20 Mason #2
Me deja sin palabras, porque acaba de desmontar mi acusación; si es que era una acusación.
Siempre he defendido precisamente eso; que a los animales se les quiere como a hijos.
Sé que no he experimentado lo que es ser padre, sé que no tengo una base científica para decir algo así y sé que quizá la intensidad de un amor y otro sean distintas.
No digo que sea igual. Digo que yo sí considero familia a mis animales.
Los quiero. Me ayudan a levantarme cada día.
Me demuestran cariño, fidelidad; incluso Tequila, la gata ingrata.
Incluso Bola de pelo, que tiene las zarpas de un tigre, pero que me ronronea al oído cuando por las noches se acerca a mí y se duerme en mi almohada.
Rescaté a todos y cada uno de mis animales, y todos ellos me han pagado con creces un acto que no necesitaba compensación.
—Sí son familia —digo, al fin, recordando cuando saqué a Toto de un lago de Winter Falls porque el pobre estaba tan cansado de nadar que, si no me hubiera tirado a por él, no habría llegado a la orilla.
—¿De verdad que tenga una hija es algo tan horrible para ti? —Su voz susurrante suena un tanto desesperada.
Alzo la vista y veo que está mirando con el ceño fruncido en dirección a las escaleras. Mabel y Martha están arriba. Así que yo también hablo en un susurro, pero no en respuesta a su pregunta:
—¿Todo este tiempo…?
Suspira, parece abatido, pero entiende a qué me refiero.
—Me di cuenta ayer en la reunión de vecinos. Tú mismo me dijiste que eras Colmillo Blanco.
—Oh.
—Sí, oh.
Se está enfadando. O está triste. No lo sé.
—El día que no acudí a la cita fue el día que aparecí aquí buscando a Tequila.
—Y acusando a Mabel de ladrona, sí, ahora lo sé. Mira —se pasa las manos por el pelo y se lo retira de la cara—, esto me ha pillado tan de sorpresa como a ti. La diferencia es que me lo he tomado un poco mejor.
—Espera, espera, que no me lo estoy tomando mal, es solo que…
Me alza una ceja.
—Vale, me ha pillado desprevenido y durante una milésima de segundo, una sola, de verdad, he pensado que todo esto era una broma macabra, que siempre has sabido quién era y que querías…
—¿Qué quería, exactamente?
—Nada. Ya te he dicho que ha sido un segundo. Menos que eso.
—¿Creías que era algún tipo de engaño? ¿De juego? ¿Por mi parte?
Me siento como una mierda, porque no lo creo capaz de tal cosa, de verdad que no.
Me acerco un poco a él. Grant me mira, pero no hace amago de tocarme. No sonríe. No me gusta.
—Es curioso —dice, tal vez un poco cabreado—. Tú creyendo que todo esto era algún tipo de engaño y yo pensando en Kate encontrándose con Cassidy en una gasolinera. Pienso en causalidades más que en casualidades.
Hiperventilo y a la vez me ahogo; las dos cosas al mismo tiempo. Estoy empezando a desarrollar este don paradójico de hacer ambas cosas a la vez. Pero es que este es Remy. Mi alma gemela virtual. ¡Remy!
—Quizá somos más como Desmond y Jack en el estadio.
—O como Sawyer y Christian en el bar.
Podría correrme, de verdad que sí. Para mí, esto son preliminares. Grant hablando de Perdidos. ¡Grant es Remy!
—¿Y ahora qué? —le pregunto.
—Hay más ejemplos: Hurley y Libby; Sawyer y Locke; Jack y Claire…
Me río. Y me empalmo. Todo a la vez también.
—Me refería a qué pasa con nosotros.
—Lo sé. Estaba rebajando la tensión, creí que ibas a salir huyendo. O que ibas a empezar a llorar.
—Podría haber hecho ambas cosas. —Los dos nos reímos—. Pero en serio, ¿ahora qué?
—Podríamos intentar conocernos.
—Como Remy y Colmillo Blanco.
—Remy y Colmillo Blanco somos nosotros.
—Y tu hija.
—No, mi hija no es ni Remy ni Colmillo Blanco. Y la conoces más que a mí.
—¿Eh?
—Que pasas más tiempo con ella que conmigo.
«¿Eh?».
—¿No quieres seguir conociéndome? —me pregunta. Sigue sin acercarse.
—Siento que te conozco más que a mí mismo, Grant.
—¿Y eso qué quiere decir?
¿Eso qué quiere decir? No lo sé. Que somos almas gemelas. Que eso me aterra y me llena. Que estoy loco por él; por sus dos «él». Y muerto de miedo.
Que necesito tiempo.
Se lo digo. Me mira con tristeza y asiente.
Colmillo Blanco: Ya.
Remy: ¿¿??
Colmillo Blanco: Ya ha pasado el tiempo.
Remy: Once horas y cuarenta y siete minutos, para ser exactos.
Colmillo Blanco: El tiempo es relativo.
Remy: Díselo a Desmond Hume.
Colmillo Blanco: Justo te escribía para eso.
Remy: ¿¿??
Colmillo Blanco: Y tengo que acostumbrarme a la idea de que seas tú, Grant, quien me lea la mente.
Remy: Difícilmente te estoy leyendo la mente cuando no sé ni de qué hablas.
Colmillo Blanco: Te escribía para decirte que, si quieres, mañana podemos ver el capítulo de La constante juntos. Y justo has dicho lo de Desmond. No sé…, ¿el destino?
Remy: En teoría somos almas gemelas.
Colmillo Blanco: ¿En teoría? Au.
Remy: Me has pedido tiempo, Mase. Te lo he dado. No sé qué quieres.
Colmillo Blanco: Ver La constante.
Remy: ¿Tan sencillo cómo eso? No quiero que me hagas daño.
¿Daño? ¿Cómo que daño? Si había un alma en juego, esa era la mía; y llevaba todo el día pensando en qué hacer, qué decir, cómo actuar y lidiar con la nueva realidad. Era yo quien se lo jugaba todo a un color, pero, aun así, quería arriesgarme.
Colmillo Blanco: Te pedí tiempo, me lo diste, lo usé sabiamente y ya he vuelto.
He estado todo el día trabajando con Bosch, un labrador con ansiedad por separación.
Antes vivía con una señora mayor que no salía de casa.
Su nueva dueña trabaja fuera y Bosch pasa mucho tiempo solo, así que muestra una conducta destructiva: destroza sofás, ladra, araña las puertas hasta el punto de hacerse daño…
Colmillo Blanco: Nos queda un largo camino por delante, pero sé cómo proceder. El caso es que Bosch no es un perro desobediente, es un perro asustado. Y no destroza la casa, lo que destroza es el silencio que reina cuando está solo.
Colmillo Blanco: El silencio es una mierda, Grant.
Remy: Es la conclusión más profesional que he escuchado jamás ;-)
Colmillo Blanco: Solo tú podías hacerme reír en un momento como este. Intentaba pedirte perdón.
Remy: No hay nada que perdonar.
Colmillo Blanco: No me gusta cómo me he ido de tu casa. He pensado en volver y llamar a tu puerta al menos ocho veces.
Remy: Ocho, como tus gatos.
Colmillo Blanco: Idiota. (Ja, ja, ja). Pero trabajando con Bosch me he dado cuenta de que, desde que entraste en mi vida, primero como Remy, luego como Grant, el silencio se ha convertido en algo positivo. En calma, en sosiego. En excitación también, en tensión muda. En esperanza.
Remy: Me gusta como suena.
Colmillo Blanco: ¿Y qué opinas?
Remy: Que mañana a las seis en mi casa. La constante y cena.
Colmillo Blanco: Mejor cena primero y luego La constante, que si me ruge el estómago no puedo concentrarme. Y tú cocinas tan rico...
Remy: A la seis en mi casa, Mase.