11 Grant #2
Él se ríe. El sonido resuena por las paredes y rebota en mi piel; se me pone de gallina. Qué risa más bonita y qué puta maravilla de boca; cuando sonríe se le forma un hoyuelo en la barbilla.
—Claro que tengo, pero no la uso. Hace años que no cocino, desde que murió mi padre.
Él era el que cocinaba en casa —me explica al tiempo que recorre la isla de la cocina con la yema de los dedos—, y mi madre y yo lo ayudábamos.
No es que se nos diera mal ni nada de eso; a veces lo hacíamos.
Pero si estaba él… Todo sabía mejor si lo hacía él, ¿entiendes?
Claro que lo entiendo. La ausencia de mi madre me traspasa. Aunque no suelo hablar de ello —salvo a Mabel, que no llegó a conocerla y yo le cuento batallitas a modo de historias para dormir—, la echo de menos.
—Fue mi madre quien me enseñó a cocinar y, a veces, cuando hago alguna receta que asocio con ella, huele al pasado y… Eso, que te entiendo. —Le hago un gesto para que se acerque y me ayude a poner la mezcla del helado en moldes—. Entonces, ¿no cocinas nunca?
—No —dice, a la vez que niega con la cabeza.
—¿Y cómo te alimentas?
—Los Langston han implementado el menú diario con entrega a domicilio, así que aprovecho para que me lo traigan cada día o me paso por allí y lo recojo yo. Alguna vez también pido pizza o de algún otro sitio a domicilio.
—¿Pides comida a domicilio todos los días?
—No, ya te he dicho que a veces voy yo a por ella.
Me río.
—Soy cocinero, déjame que esté escandalizado.
—Oye, que a veces me hago algún sándwich o me pongo un yogur con frutas y cereales.
—Míralo, qué sano él. —Le dedico una sonrisa que me devuelve con timidez y un poco de desconcierto, que no hace sino aumentar cuando, no sé por qué, añado—: Yo podría cocinar para ti.
No sé quién de los dos se sorprende más ante mi ofrecimiento. Creo que yo, porque no sé de dónde salen estas ganas de cuidarlo. Es como si ya lo conociera.
—Me…, hum…, tendrás que dar un presupuesto. Esta cocina siempre huele a cosas que no me puedo permitir.
—No quiero que me pagues —le digo cuando me repongo de la fuerza que encierran sus palabras—.
Yo cocino todos los días. Si no tengo encargos de algún catering o restaurante, tengo que subir un vídeo; es raro el día en que solo cocino para Mabel y para mí.
Me suele sobrar comida y no hay cosa que más odie que tener que tirarla.
—Vale, me comeré tus sobras encantado.
—No… No se trata de sobras. Cuando cocine, te preparo un recipiente y te lo llevas. Sano, rico y casero.
Parece abrumado y… a punto de llorar. ¿Por qué? A mí no me supone ningún esfuerzo extra, es más, me encantaría cocinar para él. Pocos placeres hay en esta vida que se puedan comparar a ver a alguien disfrutando de lo que has hecho con mimo y cuidado.
—Te avisaré en cuanto estén —le digo cuando terminamos de meter los moldes de silicona en el congelador—.
Estos son de leche de arroz, sin lactosa ni azúcar, y pera.
Podemos hacerlos de pollo y de plátano. Iremos apuntando en una libreta las recetas y las cantidades.
Puedes probarlas primero con tus perros.
—Gracias. —Su tono demuestra verdadera gratitud.
—Oye, ¿y helados para gatos? ¿Pueden hacerse?
Me mira, parpadea y tarda unos segundos en contestar.
—Se pueden. Pero la leche tiene que ser sin lactosa y no pueden tomarlos muy fríos.
Después de eso, está un buen rato callado. Mientras yo friego los utensilios y cargo el lavavajillas, él pasa una bayeta por la encimera. Pero no habla.
—Estás muy callado.
—Normalmente soy así.
—Conmigo no eres así.
—Ya, no sé muy bien por qué. Es como si, de alguna forma, te conociera. Sé que no, pero me da esa sensación. Con la gente corriente que conozco sí hablo, aunque sea de mierdas que a nadie le interesan. Tampoco es que tú seas corriente, al revés, tú eres… especial.
—Vaya, gracias. Defectuoso pero especial.
—Con lo de que no eras perfecto no quería decir…
Se ruboriza y yo me arrepiento de haber vuelto a sacar ese tema. Soy imbécil. Le doy un golpecito en el brazo y le sonrío, para que se relaje. Lo hace, o eso parece, y vuelve a hablar.
—Llevo analizándolo desde que vine el otro día, bueno, lo de aquella noche no cuenta por los chupitos que llevaba encima.
Pero creí que había sido el alcohol quien derribó esa barrera que normalmente encuentro con los chicos que me atraen.
—Se calla de golpe y abre mucho los ojos, dándose cuenta de lo que ha dicho, como si la atracción entre nosotros fuera algo secreto y no un ente casi vivo flotando en el aire—.
Si no bebo, no hablo. O hablo mucho de cosas que no le interesan a nadie.
—Dudo que eso ocurra alguna vez.
Me mira con extrañeza.
—Más bien siempre. Ese es el resumen de mi vida.
¿Por qué crees que estoy tan solo? —me pregunta, serio, dándolo por hecho.
Y creo que no son tanto sus palabras sino su gesto lo que me rompe un poco el corazón—.
Tengo a mis animales, y mi trabajo. Y tengo dos amigos increíbles.
Así que no es que esté solo solo, pero ya me entiendes.
Lo cierto es que no; no entiendo nada del vecino de los gatos. Pero me muero por hacerlo. A pesar de mí mismo. A pesar de mi desengaño con Colmillo Blanco. A pesar de que sé que esto no puede acabar bien.