8 Mason
cVD
OCHO
MASON
—¿Qué dice que se ha comido? —le pregunto a mi vecina una semana después de los casi besos con mi vecino buenorro.
La vecina de los rizos caobas me ha interceptado cuando volvía a casa tras visitar a los gatos de la colonia y buscar al truhan que ha embarazado a mi virginal Tequila.
—Setas. Las setas del señor Marshall. —Señala al señor Porche con un dedo acusador.
El buen hombre está sentado en su silla y apenas levanta la cabeza al oír a la vecina, que parece muy alarmada y dice que uno de los gatos que ronda por su casa se ha intoxicado.
Creo que se refiere a Atigrado, es el que más veo por su jardín, aunque ella lo llama Bebote.
Para que luego digan que yo pongo nombres de mierda.
—¿A quién se le ocurre plantar setas en el jardín de casa? ¡Es un despropósito!
—Te estoy escuchando, Melinda. Alto y claro. Y mis setas están en un cobertizo cerrado con llave.
«Melinda». Me repito el nombre una y otra vez; quizá la próxima vez me acuerde. Es mi mejor vecina, la que más me ayuda y se preocupa por los gatos de la urbanización.
—Has envenenado a mi gato.
—Lo que me faltaba —dice él, poniéndose en pie—. No es tu gato, es un gato del vecindario. ¿Verdad que sí, chico?
Es entonces cuando me fijo en que Mabel está entre el jardín del señor Porche y yo. Mirándome atenta. Pero ¿esta niña no tiene casa?
Me quedo callado. Bueno, en realidad no he hablado mucho desde que la señora de los rizos caoba me ha parado a voz en grito.
—¡Sí es mi gato! —exclama ella. Luego, más bajito, me pregunta—: ¿Puede ser mi gato?
—Podemos arreglarlo, si es lo que quieres. Tiene chip y está vacunado, habría que registrarlo a tu nombre y ya. Es un paso sencillo, pero ¿me puedes decir qué le pasa?
—Ven, por favor, se ha intoxicado, le sale espuma de la boca.
—¡¿Qué?! Eso se dice antes. Llévame con él.
Salimos disparados hacia su casa y yo oigo que la criatura extraña —la niña— murmura algo. Creo que al señor Porche, porque lo oigo reírse, pero al instante la tengo pegada a los talones.
—¿Se está muriendo? —me pregunta.
—Se ha pasado toda la mañana defecando —explica la vecina, no sé si informándome a mí o contestándole a ella.
—¿Qué más síntomas tiene? —le pregunto yo.
—Después de estar un buen rato olisqueando frente a la puerta de atrás, se ha tumbado y no se ha vuelto a mover. —La señora suelta un sollozo justo cuando llegamos a su jardín.
Me acerco al gato, sin tocarlo al principio. Me agacho a su lado intentando hacer el menor ruido posible.
—¿Qué le pasa? —me pregunta la niña, apoyando una manita diminuta en mi cabeza.
—Shhh.
Atigrado respira en jadeos, pero son suaves, no demasiado acelerados, y tiene el pelo húmedo a la altura de la boca.
—¿Ves cómo respira? —le digo a la niña, que, con muchísimo cuidado, se ha arrodillado a mi lado—. No jadea rápido. Si estuviera envenenado de gravedad, su respiración sería mucho más desordenada, como cuando corres mucho y te duele el pecho.
Le palpo el costado para ver si tiene fiebre y, al acercarme, le noto cierto olor dulzón en la boca.
Le pregunto a la vecina dónde ha estado Atigrado antes de que pasara esto, me señala la zona y voy hacia allí con la niña extraña junto a mí.
Veo que hay un charquito húmedo justo al lado de las escaleras que llevan a la parte de atrás.
Me agacho y también lo huelo. Mabel hace lo mismo que yo y arruga la nariz.
Como ayudante silenciosa no tiene precio.
—¿Qué es esto?
—Ay, no, no me digas que ha sido mi culpa. Ay, ay. —Tras un par de lamentos, la señora de los rizos caoba, me contesta—: He vaciado el cubo con el que limpié la mesa de madera de cedro.
—¿Tenía lejía?
—¿Cómo voy a usar lejía en mi mesa buena?
«Y yo qué sé, señora, y yo qué sé».
—No, solo tiene flor de cerezo y un poco de jabón de Marsella —me asegura muy orgullosa ella, no sé bien por qué.
—Se ha debido intoxicar con el jabón. No es grave, pero…
—¿Y la espuma de la boca? —me pregunta Mabel, que se ha ido de nuevo junto a Atigrado.
La sigo.
—Cuando los gatos comen algo que les sabe mal, salivan para limpiarse solos, digamos —le explico. Luego, para la vecina de los rizos caobas, añado—: Necesito un poco de bicarbonato, ¿tienes? —Ante su asentimiento, le pido que lo traiga, una gasa y un par de cuencos.
Le enseño a Mabel cómo limpiarlo con suavidad y cómo acariciarlo mientras bebe agua fresca, aún sin incorporarse del todo.
Nos quedamos un buen rato, hasta que Atigrado logra ponerse de pie.
La niña habla un par de veces por el walkie (¿con su padre?
; ay, su padre), y cuando veo que el gato está tranquilo, lo cojo con mucho cuidado y anuncio que, aunque creo que estará bien mientras se mantenga hidratado, quiero llevarlo al veterinario para que lo vea.
Le pregunto a la vecina de los rizos caoba si quiere que, ya que voy a la clínica, ponga el gato a su nombre y, muy emocionada, me dice que sí, que viene conmigo, que le dé diez minutos.
Mabel también quiere venir. Pero la buena mujer se ofrece a llevarla a casa, lo cual agradezco.
O no. Porque no sé si quiero ver a Grant.
Bueno, sí lo sé, quiero. Pero mejor que no.
Cuando nos bajamos de mi tartana de coche, que está lleno de trasportines, jaulas y bolsas de comida tamaño industrial, ayudo a la vecina a llevar a un —de nuevo jovial— Atigrado a su casa.
Ya tenemos un gato feral menos. Aunque le he explicado que, sobre todo al principio, seguirá yendo y viniendo constantemente, que el concepto «ahora eres mío» no lo entiende.
A la vuelta, el señor Porche me llama con la mano y me pide que me acerque.
Una vez llego al primer escalón, me tiende una hoja unida con un clip a una carpeta de plástico negra.
Le echo un vistazo sin entender; en un principio creo que él también quiere adoptar un gatito de la colonia, pero no, es una encuesta escrita por él, de su puño y letra, sobre mis gustos, parejas pasadas, aspiraciones y datos familiares.
—Perdone que le pregunte, pero ¿para qué necesita todo esto? —Y bastante educado soy, teniendo en cuenta lo sorprendido que me hallo.
—Es para ver la compatibilidad que tienes con mi chico. Creo que os llevaríais bien. Es apuesto, trabajador y responsable. También es fiel a sus sentimientos. Si te deja entrar en su vida, lo hará para toda la vida. De lo contrario, no dejará ni que te acerques. Es de ese tipo de hombres.
Me estremezco. «Para toda la vida». Es lo que siempre he querido.
Pero que a mis veinticinco años sea lo bastante cínico como para empezar a pensar que es una utopía es un poco descorazonador.
Y más si tenemos en cuenta que tengo que beber para ligar, que he dejado tirada a mi alma gemela tres veces y que me siento un infiel de lo mucho que pienso en el vecino anteriormente conocido como Sawyer.
—¿De verdad cree que su hijo y yo…?
—Depende. Mi instinto me dice que puedes ser el elegido. Necesito conocerte un poco más, solo por si acaso. Mi chico lleva tiempo solo y tengo que encontrar a su persona perfecta, ¿comprendes?
—Yo… No estoy seguro de esto, señor. Estoy conociendo a alguien que me gusta mucho; bueno, lo estaba, me ha bloqueado. —Ante su mirada confundida, le aclaro—: Lo conocí en una app para encontrar a tu alma gemela.
—¿Eso existe?
—¿Las almas gemelas? Quiero creer que sí.
—Me refería a la aplicación, creía que solo valían para echar canas al aire.
—Esta es distinta. Es… especial. Busca afinidades. Cosas en común no basadas en el físico.
—Tú eres muy guapete, no creo que tengas problemas para ligar.
—Pues los tengo, créame. La gente no ve más allá de lo que está a la vista. Incluso he llegado a pensar que no hay más que lo que está a la vista.
—No digas chorradas, se te nota que eres buena persona a la legua. Por eso te tengo echado el ojo para mi chaval.
—¿Chaval? Pero ¿cuántos años tiene? Y ya puestos, ¿dónde vive?
¿Es gay? ¿Es guapo? No es que me importe, soy más de belleza interior, pero el exterior también me llama la atención, claro, y si me gusta no seré capaz de hablar.
Y mire, tampoco quiero, que ya me debato entre dos amores y bastante tengo…
—Shhh, calma, no te aceleres, chico. ¿Dos amores, dices?
—Ninguno consumado, pero podría decirse que sí.
El virtual y el real. Aunque el virtual también es real, solo que no lo he visto.
Y el real no es amor de verdad, es… lujuria.
Pero con ese no voy a tener nada. No, ese es terreno vedado.
No pienso pisar su jardín. Como si hubiera cinta policial impidiéndome el paso.
Bueno, salvo que se me escape la gata, que ahora está embarazada.
Me callo cuando veo que el hombre me mira con las cejas alzadas.
—¿Estás soltero y sin compromiso o no?
Tras pensármelo un momento, contesto:
—Sí.
—Vale. Pues relléname el cuestionario. Y no te preocupes, que uso «chaval» en tono cariñoso. Es mayor de edad, le gustan los hombres y las mujeres y es guapo como su madre, que era una preciosidad.
No, no, otro bisexual no, joder, ¿qué le pasa a la gente con los coños? Si son… raros.
—Siento lo de su mujer.
—Fue hace unos cuantos años ya. Sigo echándola de menos, pero estoy bien.
—Mi madre también echa en falta a mi padre cada día. No lo supera. Quiero creer que cada día irá un poco mejor.
Quiero creerlo, pero lo dudo. Y no sé cuál es el empujón que necesita para no caer más en la tristeza. Suspiro.
—En mi caso creo que es al revés. Creo que no supe bien lo que tenía hasta que la perdí y ahora su ausencia me ha hundido como cuando caminas sobre una capa fina de hielo y, de repente, te ves en el agua casi congelada sin encontrar un hueco para volver a salir a flote porque notas cómo el hielo se cierra sobre tu cabeza.
Pobre hombre.
—Ya, se le cae la casa encima. Lo siento.
—Es más al revés. Se me cae el mundo cuando salgo. En casa no estoy tan mal. Estoy más… templado.
Joder, no doy ni una con este señor. Lo miro sin saber qué decir. Y eso que creo que me cae aún mejor. No me esperaba este arranque de sinceridad.
—Bueno —continúa él, deshaciéndose de la capa helada de pena y centrándose en lo suyo, en su hijo; él erre que erre—, vayamos a lo que nos interesa.
Échales un ojo a las preguntas, dime si tienes alguna duda y yo me encargo de lo demás.
Piensa en mí como en tu nueva aplicación para encontrar a tu alma gemela. Lo haremos a la antigua usanza.
No me atrevo a decirle que incluso a mi alma gemela le he fallado porque no tengo vida más allá de mis gatos y mi trabajo. Es tan triste que vocalizarlo me hunde en esa agua helada de la que no se puede escapar.