa.

En unas horas le darán el alta y volverá a corretear con los perros de Mason por el jardín.

Mason.

Entonces escucho la voz de Leo y soy consciente de que está ahí con nosotros, apoyado contra la pared con dibujos de mariquitas, dedicándoles a su mujer y a mi hija una sonrisa llena de cariño.

La mente se me despeja de golpe, salgo del abotargamiento como quien sale a la superficie tras estar mucho rato debajo del agua.

—¿Dónde está? —le pregunto a Leo—. ¿Quién te ha dejado pasar?

—Yo, hace un rato —contesta Martha, que no deja de mirar a Mabel como si fuera a dejar de respirar de nuevo si aparta los ojos de ella—. Te dije que le había pedido al enfermero que, por favor, lo dejara pasar. ¿Estás bien? —pregunta, su tono preocupado, en cuanto me ve levantarme.

—Se supone que solo dejaban entrar a la familia.

—No necesito mirar a Leo para saber que he metido la pata.

Echaré la culpa a mi estado emocional y espero que Leo no se cabree, aunque esté en su derecho por el desplante—.

Me refiero a la familia directa —añado, creo que empeorándolo, a juzgar por su cara.

—Soy familia directa —replica él —. Estoy casado con Martha.

No creo que sea el momento de decirle que eso no es familia directa, pero que, para mí, a todos los efectos, lo es, por supuesto que lo es.

—Lo siento. —Espero que la sinceridad traspase mi voz, a pesar de mi preocupación—. Pero me dijeron que no dejaban entrar a nadie más y él está fuera —añado, dirigiéndome a la puerta.

—Estaba en el pasillo conmigo cuando Martha me dijo que podía pasar.

Miro a mi ex, que sigue al lado de Mabel, ahora dormida.

—¿Por qué no lo trajiste contigo?

Ella se encoge de hombros.

—Porque no sabía si lo querías aquí. —Habla en susurros y yo no tengo claro si empezar a dar gritos o irme sin responder.

—¿Cómo no lo voy a querer aquí?

Con cuidado de no despertar a la niña, se levanta para situarse delante de mí.

—Grant, tómate un momento para razonar. Llevas desde que Mason entró en tu vida afirmando que no puede ser, que él no quiere niños…

Que no se lo cree nadie, y yo menos, porque lo he visto con tu hija.

Pero no quiero hacer nada que te incomode por mi cuenta y que luego tenga consecuencias.

No puedes echarme la culpa de tus decisiones.

Si quieres que ese chico esté aquí, sal y díselo.

Te has olvidado de él y lo entiendo, Mabel es lo primero.

Pero ahora nuestra pequeña está bien y tú estás aquí enfadándote por decisiones que has tomado solo.

—No me he olvidado de él. Creí que no podía pasar y…

Me siento miserable, egoísta.

—A lo mejor no lo dejan; o a lo mejor tiene que salir uno de nosotros para que él entre. Pero está bien, lo haremos. Ve a buscarlo y, si lo quieres aquí, díselo. ¿A qué estás esperando?

¿A qué estoy esperando? No tengo ni idea. El corazón me aporrea el pecho y me siento fatal. Culpable, ruin.

—Si no quiere pasar, lo llevo a casa en un momento y vuelvo, ¿vale?

—Si no quiere pasar, no te agobies; es normal. No quiere decir que no aprecie a nuestra niña. Pero quizá es… mucho. Y un poco incómodo, ¿lo entiendes?

No le digo que mi miedo es otro. Que va más allá.

Mi miedo es que no esté. Que se haya ido, que mi paternidad, el egoísmo que por lo visto me saca en los peores momentos, sea demasiado para él.

Mi miedo es que desaparezca. Porque ahora sé que, si se va, Mason dejará un hueco enorme, no solo en mi vida, sino también en la de mi hija.

Porque lo he dejado entrar; le he abierto las puertas de par en par y ya no hay modo de que las cierre.

Porque se me han acabado las fuerzas. Porque estoy loco por él.

Mi miedo se confirma cuando salgo y descubro que la silla está vacía. Voy a sacar el móvil del bolsillo, dispuesto a llamarlo, y me doy cuenta de que no lo tengo. Con las prisas salí con lo puesto y no me lo he traído.

De pronto, una señora que tiene a una niña adormilada en sus brazos, me tiende un papel.

—¿Eres Grant? —me pregunta.

Ante mi asentimiento, me sonríe y, en voz baja, me dice:

—Eres igual a como te ha descrito. Toma.

Me quedo mirando el papel un buen rato. Me cuesta reaccionar. Estoy muy lento. Y muy idiota, y muy miserable.

—Gracias.

El pulso se me acelera cuando lo desdoblo y leo la nota de la parte superior:

«¿Puedes darle a Mabel el dibujo? No es mío, dibujar no se me da bien. Pero a la niña que me lo hizo sí, así que le enseñé fotos de Tequila y los bebés.

Dile que los cuidaré muy bien.

Mason».

Se me forma una bola en la garganta cuando veo que no hay nada más; nada para mí, ninguna explicación. Solo el dibujo de Leia con sus crías.

—Lo hizo mi hija mientras esperaba a que la pasaran.

—Gracias. —Le clavo la mirada; tiene los ojos cansados, pero emana dulzura—. ¿Su hija está bien?

—Tiene días mejores y peores, como todos —es lo único que dice y yo no le pido más explicación.

—¿Hace mucho que se fue?

—Media hora, creo.

Me guardo el papel en el bolsillo trasero de los vaqueros y salgo del hospital con la desagradable sensación de que, suceda lo que suceda cuando lo vea, no va a ser bueno.

Encuentro las puertas de su coche abiertas; me asomo, tiene a toda su familia gatuna y perruna ahí.

¡¿Por qué?!

Se me encoge la tripa al pensar en el significado.

—¿Mason? —lo llamo y me apresuro hacia su casa.

Lo encuentro en el salón, mirando hacia el ventanal.

Tiene el pelo alborotado, la ropa alborotada y, cuando se gira al oír mi voz, veo que tiene la mirada aún más alborotada.

Sus ojos cristalinos, sus mares en calma, son pura tempestad.

Hay tristeza o rabia… Y luego dice que es él quien no sabe interpretar las emociones humanas.

A medida que me acerco —porque él está quietísimo—, a medida que el espacio se estrecha entre nosotros, me da la impresión de que estamos más lejos.

No hay pasión en su mirada, esa chispa que parece explotar cada vez que me mira.

¿Ha alcanzado su límite? ¿Le he puesto la línea de meta demasiado lejos, demasiado arriba, y se ha tenido que rendir antes de llegar a ella?

Me siento cohibido, extraño, tanto como el chico que me observa con una expresión que no sé interpretar, porque estoy demasiado nervioso y no estoy acostumbrado a las borrascas de sus ojos.

—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué están tus animales en el coche?

Mason mira a cualquier parte menos a mí y yo soy incapaz de dejar de hacerlo.

Necesito encontrar al chico que un día llamó a mi puerta y supe que no podría volver a cerrarla, el mismo chico que he sentido temblar entre mis brazos.

El chico al que quiero. Dios. Me he enamorado de él hasta el tuétano.

Me acerco un paso, dos; él retrocede.

—Mason. ¿A dónde llevas a tus animales?

—Me ha salido un trabajo en Winter Falls…

No lo dejo terminar. Me coloco delante de él y tomo su rostro entre mis manos.

Por un momento, solo un instante, veo a mi chico, a mi loco de los gatos, a mi puto corazón.

Pero la imagen se pierde y al final solo queda esta persona que quiere que me vaya.

Eso dice su mirada turbulenta y empañada: que me vaya.

—Estaré allí un tiempo —susurra.

Me aparto de él con brusquedad. Porque no lo entiendo, no entiendo nada. La voz le tiembla, pero su gesto es firme y yo… Y yo…

—¿Por trabajo? ¿Hasta cuándo?

Se encoge de hombros y baja la vista.

—¿Es por…?

No, por favor. No puede ser. ¿Lo de Mabel le ha venido demasiado grande?

—Me ha salido una cosa, unos perros de pelea rescatados y… Necesito irme, ahora mismo aquí no… Esto es… un poco raro.

¿Necesita irse? ¿Lo necesita?

—¿Cuándo dices «esto», te refieres a nosotros?

—Sí.

—Y es raro ¿en qué sentido? —quiero saber. Me estoy desmoronando.

—Ya sabes, estamos en un punto… raro, no sabemos si queremos lo mismo. —Traga saliva—. Ya sabes que quiero tener pareja. Alguien de verdad, para toda la vida. Que me quiera y quererlo…

—¿Alguien de verdad?

Todo lo que está diciendo me mata un poco por dentro.

Me resuena en la cabeza, palabras sueltas que golpean contra las paredes de mi mente.

Noto un pitido en los oídos que no me deja concentrarme y, en parte, me alegro, porque si tuviera el poder y la capacidad de analizar la situación, creo que lloraría.

Y no he llorado en mucho tiempo. No lloré cuando Martha me llamó hace unas horas para decirme lo que había pasado con Mabel.

Y eso me hace sentir culpable y mal padre, y una mierda en general.

¿Llorar por él? ¿Por el tío que, mientras mi hija estaba en el hospital, ha hecho las maletas, ha metido su casa en un viejo coche y se iba a ir sin despedirse?

Una bilis que sabe mucho a rabia, a cabreo y a traición me sube por la garganta.

Cómo puedo pasar de sentirme horrible por creer que lo había apartado y ninguneado, a sentirme así: iracundo y con ganas de morder.

La pena en el rostro de Mason me provoca una punzada de dolor que intenta abrirse paso entre mi rabia y decepción, pero no es tan fuerte para el estado en el que me encuentro.

Estoy cansado, enfadado y… soy imbécil. Joder, ni siquiera me ha preguntado cómo está Mabel.

¿Qué puedo esperar después de eso? Nada. No espero nada.

—Mira, ante todo somos amigos y quiero…

—No, no lo somos —lo corto—. Ya no.

Me retiro hacia la salida. Él me alcanza al llegar a la puerta y me sujeta por el brazo.

—Grant…

Me detengo, clavo la mirada en su mano y él me suelta con un gesto de vergüenza.

—Mabel está bien, por cierto.

—Lo sé. No me habría ido si no fuera así.

—Ya. —Lo miro, pero él no me devuelve la mirada. El silencio parece alargarse entre nosotros como nunca lo ha hecho, y al final me canso de él. Estoy muy cansado—. Adiós, Mason.