26 Mason
VEINTISÉIS
MASON
Uno de mis capítulos favoritos de Perdidos es el penúltimo de la tercera temporada.
Entre otras muchas cosas —y hay muchas— es porque hay un momento en el que todo cambia.
De repente ves a un Jack con barba que no sabes de dónde ha salido, estás al borde del sillón hasta el final sin saber los cómos o los porqués. Sin saber cómo han llegado hasta allí.
Ahora mismo me siento así. No como Jack Shepard, que pocas veces lo he visto tan perdido como en ese capítulo; me siento como un televidente más, presenciando tan tremendo espectáculo por primera vez.
Desorientado.
No es la primera vez que me siento así desde que mi camino se cruzó con el de Grant, pero sí la primera en la que la sensación es tan potente. Y no para bien.
—Espérame aquí, ¿vale? Te llevaré a casa —me dice.
En las paredes del hospital, que parecen estrecharse sobre nosotros, Grant destaca aún más. Es más alto, más moreno, más… oscuro. Por imponente, por majestuoso.
—Puedo ir solo.
—Quiero llevarte. ¿Me esperas?
—Sí, claro.
Hace una hora y media, tras recibir una llamada de la veterinaria de Winter Falls, y tras debatirlo un total de medio minuto conmigo mismo, había decidido irme de viaje.
Hay un par de perros, rescatados de unas peleas clandestinas, a los que les podría venir muy bien mi ayuda, y cuanto antes, mejor.
Jess, la veterinaria, me enseñó por videollamada cómo estaban y la decisión se tomó casi sola.
Así que, tras organizar transportines, uno de ellos grande, para poder meter a Tequila con los bebés, y poner la red al maletero para los perros, me había acercado a decírselo a Grant.
Aunque no sabía muy bien cuál era el protocolo en estos casos, qué éramos, qué teníamos, qué se esperaba de mí.
¿Qué le diría? «Grant, me voy unos días, te llamaré».
¿Lo iba a llamar? ¿Para decirle qué? «Grant, me voy de viaje de trabajo, ¿nos escribimos?
». Esa me parecía mejor opción, habíamos vuelto a hablar bastante por Soul Finder y era maravilloso ver cómo crecía nuestra compatibilidad.
¿Podríamos tener sexo telefónico? Esa idea también me atraía, pero no sabía cómo plantearla…
Y en eso iba pensando, ensayando en voz baja lo que le iba a decir, cuando me encontré con Leo y me dijo que se iba al hospital, que si quería ir con él, que Mabel estaba ingresada y que le habían pedido que fuera a por ropa a la casa.
Por lo visto, se ha atragantado con algo cuando iba a vomitar.
Lleva dos días con gastroenteritis, como Toto, pero, según parece, el vómito se le ha atascado en un punto ente la laringe y la faringe, y se ha ahogado.
Se ha quedado sin respiración, ha perdido el conocimiento y todo…
Debe de haber sido horrible. Ya está estable, la van a dejar en observación solo por si acaso, pero el susto ha tenido que ser espantoso.
—Joder. —Leo apoya los codos en las rodillas y se frota la cara—. Esto es una mierda.
—Ya está bien, se queda por precaución.
—Lo sé, lo sé. —Suspira de forma audible—. Quiero a esa niña con locura.
Observo la tensión de sus hombros, el gesto de dolor en su rostro.
—¿Estabas ahí cuando…?
—Estaba en la cocina. Martha estaba tumbada con ella cuando ha pasado. La he oído gritar y… no puedo ni recordarlo sin estremecerme. Cuando hemos llamado a Grant, seguía temblándome la mano hasta el punto en que se me ha caído el teléfono dos veces.
—Bueno, ya está estable y tranquila. Rodeada de gente que la quiere.
Se me da fatal dar ánimos, debería callarme.
—¿No sientes que sobras? —me suelta como si hubiese estado conteniendo el aliento y, por fin, pudiese volver a respirar.
—¿Qué?
—Me refiero a ellos tres. En este momento están ahí dentro, dándose apoyo y queriéndose, cuando me encantaría tener a Martha entre mis brazos, estar con Mabel. En cambio, estoy aquí y, no sé, siento que sobro; también me siento un egoísta por pensar así.
Pienso en ello durante dos segundos y la respuesta me sale sola:
—Se le llama celos. Supongo que es normal. Es un hospital, no puede haber más gente y ellos son sus padres. No significa que sobres. Sé que estás ahí presente con Martha, aunque no estés.
—Lo sé, lo sé. Soy un capullo egoísta. —Me dedica una mirada intensa—. ¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿No te sientes incómodo? ¿No sientes que sobras?
Aparto la mirada y me dedico a tirar de un hilo suelto del pantalón.
—Yo no estoy celoso —declaro, y es la verdad—. Lo mío es distinto.
«Solo hay una persona en la que estoy interesado sexualmente ahora mismo y la tengo delante». El «ahora mismo» sigue siendo mi fiel compañero y me acompaña a todas partes, en cualquier pensamiento, cubriendo cada pequeña esperanza que se atreve a nacer en mi interior.
—Estás con Grant —dice Leo, ajeno a mis turbulencias interiores—. Puede que lleves menos tiempo, pero quizá por eso debería ser peor, ¿no? A mí me ha dado más tiempo de comprobar que no habrá nada entre ellos y aun así siento este aguijonazo de celos absurdo.
—Ah, pero es que yo sí sobro. —Veo que enarca las cejas, así que añado—: Estoy… de paso, digamos. Viviendo el momento —carraspeo—. Para mí estar aquí y poder acompañarlo es un regalo. Bueno, acompañarlo, ya sabes… —Señalo hacia la puerta de la habitación de Mabel.
—Quiere que estés aquí.
—Lo sé.
Y lo sé, de verdad. Cuando me ha visto me ha dado un abrazo tan intenso que aún siento sus brazos rodeándome.
También me ha dado un beso en la frente tan suave y a la vez tan profundo que me ha dejado sin habla.
Y ahora es como que me falta el aire. O al revés, como si alguien me hubiese abierto un agujero en el pecho y entrara aire en todas direcciones; no hay nada a lo que aferrarse, solo aire y vacío. Dios.
—Pues no digas que sobras —me dice muy serio.
Pero yo ya no escucho y no me salen las palabras.
Se me agarrota la garganta, el hueco de mi pecho se agranda y el aire entra cada vez a mayor velocidad.
Mis dedos no logran asirse a nada y sé que, si me dejo arrastrar, acabaré cayendo hacia el vacío.
También me escuecen los ojos. Mierda. Vaya momento para tener una epifanía.
Me levanto.
—Lo siento.
—¿Estás bien?
No. No estoy bien. No estoy nada bien. «Espérame». El corazón se me detiene para, un instante después, empezar a latir con fuerza. «Espérame». «Espérame». «Espérame».
Leo se levanta y se acerca a mí. Me dice algo, pero tengo la cabeza llena de ese «espérame» —que se mezcla con el «familia» y con el «ahora mismo»— y no me deja pensar. Luego veo cómo gira el cuello en dirección al pasillo y me señala a Martha, que le indica que pase con ella.
—Sí, voy —escucho que dice y yo me esfuerzo por sonreírle.
Me vuelvo a sentar y espero. Él me lo ha pedido. Tengo que esperar. Espero veinte minutos, media hora, una. Siento que estoy en ese pasillo, pero que también estoy lejos. Me siento solo. El corazón me late acelerado y, quizá, solo quizá, un poquito roto.
Cojo el móvil y escribo a Ariel.
Mason: Me caigo.
Ariel: ¿Metafóricamente?
Suelto una risa. O un sollozo. Algo sonoro que me saco del pecho.
Mason: Metafóricamente, pero yo lo siento muy literal.
Ariel: ¿Qué necesitas? ¿Te llamo? ¿Cómo de grave es la herida?
Mason: Del tamaño de mi puño.
Ariel: Mason…
Mason: Mabel casi se asfixia. Creo que se podría haber muerto. No sé si he sido consciente hasta ahora… Ya está bien, pero estoy en el hospital. En el pasillo, esperando.
Mason: El médico ha dicho que mañana volverá a casa, o quizá esta noche, que quieren tenerla unas horas en observación. No estoy seguro de que ese sea el parte ahora mismo, nadie me ha dicho nada más. El caso es que se pondrá bien.
Ariel: ¿Tu chico está con ella?
Mason: Están todos dentro menos yo.
Mason: No creo que sea mi chico. Me dijo que lo esperara, que me llevaría a casa. Pero de eso hace más de una hora ya…
Ariel: Yo creo que sí es tu chico. Y, a lo mejor, si preguntas a alguna enfermera…
Mason: No puedo. Este es mi sitio. Tengo que esperar aquí.
Ariel: ¿Cómo que es tu sitio?
Mason: Porque sobro.
Ariel: No digas eso.
Mason: Pero es verdad.
Ariel: Mase, no digas que sobras. Tú nunca sobras. Solo haces más colorida y bonita la vida de aquellos que están a tu alrededor.
Mason: Pero si siempre voy de blanco o negro…
Ariel: Colores fiables. Compatibles. Muy bonitos. Y fíjate, combinan con todo.
Mason: Ari, lo quiero. Me he enamorado de él.
Ariel: Lo sé, idiota. Lo has hecho por partida doble, además, sin saber que te enamorabas de la misma persona.
Ariel: ¿Y te das cuenta de que siempre has dicho que te enamorabas muy rápido, que tenías un amor de tu vida al mes y todo eso? Con él no ha sido así.
Ariel: Con él has renegado del concepto, te has negado a hablar de amor, hasta que el amor se ha negado a ser ignorado, se te ha subido a la espalda y ahí lo llevas, a caballito.
Mason: Espoleándome hasta hacer sangre.
Ariel: No seas dramático.
Mason: Es que él no siente lo mismo.
Ariel: ¿Cómo lo sabes?
Mason: Porque estoy aquí, y él…
Mason: En realidad no me importa. No es que crea que debo estar dentro.
Ariel: Mason…
Mason: No pasa nada, en serio. Está bien así, pero yo…, no creo que pueda seguir esperando, aunque me lo haya pedido.
Ariel: Otra vez pregunto, ¿literal o metafóricamente?
Mason: Otra vez contesto: creo que ambas.
Ariel: ¿Quieres que vaya? Mañana no trabajo.
Mason: Gracias, pero no, voy a ir yo. Ya tenía casi todo listo cuando pasó… esto.
Mason: Muchas gracias por estar ahí, Ari.
Ariel: Siempre.
Mason: Voy.
Ariel: Te espero.
Respiro hondo y decido esperar diez minutos más. Solo eso: diez minutos más. Apoyo la cabeza en la pared y la niña que está sentada un par de sillas a mi izquierda me mira. Está dibujando en un cuaderno. La escena me es tan familiar que duele.
Diez minutos. Solo eso.