10 Mason
DIEZ
MASON
Owen, el hijo de los dueños del Langston Books sin tableta, sin consola y sin salir cuando haya oscurecido. ¿Consideras, tú, eminencia en niños, que es una pena insuficiente?
¡Será cabrón!
—A ver, yo lo único que digo es que está todo el día en la calle. Se ha convertido en mi sombra, ¿lo sabías?
—Aunque no nos veas alrededor, entre Martha, el abuelo, Leo y yo la tenemos vigiladísima. La señora Mildred y la señora Mackenzie también le echan un ojo y la dejan jugar entre sus jardines.
—No tengo ni idea de quién es toda esa gente —confieso, obnubilado por su abundante conocimiento del vecindario y la escasez del mío.
Esta vez no logra esconder su sonrisa.
—¿No va al colegio o qué?
Vale, me acabo de dar cuenta de una cosa: sí puedo hablar con este hombre, por muy guapo que sea y por mucho que me atraiga; quizá sea porque no lo veo como un amante en potencia.
Soy de amores platónicos, no de amores imposibles.
Debe de pensar que soy gilipollas. Su hija ya ni siquiera me molesta.
Es sigilosa como una ninja, y eso a los animales les viene de perlas.
—Está de vacaciones. —Ya no parece tan divertido, quizá he sido muy brusco, que él quiere a la criatura extraña—. Como el resto de niños. Será una época terrorífica para ti, ¿no? En plan La invasión de los ultracuerpos o algo así.
—Qué gracioso. No te recordaba tan gracioso.
—Eso es por el alcohol, se te habrá olvidado. Soy la bomba.
—Sí, atómica.
Nos quedamos mirándonos el uno al otro; y no sé si nos estamos midiendo, desafiando o desnudando con los ojos, pero en vez de querer callarme por miedo a meter la pata, a ser demasiado, quiero decirle muchas cosas.
—Y, por cierto, el final de La invasión de los ultracuerpos es brutal —es lo que termina saliendo por mi boca, no sé muy bien por qué.
—Sí que lo es.
Ahí está, otra vez esa sonrisa.
Creo que no respiro.
—Bueno, así que quieres hacer una feria —comenta Grant, porque uno de los dos tenía que ser el maduro y está claro que ese es él.
—¿Cuántos años tienes? —le suelto de repente.
—Treinta y dos. ¿Eso es importante para tu feria?
—No, para eso no. Yo tengo veinticinco.
—Muy bien —musita, desconcertado.
Sonrío. Me ruborizo. Carraspeo.
—Es para los gatos de la colonia. Yo… no puedo seguir cubriendo todos los gastos.
—¿Qué gastos son esos? —me pregunta con verdadera curiosidad. Sé que es real porque esas cosas se notan. Porque son muchos años de miradas por encima del hombro al loco de los gatos.
—Los llevo al veterinario, les pongo el chip, las vacunas necesarias, les doy de comer… Y tengo una hipoteca y un trabajo que va a ir muy bien, pero que aún no ha despegado. Estoy empezando y…
—¿Qué hace un etólogo exactamente?
—Te acuerdas. —Hay sorpresa en mi voz, lo sé.
—¿Y ahora quién trata de tonto a quién? —inquiere con una sonrisa, y yo me quedo mirando sus labios—. Y no soy tan rubio para ser tan tonto, ¿verdad? Algo así me dijiste.
—No dije eso exactamente, pero touché.
Sonrío porque… Pues porque no lo puedo evitar, la verdad.
—Vamos a llegar a un acuerdo aquí y ahora: ninguno de los dos es tonto, ¿vale?
—Vale. Y tú además no eres rubio.
—No lo soy, no.
Grant se aparta el pelo de la cara con ambas manos y yo me quedo mirando el movimiento como si, por mucho que me empeñe en negarlo, fuera tonto perdido.
—Te pareces a Sawyer, el de Perdidos, ¿sabes quién es? —le pregunto.
Pero ¿por qué le he dicho eso?
—¿Te gusta Perdidos? —Parece sorprendido.
—Y Sawyer, sí.
Me doy cuenta de lo que implica lo que acabo de decir, me sonrojo y fijo la vista en mi zumo de ciruela.
—Pues debe de ser cosa del destino, porque ¿sabes lo que pensé yo la primera vez que te vi de cerca? —me pregunta; no alzo la vista hasta que vuelve a hablar—. Que tenías los ojos de Boone.
Lo miro. Con los ojos de Boone, por lo visto. Estoy muy quieto, pero por dentro estoy dando saltitos; Boone tiene ojazos.
Como mis ojos de Boone están fijos en él y estoy seguro que casi ni parpadeo, cambia de tema y me vuelve a preguntar en qué consiste mi trabajo.
Y lo agradezco, porque no quiero hablar de Perdidos.
Cuando lo hago, el que se pierde soy yo, pero los papeles.
Soy un frikazo que se sabe la Lostpedia de cabo a rabo y, aunque con Remy (ay, Remy) jugaría a ver quién de los dos conoce más curiosidades, este tío va a pensar que soy un raro.
Parece que le gusta la serie, pero seguro que lo hace a nivel espectador mundano, como a la gente normal y corriente.
No como alguien que se ha visto todas las temporadas seis veces.
—Mi trabajo consiste en entender a los animales, gatos y perros en su mayoría, aunque lo que más abundan son los perros.
A los gatos es mejor visitarlos en casa, se suelen estresar mucho si los sacas de su ambiente.
Los perros sí vienen a mi miniclínica. Algunos se quedan varios días, otros vienen a sus sesiones y luego vuelven a sus casas.
Analizo su conducta y, en base a ella, me encargo de diseñar programas de entrenamiento, terapias, técnicas de refuerzo positivo y todo eso.
Los ayudo a reforzar la confianza, disminuir el miedo, e incluso me encargo de hacer un seguimiento de rehabilitación si han sufrido algún trauma.
—¿Y todo eso lo haces en tu casa?
—Tengo una consulta en la parte de atrás, sí. Y un circuito en el jardín. Pero no tengo muchos pacientes; por un lado, eso está bien, porque así les dedico el tiempo que merecen, pero, por otro…, necesito dinero. Tener tres trabajos es agotador, aunque me encanten todos ellos.
—¿Qué otros trabajos tienes?
¿De verdad está interesado?
—Colaboro con una protectora a tiempo parcial; y también me dedico a pasear perros. Cobro por horas, mínimo una hora; no doy paseos ridículos de tres pises mal hechos en un árbol de la acera. Salgo a hacer ejercicio con ellos. A respirar aire puro. A disfrutar.
Me mira, intrigado, creo. No sé juzgar bien a la gente. Y es tan raro despertar interés en alguien… Treparía sobre la mesa y le comería la boca; y lo que no es la boca. No puede ser tan guapo y encima tratarme como si yo fuera una persona normal hablando de cosas normales.
«Pater familias, pater familias», me obligo a repetir en silencio como un mantra antilibido.
Aunque… ¿tan mal estaría un lío rápido contra una pared o sobre esta misma mesa? No le voy a pedir la mano ni a criar a su extraña criatura, solo quiero follármelo. Si no pensara que no tengo nada que hacer…
—Cuéntame un poco de la feria que quieres organizar —me dice entonces, pidiendo información de forma voluntaria. Debo de estar soñando.
Le cuento mis ideas, las de Ryder… Lo hago de forma atropellada, porque me interesa y me emociona, y no concibo hablar de lo que me gusta sin pasión. Soy así.
—Estaría bien poner un puesto de golosinas para perros, para alentar a la gente a que traiga a sus mascotas —añado al final de mi sentidísimo discurso—. Quienes tienen animales suelen estar más concienciados.
—¿Golosinas para perros?
—Lo sé, te sonará ridículo —me sonrojo.
—Para nada. ¿En qué habías pensado?
¿Eh? ¿En serio?
«Cásate conmigo, por favor; criaré a tu progenie a cambio de una charla de estas al día».
—¿Mason?
—Hum, ¿perdona?
—Te preguntaba qué tenías pensado; se me ocurren varios aperitivos saludables para perros que podríamos ofrecer gratis de prueba para luego venderlos en paquetes combinados.
—¿De verdad?
—Podrían ser chucherías gourmet. Con salmón o pato deshidratado, calabaza…
Cuando ve cómo lo miro, probablemente con corazones en los ojos tipo emoticono, añade:
—Nunca lo he hecho, pero me encantaría probar, siempre estoy dispuesto a innovar y esto es un reto. ¿Cuánto tiempo tenemos? ¿Qué día quieres hacerlo?
—El ocho de agosto, el día de los gatos —informo, orgulloso.
Me sonríe.
—Vale, tenemos tiempo suficiente. Pero sí me gustaría cerrar los detalles cuanto antes. ¿Cuántos fondos necesitas? ¿Qué buscas? ¿Dinero? ¿Apoyo? ¿Patrocinios?
Lo miro, pestañeando mucho para que no se me escapen las lágrimas al verlo así de motivado. Debe malinterpretar mi ilusión por desconcierto y creer que soy un lelo que no ha pensado en nada de eso. Nada más lejos de la realidad. Empiezo a explicarle mis ideas.
—Hay un terreno comunitario en la zona sur de la urbanización, es donde están la mayoría de los gatos, aunque muchos de ellos se cuelen en nuestros jardines y zonas comunes.
Intento tenerlos controlados, pero son curiosos por naturaleza y, aunque a muchos vecinos no les gustan, a otros sí y les dan de comer y juegan con ellos.
Me han dicho en el ayuntamiento que si no hago ninguna edificación permanente que conlleve alta de agua o luz, ni siquiera tengo que pedir permiso.
Que, si la comunidad de vecinos está de acuerdo, con que la colonia esté dada de alta en la protectora local, que ya lo está, y haya alguien que se ocupe de todo, ese soy yo, podría instalar iglús térmicos de poliestireno y algunas estructuras tipo cajas o casetas de almacenaje.
Allí les daría de comer y estarían a cubierto en los días de lluvia o más fríos.
Yo podría tener allí mismo un pequeño cobertizo portátil donde guardar la comida.
Me fijo en que me está mirando con una sonrisa, apoyado contra el respaldo de la silla y una pierna cruzada sobre la otra a la altura de la rodilla.
—Lo tienes muy pensado. —Lo dice mientras juega con la servilleta de papel que hay junto a su taza de café.
—De pequeño no tenía muchos amigos y mis padres…, pues ahí estaban, a lo suyo. Así que pasaba todo el día con Mory, la gata.
—La del colgante de la estrella de mar basada en un relato que, según tú, es un poco horrible.
«Cásate conmigo».
—Esa misma —digo en lugar de ponerme de rodillas y pedirle matrimonio—.
Nos subíamos al tejado y planeaba un futuro imaginario en el que yo era el rey de los gatos, no en plan soberano del reino felino, sino como un superamigo que hablaba su idioma y les montaba un santuario: un mundo utópico donde nadie les haría daño ni los abandonaría nunca.
Su sonrisa es tierna cuando me pregunta:
—¿Por qué gatos? Quiero decir, ¿por qué no perros o hurones?
—Hurones, dice —bufo—. No me llevo bien con los hurones. Y tengo dos perros, aunque todo el mundo parece olvidarlo.
Me sonríe y, tras hablar un poco más de ideas para la feria y de un helado para perros que le gustaría intentar hacer, después de que él se tome un segundo café y yo otro zumo de ciruela, me dice:
—Bueno, pues te pasas por mi casa, no sé… ¿mañana por la tarde?
—¡¿Quieres que vaya a tu casa?!
—Es que es donde está mi cocina.
Ah, eso.