15 Grant
QUINCE
GRANT
Llegamos a su casa de madrugada y, cuando lo ayudo a entrar, sujetándolo por la cintura, todos sus gatos —él dirá que son seis, pero parecen cien— y sus dos perros nos vienen a saludar.
Lo rodean, se frotan con sus piernas, los perros mueven la cola y un concierto de miaus y guaus llena la casa como una banda sonora de bienvenida.
—Ya estoy en casa. Lo siento —dice con un susurro—. Prometo avisar si me vuelvo a romper algo. No sabéis qué nochecita.
—Lo que me recuerda… —le digo dejando su mochila en el suelo y mirándolo todo a mi alrededor.
He estado varias veces en su jardín, pero nunca había entrado hasta aquí.
Es una casa bonita, pero muy sencilla, no hay fotos ni cuadros ni mucha decoración—.
¿Qué hacías todo de negro colándote por los jardines?
—Hum, ya, eso. —Se ruboriza; aún lo tengo agarrado por la cintura, así que casi puedo sentir el calor de sus mejillas—. Hace un par de semanas oí al señor Bici, el anciano que vive detrás de la señora de los rizos caobas, ya sabes, hablar mal de mí. Decir que me paso el día merodeando.
—Y decidiste merodear por la noche, con nocturnidad y alevosía.
—No hay alevosía, no estaba cometiendo ningún delito.
—Ibas todo de negro, con una gorra que te tapaba hasta los ojos. Te ha faltado un pasamontañas.
—Lo pensé, pero luego deseché la idea porque hace demasiado calor.
—Claro. El calor. —Trato de ocultar una sonrisa.
—Y que no tenía uno a mano. Llevo sin usar pasamontañas desde que tenía cinco años.
—Mabel tiene un verdugo de color fucsia, si lo hubiera sabido…
—¿Crees que un verdugo fucsia me ayudaría a pasar desapercibido?
—Creo que nada haría que pasaras desapercibido.
Mason carraspea.
—¿Y ahora qué voy a hacer? —pregunta—. Los gatos tienen que comer y yo tengo que trabajar, y…
—Ya lo pensaremos. Ahora vas a quitarte la ropa llena de tierra y vamos a darte una ducha.
—¿«Vamos»? ¿Quiénes?
—Tú y yo; en plan equipo.
—N-no es necesario. Te puedes ir. Ya has hecho mucho.
—Que te caigas de un árbol, eso he hecho.
—Además, es la mano izquierda. He tenido suerte. Puedo apañármelas, solo necesito…
—Ducharte, eso necesitas. ¿Dónde está el baño?
—Ahí —me señala hacia el que debe de ser su dormitorio y gimotea—, pero de verdad que no…
—Pero nada. Vas a hacer lo que te digo como un niño bueno, ¿de acuerdo?
Cuando asiente de inmediato y se ruboriza, me doy cuenta de que el tono no le ha molestado en absoluto. Ya me había parecido que reaccionaba a mi voz autoritaria, pero dado que no había usado ese tono con él, no sabía hasta qué punto. Interesante…
Aunque tengo que tomar una determinación.
He de ayudarlo, esto ha sido mi culpa y, a pesar de que su fragilidad llama a esa parte primitiva que a veces me posee, también a mi instinto protector más básico.
Tengo que estar aquí para él, no tengo que complicar más la situación y, por mucho que me cueste, eso es lo que voy a hacer.
Cuando llegamos al baño y enciende la luz, se me queda mirando con los párpados pesados, no sé si es excitación o son las drogas que le han dado en el hospital; no obstante, llevo las manos a su camiseta negra y le digo:
—Ahora vamos a quitarte la ropa.
Manipulo el agua de la ducha mientras espero a que se desnude.
No lo hace. Permanece inmóvil en el centro de la estancia.
Me acerco y lo miro a los ojos. Él los aparta con un apuro que me resulta adorable.
No puedo evitar acercarme a él y acariciarle la cicatriz del ojo; se la recorro con un dedo.
Madre mía, qué guapo es y qué difícil se me va a hacer esto.
La anticipación de verlo desnudo es tal que la decisión que acabo de tomar apenas unos segundos antes se tambalea.
Lo sujeto de la mejilla y lo obligo a mirarme.
—Mañana compraré uno de esos protectores para la férula. Ahora usaremos la bolsa que nos han dado en el hospital.
—Puedo hacerlo solo.
—Puedes, pero quiero ayudar. Si me lo permites y no te resulta muy incómodo. Si es así dímelo y te dejaré solo.
Tarda una eternidad en responder.
—No estoy acostumbrado a desnudarme delante de nadie.
Alzo una ceja.
—No soy virgen ni nada de eso —me dice, respondiendo a mi pregunta silenciosa—. No me refiero a algo sexual. Esto parece, no sé, algo más íntimo que un acto sexual cualquiera.
Lo de que lo llame «algo sexual» me enternece hasta tal punto que me calienta por dentro igual o más que… «un acto sexual cualquiera».
—Intentaré no mirarte… —le dedico una sonrisa, porque no puedo evitarlo— mucho.
Él me la devuelve, pequeña y tímida, pero preciosa.
«No, Grant, no. Recuerda sus grandes frases, sus grandes éxitos».
Al instante, me paralizo. No solo por recordar esas frases a la perfección («No me gustan los niños».
«No me gustan los bisexuales»), sino porque Grandes éxitos es uno de los mejores capítulos de Perdidos y hace un mes o así lo analicé con Colmillo Blanco en un chat que duró horas e hizo que me acostara feliz y pleno, y deseoso de conocer en persona a esa alma tan parecida a la mía.
Joder, qué mal todo.
—¿Puedo? —le pregunto a la vez que tiro del dobladillo de su camiseta e intento dejar la mente en blanco y no pensar en nada.
Él asiente y se deja hacer. No me mira a mí, sino a mis manos. Le saco la camiseta con todo el cuidado del que soy capaz, pero aun así lo escucho sisear cuando le rozo sin querer la zona dolorida. También tiene el codo y el brazo raspados por la caída.
—Lo siento.
Cada vez que mis dedos le rozan la piel desnuda y caliente noto cómo se estremece y mi cuerpo se hace eco de ese estremecimiento.
Dejo caer la camiseta al suelo y me tomo un momento para admirar su torso.
Tiene la piel clara, el vello rubio se oscurece en la zona del ombligo y los músculos se contraen con cada respiración.
Me cuesta un mundo contenerme y no deslizar los dedos hasta aprenderme cada forma, su tacto y los puntos exactos donde noto cómo su respiración se acelera.
Dada la forma en la que se le agrandan las pupilas al ver cómo lo estoy mirando, algo me dice que no necesitaría insistirle mucho para hacerlo.
Me acerco a él. No lo pienso cuando introduzco un dedo bajo la cinturilla de sus vaqueros oscuros y siento los rizos de su vello y la piel de gallina bajo mi contacto.
Él me coloca una mano sobre las mías cuando le desabrocho el pantalón.
Nos miramos. Y miramos el contraste de nuestras pieles, la mía más oscura, ambas muy calientes.
Un calor electrizante me recorre el cuerpo y sé que debería marcharme, dejar que se duche él solo, pero no puedo.
No soy capaz de dejarlo a su suerte cuando soy el culpable de llegar a estos extremos.
O esa es la excusa que me pongo. He cambiado de opinión más de cinco veces durante la última hora.
Mi determinación ha flaqueado ese mismo número de veces y yo nunca he sido así de volátil; nunca.
Una de mis virtudes es mi constancia. O lo era.
Y él no tiene la culpa de provocarme estas cosas ni de mi recién descubierta inseguridad en lo sentimental.
Hay mucha gente a la que no le gustan los niños, está bien mientras no los tengan. Debería salir de aquí, buscar a alguien a quien no le importen los bisexuales y, si algún día quiero intentar algo serio de nuevo, buscar a una persona que nos acepte a Mabel y a mí como un pack indivisible.
Respiro hondo y lo ayudo a terminar de desnudarse sin mirarlo demasiado.
O lo intento. Cuando descubro que va en plan comando, hago un esfuerzo titánico por no mirarle la polla, pero es inevitable.
La tiene de un tamaño perfecto para metérmela en la boca y dejar que crezca contra mi paladar, saborearla, deslizarla hasta la garganta y tragar, volverlo loco de placer con cada contracción.
Se me hace la boca agua al imaginar sus gemidos y lo mucho que lo haría disfrutar antes de follármelo contra los azulejos de la pared.
«Calla, mente sucia y perversa, calla».
—Espérame aquí.
La voz me sale demasiado ronca y me tengo que morder los carrillos hasta sentir el sabor metálico de la sangre y poder volver a centrarme en la situación platónica en la que me encuentro, en lo que le ha pasado por mi culpa y en lo que en realidad piensa de mí.
Haré esto como un trámite, le ofreceré mi ayuda y mi amistad —o lo que sea que pueda haber entre nosotros— y a otra cosa.
Vuelvo con la bolsa que nos han dado en el hospital y que habíamos guardado en su mochila junto a la medicación y se la coloco. Se ruboriza cuando lo ayudo a entrar en la bañera. Agarro la alcachofa y lo ayudo a ducharse.
Los siete minutos que dura la ducha se me hacen eternos, en especial cuando lo hago girar y me regala un primer plano de su culo. Apenas lo rozo cuando le paso la esponja. Noto cómo tiembla.
—Ya está —le informo, lo esté o no, porque lo cierto es que no puedo seguir con esta tortura y Mason tiene una erección que podría taladrar el azulejo y hacer un boquete directo a su cuarto.
Una vez lo ayudo a salir y a ponerse un pantalón de yoga negro, se sienta a los pies de la cama y parece desinflarse. Veo cómo una lágrima se le desliza por la mejilla.
—Ey, Mase, ¿qué pasa?
¿Mase? ¿De dónde ha salido eso? ¿Una sola ducha y ya lo llamo de forma cariñosa?
Solloza más.
—¿Qué voy a hacer?
—Ahora te vas a acostar. Te voy a dejar un calmante y un vaso de agua en la mesita de noche y mañana nos ocuparemos de los quehaceres más inmediatos.
—Pero Snoopy, los gatos de la urbanización…
—Todo eso es solucionable. Trazaremos un plan igual que estamos planificando la feria. Todo va viento en popa, ¿verdad?
Lo miro, él asiente a pesar de las lágrimas que le empapan la cara.
Nos miramos mientras le seco las comisuras de los ojos con los pulgares, el silencio nos salpica, nos empapa la piel.
Mason carraspea, visiblemente incómodo. Al principio creo que es por mi cercanía, pero entonces lleva su mano buena al dorso de la mía y me acaricia.
—Gracias, Grant.