Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 14 Grant
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CATORCE

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—Había un caco delante de mi ventana —insiste mi hija.

Maldita la hora en la que mi padre le había puesto Daniel el travieso; ahora Mabel solo veía cacos por todas partes.

Y los llamaba así: cacos. Ayer en el supermercado me hizo perseguir a un chico porque iba todo de negro y parecía sospechoso; resultó que el pobre solo era emo y lo que quería era comprar condones con discreción, de ahí que pareciera nervioso. Qué bochorno.

Y ahora se supone que hay un caco frente a nuestra casa, idea que creo que alimenta alguna de las vecinas; cada puñetera noche lo mismo.

—¿Era guapo? —pregunta Martha. Ha venido a tomarse un vino conmigo y a tocarme un poco los huevos. Para no perder la costumbre y eso.

—¿Qué? —inquiere mi hija.

—Martha, por favor.

—¿Qué? Solo pregunto. A lo mejor es el vecino de los gatos y nos hace un favor a todos colándose por la ventana, ya sabes —dice subiendo y bajando las cejas.

La mato; yo la mato.

—Mamá, si fuera Mason lo sabría. —Mabel la mira como si Martha fuera tonta. «Bien, hija, bien»—. Iba todo de negro y estaba oscuro…

—Pues eso, como estaba oscuro, no sabes quién era.

—Parad. La cuestión es que no hay ningún caco. Es una urbanización supertranquila y segura, y ahora hay incluso un vigilante veinticuatro horas en la garita y…

—Seguro que era el vecino buscando a alguno de sus cien gatos —insiste mi ex, que es muy pesada y debería irse a su casa a dar por culo a su marido.

—Tiene seis gatos y dos perros —le contesto sin darme cuenta de mi error.

La miro. Me mira. Me alza una ceja.

—Así que dos perros, ¿eh? Veo que los prismáticos de Hello Kitty te están siendo de mucha ayuda.

—Papá les ha hecho un helado a sus perros, y Toto y Mr. Gruñón lo han devorado. Incluso Snoopy tomó un poquito.

Martha me mira con los ojos muy abiertos.

—Lo estoy ayudando a preparar una feria para recaudar fondos —le explico.

—Hum, qué interesante.

—Mucho, mamá. Muchísimo. Ayer me dejaron estar con ellos mientras hacían planes y va a ser una fiesta alucinante.

—¿Que ayer hicieron qué?

—Estuvimos en su jardín. Papá le llevó pasta con setas y, mientras yo jugaba con los gatos, estuvieron organizándolo todo.

Mabel suena emocionada, Martha suena cotilla, así que, en cuanto puedo, la echo de casa y no le cuento que ayer me costó horrores ser profesional con Mason mientras me hablaba de sus planes; no le cuento que el vecino de los gatos me despierta muchas cosas, y no solo lo obvio; no le cuento que oírlo hablar de los animales y de las becas de investigación que le interesan me da paz y me produce ternura y me la pone dura. Todo a la vez.

—Adiós, Martha, que te den muy fuerte.

—Eso espero.

—Lalalalalalalala. —Mabel se tapa los oídos.

Tres días. Esas son las noches que me paso sin dormir más de tres horas seguidas por culpa del supuesto caco por el que mi hija no duerme bien.

Al cuarto le pido a Martha que se lleve a Mabel, me planto delante de la ventana con un termo de café, y me dispongo a actualizar mi página web y a echar un vistazo a un par de recetas nuevas, entre ellas, el khanom chan azul.

Voy a usar té azul diluido en leche de coco.

He hecho varias pruebas y no es igual que los ojos de Mason —nada es igual que los ojos de Mason— pero sí da un azul claro y resplandeciente.

Cam, uno de mis mejores clientes, ya me ha pedido una primera remesa y estoy deseando ponerme a crear.

Ya que me dispongo a no dormir, al menos dedicaré mi tiempo a algo productivo.

Estoy terminando y a punto de darme por vencido e irme a la cama, cuando veo una sombra atravesar el jardín de enfrente y luego cruzar a nuestra acera. Apenas soy capaz de distinguirlo, la luz de las farolas no es suficiente.

Me levanto a toda prisa y sigo el rastro de la figura oscura que parece haberse detenido junto al jardín de la señora Mackenzie.

Lo veo saltar la valla con destreza, a pesar de que parece llevar un gran bulto a la espalda y avanzar por los jardines interiores como si fueran suyos.

Lleva una gorra oscura —todo él va de oscuro—, pero, en cuanto me acerco, lo reconozco.

Cómo no hacerlo. Creo que me lo sé de memoria.

Llevo toda la semana llevándole la comida, que recibe con un «muchas gracias» tímido y un sonrojo que no falla en hacerme hervir la sangre.

¿Qué coño hace?

Mason no ve que estoy justo detrás de él, pero lo acompaño en su recorrido durante un rato.

Lo veo agacharse, hablar solo o con algún gato que no llego a ver, y dirigirse hacia la explanada donde quiere montar el hogar permanente de la colonia.

Cada vez que habla de sus proyectos, me ablanda un poco más el corazón.

Tiene una ilusión tan pura, una manera de ver el mundo tan exenta de maldad, que es imposible no amar cada palabra que sale de su boca.

En eso me recuerda a Colmillo Blanco. A pesar de la decepción y de la mala hostia que se me pone cuando pienso en cómo acabaron las cosas, en todos sus mensajes había un elemento común: la ausencia de maldad y segundas intenciones.

Fue un fiasco, jugó con mis sentimientos y, aun así, me estaba costando olvidarlo.

Si no fuera por este vecino sexi que me hace replanteármelo todo, seguiría hundido en la miseria.

Y es curioso, porque a mi alma gemela de Soul Finder nunca le hablé de mi vida real como tal; hablábamos de pasiones y obsesiones, lo que daba lugar a charlas infinitas sobre el bien, el mal y cada punto intermedio entre uno y otro.

Mason, sin embargo, conoce mi parte más mundana; mi yo cocinero, padre, vecino.

Nada sabe de lo que me obsesionan ciertas series, los viajes en el tiempo o Chemtrails Over the Country Club.

Soy ambas personas y, a la vez, si solo soy una parte, no soy ninguna.

Mi filosofar sobre el yo se ve interrumpido por los susurros de Mason. Primero me da la sensación de que le está hablando a un árbol. Luego veo que lo trepa hasta la rama más alta y… ¿Con quién habla? ¿Es un gato?

Me acerco a él. Se acabó esta yincana absurda bajo el cielo estrellado. Me coloco a la altura de donde cuelgan sus pies y le digo:

—Buenas noches.

Y, entonces, todo se va a la mierda. La cosa con la que hablaba —efectivamente, un gato— se asusta y se lanza encima de él, que también se asusta por lo abrupto del movimiento y se resbala. La caída parece suceder a cámara lenta, pero, aun así, cuando intento agarrarlo, no lo logro.

Es increíble cómo se ve todo cuando contemplas un accidente tan de cerca. Casi puedo sentir cómo las ramas le raspan la piel y el modo en el que le cruje el hueso de la muñeca cuando aterriza sobre la mano izquierda en una postura extraña.

El muy tonto lo ha hecho para proteger a la bola de pelo que sujeta con el otro brazo.

Con un gemido de dolor que siento en mi propio cuerpo, mi loco de los gatos se gira para quedar de espaldas sobre el césped; el gato al que protege sale disparado hacia los arbustos.

Entonces nuestros ojos se encuentran. Me basta ver la lágrima que se le derrama por la comisura de uno de los suyos, el mismo donde tiene la cicatriz, para comprender que, suceda lo que suceda a partir de ahora, algo acaba de cambiar; justo en el momento en el que me agacho para ayudarlo y siento el temblor de su cuerpo, su fragilidad, lo sé.

La sala de urgencias está desbordada y no nos atienden nada más llegar.

Le examinan por encima la muñeca y nos hacen sentarnos durante diez largos minutos.

Mason no se queja, a pesar de que le tiene que estar doliendo un montón.

Mantiene el brazo inmóvil y el único gesto de que está sufriendo es la ligera tensión que se le nota en los hombros y la manera en que aprieta la mandíbula cada vez que le sobreviene una punzada de dolor.

—Eh, dime algo.

—Me duele hasta hablar.

—Nunca creí que vería el día —le digo de broma, rozando su brazo con el mío.

Me mira y me sonríe, pero su sonrisa es pequeñita y muy fugaz.

—Creí que nunca podría hablar contigo. Eres tan… tú. Pero a la vez creo que es por eso por lo que soy yo mismo contigo, porque eres tan tú. Es raro.

—¿Eres tú mismo conmigo?

Se echa hacia atrás en la silla y apoya la cabeza contra la pared. Suspira.

—Más de lo que lo soy con el resto. No me ridiculizas cuando te cuento mis locuras.

—Hasta la fecha, no me has contado ninguna, la verdad.

—¿No? ¿Y qué me dices de todo lo que te solté cuando hablamos por primera vez?

—Quiero creer que las cosas han cambiado desde entonces. —Habla más la esperanza que otra cosa, pero así es.

—Yo… había bebido y… Lo que dije es cierto, pero… podía malinterpretarse y… Ay —se queja, tocándose la muñeca dolorida.

«Lo que dije es cierto».

Duele.

Una de sus frases, una en especial, sigue resonando en mi cabeza casi a diario.

La he intentado apagar, esconderla bajo el ruido que me produce verlo, ese bumbumbum que me palpita cuando estoy con él.

Pero la cabrona sigue repitiéndose en ciertos momentos, reproduciéndose sola como en un aparato de música atrapado en bucle en un solo tema.

¿El título? «No es solo que seas bisexual, es que encima tienes una hija».

Las cosas han cambiado desde entonces y, de hecho, ha llegado a decirme que Mabel le da menos miedo que yo, lo cual creo que era un cumplido de proporciones épicas dado que Mabel es, de hecho, una niña, pero me da tanto miedo confiarme y que la historia se repita…

Se lo dije a Martha y es cierto: ya estoy mayor para estas mierdas.

Pero ahora, en este momento de vulnerabilidad, no pienso comerme la cabeza con eso. Lo acompañaré y ayudaré en lo que haga falta. Al fin y al cabo, la culpa de que se cayera ha sido mía.

Tras un rato más de espera, nos pasan a la consulta del traumatólogo de Urgencias, le hacen una radiografía y comprueban que se ha roto la muñeca: fractura no desplazada del radio distal.

No es tan malo como podría haber sido. En unas semanas podrían quitarle la férula que le han puesto y vuelta a la normalidad con calma.

Pero él se aferra a mi mano durante todo el tiempo que estamos en el hospital y no me suelta.

Salvo cuando la chica de rayos le dice que tengo que esperar fuera y él hace una especie de puchero.

Me hace prometer que nunca me separaré de su lado, pero eso creo que es más obra del calmante superpotente que le han dado que de necesidad real.

Porque en mi cabeza se repiten sus frases estrella de hoy y del día que hablamos por primera vez: «No es solo que seas bisexual, es que encima tienes una hija» y mi euforia es aplastada de inmediato; doblegada, reducida, contenida en los confines de mi ser.

Como si un peso, algo parecido a la férula que rodea la muñeca de Mason, la contuviera. Y duele.