19 Grant #2
—¿Los has visto juntos? ¿Crees que ese chico no quiere a tu hija?
¿Crees que me alegraría de que pasaran tanto tiempo en su jardín y en su clínica si no supiera en lo más profundo de mi ser que la niña está a salvo y protegida, que su corazón no está en juego?
¿De verdad lo crees, pedazo de tonto del culo?
Ni tú tampoco lo harías; así que, a un nivel inconsciente, tú también sabes que Mason no tiene problemas con aceptarte como padre.
—No es tan sencillo —digo mientras dejo la cerveza ya vacía en la mesa—. Una cosa es que la niña se haya abierto paso en su vida y él… la acepte y otra que se líe conmigo, que soy… padre veinticuatro horas.
—Eres hombre veinticuatro horas. Padre siempre, es cierto, pero nos dividimos el cuidado de nuestra hija de forma magistral, así que hay un momento para todo. No busques excusas, amor.
Y con la pullita, se gira para hablar con Amelia, una vecina con la que se lleva muy bien, y me deja ahí, planteándome mi vida a un segundo de que Mason llegue a mí.
Y lo hace a lo grande: se tropieza, me salpica con la sangría y se aferra a mi cintura; como si soltarse supusiera la misma muerte.
Y es curioso, porque yo siento ese mismo vértigo; pero no cuando se separa de mí, sino ante su contacto.
Cada vez me resulta más difícil resistirme al tirón que Mason tiene sobre mí.
Es como si me llevara sujeto de una de sus correas cortas y yo ya me hubiera cansado de tirar.
Le estabilizo la mano para evitar que me siga tirando la bebida encima.
Tiene los ojos fijos en mis labios y soy consciente de que ahí es donde va mi mirada un instante después: a los suyos.
No creo que podamos seguir resistiéndonos.
Hemos ido saltando todos los obstáculos del camino; algunos incluso han dejado de existir o se han tornado invisibles.
¿Quizá ha llegado el momento de encontrar esa recompensa semienterrada que él le ofrece a sus pacientes?
—Tienes una manchita —le digo, y llevo la mano libre a su cara para limpiarle la gotita rosada que tiene en la barbilla.
—No estoy borracho, que conste. He bebido un poquitín, pero, como no has parado de traerme comida, tengo un buen colchón en el estómago.
Sonrío y dejo el vaso que tiene en la mano en una mesa a nuestra derecha, junto a mi cerveza vacía.
—No tienes que beber, ni siquiera ese poquitín, para ser encantador y gustar a la gente.
—Pues díselo a todos esos chicos que me miran raro cada vez que abro la boca cuando estoy sobrio. Así nunca voy a tener un novio normal. O novio, a secas.
—Ah, ¿que estás buscando novio? ¿Ahora mismo? Y normal, nada menos —le digo en un tono más borde de lo que quería, pero que él ignora o no capta, porque sí que ha bebido y no está tan entero como cree.
—Ahora mismo no. Y no te burles, ¿sabes lo difícil que es?
Teniendo en cuenta que quiero un novio más guapo que yo…
—Ante mi alzamiento de ceja, aclara—: Es para no llamar tanto la atención, ya sabes.
Si el resto se centra en la otra parte de la pareja, yo podré seguir a mi bola y pasar desapercibido.
La otra opción, si es que no logro encontrar a alguien más guapo, así, como tú…
, es liarme con alguien que tenga más animales que yo.
¿Me lo como? ¿Lo mato?
—Veo complicadas ambas cosas —le digo.
—¿Eh?
—Que encuentres a alguien más guapo que tú está difícil. ¿Que tenga más animales? Casi imposible. Así que, siendo rigurosos, aunque será una ardua tarea, veo más viable la del novio guapo.
—¿Eh?
Es adorable. Y lo es a pesar de que el hecho de que esté buscando novio me toca los huevos. Es injusto, no estamos juntos, no tengo derecho a cabrearme, pero qué le voy a hacer si me toca los huevos; y no de la manera divertida.
Mason está en su derecho de buscar a alguien si quiere, aunque eso me reviente por dentro.
—Bueno —dice, como saliendo de su ensimismamiento—, tú me has visto como soy, me da miedo acercarme a alguien y hablar. La única persona, aparte de ti, contigo estoy muy a gusto —añade con una sonrisa tímida—, con la que he sido yo mismo es con Remy. Y todo acabó fatal, me bloqueó y todo.
Me quedo inmóvil.
¡¿Qué?!
No puede ser.
—¿Remy?
—No te he hablado de él porque…, aunque sé que tú y yo…, ya sabes, no tenemos nada, me parecía fuera de lugar. Pero Remy es el chico con el que hablaba en Soul Finder. La aplicación de citas de Levi y Ryder. Ryder, nuestro vecino…
—Sé quién es Ryder, Mase.
Respiro hondo y lo sujeto de la barbilla.
—Remy. ¿Se llamaba así?
—A ver, no sé si era su nombre real, pero en la app usaba ese nick, sí.
—¿Cuál es tu pseudónimo en Soul Finder? —No sé cómo puedo sonar calmado, no lo estoy en absoluto.
—Colmillo Blanco.
Dios.
Diosdiosdiosdios.
Es él. Siempre ha sido él. Joder, joder.
Lo miro como si lo hiciera por primera vez y en parte es así.
Estoy mirando al chico por el que he suspirado durante semanas, que me ha robado sonrisas, orgasmos a medianoche y horas y horas de conversaciones.
No me lo puedo creer. Cuántas veces lo habré imaginado…
«Almas gemelas». Por él llegué a pensar que existían de verdad.
Hasta que me di cuenta de que el concepto solo era una quimera, un desconocido jugando con otro desconocido a conocerse.
Y aquí está ahora, mi supuesta alma gemela.
Es real. Lo he visto caer, levantarse, reír, llorar.
Lo he escuchado gemir y he tocado su deseo con la punta de los dedos.
Mi contención se evapora. Saber la verdad abre la tapa que la ha estado conteniendo y todo se va a tomar por culo.
Mi alma gemela y mi vecino precioso que me vuelve loco son la misma persona, y ya no encuentro obstáculo alguno para caer rendido a sus pies y ceder.
No hay traiciones, solo verdades descubiertas, liberadas.
Ni siquiera pienso en que el principal obstáculo para que Mason y yo estuviéramos juntos no era Colmillo Blanco.
—¿Es tu libro favorito? —pregunto sabiendo cuál será su respuesta.
—Hum… ¿Colmillo Blanco, dices? El de mi padre. Me lo leía cada noche.
Arrastro el dedo por su cuello y siento cómo el pulso se le acelera.
Estoy tocando a mi alma gemela y ahora no puedo dejar de pensar en todo lo que me ha dicho Martha, en nuestras conversaciones en la app y en todas las ocasiones en las que apenas he podido resistir las ganas de besarlo.
Sobre todo, no puedo dejar de pensar en lo mucho que lo deseo.
—¿Qué sucede? —me pregunta con voz entrecortada.
Acerco el rostro para susurrarle al oído:
—¿Por qué iba a suceder algo?
Siento cómo se estremece cuando arrastro la nariz por la zona sensible detrás de su oreja. Su olor me envuelve, su calor me provoca descargas eléctricas que van directas a mis huevos. Todo él es una puñetera tentación y yo llevo demasiado tiempo resistiéndome.
—Me estás mirando raro —dice en un suspiro, clavándome los dedos en la cintura.
—«Raro» no es la palabra exacta. Te miro con necesidad, con deseo, con determinación.
—¿Determinación? ¿Y a q-que estás… determinado? —me pregunta casi sin respirar y con los ojos muy abiertos.
No puedo contenerme, mis labios acarician los suyos y él se aferra a mí con fuerza. Miro a nuestro alrededor, nadie nos presta atención, así que lo empujo hacia el pasillo que lleva a mi despacho y atrapo su labio inferior entre los dientes. Jadea.
—¿Qué está pasando? ¿Estoy soñando? Porque he tenido una fantasía muy parecida a esta. Solo que no había tanta gente alrededor. Pero…
Deja de hablar cuando lo hago girar, le doy un pequeño azote en el culo, que lo hace jadear de nuevo, y lo agarro por la cintura desde atrás para que entre en mi pequeña oficina.
Todo está en penumbra, salvo por la luz plateada de la luna que se filtra por la ventana de forma casi tímida.
Mason me mira. Tiene los ojos brillantes, puede que por el alcohol o por el deseo.
Los labios abiertos, el cuerpo tembloroso.
Llevo una mano a su mejilla, muy despacio, para no asustarlo, y él cierra los ojos un instante.
Uno nuestros cuerpos y lo empujo contra la pared.
No dejo de mirarlo. Necesito saber que siente lo mismo, que estamos en el mismo punto.
Acerco mis labios a su oreja y lo acaricio con la punta de la nariz.
Me deleito con cada suspiro y estremecimiento.
—Dime que quieres esto tanto como yo. Dímelo, Mason, porque una vez empiece no habrá vuelta atrás.
Su respuesta es atraerme por la cintura. Nuestras pollas chocan la una contra la otra, se acarician y se frotan de una manera deliciosa. Luego es él quien une nuestros labios, pero sin llegar a besarme. Respira en mi boca, temblando. Está nervioso. Levanta la mirada al ver que no me muevo.
—Quiero. Quiero mucho. No sé por qué me lo dices ahora y tampoco me importa. Pero claro que quiero. Quiero todo el rato y quiero…
Lo corto envolviendo con los dientes su labio inferior y deslizándole los dedos por debajo de la camiseta.
—Oído cocina —le digo con una sonrisa que me devuelve de inmediato.
—Míralo, haciendo bromas de cocinero.
—Era para relajar el ambiente.
—Muchas bromas tendrías que hacer para que yo me relajara en tus brazos después del tiempo que llevo soñando con esto.
Me deja sin aliento.
—Puedo tratar de relajarte sin hacer chistes.
—Pero con tu boca, espero.
Sonrío contra sus labios.
Y luego, por fin, tras toda la tensión que lleva semanas —meses, incluso— construyéndose, lo beso. Lo beso como llevo queriendo hacer desde que lo vi por primera vez e imaginé cómo sonarían sus gemidos en mi boca. Y madre mía cómo suenan, de maravilla. Una puñetera locura.