9 Mason
NUEVE
MASON
Dos toques y un timbrazo. Debe de ser Ryder, siempre llama así.
Aparto a Tequila a un lado; se ha quedado dormida encima de mí.
Desde que está preñada es la gata más cariñosa del universo.
Cuando está en casa, claro, porque hace varias escapadas al día a la casa del vecino cuyo jardín me he prometido no pisar.
Promesa que incumplo todas las noches cuando, al abrigo de la luna, me muevo como un espía profesional y me cuelo en su propiedad para comprobar que mi gata embarazada está sana y salva.
Abro la puerta y me encuentro a Ryder guapísimo con ropa de deporte ajustada y una diadema sujetándole el flequillo.
—¿Vas al gimnasio?
Se suponía que habíamos quedado para que yo le desnudara mi alma y él me tomara un poquito el pelo.
Es nuestra dinámica. Y a mí me encanta cómo funcionamos.
Es supernatural. Dice lo que piensa sin tapujos y, casi siempre, acierta en todo.
Y encima es administrador de Soul Finder y yo le quiero pedir un truco para poder volver a hablar con Remy.
O pedirle consejo, sin más. Que tampoco soy tan atrevido.
—Y tú te vienes conmigo, venga, vístete.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Te vendrá bien un poco de ejercicio.
—Ya hice ejercicio hoy.
—Las pajas no cuentan como ejercicio.
—He salido a correr con los perros.
—¿Antes o después de la paja?
—Eres un guarro. —Luego, más bajito, añado—: Después.
Ryder se ríe y entra detrás de mí en casa; sabe que voy a ceder.
No voy mucho al gimnasio, pero, de vez en cuando, pago días sueltos y lo acompaño.
Es de su novio —el gimnasio; bueno, y también él, en cuerpo y alma— y hay muy buen ambiente.
Y muchos gais. No sé de dónde salen, pero no voy a quejarme.
Es el paraíso. Y el lugar en el que he encontrado a mis dos últimos rollos.
—¿Qué tal tu cita, por cierto? Habías quedado con tu alma gemela, ¿no?
—De eso te quería hablar, de mi cita. La he liado y no sé cómo arreglarlo. Necesito que me ayudes —le pido—. Me ha bloqueado, haz que me desbloquee.
—¿Cómo? ¿Quieres que hable con él? No lo conozco de nada.
—No, haz que me desbloquee literalmente. Entra en su cuenta y hazlo.
—¡Yo no hago esas cosas! Pero ¿qué clase de persona crees que soy? —inquiere, muerto de la risa—. Privacidad, protección de datos, confidencialidad… ¿Te suenan esas cosas?
—Me suena que tu amigo Levi me quitó a Owen pasándose por el forro todas esas grandes palabras con las que se te acaba de llenar boca.
—No sé quién te ha dicho eso, pero no es verdad. Levi no hizo uso de ningún dato confidencial y, además, da igual, porque yo te voy a presentar al próximo amor de tu vida y follaréis como conejos todo el día. ¿Los conejos follan mucho o es un mito? Dime, tú que sabes del tema.
—¿De follar?
—No, de conejos, bobo. De conejos animales, no de coños, ya me entiendes.
Pongo los ojos en blanco y no le digo que lo de los conejos es un poco exageración, que simplemente es que sus periodos de gestación son muy cortos y se reproducen durante todo el año.
Un momento…
—¿Me vas a presentar a alguien? Mira, es que entre Remy y una nueva obsesión que tengo y que protagoniza todas y cada una de mis fantasías…
—Bueno, bueno, cuenta.
—Pues lo cierto es que me siento fatal. Porque me gusta mucho Remy, pero la he cagado y encima no sé cómo es físicamente, así que no puedo evocarlo en mis fantasías.
Y cuando logro imaginármelo en base a la idea que tengo de él, mi nueva obsesión aparece en mi mente y lo llena todo y…
me siento fatal. Así que no necesito que me presentes a un tercero en discordia.
—A ver, discordia parece que ya tienes. Uno no te habla y al otro lo llamas «obsesión» y no «amor de mi vida», lo cual, viniendo de ti, no augura nada bueno. Así que mira, no me cuentes más y espera a conocer a mi candidato. Todo tendrá sentido, ya verás.
—¿Todo, en plan, todo en mi vida?
—Ojalá, Mase, ojalá. Pero yo me refiero a tus problemas más inmediatos.
Entramos en el gimnasio y nos detenemos delante del ring, donde James está dándose de hostias con un tío más alto que él a quien parece llevarle ventaja. Se mueve con una soltura que te impide despegar los ojos de él.
—Es como si bailara —susurro con total deleite.
—Para nada —replica Ryder—. Él solo baila cuando es conmigo. Lo de ahí es puro entrenamiento.
Entonces me pone una mano en la espalda y me conduce hacia una esquina donde hay unas taquillas con vendas, cascos, guantes…
En cuanto veo que se coloca las vendas en las manos, le pregunto:
—¿Qué haces?
—¿Boxear?
—¿Vas a boxear con James cuando acabe? —le pregunto, señalando hacia donde está entrenando su novio, pero sin mirar hacia el ring.
—No, contigo.
—Yo no pienso boxear —replico con un tono quizá demasiado ansioso.
—¿Sabes cuántas partes del cuerpo ejercitas boxeando?
—Me da igual.
Ryder me ignora mientras termina de colocarse las vendas e intenta que me ponga las mías.
—Trabajas todo el cuerpo, desde los pies a la cabeza. Hombros, brazos, pecho, espalda… —empieza a enumerar.
—Que no —insisto—, que soy pacifista. No pienso pegarle a nadie.
Mi amigo se recoloca la diadema.
—No es de verdad, es un deporte. Cada round dura tres minutos. Mira, solo te pido que lo pruebes. Nunca sabrás si te gusta si no lo haces.
—No es necesario. Ya sé que no me gusta. Me pone muy nervioso verlo, no pienso participar.
—Bueno, tú vienes al ring y te dedicas a esquivarme. He visto como esquivas los arañazos de los gatos. No hay mucha diferencia.
Lo miro boquiabierto.
—¿Que no hay mucha diferencia?
Mi amigo se me acerca y comienza a ponerme las vendas. Me quedo quieto solo porque no sé cómo reaccionar.
—Mueves el cuerpo aquí y allá, y te luces un poquito.
—¿Que me luzca? ¿Delante de quién?—Recorro las máquinas y aparatos con la vista—.
¿Está aquí? ¿Tu candidato? —susurro quizá en voz más alta de lo que pretendía, porque Ryder se ríe—.
No he venido a ligar, ya te lo he dicho.
—Me ruborizo cuando percibo cómo me mira un chico que pasa por delante de nosotros y nos saluda con un gesto de cabeza—.
Solo quiero que Remy me dé otra oportunidad.
—Mira, si Remy quiere algo contigo, que te desbloquee. Mi candidato es perfecto porque tiene algo que tú quieres.
—¿Rabo?
Ryder se descojona.
—Sí, eso también, y tiene pinta de ser grande. Pero, además, creo que podría ayudarte con la feria que quieres organizar para sacar dinero para los gatos.
—¿Por qué? ¿Cuál es su habilidad?
Ryder sube y baja las cejas y yo le doy un manotazo en el brazo mientras él sigue poniéndome las vendas.
—Cocina, es conocido en la zona y tiene contactos. La idea que tenías de hacer un concurso de tartas y de poner puestos de comida es estupenda, porque él hace recetas de todo el mundo. Puede funcionar.
—Mira, lo de la feria está bien, pero no me lo presentes en plan pretendiente. Remy…
—Y dale con Remy.
—En serio, Ry. Es el único junto contigo y Ariel con el que de verdad he sido yo.
—Espera, ¿Ariel? —me corta Ryder—. ¿Quién cojones es Ariel?
—Mi mejor amigo. Vive en Winter Falls, te he hablado de él.
—Me has hablado de un mejor amigo de la infancia, pero no has mencionado que se llama como la Sirenita.
—Significa León de Dios en hebreo —replico—. Sus padres practican el judaísmo, aunque él es ateo de puertas para afuera. Ya sabes, finge dentro de casa y serás feliz fuera. Toda esa mierda.
—Me la conozco, por desgracia —asiente él—. ¿Y tu amigo Ariel tiene a su vez algún amigo llamado Sebastián o algo así? Sería la hostia.
—Es un nombre bíblico, ¿vale? —insisto al verle la cara de estar a punto de echarse a reír.
—Vale, pero no te enfades. —Mi amigo se aparta de mí para coger un par de cascos.
—No me enfado. Es que en el instituto se metían mucho con él por su nombre, y es injusto.
—Lo siento.
Lo miro. Su expresión se ha suavizado y tiene pinta de estar avergonzado.
—Nada que perdonar, tú no tienes la culpa. El instituto fue una mierda en todos los sentidos. Pero yo lo tenía a él y eso era bueno. Los mejores silencios de la historia de los silencios.
—¿No hablaba mucho?
—No, éramos la extraña pareja. Él con su mutismo selectivo y yo con mi incapacidad de decir nada interesante.
Si ahora me cuesta comprender a la gente, cuando era un niño ni te imaginas.
Era… como la peor ecuación matemática que te han formulado nunca, y tenías que desarrollarla sobre la marcha, en vivo.
Un rollo. El caso es que con mi alma gemela podía hablar de todo y parecía que yo le gustaba —comento, sin mencionar que dejé fuera de nuestra relación virtual el hecho de que tenía muchas mascotas campando a sus anchas en casa—.
Y, sí, ya sé que hablar por mensajes es mucho más fácil, pero teníamos tanto en común…
Ryder tira de mí hasta subirme al ring. En nada estoy a unos centímetros del suelo y siento que todos me miran.
—Venga, ahora no pienses en amigos mudos ni en almas gemelas y céntrate en intentar esquivarme.
Ryder es rápido, muchísimo. Y yo no tanto, eso es así.
Soy más ancho que él, menos ágil, y no estoy para nada entrenado.
Pero sí tiene razón en algo: se me da de miedo esquivar.
No sé cuántos golpes esquivo mientras intento mantener la respiración y le doy vueltas a la idea de la feria.
Necesito recaudar fondos y pronto. Cada vez hay más gatos y tengo menos medios para poder cuidarlos.
Mi economía no es una maravilla ahora mismo, la verdad.
Ryder me llama la atención porque me he distraído. Le digo que es su culpa, que ahora que me ha recordado lo de la feria no puedo parar de pensar en ello.
—No podemos hacerlo nosotros. Tiene que ser algo llamativo que pueda atraer a gente de fuera. Platos del mundo, para eso mi candidato es la leche, que lo sepas. Se pueden hacer concursos, tómbolas, poner mesas para picar algo… Venga, ahora céntrate.
Mi amigo se mueve de un lado a otro. Sé lo que viene a continuación por la tensión de su cuerpo.
No sé cuánto ha dado de sí durante el combate en el que apenas me ha golpeado un par de veces; estoy convencido de que se ha contenido muchísimo.
Pero está claro que quiere acabar. En menos de lo que tardo en parpadear, me propina un gancho de izquierda que hace que me tambalee, y lo acompaña de otro golpe más bajo que me deja tirado en el suelo y pidiendo paz y amor y todo eso. Qué poco me gusta el boxeo.
Ryder me da la mano. Nos quitamos los guantes y el casco, y me pide que lo siga.
—¿A dónde? No quiero ligar —le advierto—.
Ryder, espera. —Corro detrás de él hasta que llegamos a una máquina enorme, de esas en las que se levanta mucho peso, ni idea de su nombre.
Lo único que controlo son las pesas que tengo en mi casa y el tipo de terreno donde puedo correr sin tener accidentes—.
¿Qué hacemos aquí? ¿Vamos a hacer pesas?
Pensé que el boxeo ya trabajaba todo el cuerpo.
—¿Quieres o no a alguien que te salve el culo? —Sus ojos verdes brillan bajo la luz de los flexos. Quizá el brillo se deba a que ha dicho «culo» en una frase que tiene que ver con presentarme a alguien que le podría hacer… cosas al mío.
—Sí —contesto, porque soy idiota.
Ryder sonríe.
—Bien. —Se acerca al chico que acaba de levantarse de la máquina y del que solo he visto los pantalones rojos y esas piernazas estupendas, con lo que sé que es el macizo que boxeaba con James, y, mientras levanto la vista, me dice—: Mason, este es Grant, el mejor cocinero de Eeriewood.
Grant, este es mi amigo Mason. Necesitamos pedirte un favor.
Miro a mi vecino anteriormente conocido como Sawyer y me estremezco.
Creo que él también se estremece un poco, aunque no creo que por el mismo motivo.
Mierda.