17 Mason
DIECISIETE
MASON
Resultó que Grant había venido a traerme unas hojas de firmas y una ruta para recopilarlas; iríamos de casa en casa a pedir el permiso de los vecinos para instalar el refugio.
Casi me dio un infarto al pensar en enfrentarme a toda esa gente.
Pero él tenía una táctica infalible, iríamos los tres —él, Mabel y yo— y Mabel llevaría a uno de los gatitos monos de la colonia en la cestita de la bici para enternecer a nuestro público.
Me pareció un plan brillante y maquiavélico, y así se lo hice saber.
Y luego lo reñí porque todos los gatos son monos y no me gustaba que fuera superficial.
Se rio mucho. Se rio mucho durante todo el día.
Y yo lo abracé. Cuando todos los vecinos —incluso los reacios— firmaron el consentimiento, lo abracé fuerte y me empapé de su olor.
Lo abracé durante un tiempo excesivo y solo lo solté cuando una vecina se asomó por la ventana y nos dijo que nos buscáramos una habitación.
«Ya quisiera», estuve a punto de decirle. Pero lo solté y me callé.
Hoy he salido con Mabel con la máquina detectora de chips para echar un vistazo y comprobar si había algún gato nuevo o extraviado. Ahora estamos volviendo a casa y, al pasar por el parque, veo que hay cuatro o cinco niños allí jugando.
—¿No quieres ir con ellos?
Mabel mira hacia el parque de reojo y niega con la cabeza.
—¿No son amigos tuyos?
—No.
—Pero son de tu edad, será mejor estar con ellos que conmigo.
—¿Tú eres amigo de toda la gente de tu edad?
—No, pero…
—Pues eso. Y, sí, prefiero estar contigo. Mi padre me ha dicho que te lleve a casa, que ha hecho un yogur helado de pollo y manzana.
—Qué asco, por Dios.
Mabel suelta una carcajada.
—¡Para tus perros, bobo! —Sigue riéndose un rato y luego añade—: Está probando muchas cosas para la feria. Para animales y para humanos. Va a estar muy bien. Y ahí te presentaré a mis amigos, a los de verdad. Los voy a invitar a todos.
—¿Tienes muchos?
Asiente.
—Sí, como cinco. Pero los que están en el parque no lo son; son mayores y no me dejan estar con ellos. Además, siempre juegan al fútbol y yo paso. A mí lo que me gusta es trabajar contigo.
Me resulta raro. No lo del fútbol, eso me parece supernormal, pero que quiera estar con un chico de veinticinco años con pésimas dotes sociales es, cuanto menos, particular.
—No puedo llevar a Toto a tu casa porque está otra vez con gastroenteritis. Y si no va Toto, no puedo llevar a Mr. Gruñón. Es injusto.
—Pues esperamos a que te traigan a Alvin y lo llevamos a él. Le decimos a papá que hable bajito y ya.
Puede venirle bien, mi intención era introducirle hoy algún elemento extraño y que estuviera rodeado de alguien que no fuéramos Mabel o yo, así que quizá sea bueno y todo.
Alvin es un chihuahua de una vecina que acaba de mudarse a la urbanización.
Antes vivían en una casona apartada de todo y el perro no tenía contacto con nadie.
Al llegar aquí, el mundo exterior se le ha venido encima y, no solo no para de ladrar y gruñir a personas y a animales por igual, es que se niega a salir a la calle a pasear.
Le estoy haciendo un tratamiento ambulatorio que me llevará varias semanas y Mabel ha estado presente en las dos primeras sesiones.
Estoy deseando que me quiten la férula de la muñeca y ser funcional de nuevo.
Aunque no me voy a quejar. Mabel es una gran ayuda.
Cuando no me acribilla a preguntas que no sé responder.
Alvin ha tardado treinta minutos de reloj en acercarse al yogur helado de Grant, pero ahora está dando buena cuenta de él.
Levanta la vista cada tres segundos, eso sí, para comprobar que no hay ninguna amenaza más que la niña, el poseedor de la correa y el cocinero guapísimo que huele de maravilla.
Sí, así es como creo que nos llama en su mente perruna.
—Gracias —le digo a Grant, que está haciendo unas hamburguesas en la barbacoa del exterior.
—No es nada.
—Es salir de tu normalidad para ayudar a una anomalía como yo.
—Tú no eres una anomalía —replica al tiempo que levanta la vista de la parrilla, abrasándome con esos ojos oscuros—. O sí, pero de las buenas.
—¿No de las que te hacen pulsar un botón cada ciento ocho minutos, quieres decir?
—¿Acabas de hacer una referencia a Perdidos?
—¿Acabas de entender la referencia?
Nos quedamos mirándonos como si fuera la primera vez que nos vemos y, a la vez, parece todo lo contrario, que nos conocemos —o reconocemos— a un nivel mucho más profundo… Qué cosas ridículas pienso cuando me pierdo en la voz y en la mirada de este hombre…
Grant me guiña el ojo y yo cortocircuito. Me dice algo que no oigo porque los oídos me hacen pampampampam y el corazón bumbumbum.
—¡Hola! —saluda alguien con una voz jovial a mis espaldas, asustando a Alvin, que se pone detrás de mí y empieza a ladrar.
No puedo cogerlo en brazos, aunque sea lo que me está pidiendo, echaría por tierra el trabajo hecho hasta ahora.
Ni tirar de la correa. Intento relajarlo poniéndome a su altura y hablando con él en voz baja.
Lo acaricio con suavidad y escucho cómo Mabel les dice a los recién llegados que se queden callados un momento.
Alvin se va relajando, aunque está en tensión.
Bloqueo la vista de la pareja con la silla para que se sienta protegido y funciona.
También le acerco el cuenco con el helado casi derretido.
—Hola, perdonad —digo avergonzado por traer mi anomalía a esta casa normal.
—No, perdona tú —replica en voz baja Martha, que me señala al hombre que va con ella. Y en un susurro, añade—: Este es Leo, mi marido.
—Encantado, no hace falta que susurremos —susurro yo también; estas cosas se me pegan.
—¿Ponemos música? —me pregunta Mabel—. A Alvin lo relajan Lana del Rey, Billie Eilish y un poco Olivia Rodrigo —explica para todos como la listilla que es.
Es mentira, Billie Eilish y Olivia Rodrigo le gustan a ella. Lo que lo relaja es Lana. Y no voy a dejar que nadie me lo discuta. Debería hablar con su representante o algo, quizá me subvencionen parte de las terapias relajantes.
—Venga, pues pongamos a Lana —declara Grant, divertido—. ¿Tiene el perro alguna preferencia?
Lo veo contener la sonrisa.
—Dance Till We Die —digo, muy serio.
—Vaya, es la alegría de la huerta el enano este, ¿eh?
Le sonrío.
—No te molestes —digo, pero la canción ya está sonando—. Me lo voy a llevar ya. En cuanto esté unos minutos y os escuche hablar, me lo llevo a darle un premio. Que ya ha tenido muchas emociones.
El rato que nos quedamos —Alvin ladra de vez en cuando, pero no mucho— es agradable.
A Martha ya la conocía, pero a Leo no, y me cae bien.
No es demasiado hablador, pero es muy amable y también es muy guapo.
No en plan Dios, como Grant, cuya belleza es imponente y sexi, sino algo más comedido.
Trabaja en un acuario, a una media hora de Eeriewood.
Eso consigue que me caiga bien casi de inmediato.
Aunque no sé nada de animales marinos. Y él tampoco mucho, por lo que compruebo tras las mil ciento tres preguntas que le hago en cinco minutos.
Por lo visto es el director informático del centro.
Ni idea tiene de la cantidad de comida que puede ingerir un tiburón blanco en un día o cuánta caca hace un pez espada.
Pero no me mira raro. En ningún momento me mira raro.
Me sonríe y me cuenta anécdotas que le han contado compañeros suyos que sí tienen contacto con los animales.
Y el detalle me parece tan bonito que quiero llorar.
Últimamente vivo con ganas permanentes de llorar.
Logro evitar a Grant dos días enteros. No hay ningún motivo sólido para hacerlo, salvo la solidez marmórea y permanente de mi rabo; eso sí que es sólido.
Él creo que ha entendido el mensaje, supongo que le quedó claro al verme agachado tras un matorral y luego intentando ocultarme detrás de unas cortinas semitransparentes.
Y como es un chico listo, se ha limitado a mandarme a la niña extraña con comida: arroz frito con kimchi y pastel de castañas y boniatos para tres días.
Por eso, cuando llaman al timbre, dudo. Es cierto que la gente de esa familia entra sin llamar, así que me acerco a la puerta y me encuentro con Ryder.
—¿Qué tal con Grant? —me pregunta tras varios chistes malos y una descripción muy explícita de lo que le va a hacer a su novio cuando lo vea—. ¿Ya no tienes nada con el de Soul Finder? ¿Eres nuestro primer gran fracaso? ¿Quieres poner una queja?
—En todo caso, la queja la tendría que poner él, que le rompí el corazón.
—No seas dramático. Y cuéntame cómo te va con Grant.
—No hay nada con Grant. Él tiene su vida, su familia. Tiene hasta una niña.
—¿Y qué?
—No sé qué no entiendes de «tiene hasta una niña».
—¿Y odias a los niños?
—¡No! Odiar es un acto fuerte y horrible que requiere algo que yo no tengo.
Pero no los entiendo, son confusos y nunca he pensado que tendría alguno cerca.
Soy gay, joven, hijo único, no tengo primos pequeños…
Y no sé qué decirle y me da miedo cagarla y, más allá de eso, no estoy preparado para la responsabilidad que conlleva.
—Vale, son confusos, ahí te doy la razón.
Pero, no sé, quizá sea por tener dos hermanos pequeños, pero…
me gustan. Sí, a veces son un coñazo, sobre todo los ajenos, claro, pero también son lo mejor.
No tienen filtro ni maldad y, cuando te quieren, te quieren, ¿eh?
Y te hacen sentir útil y necesitado, como si tu vida tuviera sentido cuando crees que no.
Mira, tienes que pensar en esa niña como en uno de tus gatitos.
¿Cuál es la gata de la que siempre te quejas? ¿La que te araña?
—Bola de pelo.
—Pues piensa en Bola de pelo. Los niños son como los gatos.
A veces se te acercan solos sin que los busques, y otras veces se preocupan por dejar bien claro que no eres bienvenido.
Son traicioneros, bruscos y muy sinceros.
Bueno, y se tiran unos pedos que flipas.
Y luego encima miran hacia otro lado como si no hubieran sido ellos. Muy fuerte.
—Ryder, que a mí los pedos me dan igual. Es más profundo que eso.
—Los pedos te dan igual porque la niña esta será un ángel, pero como te traiga a Billy, verás. —Me mira y, más serio, añade—: La cría crecerá y, cuando te des cuenta, tendrás a una adolescente y podrás dejar de preocuparte por no entenderla porque nadie entiende a los adolescentes.
—Un gato. Me has comparado a Mabel con un gato.
—A Mabel y a los niños en general.
—No sé cómo tratarla.
—Mason, estás haciendo un desierto de un grano de arena.
El problema está en tu cabeza, en tus ideas preconcebidas.
Pasas mucho tiempo con esa niña, me hablas de ella constantemente y nunca, ni una sola vez, te has quejado más allá de llamarla extraña y querer que te dejara solo, cosa que, déjame decirte, nos pasa a todos los mortales.
—Pero a mí los gatos se me dan bien, las personas no. Tendrías que verme haciendo terapia conjunta con las mascotas y sus dueños. Soy… raro.
—No está mal ser raro. ¿Y sabes lo que es peor aún? Tratar de ser normal. En un mundo de mediocridad, tú destacas, Mason.