23 Grant
VEINTITRÉS
GRANT
Entramos en mi habitación; cierro la puerta y me apoyo en ella mientras lo veo recorrerlo todo con la misma necesidad que buscaba mis labios hace unos minutos. Se fija en la pequeña librería de la pared. Sonríe sacando mi ejemplar de Grandes Esperanzas.
—Me preguntaba por qué no estaba en la estantería de abajo.
—A veces está; según donde lo lea.
—Esta estantería es tan tú que duele —declara con esa naturalidad que me desborda—.
Es como si te viera por primera vez. Como si viera a Remy.
—Coge Diarios completos de Sylvia Plath y estoy seguro de que recuerda, como lo hago yo cada día, una de nuestras intensísimas conversaciones en Soul Finder—. No lo he leído. ¿Me lo dejas?
—Está todo subrayado. Pero estaría encantado de regalarte una copia.
—Quiero esta. Quiero ver lo que te ha llamado la atención. Verte entre sus páginas.
Camina hacia la pared, donde hay colgadas varias fotos de Mabel y alguna en la que sale Martha.
—Se me hace raro verla así contigo —admite, señalando una foto en la que estamos Martha y yo abrazados con una pequeñísima Mabel entre nosotros.
—¿Como pareja?
—Sí.
—Quizá debería quitarla.
Lo veo dudar. Lo veo bajar la mirada. Lo veo inseguro. Y no me gusta. Quiero que, en esta habitación, en estos momentos, solo estemos él, yo y las ganas que nos tenemos. Que no haya espacio para miedos e inseguridades.
—Es mi amiga y es familia, pero no hay nada romántico entre nosotros. Nada.
—¿Y sexual? —pregunta muy bajito.
—Nada en absoluto. Solo hay una persona en la que estoy interesado sexualmente ahora mismo y la tengo delante.
Se gira para mirarme. Lo veo tragar saliva, inspirar hondo, tomar fuerzas. Al final, me dice:
—Esa persona se muere de ganas y está muy nerviosa. —Se detiene junto a la cómoda en la que he escondido Si los gatos desaparecieran del mundo y se apoya en la pared. Nos miramos, nos decimos mil cosas en silencio—. ¿Unos chupitos?
Lo ha dicho de broma, por eso no puedo evitar la carcajada que se me escapa, pero sé que, si subiera el whisky, se lo tomaría. A morro, incluso; directo de la botella.
—¿Puedo acercarme? —le pregunto.
—Por favor.
Me acerco despacio. Él apoya las manos en la pared y cierra los puños, como si se acabara de dar cuenta de que no tiene nada a lo que aferrarse.
El corazón se me acelera y no me cabe duda de que el suyo hace lo mismo.
Dios. Tengo que contenerme para no ir al ritmo que me pide el cuerpo.
Sí, le dije que se lo haría rápido y fuerte, pero no puedo hacérselo así después de lo que me ha confesado.
Nada de tomar bocados rápidos para saciar el hambre.
Mi gula puede esperar. Quiero darle todo lo que nunca ha sentido, que lo recuerde, que no me olvide.
Siento un pellizco en el pecho que se intensifica en cuanto lo tengo delante y observo el bulto en sus pantalones, el modo en que su pecho sube y baja y cómo abre los labios al fijar los ojos en mi erección.
Estiro la mano para levantarle la barbilla. Le recorro la piel con la yema de los dedos, la mandíbula, la nuez, y bajo a su clavícula. Tiene la piel de gallina y un ligero rubor en las orejas y el cuello que me resulta adorable.
Nos miramos. Yo me acerco más a él hasta que siento el calor que emana de su cuerpo.
—Sube los brazos —le ordeno con suavidad.
Él traga saliva, pero obedece. Le cuelo las manos por debajo de la camiseta y noto cada estremecimiento mientras mis dedos recorren la piel suave de su torso a medida que se la subo.
Se la quito y le pido que se dé la vuelta para sujetarle las muñecas a la espalda en un nudo torpe, lo único que me permite la tela.
—¿Qué estás…? —Intenta apartarse, pero le agarro de la nuca, deleitándome en la suavidad de su piel caliente.
Me pego a él por detrás, lo suficiente como para que sienta lo dura que la tengo, y le susurro al oído:
—Confía en mí.
Mason deja salir un pequeño gemido y gira la cabeza. Sus ojos cristalinos no hacen sino acentuar las ganas que le tengo.
—No te imaginas la de cosas que quiero hacerte —musito a la vez que lo beso en la mandíbula, el cuello y la zona sensible de detrás de la oreja, hasta que lo siento gemir y empujar el culo hacia atrás de una manera que me vuelve loco.
Le doy la vuelta y lo empujo contra la pared. Él vuelve a gemir, tan bajito que parece más un suspiro. El tener las manos en la espalda hace que eleve la pelvis. Es como si se ofreciera a mí. La visión de su cuerpo en esa postura es de una belleza tal que no me aguanto.
Me tomo mi tiempo para explorarlo. Lo toco por todas partes mientras él respira con dificultad y me mira con los ojos nublados por el deseo. Cuando le rodeo el pezón con dos dedos, cierra los ojos y suelta un jadeo.
—¿Te gusta que te toque aquí? —pruebo, acariciándole el pezón primero con la yema del dedo y luego con la palma.
—Sí —gime cuando lo pellizco con suavidad una vez, y otra, y otra más.
—¿Y esto? —pregunto, descendiendo con la uña hacia el ombligo, donde me dedico a acariciarlo con pequeños roces para un momento después deslizar los dedos por la cinturilla de sus pantalones.
En respuesta, Mason gime y mueve las caderas hacia delante buscando un alivio que no llega. Sonrío.
—Grant —suplica cuando le suelto el botón y comienzo a bajarle la cremallera.
Lo hago despacio; necesito sentir cada vibración de su cuerpo, escuchar el momento exacto en el que pierde la cabeza, que me suplique.
Dios, me muero por que lo haga. Necesito escuchar a Mason rogándome que le dé placer, escucharlo deshacerse por mis caricias.
Quiero hundirme en él hasta el fondo, sentir cómo me rodea la polla con su calor, cómo aprieta y se estremece mientras lo embisto como si todo empezara y acabara en él.
Quiero correrme en su interior mientras le agarro la polla para que lo haga conmigo, que no quiera que me vaya nunca.
Le bajo los pantalones hasta los tobillos, me agacho para sacárselos y los dejo caer en el suelo a nuestro lado.
Los ojos se me van directos a su erección y la mía palpita con fiereza.
Joder, joder. Se le nota todo tras la tela blanca que lo cubre.
Lleva unos calzoncillos suspensorios de tiras gruesas y encaje elástico, con otras dos más finas cruzadas en las piernas, y no puede estar más sexi.
—¿Siempre llevas lo mismo? —le pregunto, señalándole la poca tela que lo cubre.
El otro día llevaba unos negros parecidos, pero no pude deleitarme porque necesitaba chupársela rápido y volver con el resto de los vecinos. Pero ahora sí puedo mirarlo y me tiemblan las manos por la necesidad de darle la vuelta y tener ese culo desnudo todo para mí.
—A veces son negros —contesta con naturalidad.
—No hablo del color —replico con una sonrisa—. Te he ayudado a ducharte y a cambiarte varias veces cuando estabas con la mano mal y no me has regalado semejante vista.
—Cuando estaba impedido me costaba más ponérmelos y usaba otros más… normales. —Habla a trompicones, se ruboriza—. Es que estos son… mucho más cómodos.
Me acerco, lo sujeto de la nuca y lo beso.
Un beso hambriento, como yo, lleno de promesas y un deseo crudo que me araña la piel.
Empujo las caderas hacia él. Nuestras erecciones se empujan y se frotan en un baile frenético que ninguno de los dos parece querer detener.
Le sujeto el mentón con una mano y le abro los labios con el pulgar.
El respira y me lame con esa timidez que lo caracteriza; dulce y ardiente.
Así es él, así lo quiero bajo mi cuerpo, encima y por todas partes.
Hundo el pulgar en su boca y dejo que lo empape de saliva.
El tacto de su lengua me pone aún más cachondo y me atrevo a bajar la mano libre hacia su culo; grande, firme y redondo.
Los músculos se le contraen cuando me abro paso por una de sus nalgas y él sube las muñecas atadas para darme mejor acceso.
Su culo es suave y mi mano lo bastante grande para abarcarle el glúteo y apretar con fuerza.
No sé quién de los dos empuja, solo sé que nos estamos restregando de una manera salvaje.
Le saco el dedo de la boca para meterlo en la mía, saboreando su saliva y deleitándome con el ardor de su mirada, y lo vuelvo a besar con tanta rudeza que temo asustarlo, que se aparte, que vea cómo me gusta en realidad el sexo.
No hace nada de eso. Le gusta; yo le gusto.
Apenas soy capaz de pensar cuando deslizo los dedos entre sus nalgas y él jadea con fuerza en mi boca.
Por un momento, pierdo el control. Me abro paso hasta alcanzar su entrada.
Él intenta soltarse, se estremece y empieza una batalla por acercarse aún más a mí.
—Grant, por favor —suplica entre beso y beso.
—Por favor, ¿qué?
—Necesito… —Se le escapa un sollozo cuando presiono hacia su interior, tentándolo con movimientos circulares, una y otra vez, una y otra vez—. Grant —suspira.
—Vas a hacer que cambie de opinión —le digo cuando me separo de su boca para poder respirar.
—¿Sobre qué?
—Sobre no follarte fuerte.
—¿No vas a hacerlo? —La pena impresa en su rostro me haría reír si no lo deseara como lo hago.
—Todavía no.
Quito las manos de su culo y lo empujo otra vez contra la pared.
Luego desvío toda mi atención a su entrepierna.
La tela blanca está húmeda en la zona de la punta y apenas oculta lo que hay debajo.
Lo toco con los dedos en esa zona, movimientos lánguidos pero firmes, y él empuja hacia mí, desesperado por sentirme.
No le doy lo que necesita, todavía no. Abro la mano para abarcarlo por entero y él echa la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello, que no tardo en besar y morder con suavidad mientras sigo dándole placer con la palma.
Comenzamos otra danza frenética de empujes y gemidos.
Tengo la polla como una piedra, pero no hago nada por alcanzar alivio.
Me digo que puedo esperar, esperarlo a él, dejar que se consuma para que sienta el subidón de regresar aquí conmigo.
Aprieto un poco más y él se mueve, gime y abre los labios.
Tiene los ojos cristalinos dilatados por el placer y no puede estar más guapo.
Apoyo el brazo en la pared, muy pegado a él, y me coloco de lado, apretándome contra su cadera; mi boca en su cuello, su cuerpo a mi disposición mientras sigue contoneándose contra mi mano.
—¿Te gusta?
Le doy un beso en la mejilla, disfrutando del espectáculo que es verlo así de excitado.
A continuación, arrastro la nariz por su cuello, le lamo la zona junto a la mandíbula y hago presión con los labios, disfrutando de su pulso acelerado contra mi boca.
Dios. En respuesta, él vuelve a empujar contra mi mano.
No deja de temblar ni de contonearse y sé que está a nada de correrse.
—Contesta —ordeno cuando veo que lo único que sale de su boca son gemidos tenues—. Me estás follando la mano, Mase. ¿Te gusta? —pregunto mientras empujo, empujo, empujo, y él me devuelve cada una de mis acometidas con movimientos cada vez más acelerados.
—Grant.
—Córrete, venga.
—Yo…
Baja la vista a su entrepierna y cuando ve que le presiono la punta con los dedos, se ruboriza aún más. La mancha de líquido preseminal es cada vez más evidente.
—Hazlo. Quiero ver cómo te corres dentro de esos calzoncillos tan sexis. Joder, voy a hacerme una paja cada mañana pensando en esto. —Le acaricio la oreja con la nariz—. Déjame verlo, Mason.
Se estremece cuando le muerdo el cuello y succiono con suavidad para no dejarle marca.
El deja escapar el aire, noto la piel de gallina bajo mis labios.
La tensión casi se puede morder. Entonces presiono la palma contra su erección y él se queda inmóvil.
Cuando le aprieto con más fuerza se le escapa una especie de sollozo y, de inmediato, siento el calor que empapa la tela, así como las convulsiones de su polla.
No dejo de mirarle la entrepierna manchada por el orgasmo, la forma de su polla hinchada y cómo su abdomen sube y baja con cada respiración.
Lo beso en la sien mientras acaricio el surco que ha dejado su semen.
—Buen chico.
Se estremece y yo lo vuelvo a besar, esta vez en los labios.
Penetro su boca sin dejar de acariciarle la entrepierna.
Lo hago despacio, nuestras lenguas se enredan, se buscan, luchan en una batalla por ver quién gana.
¿Ganar qué? No lo sé, aquí ganamos ambos.
Yo solo necesito sentirlo y sé que él ansía lo mismo.
Lo beso como si fuese el aire que llena mis pulmones, como si no hubiese más que nosotros y este puñetero subidón que es estar a su lado.
—Grant —musita.
—Mmm.
—¿Vas a follarme? —me pregunta con timidez.
Me aparto para mirarlo y se me llena el pecho de mil sensaciones al verlo ruborizado y quizá, solo quizá, un poco menos tímido.
—Me gustaría mucho, sí. ¿Quieres que lo haga?
—Sí, por favor —suplica sin necesidad de que se lo pida.
Sonrío. Le doy un besito en la punta de la nariz y lo sujeto de la cadera.
—Date la vuelta.
Él lo hace. No le quito los calzoncillos, pero le libero las manos con cuidado de no hacerle daño en la muñeca que tuvo mal y se las coloco contra la pared, a la altura de su rostro.
—Así, buen chico. Voy a por lubricante y condones. No te muevas, ¿vale?
—Vale —susurra.
Me voy quitando la ropa mientras me dirijo a la mesita de noche y me hago con el bote de lubricante y un preservativo.
Llevo esperando este momento desde que Colmillo Blanco me dejó plantado y, en su lugar, Mason apareció en mi puerta.
No, miento, lo llevo esperando desde que mis ojos se cruzaron con los suyos la primera vez y supe que debía alejarme de él si no quería terminar sintiéndome justo como me siento ahora; desbordado, ansioso.
Me detengo frente a él para observar su cuerpo; su espalda desnuda y perfecta, su precioso culo que se tensa al saber que estoy a nada de llegar a él. Tiene la frente pegada a la pared y los brazos apoyados en la misma. Está ahí, tembloroso y dispuesto a que haga con él lo que me parezca.
Me echo un buen chorro de lubricante en la mano y lo introduzco entre sus nalgas; despacio, deleitándome con sus gemidos y temblores; enseguida hago lo mismo con mi entrepierna.
A continuación, me coloco a su espalda, lo sujeto de las caderas y lo atraigo hacia mí.
Se me va la puñetera cabeza cuando mi erección se cuela entre sus nalgas, buscando su calidez, el tan ansiado alivio que he estado conteniendo durante demasiado tiempo.
Mason apoya el peso de su cuerpo en el mío y se mueve hacia atrás.
—Grant —gime cuando le muerdo el hombro—. Yo… quiero… —Vuelve a suspirar cuando deslizo una de las manos por su ingle.
—Dime qué quieres. —Separo la boca y beso la marca de la mordida un momento antes de pasar la lengua por encima.
—A ti —susurra y abre más las piernas para darme acceso.
—¿Cómo me quieres?
—En todas partes. Grant, quiero que no te dejes nada. Por favor. —Eso último lo dice con un gemido ahogado—. Por favor —repite.