25 Mason
VEINTICINCO
MASON
Dos semanas de paraíso.
Dos semanas de maratones de Perdidos y de maratones de sexo.
Dos semanas de cenas a la luz de la luna, de acurrucarnos en el sofá y de paseos con los perros.
Dos semanas de dicha total.
Ahora estoy sentado en el jardín de la casa de Grant, donde me ha dicho que espere mientras me trae un zumo de ciruela casero y unos helados para Toto y Mr. Gruñón, que están en plan Tequila y se escapan cada dos por tres a ver a su cocinero favorito.
En serio, que me los he encontrado aquí.
Yo venía de trabajar con el galgo al que estoy tratando en la clínica y a por una mamada —o un beso o lo que fuera que Grant me diera—, y lo que me he encontrado es a mis perros correteando por el jardín y a una niña persiguiéndolos con los brazos abiertos al grito de «estoy volando, Jack».
Es que lleva tres días viendo Titanic en bucle.
—Lo sé, chico, lo sé —digo con la cabeza pegada al pecho de Toto cuando tras unos minutos se acerca a mí y sube las patas delanteras a la silla en la que estoy sentado—. También es mi favorito.
Un escalofrío me recorre el cuerpo porque, al decirlo, visualizo a Grant en la cocina y pienso en sus ojos, en su pelo, en sus bíceps, en su…
Mi lujuria, que no conoce límites, se ve interrumpida por Mabel, que se sienta en el primer escalón del porche y deja caer un estuche a su lado.
Se coloca un bloc de dibujo en las rodillas y mira la hoja con tremenda concentración.
Estiro el cuello para ver lo que está pintando.
—¿Por qué tus dibujos tienen… culos raros?
Creo que dibuja regular, pero no sé si lo sabe y no sé si decírselo.
—No son raros. Es mi familia, pero con culos de animales —me contesta ella sin levantar la vista.
—Ya. Hum… Pues vale.
—¿No te gustan?
—No tengo una opinión formada al respecto.
Eso le hace levantar la vista y sonreírme.
—Es para un trabajo del curso de verano. Para creatividad.
—¿Y cuál es el propósito? —le pregunto, pero como me mira de esa forma que no sé si quiere decir que no me entiende o que pasa de responderme, clarifico—: ¿Para qué?
—Por una cara tenemos que dibujar personajes de frente y, en la otra, a ellos por detrás con algo raro o distinto y luego inventarnos una historia de por qué son así. Yo he decidido hacer un cuento sobre humanos que tienen hijos con animales.
—Qué asco, Mabel.
La niña me mira fatal y Martha, que sale en esos momentos por la puerta de atrás con una cerveza en la mano, suelta una enorme carcajada.
No me… gusta verla aquí. O sea, sí me gusta.
Me cae muy bien y se lleva muchas noches a Mabel para que yo pueda gemir a voz en grito.
Pero verla moverse por la casa de Grant con esa naturalidad y esa…
familiaridad me pone celoso. Y no me gusta estar celoso.
Me genera inseguridad y nervios y ansiedad, y mi paraíso de las últimas semanas, esa imagen idílica de una playa, sol y cócteles de colores, desaparece de golpe y se transforma en un lienzo negro y torcido en la pared.
Lo que me hace recordar las fotos en el dormitorio de Grant.
Ha quitado las de Martha, para que no me sienta incómodo, probablemente, pero yo las tengo grabadas en las retinas.
No solo las fotos, sino la sensación al verlas por primera vez; la incomodidad al ver a Mabel como centro de su universo y las palabras.
Esas palabras que se me quedaron pegaditas a la piel, a la altura del corazón: «Solo hay una persona en la que estoy interesado sexualmente ahora mismo y la tengo delante».
«Ahora mismo».
—Te ha quedado un hueco aquí —escucho que Martha le dice a Mabel.
Vuelvo a mirar hacia el bloc, mi humor un poco más gris que el naranja brillante que reinaba en mi mundo mental cuando llegué.
—Es para Leia, porque no sé cómo hacerlo —explica la niña—. ¿Si Leia es un animal, tengo que ponerle el culo de otro animal o vale su culo?
—Buena pregunta. Tú qué opinas, ¿Mason?
—No sé, también puedes ponerle un culo humano. Tendría sentido con el libertinaje que hay entre humanos y animales.
—¿Liberti… qué?
Martha se descojona.
Estoy a nada de explicarle a qué me refiero cuando veo mi nombre escrito sobre una figura vestida de negro.
—Me has dibujado —le digo, sin aliento.
No sé por qué, pero me impacta. Mucho. Antes ha dicho que estaba dibujando a su familia. Pero… yo estoy ahí.
—Te había puesto de blanco la camiseta, pero no quedaba bien por el fondo.
—Me has dibujado. A mí —repito.
La niña mira el dibujo con gesto contrariado, le da la vuelta a la hoja, lo observa con más atención…
—¿Lo he hecho mal? —Me mira como si fuese un problema matemático demasiado complejo para ella—. A lo mejor eres más alto. ¿Es el pelo?
—Amor, yo creo que es su culo —comenta Martha con una sonrisita.
Bajo la mirada al enorme caparazón verde.
—Es un culo de tortuga —explica Mabel con esa naturalidad extraña.
—Los culos de las tortugas no son así. Lo que has dibujado es un caparazón, que es como la casa que las protege.
—Ya, pero es lo primero que se me ocurrió cuando le oí decir a papá que tenía el culo duro y redondo como…
—¡Mabel! —grita Martha en lo que no sé si pretende ser una reprimenda pero que, una vez más, acaba en carcajada.
—Madre mía, qué vergüenza —murmuro yo.
—Además —continúa la niña como si no fuera todo muy bochornoso—, el abuelo dice que las tortugas son buenas y silenciosas, como Mase, y que, si les acaricias el caparazón, se relajan.
—Por favor, dime que lo de acariciarme el caparazón no se lo has oído también a tu padre.
—¿De qué habláis? —pregunta Grant, que sale con una bandeja de bebidas y una bolsita con el helado de los perros.
Martha me dedica una mirada cómplice. Se muerde el labio y con una sonrisa bonita y amable, le dice a su ex:
—Tu hija ha dibujado el culo de Mason con forma de tortuga. ¿Qué opinas? ¿Crees que tiene esa forma? Según parece, te ha oído decir lo duro que lo tiene…
Grant carraspea y se sonroja. Qué precioso. Nunca lo había visto sonrojarse. Luego, como si me lo hubiera imaginado, me guiña un ojo, deja la bandeja en una mesita y, antes de sentarse junto a su hija, les pone el helado a los perros en unos cuencos que ha debido de comprar él, porque no son míos.
Mi mirada va de nuevo al dibujo. A la derecha, justo en la esquina, hay un señor con el pelo entrecano, a su lado están Martha y Leo. Y luego Grant y yo. Yo.
—Mira, está toda la familia. Falta Leia. Y no sé si poner a los otros animales. Está feo que nos los ponga. Mason, ¿tú sabes dibujar animales? Seguro que sí, tienes que hacérmelos.
Los ladridos felices de los perros interrumpen la nube en la que parezco estar flotando.
El corazón me late desbocado; es como si todo dentro de mí se hubiera activado, como si llevara toda la vida en pausa, oxidado.
Los engranajes se han puesto en marcha, uno tras otro, y todo fluye.
Yo fluyo, mi corazón lo hace a su vez, así como mis esperanzas.
Solo soy capaz de pensar en ese «familia». Familia. Qué palabra tan pequeña para un significado tan inmenso.
Pero entonces, aquel «ahora mismo», odioso e indeseado, vuelve a retumbarme en la cabeza y hace tanto ruido que el suave sonido de «familia» desaparece en los confines de mi mente.
«Ahora mismo» no es permanencia. «Ahora mismo» no es familia.
«Ahora mismo» ni siquiera sugiere una amistad.
Puede que por algún motivo extraño Mabel me haya cogido cariño, y yo a ella.
Creo que en su caso es porque idolatra mi vida y romantiza mi profesión.
Es natural. En el mío es… porque es una de mis pocas amigas, porque se merece todo el cariño del mundo y porque es parte del hombre al que quiero. Dios mío, lo quiero. Muchísimo.