11 Grant
ONCE
GRANT
Fascinado. Así me tiene el vecino. Es dulce y extraño, como el khanom chan, un postre tailandés que aprendí a preparar tras un viaje que hice con Martha a Ayutthaya antes de que naciera Mabel.
Ha sido uno de mis postres estrella en el restaurante e incluso sigo preparándolo por encargo.
Hago varias versiones, siempre me ha gustado transformar las recetas originales y hacerlas mías.
Suelo usar frambuesa, mango y pistacho, entre otros ingredientes; pero algo me dice que los próximos que haga, en vez de rojos, anaranjados o verdes, serán de color azul.
Azul clarito pero fosforito. Como los ojos de Mason.
¿Qué podría usar? No creo poder dar con semejante tono.
¿Arándanos diluidos en leche de coco? ¿Haskap berries canadienses con ralladura de limón y leche condensada?
Me da la sensación, como una de esas corazonadas que mi madre decía tener, de que además este chico tiene tantas capas como el postre en cuestión. Quizá alguna más amarga que otra, si tenemos en cuenta que es un poco bifóbico y antiniños.
La cosa es que, tras la conversación en el Langston, el instinto protector se me ha disparado como los niveles de sangre en la polla.
Porque no puedo negarlo, mi respuesta física hacia él es bestial, me empalmo de solo oírlo hablar.
Qué narices, me empalmo con solo verlo de lejos con los prismáticos de Hello Kitty que negaré usar hasta el día de mi muerte.
Y ahora no sé cómo sentirme al tenerlo en mi cocina, mirándolo todo como mi hija los mira a él y a sus animales cuando no se da cuenta.
Lo examina todo con una curiosidad y una naturalidad que me provocan una sensación extraña en el pecho.
Tengo ganas de acercarme, explicarle qué es cada cosa, pedirle que me haga todas las preguntas que sé que quiere hacerme, que me las haga al oído o contra la punta de la polla, de rodillas, mientras yo me introduzco en su boca, en su garganta, bien profundo…
«No te empalmes, no te empalmes».
Pero entonces recuerdo lo que es estar pegado a su cuerpo, el calor de su piel, su olor mezclado con el mío —por mi gel, mi albornoz— y todos los sentidos se me expanden, como cuando pruebo algo nuevo que nunca antes había comido.
Y me deleito. Y planeo cómo hacerlo yo en mi cocina, cómo transformarlo y hacerlo mío.
Mío…
No estoy acostumbrado a esto. No es que no haya estado cerca de hombres atractivos, lo he hecho; y me he acostado con tres de ellos.
Pero el último fue… hace un año y pico. Ocurrió justo cuando Martha se mudó con su nuevo novio —ahora marido— y sentí la necesidad de conectar con alguien, de volver a sentir algo, cualquier cosa.
Era uno de mis clientes y nos gustamos nada más vernos; quedamos un par de días y terminamos en la cama.
Y fue bien; más que bien, fue salvaje, intenso y muy gratificante.
No repetimos porque ninguno buscaba una relación seria; él porque viajaba mucho y yo porque de solo pensar en meter a alguien en casa o de presentarle a mi hija me entraban los siete males.
Tras una década de tranquilidad emocional, la vida de soltero —de padre soltero, encima— se me hacía bola.
El caso es que nunca había sentido la necesidad de llevarme a la cama a nadie nada más conocerlo. Las conexiones siempre han sido vitales para mí. Estar así de cerca de alguien que me gusta a esos niveles es… nuevo para mí.
Mason levanta la mirada y sus ojos hipnóticos me obligan a apartar los míos. Es… demasiado.
—Te puedes sentar —le digo, señalándole un taburete, cuando veo que sigue mirándolo todo ensimismado.
—Parece una de esas cocinas que salen en la tele. Tengo la sensación de que no sé para qué sirve ni un diez por ciento de lo que hay aquí. Parece que esa trituradora, o lo que sea, va a despegar de un momento a otro.
Sonrío.
Mason se me acerca, solo un poco. Coloca la mano en la superficie de la encimera y desliza los dedos, como aprendiéndose su tacto. Tiene las manos grandes y cuidadas, de dedos largos.
—¿Preferirías ayudarme?
—¡¿Ayudarte?! —me pregunta llevándose la mano a la cicatriz del ojo y acariciándosela.
—Ven aquí, anda.
Viene al instante, rojo como los tomates ecológicos que tengo en la isla de la cocina. Aparta su mirada cristalina y a mí me entran más ganas aún de comérmelo. Lo que me apetece probarlo no es normal.
Cojo un delantal con mi nombre grabado en el bolsillo delantero y se lo paso por el cuello.
Luego lo hago girar para atárselo a la espalda a la altura de la cintura.
Mis dedos se deslizan por el trocito de piel expuesta entre el pantalón y el polo, y noto cómo se estremece.
Yo también lo hago y, mientras le anudo la cinta, me pego un poco más de lo necesario a él, exhalando con suavidad contra su nuca y viendo cómo se le pone la carne de gallina.
Se le escapa un gemido. Es tan receptivo…
La tengo durísima y, cuando él se echa un poco para atrás y me roza la entrepierna con el culo, el que está a punto de jadear soy yo.
Se gira y me mira con los ojos empañados por el deseo. Son tan claros que la lujuria se los oscurece de forma visible, como gotas de lluvia cubriendo el azul cristalino.
—No podemos —le digo en voz baja, pero sin separarme de él.
—¿Por qué? —me pregunta, como en trance.
¿Qué estoy haciendo? Me aparto de él como si quemara. Mason parece momentáneamente perdido, avergonzado. Baja la vista y creo que está a punto de irse, así que llevo una mano a su barbilla y lo obligo a mirarme.
—¿Qué estás pensando?
—Estoy demasiado avergonzado como para pensar, pero es un honor que creas que soy capaz de hacer ambas cosas a la vez.
Sonrío, es adorable.
—No hay nada por lo que sentir vergüenza.
—Me he ofrecido en bandeja y me has rechazado.
—Primero, has sido mucho más sutil que eso; ofrecerse en bandeja sería algo como…, no sé, desnudarte y esperarme con las piernas abiertas y una manzana en la boca.
—Qué espanto.
Me río, no puedo evitarlo.
—Entiendo que no te guste. —Por su tono, parece derrotado.
—¿Que no me gustes? ¿Qué te hace pensar que no me gustas?
—¿Cómo te va a gustar a ti un chico como yo?
—¿Excéntrico y brutalmente sincero, quieres decir?
—¿Eh?
Tiene los ojos fijos en mi boca y se le escapa un suspiro.
Llevo el pulgar hasta su labio inferior y se lo acaricio.
Con la otra mano agarro la suya y la coloco en mi erección, que sigue dura como el Silestone de la encimera.
Mason jadea. Y, aunque estoy tentado a moverme contra su palma, me aparto; he demostrado mi punto, no iré más allá.
—Es evidente que no es un problema de atracción. —Me separo un poco para recomponerme—. Cuando digo que no podemos es… que no debemos. Yo aún no sé si estoy emocionalmente disponible y tú…
—Yo soy raro, lo sé, a eso me refería antes con lo de «un chico como yo».
—No. No es eso. —Vuelvo a acercarme, no lo puedo evitar—. Me has dejado claro qué opinas de… ciertos aspectos de mi vida. Cuando viniste la otra noche… Mira, yo soy quien soy, eso no va a cambiar. Y en el fondo agradezco tu sinceridad, porque marca una línea clara entre lo que puede y no puede ser.
—Ya. Hum…, el otro día había bebido un poco. Bebo cuando estoy triste y cuando quedo con algún chico. En el primer caso anestesia el dolor. En el segundo anestesia mi verdadera personalidad.
—¿Esta que tienes conmigo es tu verdadera personalidad?
—Sí —dice en un murmullo, y aparta la mirada.
—Pues no hay nada que tengas que anestesiar. Tu verdadera personalidad es fascinante.
Me mira un instante, con los ojos como platos. Luego, vuelve a mirar a cualquier sitio menos a mí.
—Pero si te vas a sentir más cómodo, nos abrimos una cerveza, ¿eh? ¿O para eso tendríamos que estar en una cita?
—¿Tendrías una cita conmigo?
—No —contesto con sinceridad, porque tenemos que dejar las cosas claras—. No si sigues creyendo que ser padre es uno de mis defectos cuando en realidad es mi mayor virtud.
—Ya. No se me dan bien los niños. Y… no quiero solo un rollo. Me gustaría algo serio y, claro, tú tienes familia. Aunque un rollo contigo sería… Buah, qué fantasía, pero claro, encima me has dicho que no estás disponible, y…
Se está agobiando, no quiero que se agobie, quiero reconducir la conversación, cocinar, lograr que se relaje.
—Mira, no hay nada por lo que tengas que avergonzarte y, si lo hay, me avergüenzo contigo porque soy igual de culpable, ¿vale?
Cuando te digo que no estoy disponible es porque me acabo de llevar una decepción; era la primera vez que intentaba algo con alguien desde que me separé y no ha salido bien.
Me siento atraído por ti, mucho, creo que es evidente.
—Hago un gesto hacia mi polla y él baja la vista.
Se pasa la lengua por los labios. «Jodeeeeer»—.
Pero creo que es mejor que, por ahora, nos centremos en preparar esa feria. ¿Te parece?
Asiente. Un poco distraído, pero lo hace. Le doy un golpecito en la cadera con la mía, le señalo la batidora donde tengo la mezcla de lo que espero sea un helado exquisito y le digo lo que estoy haciendo.
Se relaja y comienza a andar por la cocina.
Deja su huella en cualquier superficie, como si marcara un territorio que nunca será suyo.
Intento ignorar la punzada extraña que me provoca ser consciente de que lo he dejado entrar en mi templo sin dudar, sin pensarlo siquiera.
Y la punzada se convierte en un pinchazo en toda regla cuando noto que no me molesta a pesar de que el espacio se estrecha a una velocidad de vértigo con su presencia.
A pesar de lo que acaba de pasar. A pesar de que la tensión debería de ser incómoda; pero no lo es, parece haberse evaporado.
—Hacía tiempo que no sentía esto —murmura más para sí que para mí.
—¿Esto?
—Entrar a una cocina, con sus olores, el calor del fuego y todo eso.
—¿No tienes cocina?