Seis gatos, dos perros y tú (Soul Finder 3)
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1 Mason
UNO
MASON
Llego tarde a mi cita y mi gata ha desaparecido.
O quizá debería decirlo al revés: mi gata ha desaparecido y llego tarde a mi cita.
El orden importa, siempre importa. Cualquiera diría que quedar con el amor de tu vida tendría que ser tu máxima prioridad, pero, en mi caso, no lo es.
Primero, porque he tenido muchos amores antes que este y no han salido bien. Qué digo, ni siquiera han salido.
Me enamoro rápido, esa es la verdad, porque lo cierto es que me enamoro de quimeras, de bellezas —exteriores e interiores, que soy muchas cosas, pero superficial no es una de ellas— que son tan efímeras como el día a día.
Y, tras un tiempo, descubro que no me gustan o que no les gusto; que no son para mí o que no soy para ellos.
En cambio, mis animales entran en mi vida para quedarse.
Y yo les juro fidelidad eterna. Y puede que mi gata sea una desconsiderada y no piense en lo mal que me lo hace pasar cada vez que se va, pero sé que no me dejaría en la estacada.
Si los gatos desaparecieran del mundo, mi pequeño universo se quedaría en ruinas; eso también es verdad.
Y mientras busco a la más desconsiderada de mis mascotas, pienso en mi nuevo amor platónico.
He quedado con alguien de Soul Finder, con quien comparto una compatibilidad decente, y llego tarde.
Lo peor es que no es la primera vez que ocurre.
Digamos que Remy —mi cita y amor de mi vida del momento— ha sobrevivido a una gastroenteritis de Toto, uno de mis perros, un border collie acostumbrado a comerse cualquier cosa que se caiga al suelo (lo que da lugar a muchos problemas de digestión) y a un casi secuestro de los siameses.
Y digo casi porque resulta que mi vecina, la de los rizos caobas y la casa pintada de amarillo, una señora de lo más simpática y con muchísimo tiempo libre que vive al final de la manzana, solo se los había llevado de excursión a comer pescado a su casa.
Error. Los siameses no comen pescado, pero sí se van con cualquiera.
Ellos también tienen prioridades, como yo; les encanta ir de acá para allá.
Tienen tan poco de gato como yo de rubio tonto, cosa que tiende a pensar todo el mundo, y no solo por mi color de pelo.
Es injusto.
Creen que mi entrega a los animales es excesiva; o rara; o ambas cosas.
Y no creo que sea tan difícil de entender que me gustan, muchísimo; y por eso les dedico gran parte de mi vida.
Desde que era un crío comprendí que me era más fácil relacionarme con ellos que con las personas.
Los entiendo mejor; puedo estudiar su comportamiento y comprender su carácter.
Las personas, sin embargo, están hechas de piezas con muchas aristas, bordes y huecos; y no siempre —casi nunca, más bien— sé cómo encajarlas.
Son como puzles de formas imposibles que se me pide que una sin ni siquiera tener la imagen de la tapa. Y yo, a ciegas, no puedo.
La cuestión es que, tras varios fracasos y compatibilidades raspaditas en Soul Finder —la aplicación de citas especializada en encontrar a tu alma gemela—, decidí omitir lo de los animales.
Es una parte importante de mí, pero no puede ser que eso sea lo que me defina como persona.
Es la carrera que decidí estudiar, la profesión a la que me dedico y el calor que encuentro cada noche cuando me dejo caer en la cama tras una cena por encargo o a domicilio.
Pero yo no soy mis animales. La etiqueta de «loco de los gatos» o «paseador de perros» ya empieza a pinchar como una aguja de vudú.
Cada vez que lo oigo, pinchazo. Soy otras muchas cosas, o eso quiero creer y, salvo que un aspirante a alma gemela me dijera que es alérgico al pelo de gato o que odia a los perros, preferiría dejar que la magia de conocerse se base en esas «otras muchas cosas» que parece que a mi Remy sí le gustan; por ejemplo: mi obsesión con la serie Perdidos, que los únicos libros que termino y releo sean los de Dickens y que Lana del Rey sea mi lugar seguro en su tristeza.
¿Qué posibilidades había de que le gustaran esas mismas tres cosas?
Pocas, casi nulas, de ahí nuestra compatibilidad.
Lo de mis mascotas vendrá después, cuando esté tan enamorado de mí que los vómitos de Toto no lo espanten y los arañazos de Bola de pelo le parezcan «monerías».
Aunque la redención para este tercer plantón va a ser complicadilla, me temo.
Nunca he tenido pareja estable. Y con estable me refiero a una que haya durado más de unas pocas semanas.
También he tenido rollos de una noche que no han ido a más —por su culpa o por la mía, hay un poco de todo— y citas varias que siempre han empezado con muchos nervios y un poco de alcohol, porque, a pesar de que creo que el sexo se me da bien (cuando me pongo, me pongo), no logro echar un polvo sin tomarme un par de copas.
Es el acercarme lo que me cuesta; bajar el nivel de intensidad y parecer una persona funcional que no se enamora con apenas una caricia o una mirada más penetrante de lo normal.
Cuando me gusta mucho alguien, me atoro.
Cuando simplemente me gusta, sin excesos ni pensamientos de amor eterno, me da apuro, sin más; pero sigue siendo un obstáculo, así que recurro al alcohol como pobre e insano aliado.
Por suerte, me sube rápido y con un par de chupitos estoy más que listo.
Para mí, ese puntito de alcohol sirve como atenuador de la vergüenza y del romanticismo excesivo.
Es como cuando pones los altavoces para amplificar los sonidos y la música retumba de tal manera que sientes la vibración en el suelo.
Lo malo es que nadie se queda conmigo después de bajar esa música.
Cuando ya solo quedo yo, a volumen bajo y rodeado de animales.
Quizá es una especie de onda que emite mi cerebro y que no llega a los humanos.
Quizá soy yo mismo quien bloquea esa señal… No lo sé.
Pero Remy es distinto. Lo que sabe de mí, y no es poco, le gusta.
Incluso las rarezas, que, gracias al universo, comparte.
Sabe que no me gustan los finales de los libros y por eso tiendo a no terminarlos; sabe lo obsesionado que estoy con Perdidos y con las paradojas temporales; o cómo podría aislarme con una copia subrayada y medio rota de Grandes esperanzas escuchando Born to Die en bucle.
No puedes llamarte Remy y no ser legal; debe haber alguna norma que lo prohíba.
Ese tío es lo más legal y compatible conmigo que he encontrado.
Aunque haya vuelto a arruinar esa «primera cita» que nunca llega.
Aparto cualquier pensamiento de mi cabeza y recorro por segunda vez el jardín trasero, así como la diminuta casa adyacente que uso a modo de consulta y donde se quedan a dormir los animales a los que trato.
Ahora mismo hay dos perros que requieren pernocta y a los que voy a dar el alta en unos días; son muy tranquilos los dos.
Se trata de un mastín inglés bastante mayor al que suelo hablarle de mis cosas porque nos relaja a ambos.
Se llama Yago y, desde que lo atropellaron con un monopatín, se asusta por cualquier cosa y no deja de ladrar y de gemir a todas horas.
Ese es el motivo por el que los dueños lo han dejado a mi cargo.
Y luego está Snoopy, un cocker spaniel al que estoy ayudando a lidiar con la tristeza, adaptándolo a una nueva rutina.
Su dueño falleció hace unos meses y su viuda me lo trajo porque se negaba a comer, solo comía de su mano, y ladraba si lo dejaba solo.
Ambos duermen ahora plácidamente con Hope is a dangerous thing for a woman like me to have-but I have it; porque, sí, Lana hace milagros.
Una vez compruebo que todo está en orden, me dirijo a revisar el jardín delantero.
Vivo en una casa de una sola planta, de color verde pistacho, a la que le faltan una buena mano de pintura y varios arreglos.
Al menos ya he reparado la valla de uno de los laterales, la que da a la casa de los padres de mi amigo Ryder, y ya no me llaman a medianoche porque algún gato se les ha colado.
Lo siguen haciendo, claro, pero de forma muy aislada.
Tequila, mi gata ingrata, no está por ninguna parte.
No es la primera vez que no viene a dormir.
De hecho, todos mis gatos entran y salen cuando les viene en gana, pero Tequila lleva días sin pisar nuestra casa; y es raro cuando odia los días de lluvia.
Más que odiarlos, les tiene pavor, y la lluvia no parece entusiasmada con la idea de irse de Eeriewood y, no sé, tomarse un descanso para que salga el sol. Sería un detalle.
Me cruzo de brazos y observo el cielo cada vez más nublado.
En nada caerá una buena y ella sigue sin aparecer.
El móvil me vibra en el bolsillo. Sé que debo avisar a Remy, pero aún me queda tiempo y me estoy aferrando a ello como a un salvavidas.
He quedado cerca y en cinco minutos podría estar ahí.
Solo tengo que encontrarla. Sigo caminando, metiéndome por la parte trasera de los jardines, ya más que un poco nervioso.
—Creo que deberías coger un paraguas —me grita el señor Porche desde su butaca de mimbre con la vista fija en la revista que tiene en las manos.
Siempre está ahí, en su porche —de ahí el nombre, no sé cómo se llama—, y siempre está haciendo lo mismo: leyendo; el periódico, revistas de distintas temáticas, libros varios… Este hombre es una de las cosas más estables en mi vida. No sé qué dice eso de mí.
Cuando me quiero dar cuenta estoy cruzando la calle y me dirijo a la valla de madera que cerca su propiedad.
—¿La ha visto?
Mi vecino levanta la vista de la revista y me dedica una mirada curiosa. Es grande, de ojos oscuros, tiene el pelo negro lleno de canas y, aunque no sé su edad, calculo que tendrá unos cincuenta y muchos o sesenta y pocos.
—Tequila. La gata persa gris con manchitas blancas y marrones —explico.
—¿Les pones nombres de bebidas a tus animales?
—¿Ha visto cómo camina? Va dando tumbos.
—Imito su manera de andar, avanzando con los pies torcidos y moviendo los hombros con demasiado ímpetu.
Pero dejo de hacerlo en cuanto veo cómo me mira—.
La idea era ponerle Whisky, pero es que el tequila, como bebida alcohólica, es más fuerte.
Ya sabe. —Carraspeo cuando veo que sigue mirándome sin apenas pestañear—.
El caso es que llevo un buen rato buscándola y quizá la haya visto pasar por aquí.
—Tienes miles de gatos —me dice el hombre—. No pretenderás que me fije en todos, ¿no?
—Tengo seis gatos y dos perros —lo corrijo.
Él sigue mirándome.
—Esta es fácil de identificar, es enorme.
—Yo te he visto con más de seis gatos.
—Pero esos no son míos, son del vecindario. Solo les doy de comer. Y los curo. Y los llevo al veterinario. Vale, sí, entiendo la confusión.
El vecino me sigue mirando.
—Mire, esta es muy grandota, le arrastra un poco la tripa porque como anda raro se le balancea. Es gracioso y tierno de ver. Llama la atención.
El hombre sigue mirándome como si me estuviera analizando. Pero no de malas formas, es… curiosidad.
Me suena el móvil y esta vez sí lo saco.
Remy: ¿De verdad vas a venir?
Colmillo Blanco: Sí. Lo siento. Me ha surgido algo, pero enseguida voy. Espérame, porfa.
Remy: Vale. Tengo ganas de verte.
Colmillo Blanco: Y yo; muchas.
—Mierda —digo en voz alta, guardándome el móvil.
Mi mente vuela a toda velocidad buscando otros lugares en los que buscarla. ¿Dónde puede haberse escondido?
El señor Porche se golpea la pierna con la revista. Parece de jardinería esta vez, y eso hace que recuerde a mi madre y sus largas horas en el jardín. Desde que murió mi padre, lo único que parece hacerla feliz son sus plantas y sus flores.
—Esa boca, chico.
Me rasco la cicatriz que tengo al borde del ojo, un tic que tengo desde que me caí del tejado cuando era un crío y creí que podía andar por el canalón como mi gato.
Por suerte, solo me hice una herida; muy sangrante y que acabó con seis preciosos puntos y una bonita cicatriz que me gusta rascar cuando estoy nervioso. Es por el tacto suave; me tranquiliza.
—Lo siento. Es que tengo una cita con alguien que me gusta.
—No me digas.
—Y necesito encontrar a Tequila antes.
—Y tu cita lo entenderá. Si no lo hace, tengo un hijo estupendo que podría hacerte muy feliz. Le diré que buscas pareja.
—Ya, claro —digo con la mente puesta en mi gata ingrata—. Gracias por todo.
Me doy la vuelta, a punto de volver a cruzar hacia mi casa, cuando caigo en la cuenta de lo que acaba de decir.
—Espere, ¿ha dicho «hijo»? ¿Cómo sabe que yo…? Es decir, no es que fuese un secreto, pero…
—Pero ¿qué? No digo que se te note ni nada de eso. Y, aunque se te notara, ¿qué más da? No soy uno de esos viejos intolerantes. Ha sido una corazonada, últimamente tengo muchas. Desde que mi mujer me dejó, parece que heredé una casa, un jardín y un sexto sentido para ver las cosas.
—Bueno, si nos ponemos estrictos, la vista es uno de los cinco sentidos, no es un sexto sobrenatural.
—No seas literal, chico, ya sabes lo que quiero decir. Percibo cosas. Cosas que percibía ella y que yo no tomaba en serio.
—Hum, vale. Me encantaría seguir charlando, pero de verdad que tengo prisa.
—Sí, sí, tú vete a buscar a Whisky. Te será más complicado dar con ella cuando empiece a llover.
—Tequila —lo corrijo. Él alza una ceja—. La gata se llama Tequila.
—No olvides el paraguas, chico. Y no te preocupes si tu cita no entiende que la gata es como de tu familia, que yo hablaré con mi hijo y os organizaré algo.
Pues estupendo. Sin gata, sin paraguas y con un vecino casamentero.