22 Grant
VEINTIDÓS
GRANT
Entramos en casa y dejo a Mason junto a la estantería de la entrada mirando las series, películas y libros.
Ha estado muchísimas veces aquí y siempre ha pasado de largo la estantería junto al ventanal; es como si el saber que soy Remy hubiera despertado un nuevo interés en él.
Y cuando ha visto la edición especial de Perdidos que me compré cuando fui a Berlín a un curso de cocina, yo he dejado de existir.
Mientras abría el cofre y echaba un vistazo al mapa y al resto de extras, me ha mirado una última vez, indignado, y me ha dado la espalda.
He soltado una carcajada, le he dado un azote y, tras decirle que se ponga cómodo mientras me encargo de hacer una llamada urgente, subo corriendo a mi cuarto.
Y ahí es donde estoy, acariciando el lomo del libro que hace tiempo me entregó mi padre y al que no había prestado la más mínima atención hasta ver a Mason con su copia gastada y subrayada. Si los gatos desaparecieran del mundo.
«Madre, mía, Mase. Siempre fuiste tú».
Cuando vi la portada y el título, cuando leí de pasada los primeros puntos de la lista que venía junto a él, sí se me pasó por la cabeza que todo era muy Mason.
Pero que mi padre tratara de emparejarme con un hombre era inconcebible.
¿Mi padre? ¿La misma persona que desde que descubrió que soy bisexual, jamás, ni una sola vez en mi vida, había reconocido «mi condición»?
Así lo llamó en esa única ocasión en la que no tuvo más remedio que decir algo, dado que su único hijo estaba semidesnudo con un compañero de clase.
No le he mentido a Mason cuando le he dicho que tenía que hacer una llamada urgente. Con manos temblorosas, cojo el teléfono y espero a que mi padre responda.
—¿Cómo se llama la persona con la que me querías liar? —le pregunto a bocajarro en cuanto descuelga.
—Hijo, no seas burdo, es un cortejo de los de antaño.
—Papá.
—¿Por qué?
—Papá. —Mi tono ahora muestra mucha más ternura de la que pretendo.
¿Es posible que se me salten las lágrimas? ¿Es posible que este gesto de alcahuete, en principio molesto, sea una declaración de intenciones que me llega al alma? ¿Es posible?
—¿No te sorprendió que no insistiera más?
¿Que fuera un día a tu casa en plan casamentero y de repente se me pasara?
Cuando os vi juntos ese día, cuando vi cómo te reías, cómo silbabas…
No sé, pensé en lo que hubiera dicho tu madre, que estabais destinados a encontraros o algo así.
Lo hicisteis solos sin necesidad de que este viejo carcamal mediara.
—Es un hombre.
—Y tú muy perspicaz, por lo que veo.
—Pero…
Lo oigo suspirar.
—Hijo. Puede que haya ignorado tu orientación sexual durante mucho tiempo.
Estabas con Martha, tampoco me preocupaba en exceso, a pesar de que cuando te vi con aquel compañero de clase…
No te voy a mentir, no me gustó, pero, sobre todo, no lo entendí.
Tu madre me dio la murga y yo la ignoré.
Como siempre he hecho con las cosas en las que no quiero pensar demasiado.
—¿Y qué te hizo cambiar de opinión? Si es que has cambiado…
—Fui yo quien te buscó un chico, ¿no? Y ese chico en concreto, además.
Resulta evidente que he cambiado de opinión.
O al menos, lo estoy intentando. Fue por una conversación que escuché sin querer nada más mudarme a Eeriewood.
Martha, Leo y tú hablabais en el jardín sobre lo que buscabais en las personas.
Martha habló de tu bisexualidad con una naturalidad y un cariño tan enormes…
Me sentí tan triste de repente, tan fuera de lugar…
Como un desconocido. Y no quería ser eso.
Quería ser tu padre. Y un buen abuelo para Mabel.
—Eres mi padre.
—En el sentido biológico de la palabra, sí; pero quiero ser «papá».
Una lágrima solitaria me cae por la mejilla. Me la quito cuando su sabor salado me llega a los labios.
—¿Por qué Mason? —le pregunto, incapaz de hablar de nuestra relación padre-hijo en esos momentos.
—Porque se le nota que es buena persona con solo mirarlo. Porque tu hija lleva meses observándolo con devoción a escondidas y porque, ya sabes, creo que es… muy guapo.
Me río, no puedo evitarlo. Es un sonido extraño, entre una carcajada y un sollozo.
—Papá, ahora te voy a dejar porque ese chico guapo me está esperando abajo, saqueando mi colección de Blu-ray, pero quiero que hablemos.
—Me gustaría mucho, hijo. —Casi puedo apreciar la sonrisa en su voz.
—Y por ahora no le digas nada a Mason. Se me está ocurriendo una cita perfecta para la gran revelación.
Cuando cuelgo, bajo las escaleras con una sonrisa de oreja a oreja mientras planeo cómo hacerle saber a Mason que la vida nos ha unido de tres formas distintas. Si eso no es el destino, que venga John Locke y lo vea…
Cuando bajo me lo encuentro en el mismo lugar, colocando la edición especial de nuevo en su sitio. Me acerco a él por atrás, le rodeo la cintura con los brazos y le acaricio el cuello con los labios. Noto cómo se estremece. Me encanta.
—Me parece increíble que, con la de veces que he entrado en tu casa, nunca me haya fijado en esta estantería. —Apoya la cabeza en mi hombro y suelta un suspiro tembloroso.
—No es un sitio de paso y tiene una puerta de cristal; es normal.
Le doy un beso en la mejilla. Él gira en mis brazos y, haciendo gala de una iniciativa que no suele tener, pega su boca a la mía.
Empieza pausado, una tentativa de beso. Desliza la lengua por mi labio inferior y, con cierta timidez, la introduce en mi boca.
Yo, que me muero de hambre por él, salgo a su encuentro, enredo mi lengua con la suya y me deleito en su sabor.
No se parece a ninguno de los besos que hemos compartido.
No hay dudas ni miedo, solo una necesidad primitiva que decido dejar fluir.
Mis manos vuelan por su cuenta. Busco la libertad en su piel, todo eso que no nos hemos dicho, pero ahora podemos empezar a contarnos.
Aprieto, acaricio y empujo. Lo quiero entregado, necesito tomar todo de él.
Por suerte, no me lo pone difícil. Se aferra a mi camiseta y echa la cabeza hacia atrás para exponer el cuello.
Enseguida lo recorro, primero con los labios y luego con la lengua; me bebo cada gemido y temblor, cada estremecimiento.
Un ansia posesiva se apodera de mí y tengo que obligarme a detenerme porque necesito saber que está de acuerdo con la dirección que está tomando esto. Necesito…
Apoyo la frente en la suya y él suspira.
Su mirada clara y cristalina hace que mi erección se endurezca todavía más.
Me lo imagino de rodillas, con los labios entreabiertos, la lengua rozando la punta de mi polla, su boca a punto de abarcarme.
Imagino el placer que sentiría en cada golpe de garganta, cada contracción alrededor de mi longitud. Joder.
—¿Estás seguro de esto? Necesito saberlo —le susurro en los labios al tiempo que lo aprieto más contra mí. Su dureza se me clava en la ingle y siento que voy a perder la cabeza. Dios—. Necesito saberlo.
—Sí, sí. —Se aferra a mi espalda y me vuelve a besar—. Yo… te necesito —musita una vez se aparta para coger aire. Tiene la mirada más limpia y sincera que he visto nunca. Pero ahí, en sus ojos, hay… algo más.
Me aparto unos centímetros para mirarlo. Necesito espacio para contener todas estas emociones que me desbordan.
No me pasa desapercibida la inseguridad en los ojos de Mason. Intenta atraerme hacia él, besarme, pero llevo una mano a su pecho y lo detengo.
—¿Qué? ¿Por qué? —Su voz está llena de algo que quiero arrancarle a besos.
—¿Cuál es el «pero»? No me mires así, sé que hay uno. Eres como un libro abierto.
—Espero que sea uno con final feliz. Ya sabes que tengo un temita con los finales. Creo que quizá odio la palabra «fin» en sí misma. No quiero que pongas fin a esto, como parece que estás haciendo. Aún no me has desnudado. —Su tono apenado me hace reír.
—Joder. —Le beso la frente y lo tomo de la barbilla—. Necesito saber que estás conmigo, que quieres esto. Porque yo me muero de ganas.
—Yo también.
—Te creo, pero escúchame bien. Te deseo como nunca he deseado a nadie.
Nunca. Eso significa que cuando te lleve a la cama no voy a ser tierno, no la primera vez.
Quiero follarte fuerte hasta que se me vaya esta absurda necesidad que me carcome por dentro.
Y una vez pueda respirar, probaré a hacértelo más suave.
Te lo haré de todas las formas posibles sin pensar en lo que está bien o está mal. Tú, yo y lo que sentimos.
Él traga saliva. Apenas es capaz de mover la cabeza para asentir.
—Estás poniendo esa cara otra vez, Mason. Y no me gusta, porque me hace pensar en que estoy metiendo la pata y te estoy asustando cuando solo quiero…
—No estoy asustado —me corta—. Y no estás metiendo la pata para nada. Yo… quiero todo eso. Es lo que más quiero en el mundo. —Su voz me asegura que habla en serio. Quiere esto conmigo con la misma intensidad que yo.
—¿Pero…?
—Nunca lo he hecho sobrio —confiesa con un hilo de voz.
—¿Qué?
Se ruboriza de esa manera adorable que lo que hace es generarme más ganas de él. Este hombre me apetece como pocas cosas en el mundo. Es un ser exquisito y estoy deseando degustarlo como el más gourmet y sofisticado de los platos.
—Sabes que siempre he necesitado el alcohol para acercarme a los chicos, así que, las veces en las que lo he hecho, he tenido la cabeza llena de brumas.
Me aparto un poco más para verle mejor la cara.
—Pero las recuerdas, ¿no?
—Sí, me acuerdo de todo. Pero no siento que lo haya disfrutado al cien por cien. Yo… me cuesta un poco correrme si estoy borracho y también estaba nervioso. Menos que si hubiera estado sobrio, pero lo estaba. Nervioso y borracho no son buena combinación.
—Joder, Mason.
—Lo siento.
—¿Por qué me pides perdón?
—Porque estás enfadado.
—Estoy enfadado con la situación, no contigo.
¡Cómo voy a estar enfadado contigo! —Me paso las manos por el pelo en un gesto que es más nervioso que necesario—.
El sexo es algo que se debe disfrutar. Nadie debe perderse nada ni usar el alcohol para acercarse a alguien, mucho menos en una situación de intimidad.
—Lo siento —repite, y yo me siento la peor persona del universo por hacerlo sentir mal. No es eso lo que quiero. Todo lo contrario.
—Shhh, no vuelvas a pedir perdón.
Lo beso. Aprieto las caderas contra él hasta que le arranco un gemido y tiembla contra mí.
—Grant —gime en mi boca y yo empujo las caderas más y más fuerte, con más necesidad.
—¿Y siempre ha sido así? ¿Nunca has estado con nadie más de una vez?
—Sí. He salido con algún chico varias semanas; una vez estuve un mes y medio con un príncipe que resultó ser rana, pero como no nos veíamos todos los días, cuando quedábamos, me tomaba antes algo para ponerme a tono, ya sabes.
—Pues yo pienso hacer que recuerdes cada segundo que pases conmigo.
Mason traga saliva, su mirada brilla con una felicidad que me calienta por dentro.
—Podemos ir a mi casa, por si viene Mabel y… Mi cama es grande.
—Y probablemente esté ocupada por ocho gatos.
Se me escapa una sonrisa cuando noto la tensión en la mano; sé lo que viene a continuación.
—Tengo seis gatos y dos perros.
Me encanta que me corrija con ese tono de indignación que me provoca una punzada de deseo, de las fuertes, de las que me hacen sujetarlo por la nuca y comerle la boca.
Él me devuelve el beso encantado, arrimándose más a mí para que sienta su excitación.
Dios, qué duro está y cómo me gusta sujetarlo del culo.
—No quiero compartirte ni quiero interrupciones. He esperado demasiado. Y Mabel se ha ido con Martha y Leo; me llamarán antes de volver.
Le acaricio la cicatriz y deslizo el dedo hacia su mentón. Él suelta un suspiro. Tiene las mejillas sonrojadas y los labios húmedos por mis besos.
—Vamos.
Le agarro la mano y me dirijo a las escaleras. Mason me sigue sin vacilación.