Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 21 Mason
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21 Mason

VEINTIUNO

MASON

Estoy en algún lugar oscuro y frío y una mariposa me acaricia las mejillas con sus alas suaves, los párpados…

Me hace cosquillas. Abro los ojos para darme cuenta de que ni es una mariposa ni el lugar es frío, solo que una niña en pijama de Sailor Moon me ha destapado y me da golpecitos con su mano diminuta.

—¿Mabel?

La niña tiene los ojos llenos de lágrimas y cara de susto, también tiene el pelo alborotado y la nariz enrojecida.

Me incorporo.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

La examino sin llegar a tocarla, que ese es un paso grande y me da apuro. A Bola de pelo no le gusta que la toquen cuando se altera, y suelo terminar con algún arañazo estupendo cuando lo hago.

—Leia está malita, creo que le duele. Lleva un rato maullando y no se levanta.

—¿Dónde está?

Salgo de la cama y, sin preocuparme del pijama que llevo, uno blanco lleno de pandas que me regaló mi madre las Navidades pasadas, salgo de mi cuarto con la niña pisándome los talones.

—En la casita de Luke. —Nada más decirlo, llora aún más fuerte.

Voy hacia la puerta, deteniéndome un segundo para ponerme las Crocs de Grant, y ella aprovecha para agarrarme la mano.

—Vamos. —Miro nuestras manos unidas, la de ella apenas visible por mi agarre. Es tan extraño todo…, pero no la suelto.

—Vamos —me contesta.

—¿Saben tus padres que has salido?

—No y, por favor, no se lo digas. He oído a Leia llorar y me he asustado. Me daba miedo que papá me dijera que no podía venir y… —Rompe a llorar—. Me da igual que me castiguen si la ayudas y se pone bien.

—Quizá se haya puesto de parto. Ha decidido que la caseta de Luke es su nido y cada vez me cuesta más sacarla de allí.

Me estoy poniendo nervioso. No es el primer parto que asisto —o que acompaño, en el caso de los gatos prefiero llamarlo así, porque hay que ser cero intrusivo—, pero las circunstancias, el lugar, la niña…

—Mabel, voy a ver cómo está, tú vete a avisar a tu padre.

—Porfa, no le digas que he salido sola y sin walkie. Porfa. Yo solo quiero que Leia tenga a sus bebés y deje de dolerle.

—Luego hablamos de qué le decimos, pero no le pienso mentir. —Tiro de ella, porque mis pasos son mucho más grandes y rápidos que los suyos de liliputiense, y enseguida entramos en su jardín delantero.

—Pero… —Llora con más ganas.

—Mabel, no se miente. Has hecho muy bien en irme a buscar y eso será atenuante. Pero ahora avísalo mientras yo compruebo cómo está la gata.

—No sé qué es «atenuante» y suena fatal —dice entre sollozos.

Me sale una especie de carcajada nerviosa y la empujo hacia la puerta principal.

—Ve.

—No, por ahí no, no tengo llave; tengo nueve años. He salido por atrás.

Y lo dice así. Tremendo. No tiene edad para tener llave, pero sí para escaparse de casa y entrar en la mía.

—Ya hablaremos de tus salidas y entradas furtivas.

—No entiendo la palabra. —Corre hacia las puertas.

Me agacho en la caseta y Tequila me recibe con un quejidito lastimero.

Tiene contracciones y, a juzgar por su intensidad, lleva quizá dos horas con el trabajo de parto.

Se halla al final de la casita, contra el muro, sobre la manta limpia que coloqué esta misma mañana, así que no hay riesgo de infección, pero necesito más, necesito…

—Mason. —Grant aparece a mi espalda, con la voz ronca de recién levantado.

—Está de parto.

—¿Qué necesitas?

Levanto la vista y lo veo con un bóxer oscuro y…

nada más; y durante unos instantes me quedo sin habla, sin saliva y sin pensamientos coherentes.

Madre del amor hermoso. Le recorro el torso duro y musculoso con los ojos; se lleva las manos al pelo para retirárselo y los músculos del brazo se le flexionan, y…

—Mase.

—Sí. Toallas limpias y agua tibia. Si las toallas son suavecitas mejor, como el algodón de mi… De tu albornoz. Unas tijeras, por si acaso. Y, si tienes, gasas, o algo así. Ah, y unos guantes de esos estériles que usas a veces para cocinar.

—¿Ya?

—¿Es sarcasmo?

Grant se ríe y me guiña un ojo.

—No, pero si hay más y puedo ir yendo a por lo que me has pedido, mejor. Cuando te pones a hablar…

—Cabrón. Que venga Mabel, que no se lo pierda.

La ternura con la que me mira no la comprendo, pero me calienta por dentro.

Tequila tiene tres crías. Mabel me informa de que se ocupará de ponerles nombres porque yo no sé hacerlo. «Gracias, niña extraña, me chivaré a tu padre de las cosas que haces a sus espaldas como venganza. Lo mismo hasta te pone un chip como yo a los gatos».

Ha sido un buen parto. Ha durado unas dos horas. Está amaneciendo. Me he sentado al lado de Tequila, sin tocarla, solo para que supiera que estaba ahí. Mabel a mi lado, en ese silencio que se le da tan bien y no deja de sorprenderme, ambos acompasando nuestras respiraciones a las de la gata.

El primer gatito nació al cabo de unos minutos.

Mabel se asomó con discreción y yo creo que se puso nerviosa al ver el ovillo húmedo y tembloroso, pero, cuando vio cómo Tequila lo lamía, debió de pensar: «Vale, no es un miniorco, es un gatete mono, hijo de mi princesa guerrera favorita».

Lo imagino porque a mí me pasó algo parecido la primera vez.

El segundo gatito y el tercero llegaron sin ninguna incidencia, con Tequila descansado entre uno y otro hasta que los cuatro estuvieron apiñados sobre la manta, juntos.

Mientras me ocupo de prepararles una camita en condiciones hasta que pueda llevarlos a casa, llamo al veterinario de guardia y le pido que venga.

La caseta está limpia, pero es accesible para otros animales y prefiero poner a Tequila y a las crías a salvo.

En algún momento tras el nacimiento del último gato, Mabel se queda dormida a mi lado y su padre —que ha presenciado todo sentado en una silla de jardín a cierta distancia, listo para ayudar, pero sin molestar— se la lleva a la cama.

Yo me apoyo en la pared, al lado de la caseta, y espero a que vuelva, o eso creo, porque debo de cerrar los ojos en algún momento y me despierto al notar un ligero apretón en el hombro. Grant está en cuclillas delante de mí, observándome con una expresión que no consigo descifrar.

—¡Tres gatos! —digo una vez me incorporo, con la mente aún nublada por el sueño—.

No sé si puedo quedármelos. Puedo poner un anuncio en el veterinario.

O ir por las casas de los vecinos cuyos nombres desconozco.

O tú podrías quedarte uno. O los dos. O los tres.

No, que no te gustan los gatos. No sé qué hacer.

Grant mueve un poco la cortina para mirar a la pequeña camada. Lo hace con una sonrisa. Normal. Son preciosos, dos de ellos oscuros como su madre y el otro con un pelaje algo más claro.

—¿Quién dice que no me gustan los gatos? Me gustas tú y tienes ocho.

—Tengo seis gatos y dos perros.

Me sonríe. Entonces me doy cuenta del «me gustas tú». Me voy a correr. Aunque despacito, porque tengo mucho sueño.

—El veterinario está fuera. Voy a entrar en casa para comprobar que mi hija está dormida y no cavando un túnel al más puro estilo La fuga de Alcatraz y le digo que pase, ¿vale?

Asiento, luego le digo:

—No la riñas, no tenía mala intención. Gracias a ella Tequila ha tenido un parto tranquilo y acompañada. Y se ha aprendido dos palabras nuevas.

—¿Tequila?

—Tu hija —digo, sonriendo y dándole un golpecito en el brazo—. «Atenuante» y «furtiva».

—No sé de qué leches hablas con mi hija. Voy a tener que pasar más tiempo con vosotros.

—No… —Iba a argumentar que soy buena influencia y eso, pero no seré yo quien se niegue a su presencia—. Sí, deberías.

Me vuelve a sonreír con esa sonrisa bajapantalones.

—¿Necesitas algo? ¿Tienes hambre? —me pregunta, incorporándose.

—Estoy bien.

—Prepararé algo de comer. Y Mason, no te preocupes por los gatos. Encontraremos una solución.

—Sí, vale.

El veterinario, tras comprobar que está todo bien y después de comerse un rico desayuno made in Grant —que vaya suerte tiene el tío—, me ayuda a trasladar a Tequila y a los gatitos al nido que les he preparado en una esquina del cuarto libre.

Es calentito, puedo cerrarlo para que los perrazos no entren a chupetearlos y tiene luz natural.

Yo he estado bastante rato sin hacer nada más que observarlos, porque el tiempo es eso que pasa mientras miro a un gato, a otro, a otro y a Tequila; así que decido salir al jardín trasero a leer.

Cuando llevo cincuenta páginas, aparece Mabel.

Me dice «hola» y entra en la casa a ver a los gatos; supongo, porque esta niña cree que es mi compañera de piso o algo.

Sale enseguida, sabe que no puede tocarlos y que necesitan tranquilidad.

Es algo que me encanta de ella: es dócil y muy concienciada con los animales.

Muy prudente en lo que a ellos respecta.

Para lo demás es una temeraria de cojones.

Cuando sale, toma asiento a mi lado en el escalón. Salvo el «hola» del principio, no nos hemos dicho más. Pero no es un silencio incómodo. Para mi sorpresa, Mabel ya no me molesta. Hasta podría decir que la entiendo, como a mis gatos. Al final, Ryder tenía razón.

Así que sigo guardando silencio hasta que ella me pregunta:

—¿Es un libro de gatos?

—No exactamente.

La niña frunce el ceño, a la espera de que diga algo más.

—Va sobre la vida. Es… complicado.

—¿Puedo leer?

Abre la palma para que se lo pase. Pienso en las primeras páginas, en si debería dejar que lo lea o en si está indicado para su edad. Al final, termino por pasárselo. Mabel se coloca el libro delante de la cara y comienza a leer por donde tengo el marcapáginas.

—¿No deberías empezar por el principio? —pregunto.

—¿Por qué?

—Los libros se empiezan por el principio.

—Los principios suelen ser aburridos. A veces me los salto.

La niña se salta los principios y yo los finales, entre los dos no hacemos ni un libro entero, pero… me gusta. Me gusta ser las páginas centrales de algo, el nudo en la trama, el cambio de rumbo, el segundo acto que separa la trama en dos mitades.

El posible inicio de un conflicto…

Me la quedo mirando. Ella empieza a leer en voz alta la parte en la que se menciona a Doraemon.

—He visto este capítulo —me dice.

—Yo también.

—No me gusta Nobita, es un quejica.

—A mí tampoco —admito con una sonrisa.

Y entonces empezamos a hablar de Doraemon, de cuáles son nuestros capítulos favoritos, y me sorprendo porque coincidimos en La máquina de los sueños.

—¿Saben tus padres que estás aquí?

—Sí. Me han dejado venir; pero me ha acompañado mi madre, porque estoy castigada —me dedica una miradita, pero enseguida devuelve la vista a la página en la que está y me pregunta con curiosidad—: ¿Por qué te gusta este libro?

—Porque me habla de cosas que no comprendo.

—¿Qué cosas? Mi madre dice que cuando sea adulta lo entenderé todo. Tú eres adulto.

—Soy adulto, pero no lo entiendo todo. A veces creo que no entiendo nada.

—¿Por qué?

—No soy tonto, si es lo que estás pensando.

Mabel empieza a negar con la cabeza, pero no logra decir nada porque una voz grave a nuestra derecha dice:

—Por supuesto que no lo eres.

Grant está de pie en mi jardín, apoderándose del aire que nos rodea, de mi respiración.

—Cielo, mamá está fuera. Está esperando a que salgas.

La niña deja el libro sobre mí.

—Volveré —informa antes de salir corriendo.

Grant me mira a los ojos. Tiemblo. Y la sensación de cosquillas en la tripa se me agudiza cuando lo veo agacharse junto a Camaleón, que está tomando el sol detrás de mí, y acariciarle con suavidad junto a la boca. Camaleón ronronea y yo estoy a punto también.

Grant se incorpora y toma asiento a mi lado, justo donde estaba su hija. Coge el libro que sigo teniendo en las piernas y lo examina con curiosidad y algo parecido a la extrañeza. Lo abre por la página marcada y lee el fragmento que ha elegido Mabel.

—Doraemon. ¿Te gusta?

—No mucho, pero sí me gusta ese fragmento.

No sé si lo has visto, Mabel me dijo que sí.

En el capítulo, Nobita quiere que lo dejen en paz, pasar desapercibido.

Doraemon saca de su bolsillo mágico una gorra que lo convierte en una piedra en el camino, permitiéndole ser «invisible».

Al principio, cuando se la pone, disfruta de la indiferencia de los demás, pero poco a poco se siente triste y solo.

Cuando se la quiere quitar, resulta que la tiene pegada a la cabeza.

—Me suena —admite—. ¿Qué tiene ese capítulo de especial?

—Nada. Es que… —Aparto la mirada, un poco avergonzado—. Siempre me he sentido un poco así —admito.

—¿Así cómo?

—Pues como una piedra en el camino, invisible en esencia.

—Cuando veo que me va a rebatir, levanto una mano para callarlo y añado—: Sé que físicamente gusto, no hablo de eso.

Pero a veces estoy ahí, sin más. La gente pasa y no me ve.

Me miran y no me ven. Me pisan, me dan una patada, queriendo o sin querer, y no me ven. Hasta ahora.

Nos miramos.

—¿Hasta ahora? —me pregunta con una intensidad que me traspasa la piel.

—Hasta que llegaste tú. Vosotros. Es como si me hubierais recogido del camino embarrado y me hubierais llevado a casa.