Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 24 Mason
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24 Mason

VEINTICUATRO

MASON

No puedo moverme. Estoy rodeado por Grant.

Su cuerpo me aplasta contra la pared, su calor me envuelve, su aliento me hace cosquillas en la nuca, donde ha depositado sus labios; lleva un rato así, horas, minutos, segundos, qué más da.

No quiero que deje de hacer eso que me hace con los dientes y la lengua.

Siento que estoy aquí, en la Tierra, en su habitación, pero también lejos de todo, en algún lugar maravilloso donde solo existimos él y yo, desnudos, y donde el tiempo no es esa cosa terrible que pasa sin que te des cuenta; el tiempo ni siquiera importa si estoy con él, tampoco el equilibrio. No importa nada.

Estoy teniendo otra experiencia extracorporal y, a la vez, nunca creo haber sido tan consciente de mi cuerpo. Vuelvo a estar empalmado, me siento febril, enardecido por todo lo que me hace, por todo lo que necesito que me haga.

Me pide que deje la mano que tuve mal por encima de mi cabeza, de forma que no me pueda hacer daño, y que apoye la otra en la pared con la palma abierta.

Se coloca pegado a mí, presiona los labios en mi cuello y gruñe cuando nota mi pulso acelerado.

Luego busca mi polla. Se me corta la respiración cuando me la sujeta como si le perteneciera; en este momento lo hace, es toda suya.

Solo Grant puede tocarme así, dominarme así, enloquecerme así.

En cuanto noto cómo su erección se abre paso entre mis nalgas y empuja, pierdo la noción de la puñetera realidad.

Cierro los ojos, veo luces y destellos y todo brilla cuando vuelve a empujar y pienso en cómo será cuando la tenga dentro, abriéndose paso, haciéndome llegar al orgasmo; no tengo dudas de que lo hará.

—Estás listo —gruñe en mi cuello al tiempo que me masajea la polla.

—Grant. —Jadeo. Lo deseo como nunca he deseado a nadie, pero estoy pringoso y cada roce me resulta desagradable a la vez que sexi, ni idea de por qué—. Me siento un poco… sucio.

Su risa me hace cosquillas en la piel.

—¿Sucio? —Me olisquea el cuello, el pelo y vuelve a morderme la nuca mientras su mano sigue moviéndose por mi entrepierna humedecida. Dios—. Hueles de maravilla.

—Me he corrido. Estoy…

—Y ahora vas a hacerlo otra vez —me corta; su pulgar presionándome la punta con fuerza—, en cuanto te la meta hasta el fondo. ¿Quieres?

Estoy tan concentrado en los movimientos de su mano, en su polla empujando entre mis nalgas, que soy incapaz de articular palabra. Comienza a moverse a un ritmo constante, empujando cada vez más fuerte mientras me sigue acariciando.

—Sí. —Es lo único en lo que he podido pensar. Su punta presiona mi entrada de manera deliciosa y se abre paso unos centímetros.

Y entonces la aparta. Me muerde el hombro y noto cómo su cuerpo tiembla a mi espalda.

—No voy a aguantar mucho.

Giro el cuello como puedo para mirarlo. Sus ojos oscuros se encuentran con los míos y veo muchas cosas, tantas que me aterra la posibilidad de estar equivocándome.

—Puedes follarme. Quiero que lo hagas —me apresuro a decir—. Mucho. Es decir, los juegos están bien, pero también eso otro.

Arruga la frente.

—¿Eso otro?

—Tu polla dentro, sentirla. No dejo de pensar en eso.

—Quería tomarme mi tiempo, que tu primera vez fuese algo que recordar.

—No es mi primera vez, y la voy a recordar siempre —le aseguro—. Todo lo que haga contigo lo voy a recordar toda la vida.

Vale, mierda. No debería haber dicho eso. Mierda.

—No quería decir eso. Es decir, me refiero a…

Me acalla con un beso que me deja sin aliento y más duro si cabe.

—Ahora sí que te voy a follar. Abre las piernas un poco más —me dice, introduciendo la rodilla entre mis muslos hasta rozarme los huevos de una manera que me hace volver a cerrar los ojos y respirar, respirar, respirar.

Me quedo inmóvil mientras escucho el sonido del condón al abrirse, el chorro de lubricante, los pasos de Grant acercándose.

Luego el frío entre mis nalgas, sus dedos presionando mi entrada, adentrándose con facilidad en mi interior, la otra mano en mi entrepierna.

Necesito que me quite la tela, sentir el tacto de sus manos, que controle cada gemido, cada palpitación.

Dios. Me balanceo hacia su mano hasta que sus dedos entran en mi interior y me paralizan.

Son tan grandes… No dejan de entrar y salir como si buscaran algo perdido dentro de mí; y lo encuentran, vaya que sí.

En cuanto su dedo corazón me roza la próstata y Grant presiona mi erección, me corro.

Ni siquiera lo veo venir. El orgasmo me abrasa por dentro, recorre cada puto rincón de mi piel y me deja tembloroso y más… expuesto.

—Eso ha sido rápido —susurra en mi oído.

—Por favor —jadeo con fuerza.

No sé dónde estoy ni cómo me mantengo en pie, solo sé que Grant me tiene sujeto por la cadera y que no ha dejado de moverse dentro de mí.

El sonido de sus dedos en mi interior cuando introduce un tercero es sucio, tal y como me siento yo; sucio y excitado.

La cuestión es que no quiero dejar de sentirme así.

Quiero quedarme aquí, alargar este placer que amenaza con perderme. No me importa perderme si es con él.

—Voy a follarte.

Nada más decirlo, saca los dedos, dejando un vacío extraño y demoledor.

Los músculos se me contraen y puede que me haya corrido dos veces, pero en cuanto escucho el sonido del lubricante y vuelvo a tener sus manos en el culo, mi polla vuelve a la vida.

Tiemblo cuando desliza los dedos entre mis nalgas y me unta los huevos con el líquido aceitoso, masajeándome con una languidez que me derrite y me arranca un gemido áspero.

Enseguida dirige la punta a mi entrada y me penetra de una sola embestida.

Así es Grant y así lo necesito. Me quedo sin respiración.

Él apenas permanece inmóvil dos segundos.

Me sujeta el cuello para que lo mire y lo que ve en mi cara lo anima a seguir, de modo que me da un besito en la mejilla y empieza a embestirme con fuerza; dentro y fuera, dentro y fuera.

Movimientos rápidos y firmes, la punta golpeándome una y otra vez de una manera enloquecedora.

Dios, qué bueno es y cuánto lo había deseado.

—Grant —gimo porque necesito que me toque, necesito algo más que su polla en mi culo, necesito...

—Mmm.

—Por favor, tócame. Quiero sentirte —admito con la voz entrecortada.

—¿No estás sintiendo esto? —inquiere mientras embiste, embiste, embiste.

Me cuesta hablar, moverme, pensar.

—Tus manos ahí. —Muevo las caderas para que entienda lo que quiero decir, lo que consigue que gruña y acelere todavía más el ritmo.

—No. Hoy solo vas a correrte así, bajo esos calzoncillos sexis. Mañana te comeré la polla y te haré lo que quieras.

Me acaricia la erección y sube por mi abdomen hasta llegar al pezón, que aprieta y araña con suavidad.

Me olvido de todo, solo siento, siento, siento.

A partir de ahí, todo se descontrola, mi cabeza pierde el sentido de la realidad y tengo que apoyarme mejor en la pared para no ceder a sus empujes, cerrar los ojos y dejarme llevar por el negro mezclado de luces brillantes.

Todo brilla cuando estoy con él. Y hasta creo ver las estrellas cuando me sujeta del cuello y me da un mordisco en la mandíbula.

No necesito que me diga que se va a correr.

—Tienes medio minuto para correrte —me ordena.

¿Medio minuto? No tengo tiempo de pensar en su amenaza.

Deja caer la mano hasta mi entrepierna y me acaricia con rudeza por encima de la tela humedecida por los orgasmos.

Rápido y fuerte, rápido y fuerte. Cuando me quiero dar cuenta, me estoy corriendo por tercera vez con su polla hundida hasta el fondo y sus dientes en mi mandíbula.

Esta vez, el orgasmo es más intenso, quizá porque él me acompaña.

Apenas gime cuando se corre, es silencioso y sexi, y, cuando consigue tranquilizarse, apoya la frente en la mía y me mira a los ojos.

Nuestras respiraciones se entremezclan y yo solo quiero que me bese.

—Te has portado de maravilla.

Me estremezco.

Él sonríe, me acaricia la cara y pasa el pulgar por mis labios antes de besarme.

—¿Te ha gustado?

—Me he corrido —digo con sinceridad, porque no sé qué otra cosa decir, la verdad—, tres veces.

—Me he dado cuenta —dice con otra de esas sonrisas preciosas.

—Eso que dices de mañana…

Ahora la sonrisa se convierte en carcajada. Luego me agarra la barbilla y tira de mí hacia él. Yo me limito a intentar respirar y tragar saliva.

—¿Te apetece?

—Sí, por favor.

—Bien. Pues ahora vamos a darnos una ducha y a dormir. No sé tú, pero yo acabo de agotar mis reservas por, al menos, seis horas.

—¿Tanto? —bromeo.

Eso lo hace sonreír una vez más.

—Tengo una edad, ya sabes.

—Se te nota, se te nota. La diferencia de edad nunca fue más evidente.

Me da un azote en el culo que hace que mi estómago dé un par de volteretas, y me dice:

—Te voy a dar yo a ti diferencia de edad.

«Dame lo que quieras. Cuando quieras. Como quieras. Donde quieras. Siempre».

Y luego me estremezco, pero esta vez de miedo, al pensar en las implicaciones de lo que mi mente traicionera acaba de pensar. ¿O ha sido mi corazón?