Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 19 Grant #3
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19 Grant #3

Lo empujo más contra la pared a fin de tener el control absoluto de su cuerpo.

Quiero poseerlo, escucharlo suplicar, quiero ser el único hombre en el que piense.

Me aparto un segundo para poder respirar antes de volver a besarlo con ansias, degustando su sabor.

Nuestras lenguas se enlazan, la suya con timidez y la mía con la necesidad de poseer, poseer, poseer.

Él tiembla y mueve las caderas al ritmo que le marcan las mías.

Dios. Necesito hundirme en él, sentir su calor, que se deshaga en mí.

Quiero que se corra a lo bestia y seguir follándolo mientras lo hace.

Este no es solo Mason, el hombre que lleva meses volviéndome loco.

Es Colmillo Blanco, mi alma gemela, la persona con la conecté como no lo he hecho con nadie.

Dos en uno. Y tengo a los dos entre mis brazos.

—Grant —gime.

—Mmm. —Le muerdo la mejilla, subo una de las manos hacia su pezón y lo pellizco con suavidad. El gemido que se le escapa me la pone aún más dura, si es que eso es posible—. Repite eso.

—Por favor —suplica en un sollozo que me sabe a gloria.

Empujo su erección con la mía y noto cómo se tensa y se queda inmóvil.

Me aparto para mirarlo. Sé lo que quiere, lo que necesita, y pienso dárselo. Aquí, ahora. Y que el mundo se caiga mientras él se eleva.

Me aparto un poco para sujetarlo de la cinturilla de los pantalones.

—Se acabó lo de buscar novio por un tiempo —le informo mientras le suelto el botón y le bajo la cremallera—. Tú y yo, y a donde esto nos lleve.

Él me mira a los ojos un momento. Entonces asiente, mucho y muy rápido, como lo he visto hacer más de una vez cuando algo le entusiasma.

Luego baja la vista para ver cómo me encargo de liberarle la polla; dura, sonrosada y lista para que me la meta en la boca.

No es algo que haya hecho demasiadas veces, mis fantasías suelen tener a mi pareja —hombre o mujer— de rodillas, pero con él es casi una necesidad visceral que me nace de las entrañas.

Se me hace la boca agua y creo que él se da cuenta, porque las mejillas se le tiñen de rojo y traga saliva.

—¿Por un tiempo? ¿Hasta cuándo? —pregunta con un hilo de voz que luego se transforma en verborrea—.

Digo, para apuntarlo en algún sitio. No me gusta no saber estas cosas.

Una vez pensé que le gustaba a un compañero de universidad.

Me imaginé muchas cosas con él, pero al final solo fue amabilidad por su parte.

Yo… Mira, no soy bueno interpretando señales, supongo que es parte del motivo por el que creen que soy tonto y…

—Mason, nadie cree que seas tonto.

—No puedes hablar por todo el mundo.

—Cierto, hablo por la gente que hay en este cuarto. Y aquí nadie piensa que seas tonto.

—Pero aquí solo estamos…

—Mase, cállate. Te metería la polla en la boca para hacerlo, pero mi intención es ser yo quien te la coma, así que, dime: ¿si te la chupo, vas a dejar de decir gilipolleces?

—Sí, señor.

Me río, no puedo evitarlo. Me río mientras la sangre abandona mi parte racional y se me concentra en la cabeza de la polla. Ya no puedo hablar —a pesar de que tenemos mucho que aclarar, almas gemelas y todo eso—, ni pensar, ni hacer nada que no sea empaparme de él.

Me pongo de rodillas ante su atenta mirada, arrastrando las manos por sus muslos desnudos, y me meto la punta en la boca dándole una palmadita en la cara interior de la pierna para instarlo a abrirse un poco más.

Dios, su sabor. El tacto contra mi lengua es suave y me gusta sentirla hinchada y caliente, cómo crece con mi contacto.

Él suelta una especie de sollozo cuando empiezo a lamerlo y lo acaricio con los dientes.

Enseguida coloca una mano en mi hombro como si necesitara anclarse a algo sólido.

Lo chupo despacio, desde la punta a la base, al tiempo que le masajeo los huevos.

Está tenso, demasiado duro y excitado. No va a durar mucho, lo sé, pero haré que lo disfrute.

Me la meto hasta donde puedo y una vez la albergo en la garganta, trago.

Él suelta un jadeo animal y se cubre la boca con el brazo.

¿Para no llamar la atención de los invitados?

¿Para mordérselo y no correrse? Me la saco de la boca y le lamo la punta; lo acaricio mientras succiono con avidez.

Los gemidos suben de intensidad, al igual que los temblores; me pone ambas manos de nuevo en los hombros.

Me la saco un momento para poder decirle:

—Fóllame la boca.

—¿Así? ¿A lo loco?

Sonrío y le dejo un beso en el glande.

—Así, a lo loco —le digo guiñándole el ojo.

Suelta un gemido y yo me la vuelvo a meter en la boca. Empiezo despacio, pero acelero el ritmo en cuanto veo que me sujeta del pelo, con suavidad, por supuesto, porque es Mason y le pega todo agarrarme, pero no tirar.

Pero, de repente, no sé si por algo que hago yo o por algo que hace clic en él, deja de contenerse.

Me folla la boca tal y como lo he pedido.

Es brusco, frenético. También un poco caótico, tal y como es él en su día a día.

Y, joder, tenerlo así, totalmente entregado al momento, hace que se me tensen los huevos y tenga que pellizcarme el muslo para no correrme.

Su arrebato no dura demasiado. En cuanto deslizo la mano hacia su entrada y presiono la zona, se tensa y me tira del pelo; con mucha suavidad, una vez más.

—Grant…

No le da tiempo a decir nada más y a mí no me da tiempo de sacármela.

Estalla en mi boca y a mí se me va a salir el corazón del pecho.

Mi primera reacción es apartarme, nunca me he tragado el semen de nadie, pero me detengo cuando siento la tensión de su cuerpo, su mano en mi pelo.

Me quedo inmóvil mientras se derrama dentro de mí, sintiendo cómo la erección me aprieta cada vez más en los pantalones.

Me lo trago todo y luego lo recorro con la lengua mientras sigo acariciándole la erección, despacio.

Se ha dejado caer hacia mí y no deja de apretarme el hombro ni de gemir en un tono contenido para evitar que lo escuchen.

También me acaricia el pelo con suavidad y me pregunto si es su manera de darme las gracias.

Se me llena el pecho de una sensación extraña.

Me aparto con cuidado y alzó la vista para mirarlo a los ojos. Él los tiene brillantes y me mira con una adoración que apacigua mis ganas de levantarme, ponerlo contra la pared y follármelo a lo bestia.

—¿Me estabas acariciando como a un gatito? —pregunto con una sonrisa que espero que transmita todo el cariño que me llena por dentro.

Se ruboriza.

—No, no me atrevería. No eres un gato doméstico. Tienes algo de felino, pero eres más como… un leopardo.

—Ah, ¿sí?

Me paso el pulgar por los labios, movimiento que sigue con interés, y me levanto.

Ahí es cuando sus ojos van a mi evidente erección.

Apoyo ambas manos en la pared, una a cada lado de su cabeza y, cuando él se agacha un poco para subirse y recolocarse la ropa interior y los pantalones, nuestras bocas quedan a escasos centímetros.

Le doy un beso, prueba su sabor en mis labios, en mi lengua, y gime de una forma deliciosa.

—¿Quieres…? —Hace un gesto hacia mi entrepierna.

—Ahora no, pero…

Unos golpecitos en la puerta y la voz de Martha desde el otro lado:

—Grant, no quiero interrumpir, pero los Valdez se van a ir y quieren hablar contigo del menú de la boda de su hijo.

Suspiro. Mason tiene los ojos muy abiertos y, aunque la luz es tenue, sé que está rojísimo.

—Diles que ahora mismo estoy con ellos.

Se escuchan sus pasos alejándose junto a lo que juraría que es una risita y, cuando no se oye nada más que Yosemite, de Lana del Rey, sonando de fondo en mi salón, Mason agarra el pomo de la puerta a nuestra izquierda.

—¿Hay alguna posibilidad de que salga de aquí sin que te des cuenta y pueda irme a mi casa a revolcarme en mi vergüenza?

—¿Vergüenza por qué? ¿Por Martha? Prácticamente me ha lanzado a tus brazos y, además —añado acercando la cara a la suya y uniendo nuestras frentes—, no sabe lo que estábamos haciendo.

—Y encima tú estás… —Hace un gesto hacia mi polla—. Y yo no he… Y tú estás… Y sigo teniendo ganas.

—Yo también, como puedes ver —le digo, apretando mi erección contra su cadera—. Te acabo de probar y ya me apeteces muchísimo otra vez, pero vamos a tener que posponerlo.

—¿Luego?

—Mañana.

Hace un puchero, uno de verdad, con fruncimiento de labios y todo.

—¿Es una promesa?

—Es una promesa.

—Pues dame tu meñique, como me obliga a hacer Mabel.

Suelto una carcajada y le doy un azote cariñoso para que emprenda la marcha. Y, por supuesto, enlazo mi meñique con el suyo.

—Me encanta esta canción —me susurra al oído antes de separarnos mientras Lana habla de un amor puro, de un momento de paz, de estabilidad emocional; habla de cosas de las que suelen carecer el resto de sus canciones.

¿Será un vaticinio? Espero que sí.