Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 19 Grant
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19 Grant

DIECINUEVE

GRANT

—Me han invitado a la siguiente reunión de vecinos —me dice, cuando aparco el coche, con la vista fija en la pantalla de su móvil.

Acabamos de volver de quitarle la férula.

Quería que lo llevara Ryder, porque decía no sé qué de que mi aroma en un espacio tan reducido era abrumador.

Al principio creí que estaba insinuando que olía mal, pero cuando vi cómo me miraba los labios, me di cuenta de que era una especie de cumplido encubierto y escribí a Ryder para decirle que yo me ocupaba.

Él me respondió con tres emoticonos de fuego, una berenjena y gotas de lo que describiré como «agua», y yo metí a un renuente Mason en mi coche sintiéndome enorme y muy atractivo.

—Mason, estás invitado a todas; es una reunión de vecinos y tú eres vecino.

Le hago un gesto para que pase y él niega con la cabeza con cara de susto, como si le estuviera ofreciendo un tour por el infierno.

—No es verdad, me dejaron de invitar hace unos meses.

—Dejaron de mandarte el correo porque nunca ibas. Lo hacen con todos los que no asisten en seis meses. Pero como ahora eres el vecino entrañable de los gatos…

—Dime por favor en qué momento pasé de loco a entrañable.

—Cuando dejaste que te conocieran.

—Nunca me negué, eran ellos, que me miraban raro y susurraban a mis espaldas… Tú has visto Perdidos, ¿no? Pues eso, era como estar en medio de la isla y escuchar susurros por todas partes.

Suelto una carcajada, pero, a pesar de lo mucho que me divierten sus ideas locas, creo que necesita honestidad por mi parte.

—Mase, no te sabes ningún nombre…

—Porque se me dan fatal. Nunca me acuerdo.

—O…

—¿O qué? —me pregunta un poco a la defensiva, pero con ese toque inocente con el que va aderezada cada una de sus frases.

—Que podría ser, solo podría ser, ¿eh?, que lo hagas de forma inconsciente, porque si no te sabes sus nombres, no intimas, y si no intimas, no te arriesgas a que te rompan el corazón.

Me mira escandalizado.

—No tienes derecho a juzgarme.

—No te estoy juzgando, solo te doy mi opinión.

—Pues no necesito tu opinión.

—De acuerdo, lo siento.

Abre la boca, la cierra. Se acaricia la cicatriz. La vuelve a abrir y me señala con un dedo acusatorio, que baja de forma inmediata.

—Pasa —le digo.

—No, me voy.

—Pasa un segundo y te ayudo a dar de comer a los gatos. Mabel no está y, aunque ya estás bien y te han dicho que empieces a hacer vida normal, será mejor que durante un par de días no te esfuerces mucho.

Vuelve a señalarme con el dedo y, una vez más, lo vuelve a bajar.

—Vale, pues no entres, pero espérame. Quiero desmoldar los pastelitos de ruibarbo que he hecho para esta noche.

—¡¿Qué?!

¿Y ahora que habré hecho mal?

—Esta noche la reunión es en mi casa. Todos los vecinos traen algo y yo he hecho minitartas de ruibarbo y chips de calabaza.

—Me muero.

—¿Te mueres… mal o te mueres bien?

Desde que Mason está en mi vida me siento como esas noches en las que Mabel tardaba en dormirse y había que leerle un cuento tras otro hasta que caía rendida.

Bueno, hasta que caíamos rendidos; porque yo a veces estaba tan agotado que me quedaba dormido en su pequeña cama y me despertaba antes del amanecer desorientado y con dolor de cuello.

Así me siento con Mason. Desorientado.

Como los protagonistas de Perdidos fuera de la isla.

Desorientado como a veces parece él cuando habla con mi hija.

—¿Ruibarbo?

—¿Te gusta o te horroriza? No me queda claro.

¿A quién más le gustaba? ¿No me lo dijo alguien hace poco? Lo pienso durante unos instantes hasta que Mason me desconcentra y pierdo el hilo de pensamiento.

—Mucho, me gusta mucho. A mi madre también le encanta. Ha intentado cultivarlo varias veces, pero no lo ha logrado. Y Winter Falls tiene un clima propicio, pero nada, se le resiste como a mi padre la papaya.

Sonrío maravillado y confundido a partes iguales.

—Yo no lo cultivo, solo lo preparo. Y la papaya es muy tropical para nuestro clima, entiendo que no prosperara.

Abro la puerta y lo dejo pasar, va directo a la cocina como guiado por un humo invisible con olor a vainilla, almendra y ruibarbo.

Como cada primer sábado del mes, hay fiesta en la asociación de vecinos.

Y hoy me toca ser el anfitrión. Bueno, le tocaba a mi padre, pero ha tenido que viajar a Londres para firmar unos papeles de la cesión de su antigua empresa y me toca comerme el marrón a mí.

De hecho, tengo dudas de que sea verdad.

Quizá está en su casa agazapado tras el sofá, esperando a que la reunión pase y quede otro mes para la siguiente. Lo veo más que capaz.

—No hablas mucho de tus padres —le digo mientras le pongo una tartita recién desmoldada y una copa de vino blanco dulce.

—Mi madre solo está sobria los jueves y los domingos —suelta como si tal cosa, en su fascinante línea.

Debe de verme la cara, porque añade—: Mi padre murió un jueves, y el domingo era el día favorito de la semana para los dos, porque ambos libraban.

Necesita estar sobria los jueves para poder llorarlo, y los domingos para recordarlo.

—Desvía la mirada hacia las ventanas. Su dolor me atraviesa un poquito el corazón.

Mason parece hermético, pero solo es eso, apariencia; hasta que se siente seguro y se abre.

¿Significa que se siente seguro conmigo?

¿Cambia eso algo? No tengo ni idea, tampoco sé cómo sentirme al respecto.

Ni tengo tiempo para pensarlo, porque sigue hablando—: Ambos llevaban una floristería.

Ahora se encarga Ariel el ochenta por ciento del tiempo.

Ariel mi amigo, el de la pizarrita, no el sireno —explica, como si fuera necesario.

Se me escapa una sonrisa.

—Vaya, gracias por aclararlo —le digo.

Él se ruboriza y me mira con mucha atención mientras apoyo los codos en la isla, frente a él, y me llevo ambas manos a la barbilla para no perderme ni una sola palabra de su discurso errático.

—Mi madre cuida el jardín y bebe. No creo que sea alcohólica, porque me parece que sí es capaz de controlarlo, pero bebe cinco días a la semana.

Quizá un poco borracha sí es, pero no de enfermedad, quiero decir.

La madre de un vecino de Winter Falls era escritora y decían que siempre estaba en la cocina escribiendo novelas románticas con una perpetua copa de vino.

La llamaban genio, talentosa, creativa. Supongo que, dado que mi madre bebe para ser feliz o para olvidar que no lo es, no es tan glamuroso y solo es un poco borrachilla.

Pero es buena persona. Ahora que lo pienso, Ariel y yo también bebemos a menudo, aunque sea poco y por otro motivo.

A lo mejor es la floristería, que tiene una maldición.

A lo mejor comimos hojas de ruibarbo y quedamos malditos, porque sabes que son venenosas, ¿no?

—Es por el ácido oxálico, por suerte para ti, lo sé —le digo con una sonrisa fijándome en cómo mastica el pastelito con cara de felicidad.

Se atraganta al escucharme; no sé si le hago gracia o le da un poco de miedo pensar en mi capacidad de envenenarlo.

—Está espectacular. —Se pasa la lengua por los labios teñidos de rojo.

—Gracias.

—Tu comida es mi favorita del mundo entero.

Por increíble que parezca, creo que el vino le empieza a hacer efecto. Cuando dice que necesita poco para que le suba, lo dice de verdad.

Sonrío. Es precioso.

—Teniendo en cuenta que, si no te cocino yo, pides comida de fuera, no sé si es un cumplido o no.

—Lo es. Comería lo que me dieras con los ojos cerrados durante todos los días de mi vida.

Soy yo quien se atraganta. Él solo se sonroja y se bebe el vino que le queda en la copa de un trago.

El miedo de Mason desaparece en cuanto llegan los primeros vecinos y lo tratan como a uno más.

Cada vez que alguien le habla, me mira y me sonríe haciéndome un gesto adorable con la cabeza, como diciendo: «mira, mira, otro más, les caigo bien».

A ver, también es cierto que lleva dos sangrías entre pecho y espalda.

—Así que tu chico por fin se ha animado a venir a una de nuestras reuniones —comenta Martha, colocándose a mi lado junto a la pared.

—No es mi chico. Y volvieron a invitarlo, así que aceptó.

—Por ti.

—Porque en el fondo quiere integrarse. Solo que no sabe cómo hacerlo.

—Me cae muy bien.

—A él también le caes bien tú, aunque a veces no lo parezca —le digo con una sonrisa antes de darle un trago a la cerveza.

—Tu hija lo adora.

—Mi hija lo adora, sí.

—¿Y tú, hasta cuándo vas a aguantar? Si puede saberse —me dice—. Lo vuestro es inevitable. Estáis destinados a ser. Asúmelo y toma medidas. Nunca has sido un cobarde.

—No soy un cobarde, Martha. Pero esto es… distinto.

—¿Distinto a qué?

—Distinto a todo. No es un rollo cualquiera y a la vez me pregunto si cualquiera de los dos está preparado para ir más allá. Tras lo de Colmillo Blanco…

—A Colmillo Blanco nunca lo llegaste a conocer.

—Perdona, pero en los meses que chateamos lo conocí más que a gente con la que he tratado toda mi vida. Y parece mentira que tú, defensora acérrima de Soul Finder, tengas el cinismo y la caradura de decirme algo así.

—No es cinismo, amor. Solo creo que un paso fundamental al encontrar a esa alma gemela es conocerla en persona y comprobar que ambas partes del todo te gustan y te atraen.

El plano emocional e intelectual y el físico.

En tu caso, ese malnacido te dejó tirado tres veces, por lo tanto: alma gemela, mi coño moreno.

—Las rubias no podéis decir eso. Y no me llames «amor».

—Las rubias podemos decir lo que nos dé la gana. Y te llamo como quiero.

Nos sonreímos con cierta añoranza, pero, sobre todo, con cariño. La quiero. A veces no la soporto, pero la quiero.

—No sé —murmuro antes de darle otro trago a mi cerveza y ver cómo Mason avanza en nuestra dirección.

—Quiero a Mabel con locura. No puedo tener algo con alguien que no…