Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 12 Mason
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DOCE

MASON

Nada más entrar en mi casa, la sensación de soledad se acentúa. He llegado hasta aquí en piloto automático, porque el vecino anteriormente conocido como Sawyer me hace sentir muchas cosas que entran en conflicto con otras muchas cosas y me explota la cabeza.

Las paredes desnudas parecen gritarme algo, aunque no las entiendo; el orden enfermizo, producto de haber vivido con un padre maniático, les hace los coros.

Me quito los zapatos y la sensación de agobio aumenta conforme me adentro en el que debería sentir mi hogar pero que, tras año y medio, no termino de sentir como mío.

Hasta que todas las mascotas que se encuentran dentro de casa en esos momentos —Camaleón, Manchitas y los siameses— vienen a mí.

A Toto y a Mr. Gruñón los veo correr por el jardín detrás de un pájaro que vuela bajo, Bola de pelo debe de estar durmiendo la siesta en una de las cajas de fuera y Tequila…

Ahora busco a la gata ingrata, estará en casa de Grant, donde todo el mundo querría estar, hacerse un ovillo y acurrucarse hasta el fin de los tiempos.

¿Es deshonesto sentirme así de atraído por él?

Creo que es una cosa inevitable, como el dormir o el pestañear.

Grant está en el mundo, el mundo se siente atraído por él.

Fin de la historia. Es la isla de mi Locke interior.

El Desmond de mi Penny, el… Por eso ayer no seguí hablando de Perdidos; porque esto es lo que pasa, que me pierdo.

Pero lo cierto es que estuve… a gusto. Solo hablo así con Ariel y Ryder, y con Remy por chat.

De hecho, lo de ayer con Grant fue parecido a lo que podía haber sido una primera cita con Remy.

Habríamos hablado de otros temas más… «nosotros», pero la sensación de sentirse escuchado, de no sobrar, estaba ahí; extraña y salida de la nada, pero estaba.

En fin. Voy a intentar no pensar en mi alma gemela porque, cuando lo hago, aparte de lamentarme, me veo en la cocina de mi vecino, frotándome contra su erección y prácticamente entregándome en ofrenda.

—No te merecía, querido Remy —le digo a Cole, uno de los siameses, mientras lo cojo en brazos y lo beso—. Soy un cabrón infiel e hiciste bien en bloquearme.

Mientras busco a Tequila y compruebo que todos los cuencos tienen agua, pienso en que en realidad sé que no ha sido una infidelidad per se; primero, porque Remy y yo no éramos pareja, solo almas gemelas.

Y no, no se me escapa la ironía de tal afirmación.

Pero es que, además, no ha pasado nada con Grant.

Sí he pecado de pensamientos —mucho mucho—, pero las fantasías son fantasías, pertenecen al plano de lo abstracto y, como tal, son incontrolables.

Conforme con mi excusa y aliviado al descubrir a Tequila en una de las sillas de mi silenciosa cocina, me siento en el suelo y me quedo un rato con ella.

—Brujita, te fuiste de alterne y ahora no sé qué vamos a hacer con tus bebés. —La acaricio durante un buen rato y ella ronronea encantada—. Pues bien que te vas a casa del vecino cada vez que puedes, ingrata.

Después de mirar unas becas de investigación en las que estoy interesado y dar de comer a toda mi familia animal, me dirijo a la consulta para sacar un ratito a Snoopy.

Quiero aprovechar que perros y gatos están comiendo para que no lo asusten.

Yago —a quien le he dado el alta esta mañana— no tenía ningún problema con ellos, pero a Snoopy no le gustan los gatos así que, a pesar de tener un recinto vallado e independiente, en los tratamientos de exterior los dejo dentro de casa o en el jardín delantero.

Me gasté un dineral en vallas que ahora tengo que amortizar.

Damos un paseo con correa larga, le doy de comer —ya no se niega, aunque es una comida contemplativa que dura lo suyo— y luego hacemos una minibúsqueda del tesoro, donde él mismo tiene que ganarse su recompensa. Y en ello estoy, cuando siento una voz muy cerca de mi oreja.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Y tú? ¿Qué estás haciendo tú?

—He venido a decirte que mi padre ya tiene listo el helado.

—¿Y te ha mandado a ti? —pregunto, sorprendido.

La niña niega con la cabeza y no me ofrece más respuesta que esa.

—Ahora no puedo ir. Tengo que terminar con Snoopy antes, ¿vale?

—Vale. Te espero. —Mira al perro con ojos curiosos pero tranquilos.

—Vale. Pues siéntate en el escalón del porche y estate calladita.

Creo que me mira un poco mal, pero se dirige a donde le he dicho.

—¿Puedo dejar salir a los gatos? Es que están todos aquí pegados al cristal mirando. Y los perros también.

—No, siéntate y ya. A Snoopy no le gustan los gatos y todavía está un poco inseguro.

—¿Por qué?

Podría decir que me molestan sus preguntas, pero mentiría. Su interés es real y, no lo puedo negar, me encanta hablar de esto. ¿Con cuánta gente puedo hacerlo?

Le cuento lo que le ocurre y cómo tratarlo.

—Vale, lo entiendo. No hace falta que me hables como si fuera sorda. Te entiendo bien. Saco superbuenas notas.

—Perdona, no sé tratar a los niños.

—Sí que sabes. Con que te acuerdes de que no somos sordos… Bueno, algunos sí, pero tienen una lengua especial. Yo me la sé. Y ahora voy a aprender la de los animales.

—No hay una lengua de los animales como tal…

—Sí que la hay. Te he visto hablar con ellos. Te entienden todo. Y yo también quiero ser así.

¿Quiere ser como yo? Qué criatura extraña.

Cuando acabamos, dejo que ella le dé una chuche con forma de erizo que, por algún motivo, le parece «supermona» y luego me dirijo a abrir la puerta corredera de casa y a quitar el pestillito a las gateras.

Normalmente, la de delante se la dejo abierta para que aprovechen y estén en el otro jardín.

Pero con Snoopy soy muy precavido. No es un perro de gatos.

—Te he mentido —me dice y, ante mi mirada de confusión, añade—: No he venido a decirte lo del helado.

—¿No está listo?

—Sí, sí. Pero no he venido a eso. Mi padre me ha dicho que no te moleste, que no eres muy… niñero.

No sé qué decir. No lo soy, pero que Grant se lo haya dicho es como… una traición o algo así.

—Entonces, ¿a qué has venido?

—He venido para ver si nos perdonamos.

—¿Y qué me tienes que perdonar tú a mí, si puede saberse?

—Que te chivaras. Fuiste a mi padre a decirle que era una ladrona. Está feo acusar a alguien cuando no ha hecho nada.

—Tenías a mi gata.

—Vino ella a verme, yo no me la llevé. Cuando las cosas vienen a ti no es robar. Yo solo le guardé el secreto a Leia porque es mi amiga.

—Tequila. Se llama Tequila.

—La señora Mildred le ha contado al abuelo que hay un caco en el vecindario, que lo ha visto por la noche escondiéndose entre los arbustos de los jardines de atrás. Solo quiero que lo sepas, por si te desaparece algún gato más. Que no he sido yo.

Me mira a los ojos con intensidad y a mí me cuesta la vida mantenerle la mirada.

—Vale. Pero entonces tendrás que decirme la verdad cuando tengas a alguno de los míos.

—Siempre te he dicho la verdad, pero, vale, sí, trato hecho.

Se escupe en la palma de la mano y me la ofrece.

—Por Dios, qué asco.

—Así es como se sellan los tratos.

—No lo creo.

—Yo lo hago con mis amigos. ¿Es que nunca has tenido amigos?

No pienso contestar a eso. Pero le agarro la mano con una mueca de total y absoluto asco, y se la estrecho.

—Está bien, te perdono.

—Hum, ¿gracias? Hasta luego.

—¿No vienes a por el helado?

—Es que me da un poco de vergüenza.

—¿Por qué? —me pregunta con extrañeza.

No le voy a contar a esta niña que su padre me la pone durísima y que, cuando lo veo, lo quiero trepar como Dylan —uno de mis siameses— trepa las cortinas. Así que le digo lo más cercano a la verdad que encuentro:

—Ya lo he molestado mucho por hoy. Mejor me paso mañana. O… ¿me lo podrías traer tú?

—Vale, y así veré a tus animales.

—¿Podrías llamar a la puerta la próxima vez?

—No prometo nada.

Criatura extraña.