20 Mason
VEINTE
MASON
Tras una carrera especialmente larga, los perros y yo llegamos a casa con la lengua fuera.
Los tres. Y los tres también bebemos agua como si nos fuéramos a morir de deshidratación.
Hay posibilidades de que yo aún lo haga, no descarto la opción; entre la grandiosa mamada de Grant de anoche y la paja de esta mañana —mucho más mundana— estoy eliminando fluidos a la velocidad del rayo.
Me dejo caer en el suelo al lado de Mr. Gruñón y de Toto, que siguen con sus hocicos en los cuencos, porque estoy rendido y no tengo ni fuerzas para meterme en la ducha.
Camaleón se me sube encima y maúlla antes de amasarme la tripa; es el único de mis gatos que lo hace, y me encanta; Cole y Dylan, los siameses, salen por la puerta corredera que he dejado entreabierta, porque Dios los libre de salir por una de las dos gateras que les abrí nada más comprar la casa; son unos esnobs.
Manchitas, subido al sofá, le da un golpe en el cogote a Bola de pelo y ella, indignada, sale también al jardín trasero.
Tequila no está a la vista; en cuanto pueda levantarme y ser funcional, me voy a buscarla.
Que esta mañana no ha querido comer y tiene pinta de que el parto se acerca.
Dos meses ya… Qué rápido pasa el tiempo.
Me suena el móvil. Por el tono, sé que es una notificación de Soul Finder, así que no me saco el teléfono del bolsillo hasta que no he acariciado un buen rato a Camaleón.
Desde que no hablo con Remy, no tengo ilusión con la aplicación.
Será Ryder contándome alguna guarrada o Jeremy tocándome los huevos con el final de Perdidos.
Pero, cuando haciendo un esfuerzo titánico me lo saco del bolsillo y veo que es un mensaje de Remy, dejo de respirar.
Mi alma gemela me ha desbloqueado.
«No, no, no es tu alma gemela, a ti te gusta Grant. Mucho. Te gusta-gusta», me dice un gatito blanco y angelical en mi hombro izquierdo.
«Sí lo es. Siempre has defendido que lo es. Remy y tú habéis nacido para estar juntos y hablar de chorradas que os llevan a hablar del bien y del mal. Soulmatesoulmatesoulmate», contesta un gatito negro con un tridente en mi lado derecho.
Dios, Remy.
Dios, Grant.
¿Qué hago?
Con un nudo en el estómago, entro en el chat.
Remy: Quiero verte.
Colmillo Blanco: Remy, lo primero, perdóname. Entiendo que me condenaras al ostracismo virtual. Me lo merecía. Siento no haber podido ir a nuestra cita. Diría que tengo una buena excusa, pero eso le quitaría valor a mi disculpa. Lo siento, de verdad.
Remy: ¿Lo sientes?
Colmillo Blanco: Muchísimo.
Remy: ¿Y querrías verme?
¿Querría? Sí. Pero… no. Pero sí. ¿Y Grant?
Quiero ver a Grant; quiero derretirme bajo su mirada, quiero besarlo, escuchar la cadencia de su voz; calmada, sexi, dominante y, a la vez, amable y paciente.
Quiero inhalarlo; su aroma natural, que da ganas de comérselo a mordiscos; el olor exquisito de su cocina, que hace que el lugar en el que él esté sea hogar.
Quiero follármelo, lamerlo de pies a cabeza, enseñarle esas otras cosas que no sabe de mí y que me llenan, ver si le llenan a él un poquito.
Pero Remy… Me gusta Remy. Cuando conocí a Grant, fue el propio Remy quien me quitó el peso de poder decidir. Me bloqueó, acabó lo nuestro y yo me limité a lamentarme un poco y a caer presa del encanto del vecino anteriormente conocido como Sawyer. Fui desleal y un poco adúltero. Pero es que Grant…
Soy Kate dividida entre Jack y Sawyer. No me cae bien Kate. Y no sé cómo ellos no se dieron cuenta de que Juliet era la opción correcta. Juliet, siempre.
A Remy no lo conozco en persona y no sé cómo se tomará lo de mis animales.
A Grant sí lo conozco y todo bien, pero…
tiene una hija y responsabilidades que me quedan grandes y quizá no quiera nada serio.
Qué va a querer. La gente con la vida así de asentada solo quiere a alguien a quien asentar a su lado.
Y yo no soy esa persona. No por poco asentable, quiero ser feliz, monógamo y llevar una vida tranquila con mis perros, mis gatos y el amor de mi vida.
Pero es que Grant es… Grant.
Remy: ¿Sigues ahí? Te veo en línea.
Colmillo Blanco: Lo siento, Remy. He conocido a alguien y no sé qué hacer.
Remy: A lo mejor yo sí sé lo que puedes hacer.
Colmillo Blanco: ¿¿??
Remy: Puedes venir a mi casa y devolverme la mamada de ayer.
Colmillo Blanco: ¡¿Qué?! ¡¿Qué mamada?!
Remy: Mason, ven a mi casa. Ya.
Colmillo Blanco: ¿Grant?
Estoy hiperventilando, me voy a desmayar. ¿Grant es Remy? El gato de las alas blancas está lamiendo al gato negro del tridente, que se está dejando, por supuesto.
¡¿Grant es Remy?!
Cuando llego a su puerta no me da tiempo ni a llamar porque Grant la abre de golpe, tira de mi mano, la cierra de una patada y me empuja contra ella, acorralándome.
No creo que nunca me hayan besado así, no creo que nunca me hayan consumido de esta forma; como si fuera un cóctel dulce hecho a base de fruta fresca.
No creo haber sentido nunca que mi alma abandona mi cuerpo o la consciencia o lo que sea que te abandone cuando el más puro placer se apodera de ti.
Y eso que la mamada de ayer fue una experiencia cercana al éxtasis.
Pero ahí estoy, flotando tan alto que toco el techo, mirando hacia abajo y observando como el tío más guapo, amable y sexi que he conocido en mi vida me come la boca.
Ese mismo hombre, haciendo alarde de una dominancia tal que le quita el aliento hasta a mi yo extracorporal, me coge en brazos y me lleva con él por el pasillo hasta la isla de la cocina, donde me deposita con una delicadeza que choca con la fuerza bruta de sus brazos en mis muslos.
Me ahogo en un mar de gemidos. Míos, suyos…
Grant tira de mí para que me siente más cerca del borde y entonces frota su enorme erección contra la mía.
Es delicioso. Y dejaría de besarlo para hacérselo saber, pero no puedo separarme de él, nuestras lenguas están imantadas y su lucha no es por liberarse, sino por enredarse más, conocerse más, saborearse.
Cuelo una mano entre nuestros cuerpos y le palpo la polla, haciendo que él gruña y que yo me quede sin respiración.
Entonces oímos voces en la puerta de entrada y, aunque no nos separamos de golpe —al menos él no lo hace, cosa que si pensara con detenimiento en esos momentos me haría sentir apreciado e importante—, sí ponemos la distancia suficiente para que nuestra posición sea apta para todos los públicos.
Grant —anteriormente conocido como Sawyer, Remy en la actualidad—, apoya la pelvis contra la isla de la cocina para ocultar el estado en el que está; yo me colocó la camisa de lino blanco que llevo, tapándome la erección que amenaza con salirse por la cintura del pantalón.
—Hola, papi; hola, Mase —dice una Mabel sonriente, sin prestarnos demasiada atención.
Martha sí lo hace y abre los ojos como platos. Será que conoce mucho a Grant… Ese pensamiento me pone de mal humor de inmediato. No suelo tener celos de ella, no es mi lugar. Martha es quien es; su mejor amiga, la madre de su única hija; y yo… soy yo. El loco de los gatos.
El ridículo ataque de celos se convierte en rabia.
Como cuando pones a hervir agua en una cazuela con tapa y esta empieza a rebotar por el vapor.
Tap, tap, tap; tap, tap, tap… Me voy calentando poco a poco.
Hasta que hiervo del todo. Porque yo había venido a esta casa buscando explicaciones.
Queriendo hablar. Pero claro, el adonis de la urbanización ha usado su poder de persuasión y su físico de granjero fornido de Wisconsin y me ha dejado sin palabras y sin aliento.
—Chicos, ahora me llevo a Mabel y…
—No hace falta —contesto bajándome de la encimera de un salto—. Yo ya me iba.
—¿Cómo que ya te ibas? —me pregunta Grant, desconcertado, tratando que la sangre le vuelva a subir a la cabeza, supongo.
—Grant, ya hablaremos en otro momento.
Es ridículo, yo soy ridículo. Quiero hablar con él ya.
Ahora. No largarme como un pringado que se siente fuera de lugar en una casa que es hogar, pero no el suyo.
En el fondo, sé que Grant no ha hecho nada malo, no de forma intencionada.
No lo veo capaz de urdir un embuste así. Ni tiene sentido. Nada tiene sentido.
—Yo os dejo solos, voy a subir con la niña.
No sé si se comunican de forma no verbal porque no me atrevo a alzar la vista.
Oigo pasos y, luego, las Crocs verde oscuro que Grant suele usar cuando está en la cocina aparecen en mi campo de visión.
Son como las negras que nunca llegué a devolverle, con un forrito muy suave en el interior.
Me quedan grandes, usa un par de números más que yo, pero son cómodas y, sobre todo, son suyas.
Miro sus pies, miro los míos. Me siento fuera de lugar.
—Ey. —Me agarra la barbilla con una ternura extrema y me levanta la cara—. ¿Qué acaba de pasar?
—Pues que estaba a punto de hacerte una mamada y ha aparecido tu familia.
No quería que sonara feo ni agresivo, pero así ha sido. Y me odio un poquito por ello.
Grant me mira con el ceño fruncido. No dice nada porque no comprenderá mi arrebato; o quizá no lo hace porque sí lo comprende.
—Así que Remy tiene una hija —digo.
—Así que Colmillo Blanco tiene ocho gatos.
—Tengo seis gatos y dos perros. Y no es lo mismo.
—¿Qué no es lo mismo?
—No es lo mismo tener familia humana que animal.
—¿No son familia igual?