3 Mason
TRES
MASON
He intentado escribir a Remy para decirle que no iba a poder llegar, pero al parecer se ha cansado de esperar y me ha bloqueado. Y lo entiendo.
Aunque a la vez no.
Otro fracaso. Suspiro.
Termino de revisar las habitaciones de casa, que no son muchas.
A la derecha hay un baño y un pequeño cuarto de invitados donde ahora mismo descansan los siameses; de frente están mi habitación, el salón y la cocina.
Las tres estancias dan a la parte de atrás y todas ellas tienen puertas correderas acristaladas desde donde se ven mi consulta, el jardín y el campo de entrenamiento que, así dicho, parece enorme, pero que no es más que un circuito sencillo de obstáculos: rampas de madera, pequeños túneles y neumáticos enterrados a medias para trabajar la confianza de los perros inseguros.
También hay una estructura vertical para los gatos, con cajones y árboles para trepar, pero ya lo he comprobado tres veces y ahí no está.
Entro en la cocina con el móvil aún en la mano.
Se me ocurre tirarlo en el cuenco del agua de los perros de pura frustración, pero ellos no tienen la culpa de que mi gata me la haya jugado y de que mi posible alma gemela se haya cansado de lo nuestro antes de que de verdad empezara.
El móvil tampoco tiene la culpa, ya puestos.
No tengo permitido gastar en una buena temporada hasta que me recupere un poco de los gastos de la casa, de la clínica y de la vida en general.
Echo un vistazo rápido por la estancia. Manchitas está en su cama, en un rincón; y Bola de pelo sobre una de las sillas.
Abre un ojo en cuanto repara en mi presencia y se le tensa el cuerpo.
Siempre hace lo mismo. Es la única de mis gatas que no me deja acariciarla y, las pocas veces en que lo hago a traición, se dedica a limpiarse todo el cuerpo a base de lametones, como si le hubiese pegado alguna cosa.
Es miedosa y desconfiada, y si no fuera porque duerme en mis pies y sé que está feliz en casa, me plantearía mi vocación, mi profesión y hasta mi existencia.
Le saco la lengua y muevo un poco la silla, solo para fastidiar.
Ella me mira desafiante y mueve la cola, solo eso; desconfiada pero vaga.
Enseguida siento a Camaleón entre los pies, frotándose con mi tobillo para llamar mi atención.
Me derrito un poco. A pesar de la preocupación y la pena que cargo por mi cita fallida —y porque Bola de pelo no me haga ni caso—, que mis animales me saluden y me quieran llena el vacío de forma tan efectiva que me entran ganas de llorar.
De contarles que estaba conociendo a un chico maravilloso que se ha cansado de mis cargas; cargas que desconoce porque nunca le he explicado.
Y ahora ya no podré. Creo que bloquearme ha sido excesivo, pero como ahora tengo una preocupación más acuciante, lloraré por ello cuando tenga a Tequila localizada.
—Podríais poner un poco de vuestra parte y decirme dónde se ha metido. Una pista de nada estaría bien —gruño.
Como respuesta, Bola de pelo echa hacia atrás las orejas. Maravilloso. Lo mismo no le doy la cena. Por lista.
Camaleón maúlla al tiempo que me olisquea el tobillo con su naricita fría. Me agacho para acariciarlo. Necesito gatoterapia. Aunque ahora no tenga mucho tiempo. Y tampoco quiero transmitirles mis nervios. Ellos qué culpa tendrán.
—No te ignoro, tonto. —Me concentro en acariciarle la cabeza y la zona del cuello como sé que le gusta cuando me doy cuenta de que no estamos solos.
Hay… un ser humano pequeñito agachado junto a la mesa, al lado de la puerta corredera que da al jardín.
Me pongo de pie y empiezo a gritar. A lo bestia.
Pero entonces el ser extraño también se pone a gritar y eso es un festival grotesco de gritos.
Los gatos salen volando, literal, son un visto y no visto.
Mr. Gruñón, mi otro border collie, comienza a ladrar y a dar vueltas a mi alrededor, chocando contra sillas, cuencos y cualquier cosa a su paso porque no hay tanto espacio.
Vaya circo.
Dejo de gritar y observo a la niña. Es la hija de Sawyer, el vecino buenorro.
No se llama así, pero se parece un poco a Sawyer, el de Perdidos, y desde que lo vi por primera vez, ese es su mote.
Bueno, el vecino es moreno y creo que tiene los ojos oscuros, pero tiene el mismo pelo, los mismos músculos, las mismas camisas de cuadros y una pinta de saber y oler bien que…
Vale, tiempo muerto, que estoy en pleno proceso de aflicción por la pérdida del amor de mi vida, de mi gata y de los nervios. De las tres cosas.
La niña lleva dos coletas, un impermeable amarillo y un walkie colgado al cuello que se lleva a la boca y dice:
—Sí, todo bien. Ahora voy. Corto y cambio.
¿Qué?
Este ser humano pequeñito ronda mucho mi jardín delantero.
La he pillado varias veces mirando fijamente a mi casa, o a mis gatos.
Fue ella, junto a su madre, una chica rubia de ojos marrones con una sonrisa que deslumbra, quienes vinieron a darme la bienvenida a la zona cuando compré la casa.
Me trajeron un bizcocho que no comí por si estaba envenenado y, cuando lo tiré, me sentí fatal porque odio desperdiciar comida.
Pero, claro, tampoco quería morir. Del padre sé poco, aparte de que se parece a Sawyer, que está como un tren y no te devuelve el saludo.
Vamos, que también tiene el carácter de Sawyer.
Es huraño y maleducado. Puede que yo no me sepa el nombre de casi ningún vecino y que me bloquee a menudo, pero soy educado y, al menos, saludo.
—¿Por qué gritas? —me pregunta la niña.
—Me has asustado.
—Los adultos no se asustan —murmura, un poco desconcertada.
—Sí si entras en sus casas sin permiso.
—Pero los adultos no se asustan —insiste.
—¿Y eso quién lo dice?
—Mi madre, aunque papá dice que no está de acuerdo.
—Estoy de acuerdo con tu padre.
—Sí, puede que mi madre me lo diga porque cuando tengo miedo tiene que hacerse la valiente.
Qué redicha, la niña. Pero posiblemente tenga razón.
—¿Por qué gritabas tú? —le pregunto.
—Porque yo tengo nueve años y sí puedo asustarme.
—Te has colado en mi casa.
—No exactamente. Tenía una misión. Venía a una cosa muy importante.
—No puedes entrar en casas ajenas.
La niña mira a los lados, supongo que buscando a los gatos.
Pero solo está Mr. Gruñón. Mi perro aprovecha para darle golpecitos en la mano con el hocico; eso la hace reír y a mí flipar porque no entiendo de qué conoce a esta niña.
Pues vaya perro guardián, lo único que guarda es mi virtud, que llevo sin mojar…
«Céntrate, Mason».
—Los has asustado.
—Los hemos asustado —replico—. Te recuerdo que has gritado más fuerte que yo.
—Ya, te he ganado.
—No era una competición.
—Si lo hubiera sido, te hubiera ganado.
Vale, esto empieza a ser muy pero que muy incómodo. La niña parece esperar algo —no entiendo a los niños, así que no tengo ni idea de qué puede ser ese algo— y yo tengo prisa; los nervios me crecen en la tripa.
—Hum, ¿se puede saber qué haces aquí escondida debajo de la mesa?
—No estaba escondida. Jugaba con Ónix.
—¿Con Ónix te refieres a Bola de pelo o a Manchitas?
—Al que no tiene manchitas. ¿Por qué lo llamas Bola de pelo si todos tienen pelo?
—Se me da mal poner nombres —confieso.
Estoy a nada de abordar la pregunta de por qué jugaba con mi gata en mi cocina sin mi permiso cuando levanta un dedo diminuto y me dice:
—Vi por la ventana que la estabas buscando. Quería decirte que está bien, solo está descansando.
Abro los ojos de par en par.
—¿Hablas de Tequila? —El corazón me da un vuelco—. ¿La has visto?
—Estos días parece cansada. A lo mejor es por ese triporote que arrastra. Creo que solo necesita dormir.
—¿Y dónde está durmiendo? —le pregunto acelerado y más calmado a la vez, una mezcla insólita.
—En nuestro refugio. Viene mucho. Sabe que cuidaré bien de ella. Se me da bien —dice, orgullosa.
Qué niña más extraña.
—Vuestro refugio —repito.
Ella asiente y me indica que guarde silencio llevándose un dedo a los labios.
—Sí, todo en orden, ahora sí que voy para allá. Palabrita. Corto y cambio.
¿Estaría hablando con algún amigo imaginario?
—Niña, cuéntame lo del refugio y me llevas para allá.
—Me llamo Mabel y no podemos.
—Mabel, vale, bien, cuéntame lo del refugio. ¿Dónde está? Enséñamelo.
—No puedo, vecino de los gatos.
—Me llamo Mason —digo con acritud.
No me gusta que me llamen así. Ni ninguna otra mierda que, aunque vaya de apodo cariñoso, es un desprecio en toda regla. Y humillante.
—Necesito que me lleves con Tequila.
—Leia está descansando. No podemos molestarla. Además, no puedo decirte dónde está. Es un secreto.
—Podría estar mal. Necesito examinarla —digo, un poco ansioso, porque estoy empezando a pensar algo que no me gusta.
—¿Eres médico de animales?
Me lo pienso. ¿Cómo explicarle a una niña de su edad que, entre otras cosas, soy etólogo?
Cuando se lo dije al último chico con el que me enrollé, me dijo —haciéndose el interesante, ese fue el problema, no su desconocimiento— que a él también le gustaban mucho los vinos.
No le expliqué que eso es un enólogo; y se la chupé igual, la verdad, porque eso pasó ya muy avanzado el cortejo; pero no volvimos a quedar.
«Mason, Mason, céntrate en la niña extraña y en encontrar a Tequila».
—Algo así. Soy más como un entrenador —contesto con impaciencia—. ¿Dónde está Tequila?
—Me gustaría ser entrenadora de animales. Quiero aprender. Pero ahora no puedo. Me tengo que ir. Solo quería que supieras que Leia está bien —termina la frase diciendo algo a su amigo imaginario por el walkie.
—¿Leia? ¿Por qué la estás llamando Leia todo el rato?
—Porque me gusta la princesa Leia. Es una guerrera.
—Vale, sí, fenomenal, pero ¿puedes decirme dónde está? Necesito saber que está bien.
—Está bien. Por eso he venido, para que lo sepas —dice saliendo por la puerta de atrás.
Se gira para mirarme después de susurrar en el walkie un «ya estoy, corto y cambio».
Hay algo en sus ojos. Pureza, interés, orgullo.
Es una mezcla curiosa que me sobrepasa—.
Seguro que, en cuanto pase la tormenta, viene. No te preocupes.
Y sale corriendo. Dejándome ahí; sin cita, sin gata y muy muy desconcertado.