Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 6 Mason
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6 Mason

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SEIS

MASON

La vergüenza me invade en cuanto abro los ojos al día siguiente y los recuerdos caen sobre mí como lo hace el agua de la ducha cuando me meto para intentar borrar todo lo que dije e hice la noche anterior.

También me invade un deseo crudo en cuanto recuerdo el cuerpo del vecino buenorro —¡Grant, se llama Grant!

— junto al mío sobre su sofá, su olor, el olor de su cocina, el de su gel, el de ese albornoz que fue como envolverse en pura dicha.

Sus ojos, su barba de varios días, su brazo sobre mis hombros.

Cómo me sostuvo cuando el alivio de encontrar a Tequila pareció desestabilizarme.

Aunque quizá la inestabilidad fuera por el alcohol; dos chupitos, una copa de vino y la ebriedad por el aroma del vecino buenorro anteriormente conocido como Sawyer desestabilizan a cualquiera.

También recuerdo la dureza de sus muslos, de su polla… ¡Ay, Dios mío, que le toqué la polla!

Se me encienden las mejillas, y lo hacen todavía más, pero por otro motivo, cuando recuerdo cómo acabó la noche, cómo malinterpretó mis palabras y cómo me puso de patitas en la calle; de forma casi literal.

Cuando bebo, aunque sea poco, pierdo el único filtro que tengo.

Yo no quería ofenderlo diciendo que no me gustan los bisexuales ni los niños…

Hum, vale, acabo de darme cuenta de cómo suena.

Pero no es eso lo que quería expresar; normal que la gente piense que soy un bicho raro con el cerebro a medio hacer.

Por eso a Remy (ay, Remy, qué traicionero soy, perdóname) no le dije nada cuando me dijo que él era bi.

Decidí conocerlo más para explicarle cómo me siento al respecto, que no soy bifóbico en absoluto a pesar de que por mis comentarios fuera de lugar lo pueda parecer.

La bisexualidad me parece compleja y me asusta un poco, la verdad.

Yo no tuve problemas en casa cuando salí del armario, pero sí fui objeto de bromas y burlas en el colegio y en el instituto.

La bisexualidad para mí era algo… fácil.

Un bi podía volver al mundo hetero con solo chasquear los dedos; y eso me sentaba mal.

Y el niño en mi se hizo a esa idea y la abrazó como uno se aferra a ciertas ideas y costumbres.

Y el miedo se volvió disgusto al conocer al típico heterocurioso que casi me rompe el corazón con diecisiete años.

El tema de los niños… simplemente no los entiendo; y no creo necesitar justificación alguna.

Tengo veinticinco años, estoy lejos de ser padre y no tengo infantes a mi alrededor con los que tratar.

Es un sentimiento lógico. Son seres extraños y complicados y, si no entiendo mi lógica, estoy como para entender la suya.

Esa lógica que al parecer el vecino buenorro anteriormente conocido como Sawyer cree que no poseo.

Me dolió que sugiriera que era tonto. Porque yo estaba en una especie de letargo sexual inducido por el alcohol, su presencia y la tranquilidad de saber que Tequila estaba bien y me despertó de golpe; fue como recibir una bofetada en toda la cara.

Pero está bien, está bien que no pasara nada entre nosotros.

Porque, aunque Remy me haya bloqueado —con motivo; con tres motivos, de hecho, uno por plantón—, yo estaba un poco loco por él y lo de ayer fue como una infidelidad.

Una pequeñita pero traicionera. Y puede que mi alma gemela de Soul Finder ya no quiera nada conmigo, pero yo al menos tengo que respetar el duelo por haber perdido lo que pudo ser y ya nunca será.

Porque, en mi cabeza, íbamos a ser supernovios y a vivir rodeados de animales y a tener sexo del bueno a todas horas.

Pero cuando bajo la mano y me acaricio, quien me viene a la cabeza es Grant. Tiene sentido, no sé cómo es Remy físicamente y mi vecino el pater familias es tangible y está muy bueno. Así que decido ceder a la fantasía una sola vez, antes de llorar a mi novio virtual como corresponde.

Me toco despacio, paladeando cada movimiento, pensando que no es mi puño el que me envuelve la polla, sino su boca.

Me llevo la otra mano al culo y presiono en mi entrada, evocando sus manos grandes, la forma de sus labios, lo que sería sentir ahí su lengua, su barba arañándome la piel sensible alrededor…

Pienso en cómo entraría en mí de un empujón certero hasta hacerme gritar de placer.

Le cedo el momento a mi imaginación y me dejo llevar hasta que me corro con tal fuerza que siento pequeñas descargas por todo el cuerpo.

Apoyo la frente en los azulejos fríos y respiro, respiro, respiro.

Paso el sábado atendiendo a los animales, los propios y los ajenos. Tequila, la gata ingrata, viene y va; yo hago lo posible por no asomarme a la ventana a espiar al vecino, cosa que quiero hacer tres veces por hora como mínimo.

Me pongo el albornoz negro que huele a gloria y me tumbo en el sofá a leer mis chats con Remy. Puede que me haya bloqueado y no pueda escribirle más, pero Soul Finder tiene una opción de guardado donde tengo cada una de nuestras conversaciones.

La app tiene nuevo logo, nueva pantalla de inicio, nuevo diseño y un montón de detallitos extra que me encantan; entre ellos, poder dividir los chats por temas y cambiar el fondo según la temática.

Así que abro nuestra primera conversación, una que tiene de fondo a Ethan Hawke como Finnegan Bell en Grandes esperanzas, y empiezo a leer:

Remy: Perdona que te entre así, pero llevo un rato preguntándome si lo de Colmillo Blanco es por el libro. Es de mis favoritos.

Colmillo Blanco: ¿De veras? Era el favorito de mi padre. Me sé pasajes de memoria. Cuando era pequeño, me leía un poco cada noche. Pero siempre lo hacía parar cuando estaba a punto de llegar al final, así que no sé cómo acaba.

Remy: ¿En serio?

Colmillo Blanco: Muy en serio. Siempre lo paraba en el mismo punto. Era como un límite infranqueable. Es una tontería, lo sé. (Puedes bloquearme ya, si quieres).

Remy: No es ninguna tontería. Es curioso, y comprensible. Eras un crío, y los niños se obsesionan con cosas que a los ojos adultos pueden parecerles ridículas. (No pienso bloquearte; no sé ni cómo se hace).

Colmillo Blanco: Pero es que he hecho un hábito de mi «cosa incomprensible» también en la adultez; sigue aterrándome la idea de un final triste. Te cuento una cosa si no te ríes de mí.

Remy: Jamás se me ocurriría. Pretendo gustarte.

Colmillo Blanco: Ah, ¿sí?

Remy: Cuenta, anda.

Colmillo Blanco: Nunca leo los finales de los libros de ficción. No es que lea demasiado del género, soy más de ensayo, pero cuando lo hago, nunca llego al final. No quiero saber a dónde van o qué hacen los personajes, si sufren o mueren. Prefiero imaginármelo.

Remy: ¿Nunca nunca?

Colmillo Blanco: Nunca nunca. Bueno…

Remy: Desembucha.

Colmillo Blanco: Me gusta Dickens y sus libros son los únicos que termino. (Vale, me vas a bloquear).

Colmillo Blanco: ¿Me has bloqueado? Estás tardando mucho.

Remy: Perdona, es que estaba sobreponiéndome. (Ya te lo he dicho: no te voy a bloquear).

Colmillo Blanco: Ya, porque no sabes cómo… ¿De qué te estabas sobreponiendo?

Remy: No te lo vas a creer.

Colmillo Blanco: Vale, rey del suspense, desembucha tú.

Remy: Te he visto en varios foros de Perdidos y necesitaba escribirte. Pensamos lo mismo de muchas cosas. Pero ya lo de Dickens me parece una casualidad tan tremenda…

Colmillo Blanco: ¿Te gusta Dickens? (No me ves, pero estoy haciendo un baile de la felicidad).

Remy: Mucho. (Yo no he bailado, pero me he subido al sofá y he gritado un «¡tomaaa!» al más puro estilo Tom Cruise en el programa de Oprah).

Colmillo Blanco: Ja, ja, ja. Y no has perdido ni un poco de tu atractivo. ¿Cuál es tu libro favorito? El mío es Grandes esperanzas.

Remy: Grandes esperanzas también (ahora sí que bailo). Pero tengo que confesarte algo muy bochornoso.

Colmillo Blanco: Nuestra compatibilidad se ha disparado.

Remy: No sé cómo funciona, entiendo que cada vez que le doy «me gusta» a uno de tus mensajes o comentarios, el porcentaje sube, ¿no? Pues puedo poner un «me gusta» gigantesco en tu foto de perfil.

Colmillo Blanco: Es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo. Pero no me cambies de tema. Cuéntame eso tan bochornoso; no creo que lo sea más que lo mío con los finales de los libros.

Remy: Eres tú quien ha cambiado de tema con lo de la compatibilidad, pero vale.

Allá voy: no leo mucho, algún superventas tipo Stephen King o Sanderson de vez en cuando.

Pero, la segunda vez que vi Perdidos, me fijé en el libro que Desmond se estaba guardando para leer antes de morir, Nuestro amigo común, y me lo leí.

Colmillo Blanco: ¿En qué universo leer a Dickens gracias a un personajazo es bochornoso?

Remy: No sé, hay mucho esnob suelto que me puede mirar mal por leer a Dickens por una serie de televisión.

Colmillo Blanco: No soy uno de ellos.

Remy: Creo que te quiero.

Colmillo Blanco: Ja, ja, ja. ¡¡Hala, mira esa compatibilidad!!

El domingo, cuando me dispongo a salir a dar mi paseo diario con los perros, escucho el timbre de la puerta.

No espero a nadie y no soy el más popular del vecindario, así que mi sorpresa al descubrir ahí a Grant es inmensa.

Y aterradora. Abro mucho los ojos. No sé qué hacer con las manos.

Me sudan hasta las rodillas. Lleva un pantalón negro ajustado —porque cómo no se le va a ceñir con esos muslos magníficos— y una camisa oscura igual de ajustada —porque cómo no se le va a ceñir con ese torso—.

Tiene los labios gruesos fruncidos en una mueca que no logro descifrar pero que no puedo dejar de mirar.

Creo que se da cuenta, porque enarca las cejas y yo me ruborizo al pensar en cómo me he corrido pensando en su boca, y en sus manos, y en… Mierda. Es un dios. Debería ser ilegal.

He intentado no asomarme a la ventana del cuarto de invitados —la única ventana que da al jardín delantero— a espiarlo; he hecho lo posible para no verlo cuando, usando mis dotes de sigilo, he ido a escondidas hasta el lateral de su casa para comprobar si Tequila estaba allí —spoiler: sí lo estaba, al menos dos de las tres veces—; he tratado de no masturbarme pensando en él, pero han caído tres pajas y ahora lo tengo delante en todo su esplendor y…

Él carraspea y me hace un gesto hacia su izquierda; bajo la mirada y entonces la veo: su diminuta hija sosteniendo a Tequila con una correa que estoy seguro, dada su longitud y grosor, que es para perros de más de veinte kilos.

Pero eso no es lo peor; la niña me está fulminando con la mirada.

Sobre todo, cuando Tequila se me acerca para frotarse contra mis piernas.

Me agacho para acariciarla. Le palpo el vientre con suavidad y veo que tiene los pezones más hinchados y rosas.

Madre mía. ¡Madre mía! Puede que esté embarazada, si es que ya le vale, se pasa todo el día por ahí paseando esa belleza sin igual y luego pasa esto…

Creí que tenía a todos los gatos de la colonia localizados y esterilizados.

Quería haberla esterilizado a ella tras su primer celo, pero desde que la rescaté ha tenido un poco de anemia y el veterinario me recomendó esperar.

—¿Estás comprobando que todo está bien? —me pregunta la extraña criatura, agachándose a mi lado.

—Sí.

—¿Y está todo bien?

—Pues creo que nuestra amiga podría estar embarazada.

—¿En serio? ¿Va a tener gatitos?

—La llevaré al veterinario para confirmar, pero entre lo cansada que está y el rosado mamario…

—¿El qué?

—Hum, nada. Es complicado. ¿Por qué lleva un collar de perro?

—Es complicado —me contesta la niña.

Nos miramos desafiantes, pero a mí la mirada que me pesa es la de Grant, la del ser pequeñito solo me incomoda.

—Mabel —dice su padre en un tono que a mí me hubiera puesto de rodillas al grito de «sí, señor».

La niña suelta un suspiro que, por algún motivo, me resulta entrañable. ¿Será que de repente se me ha parecido a su padre? Qué fuerte.

—Era el collar de Millie, el pastor alemán de los padres de Leo. Me lo he traído porque a Leia le queda precioso. Le he puesto la correa de Luke, el perrito que tuvimos.

Creo que la niña se entristece, y yo un poco con ella. Perder a un ser querido es duro, y a esa edad, además, es difícil de entender. El ciclo de la vida es muy puto para los niños.

—Mabel, dile lo que querías decirle —la reprende Grant. Porque «reprender» es la palabra exacta.

«Sí, señor», digo yo por dentro.

—Lo siento, vecino de los gatos. No era mi intención secuestrar a tu gata, solo la estaba cuidando. Leia puede confiar en mí y lo sabe. Y te dejé el colgante para que supieras que todo estaba bien.

—Era un mensaje demasiado sutil —le digo, y luego me doy cuenta de que no sé cuándo aprenden los niños lo que es la sutileza o a qué se le llama «sutileza».

—Cariño —dice Grant, pero, por desgracia, no es a mí—, se llama Mason y estaba preocupado por su gata. ¿Qué tienes que decirle de lo de entrar en su casa?

—Ya, eso… Que lo he hecho muy mal —admite muy rápido. Lo siente más bien poco—. Pero es que iba a decirle que no se preocupara.

—Mabel, no se entra en casas ajenas. ¿Y si alguien entrara en la nuestra?

—Tú me protegerías.

«Ya lo creo que sí», pienso, sin dejar de mirarle la boca.

Luego vuelvo a agacharme y pienso: «Mejor la boca que el paquete»; y como se me van a ir los ojos a donde no deben, me centro en Tequila y le quito el collar.

Mi gata maúlla en agradecimiento y se adentra en la casa como si la situación fuese demasiado para ella. La entiendo tanto…

Me incorporo y le tiendo el collar a la niña.

—Será mejor que nos marchemos —dice Grant—. Solo quería disculparme en nombre de mi hija.

—Pero papá, yo no tenía mala intención. No puedo disculparme si no he hecho nada. Solo la estaba cuidando. Por eso le dejé el colgante. Era una prueba de que estaba bien. De verdad.

—Mabel, lo estás empeorando. Discúlpate para que podamos marcharnos, ¿sí?

—Pero papá…

—Ahora.

Buf. El tono. Estoy oficialmente empalmado.

—Lo siento —dice la niña muy bajito.

—Lo sentimos —confirma Grant.

¿Debería decir algo? Pero ¿qué?

Yo asiento. No me sale la voz. Soy incapaz de dejar de mirarlo.