13 Grant
TRECE
GRANT
Mi padre está en la puerta de mi casa; y el mero hecho de que haya dejado la seguridad que le proporciona su hogar, con los miedos que lo han atormentado en los últimos meses, es una especie de logro.
Intenta dedicarme una sonrisa. Y lo consigue, pero le sale regular.
Siempre ha sido austero en sus expresiones; y en sus muestras de cariño.
No tenemos mala relación en el sentido estricto de la palabra «mala».
Siempre fue un padre un poco ausente y nunca me importó demasiado que así fuera, porque yo era muy libre, entraba y salía cuando quería y con mi madre me llevaba de maravilla.
Pero cuando mi madre murió hace ya once años, empecé a recriminarle cosas.
Empecé a echarle en cara no estar en casa, no quererla lo suficiente, no aceptarme a mí.
Lo cual, desde la madurez que ahora creo poseer, no es justo.
Mis padres —mi madre estaba enferma ya, pero no lo sabíamos— me pillaron con un chico meses antes de empezar a salir con Martha y mi padre no reaccionó bien.
O eso creí en su momento, porque lo cierto es que tampoco reaccionó mal.
Se enfadó, se negó a hablar de mi bisexualidad y volvió a su actitud normal y a sus ausencias y viajes de trabajo.
Cuando murió mi madre, él estaba en España en un viaje de negocios que se había alargado más de la cuenta.
Y sé que se lo recriminó a sí mismo, quizá con cierto efecto retardado, dado que es en los últimos tiempos cuando más se le nota ese pesar; pero lo cierto es que fui yo quien más se lo recriminó.
Y nos distanciamos. Mucho. Nos hacía una o dos visitas al mes y cada uno a su casa.
Pero, hace unos meses, decidió jubilarse de forma anticipada y mudarse a Eeriewood.
Para estar con su nieta y para hacer las paces conmigo, supongo.
Porque su actitud huele a penitencia a kilómetros.
Y… me parece bien. Mabel lo adora y, ahora que no tiene colegio y va a un campamento de verano solo unas horas al día, pasa bastante tiempo con él.
Pero en su casa. Que esté aquí, cuando no suele salir, es raro.
—¿Cómo tú por aquí? —le pregunto, invitándolo a entrar, fijándome en que lleva una carpeta en una mano y una cesta en la otra.
—Setas —me dice, levantando la cesta—. Y esto otro —añade, enseñándome la carpeta negra— es para que hablemos.
—Suena serio, ¿nos preparo un café, o algo más fuerte?
—¿Tan poco confías en mí?
—No, no es eso. Pasa.
Mi padre no es un hombre hablador, es de esos que mastican lo que tienen que decir y te lo van soltando poco a poco, como un pajarito que da vueltas intentando encontrar migas de pan.
Así que le digo que se siente en uno de los taburetes de la isla de la cocina —en la parte exterior, por supuesto, que mi templo sigue siendo sagrado, aunque ayer casi lo mancillara— y, tras darle las gracias, cojo las setas que me tiende.
Decido que voy a hacer una pasta con setas y nata para comer y le voy a dar un táper a Mason. ¿Le gustarán las setas? Espero que sí. Se me ocurre que ojalá tuviera su teléfono para poder preguntarle y casi al momento me arrepiento de haberlo pensado siquiera. Complicaciones no, gracias.
Le pongo un café a mi padre antes de ponerme a lavar las setas.
—Bueno, pues cuéntame.
—Toma. —Él me tiende la carpeta.
—¿Qué es?
Confundido, la abro y descubro un papel doblado en cuatro y un libro.
—Ábrelo y léelo. Es una lista con sus gustos y preferencias.
—¿Gustos y preferencias de quién?
—De una persona que quiero que conozcas. Ya va siendo hora de que pases página, hijo.
—¿Perdona?
—Martha me dijo que estabas en una «página de contactos».
Yo la mato.
—Eso suena turbio, papá.
—Eso pensé yo, el amor no está en internet.
—Lo turbio es que lo llames página de contactos. Suena a prostitución. Y paso de la aplicación, así que no te preocupes.
—Me alegro de oírlo, porque la vida real está ahí fuera —me señala hacia la entrada— y hay gente estupenda esperando que la conozcas.
—Papá, no necesito conocer a nadie.
—Mira, ahí tienes una lista de cosas que le gustan —continúa, ignorándome— y uno de sus libros favoritos. Es una copia nueva, la compró para ti y todo. Qué detalle, ¿eh? Por lo visto el suyo estaba pintarrajeado.
Miro el libro; la cubierta es beige, minimalista, con un gatito en la parte inferior.
—Si los gatos desaparecieran del mundo —leo el título.
De forma inevitable, mi mente vuela de nuevo a Mason, el loco de los gatos.
Si no fuera porque sé que mi padre jamás trataría de concertarme una cita a ciegas con un hombre, pensaría que este libro podría gustarle.
¿Lo conocerá? ¿Me valdría como excusa para ir a verlo?
Ya tengo la del helado, la de la pasta de setas y ahora también la del libro.
Eso me garantiza tres días de llamar a su puerta con un pretexto perfectamente válido.
Meto la hoja de papel en la primera página del libro sin ninguna intención de leerla y lo dejo sobre la encimera. Mi padre suspira.
—Deberías leerla. Hay cosas que parecen de lo más aleatorio, como que le gustan el ruibarbo y el color blanco, pero creo que dice mucho de quién es.
—No me interesa.
—Pero, hijo…
—¡Que no necesito un celestino, papá! —digo más alto de lo que quería justo cuando Mabel aparece.
Carraspeo y sonrío. Mi hija nos mira.
—¿Qué llevas en esa mochila, peque? Es más grande que tú —le pregunto y miro a mi padre de soslayo, un poco avergonzado por haber levantado la voz. Él está sonriendo a su nieta, lo que hace que yo suspire, aliviado.
—No pesa. Tiene corcho blanco. Tenemos que ayudar a decorar el escenario para la obra de El lago de los cisnes que vamos a hacer en el curso de verano —me contesta meneándola arriba y abajo para que veamos que no le pesa—. ¿Qué es un celestino?
—Una persona que busca pareja a otras. Y yo no necesito pareja.
—Pero yo quiero que conozca a alguien —asevera mi padre.
—Nosotros a eso lo llamamos liante. Mi amigo Charly también lo es.
Él se hace llamar matchmaker, pero porque se cree muy guay.
Lio a Millie con Raymond y a Joseph con Robert…
Pero Millie dice que a lo mejor deja a Raymond porque es un poco feo y el otro día Jennifer se rio de ella.
Ya le he dicho que Jennifer es una pija tonta y que además no es justo, que él no tiene la culpa de ser feo, ¿a que no?
—pregunta sin esperar respuesta—. Yo creo que le gusta mucho, porque se miran todo el rato y se tiran bolas de papel cuando los monitores no miran.
—Pero ¿cuántos años tiene toda esa gente?
—Nueve, como yo.
—Pues no tienen edad para tener novio.
—Yo también tengo novio, papá. Se lo tengo que decir, porque aún no lo sabe. Va al curso de verano conmigo, pero no está en mi grupo, así que no le puedo tirar bolas de papel. Y todo el mundo sabe que, sin bolas de papel, no hay match.
—¿Todo el mundo sabe eso? —le dedico una sonrisa, que me devuelve un minuto antes de salir disparada hacia la puerta.
La sigo y, por la ventana de la entrada, veo a Mason salir de nuestro jardín con la gata embarazada en brazos. La va regañando y, a la vez, dando besos en la cabeza. Se me escapa una sonrisa y Mabel me mira con mucho interés.
—Si quieres le tiramos bolitas de papel, en el bolsillo pequeño de la mochila tengo folios.
Joder con mi hija.
Sin darme cuenta de lo que hago, abro la puerta y lo llamo. Salgo hacia él y observo cómo se acerca a la orejita de la gata y le dice algo. Vuelvo a sonreír, si es que he dejado de hacerlo en algún momento.
—¿Te gustan las setas? —le pregunto cuando llego a su altura.
—¿Pe-perdona?
—Que si te gustan las setas.
—¿Es una pregunta trampa?
—¿Y dónde estaría el truco? —quiero saber, fascinado y desconcertado a partes iguales.
—No sé, quizá estás insinuando que… te coma algo con forma de champiñón.
Suelto una carcajada.
—¿Crees que te estoy sugiriendo que me comas la polla?
Se ruboriza de tal forma que, sin poder evitarlo y casi sin ser consciente de ello, me acerco más a él. La gata ronronea entre nosotros, envolviéndonos con su arrullo y aislándonos de todo.
—Sería una forma muy sutil de hacerlo; o muy enrevesada, según como se mire —argumenta Mason—. Pero efectiva.
—Efectiva, ¿eh?
Me pego a él todo lo que la gata me permite y acerco la boca a su oído.
—Mason —le susurro—, si quisiera que me comieras la polla, no tendrías ninguna duda.
Cuando me aparto y veo cómo me está mirando, se me corta la respiración. Tiene los labios entreabiertos y las pupilas dilatadas. Me separo unos pasos de él, caminado hacia atrás, sin quitarle los ojos de encima.
—Puedes pasarte a recoger el helado cuando quieras.
Él niega con la cabeza, mucho y muy rápido.
—Me-mejor que me lo traiga tu hija.
—¿Mi hija? —Alzo una ceja.
—Tiene menos peligro que tú.
Vuelvo a soltar una carcajada, extrañamente feliz al comprobar que el motivo de mi supuesta imperfección le da menos miedo que yo.
Me giro y me dirijo a casa con una sonrisa tonta en los labios.
Mabel y mi padre están en la puerta. Ambos sonríen; mi hija con ese gesto travieso que no augura nada bueno y mi padre con una especie de ternura que me es ajena.
Está cambiando y creo que lo está haciendo por nosotros, por mí.
En los últimos meses he pasado más tiempo con él que en toda mi vida.
Sé que está viendo a una psicóloga y creo que le está haciendo mucho bien.
Según parece, mi padre no vivió el duelo por mi madre como es debido; siguió trabajando a destajo, viajando mucho e iniciando proyectos y relaciones de diversa índole; y, por lo visto, la culpabilidad y el vacío le habían llegado de golpe y sin avisar.
La mudanza y la jubilación anticipada fueron el detonante.
Hizo ambas cosas para estar cerca de mí y de su nieta, pero no había contado con lo que su terapeuta llamaba «duelo diferido» o «duelo congelado».
De repente se vio solo en una casa nueva, sin más que hacer que recordar el pasado y enfrentar la relación —que nunca había sido demasiado estrecha— con un hijo ya adulto y autosuficiente.
El mundo exterior le hacía sentir más solo —incluso con la ilusión de estar con Mabel, paradojas de la vida— y eso hizo que se aislara en su casa y en su invernadero.
Martha y yo llegamos a pensar que tenía una especie de agorafobia.
Y ahora lo veo ahí, sonriendo y estrechando a Mabel entre sus brazos, y se me llena el pecho de algo que solo mi madre llenaba. Y eso hace que me dé pena rechazar sus intentos de presentarme a alguien, pero…
—Papá, respecto a esa cita que me quieres organizar…
—Nada, nada, hijo. No te preocupes, tú a lo tuyo. Guarda el libro que te he dado o léelo; lo que quieras. Por ahora no insistiré más.
¿En serio? Qué raro, con lo determinado que estaba. Bueno, mejor para mí. No quiero decepcionarlo ahora que hemos empezado de nuevo.