2 Grant
DOS
GRANT
—Ya está, bloqueado, no quiero saber nada —digo mientras entro en casa, empapado, y me sacudo el pelo para también empapar a Martha, mi expareja y madre de mi hija—. No debí dejar que me liaras para hacerme un perfil en Soul Finder solo porque a ti te funcionara. No tengo edad para estas mierdas.
Martha me ayuda a quitarme la chaqueta —porque estoy tan cabreado que sacudo los brazos sin lograr desprenderme de la prenda que se me ha adherido a la camisa de lo mojada que está— mientras me quito las botas y las dejo en la entrada junto a las zapatillas fucsias de mi hija Mabel.
Yo no soy esta persona. No soy este ser cabreado que no puede quitarse una cazadora por pura frustración.
—¿Qué ha pasado?
—Pues que otra vez me ha dejado plantado.
—¿Así, sin más?
—No, me ha estado poniendo excusas hasta hace apenas cinco minutos, pero ya está, se acabó. No vuelvo a fiarme de una aplicación de citas.
—Lo que no tienes que hacer es fiarte de alguien a quien le guste Perdidos.
La fulmino con la mirada. Sé que lo hace para quitarle hierro a mi cabreo, no suelo enfadarme, soy hosco y quizá un poco serio, pero no pasional en mis enfados. Pero es que su última excusa ha llegado junto a las primeras gotas de lluvia y de ahí la tormenta solo ha ido a peor.
—Por eso nos separamos, Martha, porque no sabes valorar las cosas buenas y encima me recomiendas apps de mierda para ligar con tíos informales que me hacen ilusionarme y luego, ¡zas!, plantón al canto.
No nos separamos por eso, claro está. Martha es mi mejor amiga y vive enfrente de mí porque decidimos que como pareja no funcionábamos, pero que nos llevábamos fenomenal y que, en la medida de lo posible, queríamos criar a nuestra niña juntos.
Podríamos haber seguido viviendo bajo el mismo techo —y quizá con cierto derecho a roce— si ella no hubiera encontrado a su alma gemela en la puta aplicación del infierno en la que se empeñó en crearme un perfil hace cuatro meses.
Pero ella fue la valiente que tomó la mejor decisión para ambos: separarnos, vivir cerca el uno del otro y criar a Mabel juntos.
Yo no lo hubiera hecho, soy mucho más cobarde y nuestra relación era una seguridad en mi vida a la que me había acomodado.
Dicho así suena casi frío, pero no lo es, tuve un ataque de miedo espantoso cuando me dijo que deberíamos separarnos.
Me costó aceptar lo que ambos sabíamos desde hace tiempo: que el amor romántico y pasional que compartimos a los veinte años había dado paso a una amistad bonita y sólida, faro de cualquier tempestad, pero una amistad, al fin y al cabo.
Así que ahora vivimos en casas separadas pero muy cercanas (para que Mabel se mueva a su antojo), y Martha tiene un nidito de amor con el tipo que encontró hace un año y medio en Soul Finder y con el que no me voy a meter porque, aunque me costó asumir que había sido reemplazado y que, esta vez sí, mi ex había decidido dar el «sí, quiero» que nunca nos planteamos darnos nosotros, Leo me cae muy bien. Y es muy bueno con Mabel.
—Yo solo digo que no puedes basar tu compatibilidad en una serie que creó el que se cargó Star Wars y el que se cargó el universo de Alien.
—Te lavas la boquita antes de hablar mal en esta casa de J.J. Abrams y Damon Lindelof.
—Pues no solo lo digo en tu casa, sino también en tu queridísima cocina. Mira, mira —dice, divertida, mientras entra en mi territorio, mi espacio sagrado, ese que no dejo pisar a nadie salvo a Mabel y con restricciones. Muuuchas restricciones.
Salgo tras ella y la agarro por detrás para sacarla casi en brazos mientras se ríe y patalea. Una vez la tengo fuera, me aparto el pelo mojado de la cara —lo tengo ya muy largo, no me vendría mal un corte— y saco un par de cápsulas para poner en la cafetera.
—Dado que eres la culpable de esta hecatombe, ¿te tomas un café conmigo o desertas como la perra del infierno que eres?
Ella se ríe. Desvergonzada. Yo la mato.
—Sí, ponme uno mientras Mabel termina de hacer su mochila. Le he dicho que se tiene que responsabilizar de sus cosas y estoy segura de que meterá muñecos, los prismáticos y cero unidades de bragas, pero oye…
Sonrío.
—Puede venir a coger lo que quiera antes de que os vayáis a casa de los padres de Leo, no es como si fuera a traer a mi no-cita a casa.
—Nos vamos ya, Leo me acaba de decir que nos recoge en coche en quince minutos. —Se queda callada, mirándome con intensidad, y luego añade—: ¿Lo hubieras traído? A tu casa, digo.
—Pues claro que no, loca. Ni siquiera le he dicho que tengo una hija. No pienso exponerla a ligues esporádicos.
—¿Qué ligues esporádicos? Te has liado con tres personas desde que nos separamos; tres. En dos años. ¡Dos! Yo creo que hasta te ha vuelto a crecer la virginidad, no te digo más. Deberías ir al médico a que te lo mire.
—No tiene gracia. —Suspiro de forma tan dramática que la espuma del café que coloco en la encimera tiembla un poco—. Había pensado decírselo hoy. Es la primera vez que encuentro a alguien tan compatible conmigo; quería asegurarme de que podía ir a más.
—Compartir una serie favorita y una cantante depresiva no os hace la pareja perfecta.
—¿No? ¿Y que nos unía a ti y a mí?
—Los viajes en el tiempo, el pop británico de los noventa y Doctor Who.
—Y mira cómo acabamos.
—¿Con una relación de más de diez años, una hija maravillosa y siendo mejores amigos? Ni tan mal.
Tiene toda la razón, ni siquiera es que tengamos que hacer un esfuerzo por Mabel; nos llevamos bien por naturaleza, quizá lo que forzamos fue la relación romántica, quizá siempre estuvimos destinados a ser amigos íntimos, confidentes, padres.
Yo podría haber seguido con ella toda la vida, aun no amándola como pareja; me valía con quererla por encima del resto del mundo. Y con fiereza, además.
—¿De verdad le ibas a hablar de Mabel? —me dice en un tono más suave.
Atrás ha quedado la coña sobre el menosprecio a Perdidos o a Lana del Rey (a quien ella aborrece).
Ambos pensamos igual a ese respecto: compartir aficiones con tu pareja, ya sean series, deporte o mirar al cielo en los días despejados —una anomalía en Eeriewood— es una fantasía hecha realidad y la receta perfecta para una relación sana y duradera.
Que todo se puede torcer, sí, pero que la base sea el entendimiento y los gustos parecidos te allana el terreno y evita esos baches en el camino tan difíciles de sortear cuando uno está aprendiendo a conducir con un nuevo copiloto.
—Ahora ya da igual —le digo tras un suspiro—. Se acabó, lo he bloqueado. Y estoy a esto —le hago un gesto juntando índice y pulgar— de borrar la app.
—No seas radical, amor. Soul Finder no tiene la culpa.
—No me llames «amor». —Suspiro otra vez, estoy dramático—. Mira, yo ya estoy mayor para tantas chorradas.
Me da un puñetazo en la pierna cuando me pongo al otro lado de la isla de la cocina y le paso su taza.
—Tienes treinta y dos años —replica—. Yo te saco uno y considero que estoy en mi mejor momento; es más, encontré a mi marido en Soul Finder hace un año. Justo a la edad que tú tienes ahora. Así que, ya ves, los treinta y dos son la edad perfecta para empezar una historia de amor. Como Jesús.
—¿Quién es Jesús?
—El de Nazaret —me dice como si tal cosa. Ella es muy así, carente de lógica, fue lo primero que me atrajo de ella.
—¿Jesucristo empezó una historia de amor a los treinta y dos? —Soy tan ateo como ella, así que ni idea, todo podría ser.
—No, idiota, quiero decir que fue una edad crucial para él.
—¿Estás haciendo un juego de palabras adrede o lo de «crucial» te ha salido solo? —No puedo evitar sonreír—. Y si te refieres a su crucifixión, fue a los treinta y tres.
—Bueno, pero seguro que a los treinta y dos hizo grandes cosas.
—Dime alguna —la reto, divertido. Vaya ejemplo de mierda.
—Multiplicó panes, convirtió el agua en vino, caminó sobre el mar… O sobre un río… —contesta, enumerando con los dedos—. Vamos, que estaba en su mejor momento. Como tú ahora.
No sé ni qué contestar. Aunque he de reconocer que sus chorradas me dan la vida.
Tiene un humor absurdo, habla por los codos y en ocasiones se pierde en su propio discurso de todos los desvíos que toma.
Creo que tengo un tipo de persona favorita.
Porque mi hija va por el mismo camino y lo primero que me llamó la atención de Colmillo Blanco —el apodo de mi supuesta alma gemela— fue esa capacidad de divagar hasta el infinito de ciento y un temas, y ninguno a la vez.
Pero no voy a pensar en él o tendré que cambiar el café por bourbon; y prefiero esperar a que las dos mujeres de mi vida se vayan a Winter Falls a pasar el fin de semana.
—A mí lo de convertir el agua en vino me vendría de maravilla, la verdad —le digo.
Nos sonreímos el uno al otro hasta que oímos la voz de Mabel y nos giramos para sonreírle a ella, que está de pie en medio del salón con unas botas de agua altas y un chubasquero amarillo.
—Mami, no encuentro los prismáticos.
Martha me mira como diciendo: «¿Ves? Ni una braga ha metido en la mochila».
—Mira a ver si están en el alféizar de la ventana de la entrada. Papi los usa para mirar al vecino de los gatos.
—¡Eso no es cierto! —me quejo, ultrajado y avergonzado a partes iguales.
—No sé lo que es un alféizar —dice Mabel casi a la vez.
Martha la acompaña hasta la ventana situada al lado de la puerta, donde hay una pequeña librería y, junto a ella, un amplio alféizar con unos cómodos cojines morados.
Es un gran sitio para leer y estar en paz.
Entra luz incluso cuando está nublado y el sonido de la lluvia contra el cristal en los días lluviosos me relaja.
Pero, encima de uno de esos cómodos cojines, está el cuerpo del delito: los prismáticos de Hello Kitty de mi hija de nueve años que no reconoceré haber usado para espiar a nadie.
Es más, lo negaré con vehemencia y sin sentirme culpable:
—Yo no los he cogido.
—No engañas a nadie, Grant; eres como James Stewart en La ventana indiscreta.
—¿Y eso te convierte a ti en Grace Kelly?
—Bueno, Grace Kelly también podría ser el vecino. Es igual de rubio e igual de guapo.
—Es raro. Solo lo miro porque no entiendo lo que hace jardines arriba y jardines abajo cada mañana y cada tarde.
—Tienes mucho tiempo libre, amor.
—No me llames «amor», confunde a la niña —le digo en un susurro mientras la niña en cuestión se acerca al paragüero y coge su pequeño paraguas.
—No la confunde. Me lo dices porque quieres provocar una discusión que nos aleje del tema que nos ocupa: que eres un poco acosador; y que acabas de mentirnos a la cara y sin pestañear.
Cómo me conoce; sabe que busco peleas contra enemigos invisibles cuando me quedo sin argumentos.
Pero con ella no cuela, nunca lo ha hecho.
Lleva más de una década a mi lado; una década en la que siempre me ha llamado «amor» —a mí y a mucha otra gente a la que quiere— y nunca me he quejado.
Aunque sí creo que puede resultar confuso para quienes no nos conozcan.
—Venga, amor —le dice a Mabel y después me mira a mí. Tocapelotas—. Coge la mochila, que nos vamos.
—Vale, pero antes tengo que hacer una cosa muy importante.
—Ah, ¿sí? ¿Qué cosa?
—No puedo decírtelo, es una misión secreta, pero nada arriesgada —añade tras una breve pausa—. Tiene que ver con un gato y no tengo que cruzar ninguna calle.
A mi hija ahora le ha dado por evaluar los riesgos de cada cosa que hace.
Como vivimos en una urbanización segurísima y la mayoría del tiempo ni siquiera tiene que cruzar la calle, la dejamos moverse con cierta libertad con un walkie-talkie colgado del cuello.
Se lo regalamos cuando cumplió nueve años.
Es de una tienda que se llama La panacea del espía y parece casi profesional; tiene un auricular y todo, porque Mabel dice que así nadie sabe que sus padres le están diciendo cosas y creen que es más mayor.
Ya se arrepentirá de crecer, ya. Ahora está en esa etapa de «soy independiente, no me tratéis como a un bebé» tan molesta.
El caso es que su madre o yo nos quedamos con el otro walkie y cada minuto o menos comprobamos cómo está.
Vamos, que la tenemos megacontrolada. Porque lo cierto es que es igual de temeraria que Martha, y ahora le ha dado por que tiene misiones importantísimas que llevar a cabo.
—Va al jardín del vecino guapo a comprobar a los gatos —me dice Martha al oído leyendo la preocupación en mi cara.
Me acerco a Mabel y la cojo en brazos para comérmela a besos. Ella me abraza muy fuerte y se muere de risa cuando no le dejo ni un punto en la cara sin besar.
—No te preocupes, anda —me dice cuando Mabel se va corriendo a por la mochila—. Y aprovecha el finde solo. Ya que no vas a traerte a tu novio virtual podrías invitar al vecino de los gatos a casa.
Se ríe y sube y baja las cejas de forma sugerente.
—Primero: no era mi novio virtual, nos estábamos conociendo. Segundo: ¿al vecino de los gatos? A ti se te pira. No sé ni cómo se llama.
—Pues se lo preguntas.
—Ese no es el problema.
—Pero ha sido tu primera excusa, lo cual es raro.
—Déjalo, Martha —le digo cuando Mabel aparece con su mochila y el walkie al cuello. Le doy otro abrazo y un beso a Martha en la mejilla. Les abro la puerta—. Le voy a guardar el luto a Colmillo Blanco durante unos días mientras escucho Young and Beautiful en bucle y cocino.
Que no se diga que no sé divertirme.