5 Grant #2
Le señalo con el dedo el lateral de la casa y giramos hacia allí; y ahí, debajo de un tejado de pizarra, resguardada de la tormenta, está la caseta de Luke: es blanca, pequeñita, como un chalet en miniatura.
Tiene una cortinita en la puerta y ambos nos agachamos; él contiene la respiración antes de echar a un lado la tela y se apoya en mi rodilla en una plegaria silenciosa.
«Por favor, que esté aquí; por favor, por favor», parece decir con los ojos cerrados.
Respira hondo antes de mirar en el interior y soltar un sollozo de alegría que termina con su cabeza apoyada en mi pecho.
Ahí está. Es una gata persa gris que he visto alguna vez por la urbanización. Nos mira con ojos tranquilos, pero sin hacer amago de moverse. Está a gusto, calentita. Su dueño, sin embargo, tiembla contra mi cuerpo; le paso un brazo por los hombros.
Mueve la mano que tenía en mi rodilla y me la empieza a subir por el muslo. Me acaricia de forma inconsciente —creo—, arriba y abajo, arriba y abajo, deslizándose por la tela de mis vaqueros hasta acercarse peligrosamente a mi polla. Contengo la respiración.
—Qué alivio —me dice, en una especie de antítesis de lo que yo estoy sintiendo.
Alza la vista, nuestras miradas se encuentran, nuestras caras están muy cerca; otra vez. Ambos respiramos con agitación y él sigue subiendo la mano hasta que la coloca sobre mi erección durante unos instantes; entonces parece despertar de su ensoñación y da un respingo.
—No eres hetero —repite. Lo hace en un susurro, como si fuera una revelación.
Sonrío.
—No soy hetero —le confirmo una vez más, la tensión evidente en mi voz porque, a pesar del respingo que ha dado, no ha movido la mano ni un milímetro.
—¿Y tu mujer?
—No es mi mujer; Martha y yo nunca nos casamos. Y ya no somos pareja. Somos amigos, muy amigos.
—Vaya.
—Aunque parece que cada vez que te lo digo lo borras de tu mente, soy bisexual —le digo con los ojos fijos en su labio inferior, que no para de morderse.
—Oh, no. No, no, no, mierda.
—¿Qué?
Suspira y se aleja. Ahora soy yo el que por dentro repite la letanía del «no, no, no». No quiero que se aparte.
—Ya sabía yo que no podías ser tan perfecto.
Lo miro con las cejas alzadas.
—No creo que lo sea, no. Nada más lejos de la realidad.
—No es solo que seas bisexual, es que encima tienes una hija.
—¿Perdona?
—No me gustan los niños.
—¿Tener una hija me hace menos perfecto? —mi tono ya no esconde una sonrisa. Me estoy cabreando.
—A ver, perfecto eres. Pero lo de tener hijos… no es algo que busque, tengo veinticinco años y me gustaría que mi novio…
—¿Tu novio? ¿Quién ha hablado nada de novios? Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Mason Harvey.
Me tiende la mano y se ruboriza cuando no se la estrecho. Veo vulnerabilidad en esos ojos cristalinos y, aunque no me gusta el tono de esta conversación, al final le contesto:
—Yo soy Grant.
—Graaant… —Alarga mi nombre como con reverencia. Pero sus palabras no son para nada reverentes cuando añade—: Te pega. Es perfecto para ti. Qué pena lo de tu hija.
—Mi hija no es motivo de pena en absoluto. Es lo mejor que he hecho en mi vida.
Me pongo de pie; Mason no, trata de coger a su gata, que le da un pequeño golpe en la mano con la patita, sin uñas, una pequeña leche. Se lo merece.
—Claro, claro, no quería ofender. Que yo no entienda a los niños no significa que al resto del mundo no puedan gustarle.
—Ante mi alzamiento de cejas, intenta arreglarlo, pero lo empeora más.
Lo cierto es que se podía haber ahorrado el «no quería ofender»—.
Pero es que tu hija es una ladrona de gatos, lo cual no ayuda a mi forma de verla, ya sabes.
—Mi hija no te ha robado nada, ahí tienes la prueba. Tu gata está sana y salva. Se habrá puesto a cobijo por la tormenta. La he visto muchas veces paseando por los jardines.
—Vamos, Tequila, gata ingrata —dice volviendo a meter la mano en la caseta y recibiendo el mismo trato que antes, quizá esta vez con un poco más de uñas.
Estamos cubiertos bajo el tejado del porche, pero ha empezado a llover otra vez. Me llevo las manos a las caderas y suspiro.
—Déjala aquí. Ya la tienes localizada; en cuanto pare de llover volverá a casa. Yo le echaré un vistazo.
—¿Y la ladrona de gatos?
—Mi hija se llama Mabel y no te ha robado nada, coño —le digo con más brusquedad de la que debía.
Me fijo en que contrae el gesto. No quiero cabrearme, pero ¿en qué momento mi vecino ha pasado de ser el chico sexi y fascinante, y se ha convertido en este otro?
¿O siempre es así y a mí me ha tenido tan ensimismado que no me he dado cuenta?
Lo he dejado entrar, le he ofrecido agua caliente, ropa seca, comida y hasta vino.
Casi le ofrezco esa virginidad que dice Martha que me ha vuelto a crecer.
Y todo para que me insulte e insulte a mi hija.
Sigue intentando coger a su gata; la gata en cuestión dice que está bien donde está con una mirada entrecerrada.
—Mira, te lo voy a dejar claro por si no lo has entendido.
Sí, soy bisexual, y no, no me avergüenzo ni me gusta que me hagan sentir mal por ello.
Límpiate por favor la bifobia que se te ha quedado pegada a la moral.
Sí, tengo una hija a la que quiero con locura y a la que no me gusta que acusen de ningún delito, porque robar es un delito.
Me toca los cojones, la verdad. No creo que haya secuestrado a tu gata, pero lo hablaré con ella en cuanto pueda.
¿De acuerdo? ¿Lo entiendes así o necesitas que te lo aclare un poco más?
—¡No soy tonto! —Lo dice alzando la voz y poniéndose de pie—.
Tengo la prueba del delito. —Vuelve a zarandear la estrella de mar—.
Y a la gata aquí delante. Me encontré a la niña dentro de mi casa, lo que ya es un delito de por sí.
Y a Tequila en tu propiedad. A lo mejor el tonto eres tú. Y ni siquiera eres rubio. ¡Ja!
Suspiro —perdido, fascinado y cabreado a partes iguales— y lo dejo ahí bajo el tejado de pizarra con las mejillas encendidas y, esta vez, no de deseo.
Salgo dos minutos más tarde y me lo encuentro tratando de convencer a una reacia Tequila de que vuelva a casa.
Cuando me ve aparecer, se pone de pie de nuevo.
—Toma —le pongo en las manos la ropa que acabo de sacar de la secadora, le coloco la capucha del albornoz para que no se moje el pelo, y lo giro en dirección al jardín delantero—. Vete a tu casa y espera allí a tu gata.
—Pero…
—Vete, Mason.
Se sonroja, baja la cabeza y se va.
Vaya noche.