Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 7 Grant
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SIETE

GRANT

Cuando me di de alta en Soul Finder —en contra de mi voluntad y con Martha respirándome en la nuca—, agregué mis aficiones al perfil y se me dio acceso a los foros activos que más se adaptaban a mí.

Vi a Colmillo Blanco en el «Club de fans de Drive Shaft», en el foro «Si no te gustó el final de Perdidos, no mereces ni un uno por ciento de mi alma» y en el de «Perdidos: ¿quién es el más friki?

», donde se hacían preguntas sobre curiosidades de la serie.

Me encantaron sus respuestas, sus divagaciones.

Y, tras nuestra primera charla —atípica e insuperable—, empezamos a coincidir en otros foros, comenzamos a hablar más y descubrimos que teníamos mucho en común.

Hacía unos meses que había traspasado el restaurante que había absorbido todo mi tiempo durante los últimos años.

Lo había dejado para cuidar de Mabel, para pasar tiempo con ella y no perderme esa infancia que me daba la sensación que se me escapaba.

Empecé a colaborar con otros chefs y restaurantes —incluido el mío— como asesor y cocinero externo, y acepté la propuesta de un antiguo cliente de hacer un canal en el que cocinara recetas asequibles dos veces por semana.

Todo estaba bien, el sueldo que entraba en casa era generoso y tenía flexibilidad para estar con Mabel, pero…

, de repente…, no tenía nada más. Y es cierto que fue una decisión meditada y con la que me sentía muy a gusto.

Pero solo era padre y cocinero. Ya no era pareja de nadie —ni sexual ni emocional—, no tenía la vida social más o menos frenética que llevar un restaurante de éxito conllevaba y, salvo alguna cita y algún que otro encuentro sexual casual, no tenía relación con nadie más.

Y por eso, lo único que me llevé de mi cotidianeidad a Soul Finder fue el nombre de Remy, un guiño a mi profesión y a Ratatouille, película con la que Mabel estuvo meses obsesionada.

No quería hablar de recetas ni de deberes ni de nada de mi día a día.

Quería dejar de ser padre soltero durante un ratito al día; la hora y media que hablaba con Colmillo Blanco desde hacía cuatro meses.

Llevo más de una hora releyendo viejos chats sin estar seguro de qué siento.

No voy a volver a hablar con él, eso seguro, pero supongo que el duelo dura un poquito más cuando a quien pierdes es a la otra mitad del alma.

Y suena extremo y exacerbado, teniendo en cuenta que esa mitad solo existe en un plano virtual, que nunca llegué a conocerlo en persona y que podría haberme mentido en mil cosas.

Ahora no me fío de nada. Pero era la primera persona con la que coincidía de esta forma tan brutal, y no hablo de series de televisión ni de personajes favoritos, hablo de la…

esencia. Y de verdad que nos complementábamos tanto que hasta daba un poco de miedo.

Miro por la ventana, la tarde se tiñe de un precioso y cálido color melocotón; se oye el piar de los pájaros, que vuelan de un árbol a otro como si buscaran algo que no encuentran.

Suena Hope is a dangerous thing for a woman like me to have-but I have it, y mientras la escucho, busco el chat en el que hablamos de esta canción, y pienso en cómo casi se me saltaron las lágrimas con las cosas que me dijo, en cómo no me cuadra esa persona sensible, divertida y divagante hasta la extenuación con el malqueda que me ha dejado tirado no una, ni dos, sino tres veces.

Remy: ¿Te confieso una cosa?

Colmillo Blanco: Que no se diga que no venimos a Soul Finder a desnudar nuestra alma. Desde que te encontré hago más introspección que en toda mi vida.

Remy: Ja, ja, ja. Yo he descubierto que soy más intenso de lo que pensaba.

Colmillo Blanco: De nada. ¿Qué me ibas a decir?

Remy: ¿Sabías que nuestra canción favorita de Lana, Hope is a dangerous thing for a woman like me to have-but I have it, se llamó originalmente Sylvia Plath?

Colmillo Blanco: ¡Cómo no iba a saberlo! Es aún más maravillosa por ello. La frase «I’ve been tearing around in my fucking nightgown, 24/7 Sylvia Plath» es yo a tantos niveles…

Colmillo Blanco: Aunque como confesión es regular. Veo que ha decaído el nivel desde lo último que me dijiste a corazón abierto.

Remy: Ja, ja, ja. Eso era a título meramente informativo, como intro a la gran y vergonzosa confesión: yo no sabía quién era Sylvia Plath y, al escuchar la canción la busqué y… ¿sabes lo que viene a continuación?

Colmillo Blanco: Te pusiste un camisón negro y vagaste por tu casa leyendo sus cartas y diarios mientras se te saltaban las lágrimas.

Remy: Pues menos en lo del camisón negro, has acertado cien por cien.

Remy: Me hizo pensar en cosas. En esa dicotomía que parecemos tener muchas personas, la división entre dos facetas; ese querer ser la madre y esposa perfecta y a la vez triunfar en el plano artístico.

Colmillo Blanco: ¿Te sientes mala madre? *guiño*

Colmillo Blanco: ¿Remy?

Remy: Estoy, perdona. Estaba pensando. No me siento mala «madre», evidentemente. Pero entiendo a qué se refiere. Por leerla, cambié el rumbo de mi vida.

Colmillo Blanco: ¿Quieres elaborar eso más? Y perdona, quizá la broma ha estado un poco fuera de lugar.

Remy: No pasa nada, y, por ahora, voy a hacerme el misterioso. Es un tema del que podríamos hablar cuando nos veamos.

Colmillo Blanco: Trato hecho.

Remy: ¿Por qué decías que esa frase de la canción es tú a muchos niveles? ¿Usas camisón negro? No me importaría verlo.

Colmillo Blanco: Mmm, pervertido, me gusta…

Colmillo Blanco: Pero no, me refiero a ese estado de ánimo que evoca.

Es una canción desgarradora. Habla de no encajar, de no ser ella misma de cara a los demás, de estar cansada.

Me siento… identificado en cierto modo. El verso entero, cómo dice que escribe con sangre en las paredes porque la tinta de su bolígrafo no se ve en su libreta…

No sé. A veces (muchísimas veces) siento que no encajo en ningún sitio.

Remy: Eso es duro. Y no solo porque sabemos que Sylvia Plath luchó contra la depresión y terminó suicidándose. Habla de tener esperanza en el tono más triste y desesperanzador.

Remy: ¿Tú…, hum…, tienes o has tenido depresión?

Colmillo Blanco: Por suerte, no. Mi madre sí, por desgracia. Pero no me apetece hablar de eso, para otro día, para esa primera cita.

Colmillo Blanco: Hablo más de ese no encajar, de no estar contento, pero al menos no estar triste. No sé. Es complicado.

Colmillo Blanco: Yo creo que es una canción pidiendo ayuda. O así la concibo yo.

Remy: ¿Tú me estás pidiendo ayuda?

Colmillo Blanco: Creo que me la has ofrecido sin necesidad de pedírtela.

Remy: ¿Yo? ¿Cómo?

Colmillo Blanco: Apareciendo en mi vida.

No puedo seguir leyendo. Y eso que sé que, tras nuestra excesiva intensidad, nos reíamos y hablábamos de uno de los pocos libros de ficción que no era de Dickens pero que sí se había terminado.

Nunca llegué a preguntarle el título. Y ahora no me arrepiento.

Me lo hubiera comprado, subrayado y pensado en él en cada página.

Yo, que no soy un gran lector; él, que es un lector a medias.

Y, sin embargo, ambos leíamos las mismas cosas. Rarezas de la vida.

Suspiro.

Y mientras suena Say Yes To Heaven, vuelvo a mirar por la ventana.

La luz melocotón tiene toques malvas y dibuja sombras sobre las fachadas de las casas y las copas de los árboles.

Y ahí, en medio de ese lienzo cálido, con una libreta en una mano y ciento cuarenta y tres cuencos en la otra, Mason cruza uno de los jardines hacia dondequiera que vaya.

Con una sonrisa, cojo los prismáticos y lo veo desaparecer tras los árboles.

Vacío el chat.

Se acabó.