Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3) 5 Grant
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CINCO

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Por qué metí a mi vecino en casa y le pedí que se diera una ducha caliente antes de invitarlo a cenar es algo que aún me estoy preguntando.

Porque se puso a llorar, supongo; porque pareció desvalido, porque a pesar de insultarnos a mí y a mi hija a la cara, verlo emanando confusión e impotencia llamó a una parte de mí que Martha llama neandertal y que reconozco que poseo.

Es una especie de deseo primitivo de proteger y, al verlo ahí empapado mientras me hablaba del supuesto secuestro durante laaaaaargos minutos, tuve que empujarlo hacia dentro para que no se muriera de frío mientras me lo explicaba todo.

Casi me da un microinfarto cuando lo vi bajar las escaleras con mi albornoz negro.

Le había dejado un pantalón de chándal gris y una camiseta granate en el baño, pero, al parecer, ha considerado que mi bata —que, según él, huele a mí— era más apropiada.

Le queda grande, soy más alto y corpulento que él, pero le sienta de maravilla.

Así que decidí no decirle nada… Qué curioso, al final he hecho caso a Martha y me he traído al buenorro de los gatos a casa…

Estoy por mandarle un mensaje y una foto, para que esté orgullosa.

Y para hablar de lo de Mabel y la gata. Y de eso no va a estar tan orgullosa.

En cuanto entró en mi cocina y escuché cómo le gruñían las tripas al oler el chili recién hecho, tampoco pude decirle que allí no dejaba entrar a nadie, que era mi templo.

Por un lado, porque miré hacia abajo y vi sus pies descalzos sobre mis azulejos malvas y blancos y me dio otro microinfarto; y, por otro lado, porque soy débil a ese respecto, será parte de ese instinto primitivo de hombre de las cavernas, pero no lo puedo evitar.

Me gusta cocinar para la gente, verlos comer, incluso; y este chico comiendo es todo un espectáculo.

Apenas abrió la boca mientras engullía el chili más rico de la historia de los chilis, según él.

Luego volvió a lloriquear cuando le expliqué que no era carne de verdad. Estuvo un rato indignado.

Pero ahora está sentado en mi sofá con lo que le queda de la copa de vino que le he servido, mirándome mientras recojo y termino de envasar el chili que mañana vendrán a recoger para un catering vegano.

Mi planta baja es amplia y de plan abierto.

Casi la mitad es cocina. Grandes encimeras, armarios, utensilios y una gran isla con varios taburetes que divide mi espacio de trabajo y el salón comedor.

Los ventanales que dan al jardín de atrás y me dejan ver parte de la casa de Martha y Leo iluminan la enorme estancia durante el día, llenándolo todo de luz y vida.

Yo limpio, guardo y recojo; él me mira y habla.

Me cuenta que su padre murió hace seis años de un cáncer fulminante.

Que era el mejor padre del mundo porque lo entendía mejor que nadie, y le enviaba vídeos instructivos sobre relaciones homosexuales; que estuvo haciéndolo desde que salió del armario a los trece años.

Yo le cuento, muy por encima, no me gusta hablar de mí, que yo con mi padre me llevo regular.

Que nos queremos, pero nos vemos poco y yo le culpo de mucho.

Me mira interesado, pero cuando no desarrollo, no me pregunta más.

Me habla de su madre, que vive en Winter Falls, donde él se crio.

También me habla de su trabajo, del dinero que le ha supuesto comprar la casa y montar su pequeña empresa que aún no le reporta beneficios suficientes para recuperar la inversión; que confía en que saldrá adelante, pero que por ahora tiene que aceptar lo que le salga, motivo por el cual trabaja de forma esporádica en una protectora de animales y hace cosas más mundanas como pasear perros vecinos.

Tiene una habilidad tremenda para encajar una frase de un momento de su vida con otro que no tiene nada que ver, pero que él consigue que cuadre y tenga sentido en el todo que es su monólogo; yo he hablado más bien poco desde que le he dicho lo de mi padre.

Y me parece bien. Prefiero escucharlo. Tiene una voz preciosa, tan preciosa que se me ha olvidado un poco que ha dicho que no le gustan los bisexuales y que mi hija es una ladrona barra secuestradora. Lo ha dicho así, tal cual.

—Estudié Etología y Ciencias del Comportamiento Animal y me especialicé en Psicología Comparada. También hice un curso, dos, de hecho, de Intervención Asistida con Animales y tengo el título de entrenador profesional en obediencia canina y felina.

—Vaya, eres muy listo.

—No te rías de mí.

Alzo las cejas, confundido una vez más.

—¿Reírme? ¿Te ha parecido sarcasmo? Tienes una carrera que no sabía ni que existía, cursos y títulos varios, y hablas de ello con pasión. ¿En qué momento has pensado que te estaba ridiculizando?

—Perdona, no estoy acostumbrado a los cumplidos —dice, bajando la vista y dándole un trago a lo poco que le queda de ese vino que no sé si debería de haberle dado porque quizá esté un poco borracho.

—No te preocupes; puedo ser un poco seco hablando, pero lo decía de verdad. Eres muy listo.

—Y tú muy guapo.

Ahí está otra vez, descolocándome. Sonrío.

—Hum, ¿gracias? Tú también —le digo, acercándome a él.

—Ya, soy consciente. La gente cree que solo soy un rubio tonto que pasea perros. Pero no lo soy.

—No lo eres, no.

Me acerco a él para quitarle la copa de vino ya casi vacía y él tira de ella.

Por miedo a que se derrame su contenido o a que se caiga y se rompa, no la suelto, lo que hace que pierda el equilibro y caiga sobre él en el sofá.

Miro hacia arriba, hacia nuestras manos sosteniendo la copa; el líquido burdeos sigue intacto.

Luego miro hacia abajo y veo esos ojos del azul más precioso del mundo fijos en mí.

Entonces soy consciente de la dureza de nuestros cuerpos pegados, de su corazón latiendo contra el mío, de nuestras ingles creciendo la una contra la otra.

Ambos nos quedamos paralizados. Porque no nos conocemos, en realidad no.

Y yo no tengo nada en contra del sexo sano y anónimo, pero este chico es mi vecino, lo veo cada día, y yo estaba conociendo a alguien, no puedo ser así.

¿Que ese alguien ha resultado ser un fraude?

Sí, pero un polvo por despecho tampoco es la solución.

Aunque despegarme de los músculos duros bajo mi cuerpo puede ser una de las cosas más duras que haya hecho en mucho tiempo, más dura que…

Sí, él también lo nota y abre mucho los ojos.

—No eres hetero —me dice.

—¿Ves? Eres muy listo.

Aún no me he apartado de él ni un poquito.

—Pero…

Antes de que ese tren de pensamiento lo lleve a donde sea que esta conversación pudiera ir a parar —siendo él, a cualquier lugar que no me espero, sin duda—, me despego de su cuerpo duro, le quito la copa de vino y la llevo a la cocina.

Es una excusa para alejarme y poder pensar con claridad, porque mi determinación al sentir su erección junto a la mía es tan fina como una cáscara de huevo.

Un toquecito y, zas, no podré resistirme.

Miro hacia donde sigue sentado en silencio, ha cogido otra vez el colgante de la estrella de mar. Entonces, él también parece salir de su estupor, levanta la vista, fija esos ojos hipnóticos en mí y vuelve a la carga:

—Necesito salir a buscar a Tequila, me has enredado con tus artes amatorias y…

—¿Artes amatorias?

Me sentiría ofendido porque me acuse de tal cosa, pero es tan tierno…

Se pone de pie de forma abrupta y se dirige hacia la puerta en albornoz.

—Ey, ey, espera. —No me hace ninguna gracia que acuse a Mabel de robarle la gata.

Me ha contado la historia bajo la lluvia y otra vez mientras cenaba, y dejando de lado la bronca que le voy a echar a Mabel por colarse en su cocina, creo que sé qué puede haber pasado, al menos, es lo único que se me ocurre en estos momentos—.

Sé de un sitio en el que puede estar, y con ello no estoy reconociendo ningún delito, ¿vale?

No nos estoy incriminando ni a mí ni a mi niña —le digo en tono solemne para hacerlo sonreír, pero él se limita a mirarme, ansioso—, pero si Mabel te ha dicho lo de «nuestro refugio», creo que sé a qué se puede referir. Espera ahí.

Y lo hace. Sin moverse, pero sin quitarme la vista de encima. Sus ojos son incandescentes; si me sigue observando con esa intensidad voy a estallar en llamas.

—¿A dónde vamos? —me pregunta cuando ve que me pongo las botas de agua y le traigo unas Crocs negras a él; son mías, espero que no le queden muy grandes.

—Cuando Mabel tenía cinco años, adoptamos un perrito —le digo, agachándome frente a él para ponerle los zuecos.

Le doy un toquecito en el empeine y él levanta el pie; hago lo mismo con el otro mientras él me mira con los labios entreabiertos.

Me aclaro la garganta y me incorporo—. Se llamaba Luke y, en esos momentos no lo sabíamos, pero había tenido una infección de cachorro y murió unos meses después.

—Lo siento, perder un animal es muy doloroso.

—Lo es.

—Pudo ser moquillo o parvovirus; leptospirosis, hepatitis, alguna infección congénita, o…

Le sonrío y lo guío hacia los ventanales, donde me detengo un momento para dar las luces del jardín y del porche lateral. Parece que ha dejado de llover, aunque el olor a lluvia y a noche nos azota la cara nada más abrir una de las puertas que dan al exterior. Huele de maravilla.

—Creen que bebió agua contaminada antes de que lo rescataran de una fábrica en ruinas; no le detectaron nada en su momento, pero el daño renal fue irreversible.

—Le indico que salga, tiene los ojos cargados de sentimientos y yo estoy ahí con él, fue duro decir adiós a Luke—.

El caso es que, desde entonces, tenemos una caseta de perro aquí.