4 Grant
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CUATRO
GRANT
Acabo de terminar la nueva receta de chili vegetariano que me ha encargado un conocido restaurante con el que colaboro desde hace tiempo y estoy a punto de probarla cuando suena el timbre. De forma insistente. Muy insistente.
Compruebo el reloj. Las nueve y media de la noche.
Menos mal que Mabel no está, porque si la despiertan con lo que me suele costar que se duerma…
No son horas de venir a una casa decente.
Luego pienso que son las nueve y media y me siento viejo.
Para que luego diga Martha que estoy en mi mejor momento.
Mi sorpresa al abrir la puerta y encontrarme al vecino guapo de los gatos me desestabiliza hasta el punto de dejarme sin habla.
Nunca lo había visto tan de cerca. Sabía que tenía los ojos azules, pero desconocía que eran tan claros.
Como un cielo despejado. Como el agua de mar de una playa paradisíaca.
Pero cuando está calmada, cuando no hay olas ni se espera tormenta.
Son… pacíficos, cristalinos, puros. ¿Puede un azul pálido ser casi fosforito?
Puede, sí que puede. Lo tengo delante ahora mismo.
Una fuerte y húmeda ráfaga de viento me atiza la cara y me saca de mi contemplación victoriana.
El vecino guapo de los gatos se pasa una mano por la cara, secándose las gotas de lluvia que le empapan la frente y las mejillas.
Se echa el pelo rubio hacia atrás y me mira con intensidad.
Parece tan atontado como yo, lo cual no tiene sentido porque es él quien ha llamado a mi puerta.
Bajo la vista; lleva un polo negro que se le amolda al torso de una manera que debería ser ilegal y unos pantalones blancos de lino que no se le pueden transparentar más de lo empapados que están.
Todo él está empapado. Y… descalzo. Subo la vista de inmediato, me estoy poniendo cachondo.
Tiene hasta los pies bonitos. Y ese es el motivo por el que, siempre que me cruzo con él, aparto la mirada; ese es el motivo por el que lo evito e incluso doy rodeos imposibles para no encontrarme con él.
Tiene algo que me provoca una reacción visceral.
Y tiene cien perros y cien gatos y cien polos negros que se le ciñen al cuerpo como un guante y cien pantalones blancos que le resaltan ese culazo estupendo que tiene y cien cuencos que pasea de un lado a otro de la calle.
Es… raro y… está descalzo en medio de un temporal.
Otra brisa me rocía la cara y me trae su aroma.
Huele a algo dulce, a lluvia y a césped mojado.
Huele a… problemas. Y sé que es una reacción física e irracional.
Una obsesión que se acabaría si cediera al deseo y pasáramos un rato juntos, desnudos y sudorosos, a ser posible.
Puede que Martha tenga razón y lo que necesite sea echar un polvo con él; que se me pasen el endiosamiento, el miedo y la excitación.
Bueno, quizá solo necesite un polvo, sin más.
Sigo embrujado por sus ojos cuando me pone algo en la cara y empieza a zarandearlo.
—¿Es una broma? —me suelta—. Porque no es gracioso. Y está lloviendo. Podría estar en peligro. Podría…
No miro cómo las gotas de agua descienden por su cuello y se deslizan hacia la apertura de su pecho.
—¿Perdona?
Tiene la voz bonita, con un toque ronco.
Pero lo que dice no tiene sentido. ¿Me habré quedado dormido revisando mis chats antiguos con Colmillo Blanco y esto es un sueño húmedo?
Tendría sentido, porque el vecino está mojadísimo y sexi como el demonio y yo lo único que quiero es empotrarlo contra la pared y quitarme las ganas de encima.
Pero solo a mí se me ocurre empezar a imaginarme una fantasía sexual haciendo chili vegetariano.
Soy un cocinero triste y adicto al trabajo.
Lo que me reafirma en mi necesidad de desfogarme.
—¿Es que no lo ves? —Me pone tan cerca la cosa que lleva en las manos que no llego a descifrar lo que es—. Es de Tequila.
A mí no me parece una bebida alcohólica; no sé qué es, pero una bebida no.
Si lo fuera, se la quitaría y le daría un trago.
Lo empiezo a necesitar. Pero, en su lugar, le agarro la muñeca y me aparto un poco para poder fijarme en qué leches me zarandea en la cara.
Es un colgante. Enseguida siento su pulso acelerado, las chispas que parecen saltar ante el contacto de su piel desnuda y húmeda y la callosidad de mis dedos. Es… como una puta tormenta eléctrica.
—¿Es una estrella de mar? —le pregunto, apartando la mirada de la piel que los botones abiertos del polo me dejan ver. Las gotas de lluvia se le deslizan hacia abajo, hacia el pecho.
Alzo la vista. Me está mirando, parece tan desorientado como yo, somos dos náufragos a la deriva en una tormenta. Tras unos segundos, se aclara la garganta y dice:
—Era de Mory.
—Mory, Tequila… Estoy perdido. —Me acerco para observar el objeto con más atención y, al hacerlo, el aroma dulzón que percibí antes me golpea con más intensidad. Lo miro a los ojos, tiene las pupilas un poco dilatadas—. Espera, ¿estás borracho?
Sin soltarle la muñeca —porque Dios me libre de dejar de tocarlo, es como si mi mano se hubiera adherido a su piel—, me acerco a su cara e inhalo. Huele un poco a alcohol, pero es algo suave y afrutado.
—Mory era la gata de mi padre. Viene de Tobermory, el gato de Saki —explica como si supiese de qué habla.
Supongo que ve la confusión en mi cara, que sigue muy cerca de la suya, porque añade—: Es un relato.
Va de un gato al que enseñan a hablar y se dedica a contar secretos de la alta sociedad.
No te lo recomiendo si te gustan los gatos.
Es un poco horrible. No entiendo por qué a mi padre le gustaba tanto.
—Se lleva una mano al pelo antes de añadir—: Murió hace cinco años.
—¿La gata, el tal Saki o tu padre? —Culpo de mi falta de tacto a la fascinación que este chico me provoca. Pero, nada más preguntarlo, me doy un tortazo mental y me apresuro a agregar—: Perdón, eso ha estado fuera de lugar.
—Los tres están muertos —contesta él, y veo que se le llenan los ojos de lágrimas—. Lo siento. Sí he bebido un poquito. Ha sido culpa de Ryder. Vino a verme, nos tomamos unos chupitos de mora y a mí se me han subido bastante a la cabeza. Es porque no suelo beber, y porque estoy deprimido.
—Por Mory —le digo de forma tentativa porque está empapado, llorando y no tiene mucho sentido.
—Y por Tequila. Por Saki no, el autor se murió en mil ochocientos muchos; o en mil novecientos pocos. La verdad es que no lo sé. Pero lleva muerto un montón, no me da pena como tal.
¿Eh?
«¿Eh?» a todo, además; no puedo declararme confuso por una sola cosa.
Este chico es rarísimo. Guapo, sexi e interesante, pero raro de cojones.
Lo que no hace sino aumentar mi fascinación.
Está claro que tengo un tipo: los divagantes.
Martha, Colmillo Blanco —a quien también se le piraba bastante y perdía el hilo constantemente— y el loco de los gatos.
Pues nada. Muy bien.
—¿Tequila? Pero ¿no eran chupitos de mora? —Decido centrarme en eso porque… No sé por qué la verdad, porque voy a la deriva.
Él me mira desconcertado, como si fuera él quien no me entendiera a mí. Y entonces me doy cuenta de lo cerca que estamos; no he separado mi cara de la suya en ningún momento y la última vez que se ha pasado la mano por el pelo incluso me ha rozado la barbilla.
—¿Vas a besarme? —me pregunta sin aliento, con las lágrimas mezclándose con las gotas de lluvia en su precioso rostro—. Creía que eras heterosexual, pero si quieres besarme, me parece bien.
Sonrío. Es adorable.
—¿Qué te hace pensar que quiero besarte? ¿O que no soy heterosexual?
—A ver, pareces hetero. Eres como un vaquero sexi y rudo. Con ese pelo, tus camisas de cuadros y esa sombra de barba siempre presente; tienes la mandíbula como la de los galanes de las portadas de libros románticos de antaño.
«¿Galanes?». «¿De antaño?». Pero ¡¿quién es este chico?!
Me acerco más, no puedo evitarlo. Estoy casi respirándole en la boca; él emite un jadeo y luego, aniquilando por completo este momento de enajenación mental transitoria, añade:
—Aunque si tienes una hija y esa hija tiene una madre, que debe de ser tu mujer, casi seguro eres hetero o bi. No me gustan los bisexuales.
Roto el momento, me alejo de él y lo miro con el ceño fruncido. Será gilipollas…
—¿Perdona? ¿Vienes a mi casa a provocarme con esos ojos y ese pelo y ese pantalón transparente, y luego me insultas a la cara? ¿Quién te crees que eres?
Parpadea varias veces sin apartar la mirada de mi boca y luego mira hacia abajo, hacia su —erecta y transparente— entrepierna.
Se sonroja, un efecto magnífico contra la lluvia que se desliza por sus mejillas, pero, al instante, su color rosado parece ser fruto de la rabia, de la pena, de las mil emociones que le pasan por la cara en cuestión de segundos.
Se aparta las lágrimas de un manotazo y vuelve a enseñarme la puta estrella de mar.
—Yo no he venido a ninguna de esas cosas que dices. He venido a que la ladrona de tu hija me devuelva a Tequila. Me ha dejado esto en la puerta cuando se ha ido solo para fastidiar.
—¿Qué has llamado a mi hija? —le pregunto con un tono gélido que lo hace estremecer.
—Vale, quizá «ladrona» es una palabra muy fuerte. Pero ella sabe dónde está y yo necesito comprobar que está bien. Está lloviendo y últimamente está muy cansada.
—¿Mi hija? Pues yo le veo una energía…
—¡Tu hija no! ¡Tequila!
—¿Quién leches es Tequila?
—Mi gata. Tu hija ha secuestrado a mi gata.
Pues de puta madre.