18 Grant
DIECIOCHO
GRANT
Me pregunto si es consciente de la de horas al día que pasa con mi hija, de cómo sonríe él, de cómo lo mira ella, con esa admiración de una niña que cree haber descubierto la que será su vocación.
Su actitud con ella ha cambiado tanto… La sigue llamando «extraña criatura» muy a menudo; le dice palabras complicadísimas que luego le explica como si tuviera treinta años y la observa mientras vuelve a casa cada día después de ayudarlo en la clínica.
Lo sé porque yo lo observo a él con los prismáticos de Hello Kitty.
Así que yo diría, sin miedo a equivocarme —lo que me llena de euforia y pavor a la vez—, que Mason ha cambiado de opinión con respecto a los niños y que ya no cree que son esos monstruos más propios de El pueblo de los malditos que de una tranquila urbanización de la parte rural de Inglaterra.
También sé que no es bifóbico en sentido estricto.
Un poco sí, pero esa chorrada se la podría quitar a pollazos sin problema.
Cada vez me cuesta más mantenerla en los pantalones, de hecho.
Cuando me mira como si fuera el único hombre sobre la faz de la tierra me tiembla hasta el alma.
Pero luego hace otras cosas que me desconciertan, y se asusta o se muestra retraído y esquivo.
Y yo no sé si estoy preparado para las dificultades que implica intentar una relación con alguien así.
Mientras los miro haciendo lo que sea que están haciendo a cuatro patas con la cabeza en un seto del jardín de enfrente, descubro que Cam aparca junto al camino de entrada de mi casa.
Se baja del coche con su traje hecho a medida y esa pose de estar por encima de todo que aún no sé si es real o pura fachada.
Cam es mi mejor cliente. Vive en Winter Falls y tiene un restaurante vegano en el que hay que reservar con meses de antelación.
También tiene muchos y muy buenos contactos, y es la persona que puede lograr que la feria procure los beneficios suficientes para que Mason pueda cuidar de esos gatos durante mucho más tiempo.
Cuando el otro día hablé con él para cerrar los aperitivos especiales del mes —ñoquis con setas, y aguacate y champiñones rellenos de pesto—, le propuse colaborar y le mandé un mail con lo que pretendíamos.
Esta mañana me ha llamado para decirme que estaba por la zona y que quería cerrar el tema.
Salgo de la casa para ir a su encuentro.
—Esto es… —Cam lo observa todo con detenimiento— como muy idílico, ¿no?
—Es una urbanización familiar muy tranquila.
—Ya. Yo es que de eso no sé. Y mi familia me cae fatal así que…
Soy un chico de ciudad, qué le vamos a hacer.
¿Eso que pasea esa niña es una rata? —pregunta, señalando al otro lado de la calle, donde Mabel y Mason han sacado lo que buscaban en el arbusto, y que resulta que era Alvin, el paciente chihuahua de Mase.
—Es un perro. Y esa niña es mi hija.
—Vale, ahora lo entiendo. Quieres salvar a los gatitos por ella.
—No solo por ella.
Entonces se fija en Mason, que camina unos pasos por detrás de Mabel diciéndole algo sobre no tirar de la correa y no presionar.
—¿Y quién es ese bombón?
No quiero contestar a eso. Me cae bien Cam; muy bien, de hecho. Y lo admiro como restaurador y como hombre de negocios. Pero el comentario me desagrada, hace que el vello de la nuca se me erice.
—Nadie. ¿Quieres entrar? —Le señalo la puerta de casa—. Podemos tomar un café y hablar tranquilos.
Por fin aparta la vista de Mason y me mira.
—No, gracias. Quería ver dónde tenías pensado hacerlo para hacerme una idea de qué se necesitaría.
—Entonces, ¿aceptas mi propuesta?
—Sí, por eso he venido. Me encargaré de los puestos, las mesas, las sillas, las sombrillas… Llevarán publicidad de mi restaurante. También me encargaré de la promoción, no te preocupes.
—Muchas gracias. —Lo estudio, sorprendido. No porque creyera que me iba a decir que no, sino por el despliegue.
—Me gusta la causa, y que me debas un favor es algo muy muy tentador. —Curva los labios en una sonrisa burlona que debe funcionarle allá donde va.
Cam es quizá el hombre más guapo que he conocido nunca, pero toda su belleza se escurre en cuanto sus ojos se cruzan con los míos.
Distancia, eso me pide su mirada, y distancia es lo que le he dado a pesar de los años que llevamos trabajando juntos.
No tiene nada que ver con la belleza pura de Mason que me vuelve tan loco.
—¿Qué quieres a cambio? —le pregunto, devolviéndole la sonrisa.
La suya se ensancha y se mete las manos en los bolsillos.
—Es una condición muy sencilla: será una feria vegana, completamente.
—Cam…
—No aceptaré de otro modo. No puedo ayudar a seres vivos vendiendo productos hechos de animales muertos. Me niego. No sería bueno para mi imagen.
Me paso las manos por el pelo, apartándomelo de la cara.
—He estado planificando y probando recetas. Supongo que puedo quitarles el pollo y el salmón a varias de ellas.
—Y el resto lo pondré yo. Serviré la comida de mi restaurante.
Una versión más de andar por casa, para que pueda comerse en platos de papel.
Cuenta con ello. Si quieres… —me dice acercándose más a mí mientras yo a mi vez miro a Mason— podemos probar unas cuantas recetas en mi casa.
Ya sabes, desnudos, con musiquita de fondo, tú encima, yo…
Todo me vale. —Se me acerca tanto que su perfume amaderado, denso como todo él, me llena las fosas nasales.
Quizá en otras circunstancias me pondría, pero Mason acercándose y sonriendo a Mabel… —. ¿Qué miras?
Se da la vuelta para ver dónde tengo mi atención. Mason, con las mejillas sonrojadas, mi hija, con una sonrisa de oreja a oreja, y el chihuahua ladrador llegan hasta donde estamos nosotros, muy cerca aún el uno del otro.
De pronto, Cam parece olvidarse de mi presencia; al mismo tiempo que Mason parece reparar en él.
—Mason, este es Cam —le digo, separándome de él—. Nos va a ayudar con la feria.
—T-te conozco —murmura Mason con timidez y un ligero tartamudeo.
¿Perdona? No hay tartamudeos para el cabronazo de Cam. No los merece.
—Ah, ¿sí? Porque creo que me acordaría de ti.
—Estuve una vez en tu restaurante. No hablamos ni nada, pero estabas ahí. Soy de Winter Falls. Bueno, lo fui; ahora vivo aquí.
—Nunca se deja de ser de Winter Falls. Te vas, pero te lo llevas encima. Es como una capa de sudor en plena actividad sexual.
—¿Qué? —pregunta Mason mirándolo con mucha atención.
Ah, no. Eso sí que no.
—Cam —le advierto.
Él me sonríe, todo dientes.
Mason carraspea.
—Bueno, yo tengo que irme. Hasta luego. Gracias. Adiós. Adiós, Mabel.
Hace una de sus retiradas a toda leche que nos deja a los tres sonriendo.
—Mabel, entra en casa y lávate las manos, la comida está casi lista.
Cuando mi hija se ha ido, Cam me dedica una sonrisita.
—Vaya, vaya, qué calladito te lo tenías.
—No sé a qué te refieres.
—Si me hubieses mandado una foto no tendría ni que haber venido. Te hubiera dicho que sí al instante. Creo que nunca había visto un culo tan perfecto, y he visto muchos. Habría que ver qué tal al tacto, a veces engañan.
—Ni se te ocurra. No está disponible.
Suelta una carcajada.
—Una probadita…
—Lo digo en serio —insisto.
—Me alegro por ti, tío. —Su sinceridad me descoloca y hace que mi réplica se me atragante en la garganta.
Cam comprueba la hora en su carísimo reloj y echa andar hacia su coche—.
Les digo a los chicos que se pongan en contacto contigo para arreglarlo todo —informa, refiriéndose a sus ayudantes, supongo; por el tono, podrían ser sus hermanos, sus lacayos o sus esclavos sexuales.
Y cada una de esas opciones me parecería posible.
—¿De qué te alegras?
Él se detiene antes de abrir la puerta del coche.
—De ver que tienes un gusto exquisito. —Curva los labios en esa sonrisa suya tan característica—. Cuidado con el gatito, los que parecen mansos terminan siendo de lo más salvajes.
—No hay nada entre nosotros. —Soy consciente de cada palabra de esa mentira.
—Claro, claro. Y seguro que me he imaginado cómo te miraba, como si quisiera treparte y quedarse a vivir en tu cintura o en…
—Vale, Cam. No sigas. Gracias y adiós. La próxima vez mejor nos llamamos.
Me guiña un ojo y se sube al coche con una carcajada.
La feria es un éxito, se sacan beneficios para más de un año y unas cuantas ofertas con un par de empresas de madera, recogida de residuos y material reciclado.
Ver a Mason mirar emocionado cada cosa es uno de los mayores subidones del mundo.
Yo controlo los cinco puestos de comida junto a camareros de mi antiguo restaurante y un par del restaurante de Cam.
Mabel y Martha están en una mesa enorme donde puedes comprar claveles de forma anónima y escribir una nota para la persona a la que quieras regalárselo.
Los niños de la urbanización —y amigos de Mabel del colegio— se encargan de buscar al elegido entre la muchedumbre y las distintas mesas donde los visitantes se sientan a comer y entregárselos con la dedicatoria correspondiente.
Así que hay risas, besos y mucho griterío.
A mí me regalan un par. El clavel blanco cuya notita dice que me quiere con letra infantil y un par de faltas de ortografía es de Mabel (espero), y el que tiene un «gracias» en mayúsculas y un corazón, de Mason. O eso quiero creer.
Han venido de la clínica veterinaria, de la tienda de productos animales —que le han propuesto a Mason suculentos descuentos anuales y a mí me han hecho un encargo masivo de chuches para perros y gatos— y de la protectora de Eeriewood; entre los tres han ocupado el puesto más grande después del restaurante principal y han colocado expositores con camitas, mantas y una máquina de collares personalizados que está siendo un éxito total.
Mason lleva el puesto con las golosinas para mascotas que nos hemos pasado horas envasando; lo hemos hecho en el jardín de Mason: Mabel, Martha, Leo y yo, rodeados de perros y gatos que se lo querían comer todo y cuyo dueño se paseaba de un lado a otro, frustrado por no poder ayudar con las bolsitas por culpa de su «puta e inútil mano»; palabras textuales.
Hay cola en todos los puestos y mi loco de los gatos, al que le hemos probado que estaba equivocado, mira el lleno total con una sonrisa soñadora.
Ryder y sus hermanos reparten globos y los Langston han traído tartas, galletas y bizcochos, todo vegano; en cuanto se lo dije estuvieron de acuerdo.
Es un día bonito y agotador y, por la noche, cuando ya está todo recogido y la gente ha vuelto a sus casas tras pasar más de diez horas fuera, Mason me abraza de una forma que me quema la piel y me la traspasa.
Se graba en mi interior como las cosas que importan.
Como las cosas que quizá no pueden controlarse porque están destinadas a ser.
O quizá es un abrazo de agradecimiento que no pretende ir más allá a pesar de que yo lo sienta hasta en los huesos. Quizá quiero creer que significa más de lo que en realidad significa. Pero, en cualquier caso, se queda conmigo, impreso en mi alma.