16 Mason
DIECISÉIS
MASON
He debido de apagar la alarma y me he quedado dormido; me despierto con los mordisquitos en el brazo de Dylan, el más cariñoso de mis siameses.
De pequeño lo hacía siempre, a veces incluso me despertaba de madrugada porque quería mimos; y esta era su técnica, me pellizcaba el codo con sus minidientes emitiendo un ronroneo que reverberaba por toda la habitación de mi casa de Winter Falls.
Era un dormitorio grande, toda la casa lo era y, desde que murió mi padre, había estado llena de ecos.
Hasta que empecé a rescatar y adoptar animales y la llené de ruidos. Y de pelos, según mi madre.
Miro a mi alrededor. He debido olvidarme de echar las cortinas, porque hay luz por todas partes.
Estoy acostumbrado a levantarme al amanecer, a los perros les encanta ese paseo matutino donde lo único que se oye es el piar de los pájaros.
Así aprovecho la mañana; aunque el verano en Eeriewood no es caluroso en exceso, sí que se pone molesto en las primeras horas de la tarde.
Pero últimamente soy un inútil que dependo de una niña de nueve años y de su padre, el tío bueno oficial del reino.
Según Ryder, si él no se hubiera ido a vivir con James a otro barrio, ese título sería suyo, pero es que en estos días ni las chorradas de Ryder mejoran mi humor. Me siento inservible, lento, torpe.
Me levanto, porque a Dylan se le han unido cuatro gatos hambrientos más y, al menos, para alimentar a mi jauría sigo sirviendo.
Cuando voy a la cocina veo la nota de Grant en la nevera: «Te he dejado arroz salvaje con salmón y kéfir con frambuesas. Los perros han comido; los gatos no. Y esa gata que tan bien le cae a mi hija me ha fulminado con la mirada. Mabel vendrá en un rato a ayudar con Snoopy».
¿Y también entrará sin llamar? ¿Qué cojones le pasa a esa familia?
Al instante me siento como el culo, porque lo que le pasa a esa familia es que me están cuidando y ayudando sin pedir nada a cambio. Aunque lo de entrar a hurtadillas en mi casa me parece pasarse un poco.
—La próxima vez que venga el señor ese tan guapo, le podéis decir que gracias, pero que queda liberado —le digo a Toto mientras salimos juntos al jardín—.
Sea lo que sea por lo que se culpa, le hacéis saber que está perdonado y que se puede buscar otra obra de caridad a quien le falte un pie, un dedo u otra parte del cuerpo que lo incapacite temporal y parcialmente.
Mabel y yo hacemos terapia con Snoopy. Ella, como en días anteriores, permanece un poco apartada y en silencio, y solo me ayuda con cosas con las que, por culpa de la férula, no me apaño bien.
Se hace llamar a sí misma pequeña padawan; por lo visto su madre es una obsesa de Star Wars.
Es una pena que aún tenga mis cajas de películas y series en casa de mi madre.
La próxima vez que vaya, me las traeré. Me compraré una estantería y colocaré Perdidos, Grandes esperanzas y las ediciones de La guerra de las galaxias que tengo en VHS.
Eran de mi padre y no sirven para nada dado que no tengo reproductor de vídeo, pero son muy bonitas, seguro que a Mabel le gusta verlas.
Antes de comer, acompaño a la niña a su casa y, justo cuando llegamos, vemos salir a su madre, que se despide de Grant con un «lo que tú digas, amor», y a mí se me revuelve el estómago.
—Mase me ha acompañado porque así aprovechaba y comprobaba si Leia estaba en nuestra caseta —explica Mabel, repitiendo la excusa que le he puesto, porque no iba a decirle que quería ver a su padre.
—Tequila. Se llama Tequila. —Resoplo con impaciencia.
Grant se ríe y Martha nos mira a uno y a otro con una sonrisilla.
—Deberías plantearte cambiarle el nombre —me dice él, apoyándose en el marco de la puerta y siendo… guapísimo y sexi a rabiar.
Lo fulmino con la mirada.
El sinvergüenza se ríe.
—Bueno, nosotras nos vamos, que Mabel tiene un cumpleaños.
—¿Quieres venir? —me pregunta la niña.
—¡¿Yo?! —pregunto en un tono más agudo del normal. Es que…
—Mabel, cariño. Mason es adulto y no está acostumbrado a estar con niños.
Hay algo en el tono de Grant, como una capa viscosa de pena; o de rabia… No me gusta. No me gusta nada.
—Eh…
—Mason, tranquilo, no tienes que ir a un cumpleaños de un niño de diez años. Nadie espera que lo hagas.
Nos quedamos mirándonos en silencio. Parece un duelo del oeste. O un partido de dobles de… algo. De silencios incómodos.
—Hasta luego, me voy. Gracias por el salvaje y por Snoopy y salmón —digo consciente de que no he formado una frase con sentido. Ante sus miradas atónitas, me doy media vuelta y salgo corriendo.
A la mañana siguiente, cuando Mabel ya se ha ido después de ayudarme a entregarle a Snoopy a su dueña, que estaba encantada de que volviera a casa, estoy tratando de vestirme tras la ducha, pero los pantalones que he escogido tienen la cremallera atascada y no lo logro.
Frustrado y con dolor de mano —porque aún no me he tomado las pastillas en un intento de demostrarme que ya no las necesito, pero que resulta que solo ha demostrado que soy gilipollas—, fulmino a Ariel con la mirada.
Mi amigo me devuelve el ceño fruncido desde el otro lado de la pantalla del portátil mientras me peleo con el pantalón.
—Oye, ¿por qué no vienes a Winter Falls? Te puedes quedar aquí hasta que te recuperes.
—No puedo —gruño mientras veo cómo se me cae el pantalón al suelo—. Mierda, joder.
—Necesitas ayuda.
—Y la tengo. Tengo a un tío bueno cocinando todos los días para mí, ayudándome con la feria y prestándome a su criatura durante tres horas al día.
—Qué máquina.
—¿El qué?
—Que esté dándote con su criatura tres horas —dice el muy idiota con una sonrisilla pícara.
—¡¿Qué?! Su criatura es su hija, no su miembro. ¿Quién te crees que soy? ¿Crees que cuando me caí del árbol lo hice en un universo paralelo donde me ligo a buenorros que me follan durante tres horas seguidas? ¿Y encima me cocinan?
—No sé, Mason, llevas raro desde que tu supuesta alma gemela te bloqueó.
—Nada de supuesta. Mi alma gemela entre todas las almas. Aún lloro su ausencia.
—Sí, con el cocinero del miembro incansable.
—Eres idiota, Ari —le contesto con una sonrisa a pesar del dolor y de tener los pantalones en los tobillos.
—No puedes trabajar así.
—Sí que puedo, aún tengo una mano y mañana me traen a un perro para un tratamiento ambulatorio. No puedo permitirme rechazar trabajo ahora que estoy empezando a despegar.
—No puedes anteponer siempre las necesidades de los otros a las tuyas, Mason.
—No estoy anteponiendo las necesidades de nadie a las mías. Es mi trabajo. Es una decisión egoísta. Necesito el dinero y me gusta lo que hago.
—Ni siquiera puedes abrocharte el pantalón.
Siento un nudo en el pecho cuando veo que me mira con pena.
Así me miraba en el colegio cuando me quedaba solo en los trabajos, cuando me hacían el vacío o alguien me encerraba en los baños.
Y no me cabe duda de que así lo miraba yo cuando le sucedía algo similar.
Éramos dos rarezas en un mundo de colores neutros.
Quizá por eso empecé a vestir como el protagonista de mi libro favorito. Blanco y negro. Previsible, seguro.
De repente, Grant aparece por la puerta corredera de atrás y absorbe todo el aire de la estancia. Ahí estoy yo, con los pantalones bajados y con la cara de mi mejor amigo en la pantalla a medio metro de mi entrepierna. Un mejor amigo que lo mira con la boca abierta y los ojos como platos.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a… —Me enseña el cuaderno en el que estamos planificando la feria, pero entonces ve a Ariel en el ordenador—. Perdona, no sabía que estabas… ocupado.
Ariel se ha quedado mudo, como siempre en presencia de desconocidos. Pero niega con la cabeza, mucho y muy rápido, y lo veo escribir algo a toda prisa. Entonces le enseña la pizarra blanca a Grant.
—«No es lo que parece» —lee mi vecino en voz alta—. ¿Y qué es lo que parece? —le pregunta con una ceja alzada.
Ariel lo mira, me mira, lo vuelve a mirar a él, luego la pizarra, niega con la cabeza y cuelga.
—¿Qué es lo que acaba de pasar? —me pregunta con una sonrisa desconcertada.
Yo bajo la vista hacia mis pantalones y, mortificado, no vuelvo a levantarla.
Quizá si me quedo así, mirando hacia abajo y en el silencio más absoluto, termine dándose por vencido y marchándose.
¿Qué va a hacer este pedazo de hombre con el loco de los gatos que ahora ni siquiera puede cuidarlos como es debido?
¡Qué leches! ¡Si ni siquiera puedo vestirme solo!
Creo que voy a llorar. De impotencia, de vergüenza.
Veo sus pies y la distancia entre nosotros me parece infinita hasta que, de golpe, deja de serlo.
Grant se coloca delante de mí, se agacha y me sube los pantalones.
El frío que se me había instalado en la tripa se diluye cuando siento la firmeza y el calor de sus grandes manos recorrerme la piel desde los tobillos hasta la zona de las caderas.
El corazón se me dispara cuando siento sus dedos en la cintura antes de subirme la cremallera y rozarme quizá con más lentitud de la necesaria.
Suspiro y alzo la vista. Primero la fijo en sus ojos, luego en su boca, luego…
se separa de mí como si mi contacto le quemara.
Aún no se me han pasado las ganas de llorar.
—¿Ese era tu amigo Ariel, del que tanto hablas?
—Sí, mi único amigo aparte de Ryder —matizo, porque por lo visto no estoy siendo lo bastante patético y tengo que hacer un comentario de mierda sobre lo solo que estoy y lo triste que es mi vida.
—¿Yo no soy tu amigo?
—¿Lo eres?
—¿Qué crees que soy si no?
—P-pues… no lo sé.
—Lo soy. O quiero serlo. Pero a veces me lo pones difícil —declara con voz suave y una pequeña sonrisa en los labios—. ¿Lo de la pizarra es habitual? Me había parecido oíros hablar.
—Conmigo sí habla. Tiene una especie de mutismo selectivo, es por la ansiedad. Se ha agobiado cuando te ha visto.
—¿Me ve como una amenaza?
Suelto una carcajada que hace que Grant alce una ceja. Este hombre alza mucho las cejas.
—No —le aseguro—, creo que lo has dejado sin palabras, literalmente, de lo guapo que eres. Impones, Grant, las cosas como son.
Me sonríe y es una sonrisa tan preciosa que yo creo que hasta el sol que se cuela en el salón es más potente y lo baña todo de calidez.
Decido hablarle un poco más de Ari:
—Los dos éramos raros y gais en una ciudad pequeña y en un colegio más pequeño aún.
Ya te puedes imaginar cómo fue nuestra infancia.
Mis padres lo encajaron bien, pero los de Ariel…
Solo te diré que, a día de hoy, siguen preguntándole cuando se echará novia.
A él le gusta un chico que conoció en un juego. Es virtual, pero es potente.
—¿En un juego?
—Sí. Es de los creadores de Soul Finder, ¿lo conoces?
Algo cruza su mirada antes de que asienta. ¿Inseguridad? No creo que este hombre haya sentido un minuto de inseguridad en su vida, así que, una vez más, me habré equivocado al juzgar las emociones humanas.
—El caso es que el videojuego tiene chats agregados y mensajes privados donde charlar con otros participantes. Apocalipsis, se llama.
—No sé de qué me estás hablando. ¿Es un juego de gatos?
—Qué va a ser un juego de gatos. ¿Tú juegas a juegos de cocina?
—¿Hay juegos de cocina?
—Déjalo, anda, déjalo.