DOS SEMANAS DESPUÉS
Los médicos, aunque a regañadientes, han aceptado darme el alta.
Me han hecho prometer que nada de avión y que, por supuesto, nada de trabajo.
Estoy cumpliendo las dos, por eso voy en el tren hacia Barcelona.
Según me han contado, los dos primeros días fueron muy complicados.
En varias ocasiones pensaron que no saldría adelante, pero lo conseguimos.
Ellos hicieron virguerías y mi gente hizo el resto.
Sergio y los chicos estuvieron a mi lado, al igual que Diego, Jimena, Durán y todos los demás.
Llevo en mis venas la sangre de todos los que eran compatibles conmigo.
De camino a casa pienso en Olga y, aunque según Jimena eso demuestra que tengo algún tipo de daño cerebral, siento pena por ella.
Imagino sus primeros años de vida y no puedo evitar sentir compasión.
Nadie debería pasar por algo así, pero es una lástima que eligiera ser víctima y no superviviente; hubiese podido hacer mucho bien.
Sin embargo, decidió calmar su dolor causándoselo a otros.
Todos han cogido un avión y me esperan allí, todos menos mi amiga, mi hermana, a la que no ha habido manera de convencer de que estaba perfectamente y va sentada a mi lado.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo?
—No, Jimena, por enésima vez, me encuentro bien.
—Después del miedo que nos has hecho pasar, lo menos que puedes hacer es aguantar nuestra preocupación. —Me mira con cara de querer estrangularme y abrazarme a partes iguales—. Qué susto nos has dado, jodía.
—Nada más lejos de mi intención, te lo aseguro.
—Al menos has reunido a toda la familia y sin necesidad de morirte.
—Qué cachonda.
—No, en serio. Tus hijos apenas han mirado el móvil y he visto a Diego y Sergio tomarse varios cafés juntos. Podrías haber organizado una comida, pero, por lo que se refiere al resultado, ni tan mal.
Pensar en Diego me provoca un pellizco de nostalgia.
Se ha quedado en Madrid, intentando poner orden al caos que ha generado la culpabilidad y muerte de la forense oficial de la policía judicial.
Le queda mucho trabajo por delante y es consciente de que a mí también, aunque el mío sea personal.
Al llegar a la estación de Sants, cogemos un taxi que nos lleva al primer destino que tengo en mi lista.
—¿Estás segura?
—Segurísima.
El Hospital del Mar es grande, así que me lleva un poco —más a mi paso— llegar a la zona de paliativos.
Cuando entro en la habitación veo a Bonet en la cama.
Queda muy poco de su físico imponente, pero su mirada, aguda y descarada, sigue siendo la misma.
Veo que el equipo de enfermería está colocando unas máquinas y le pregunto discretamente a una enfermera en la puerta.
—Lo vamos a sedar, si quiere hablar con él, aproveche ahora.
Me seco las lágrimas fuera de su campo de visión. Respiro hondo, muy hondo, y entro.
—Hola, jefe. Tú tumbado mientras los demás hacemos el trabajo, ¿eh?
—¡Eba!, ¿qué haces tú aquí?
—Se acabó, Bonet. La tenemos, ella está muerta y la pesadilla se ha acabado. Hemos ganado.
—Lo sabía. —Sonríe con las fuerzas que le quedan—. Sabía que nadie podía conseguirlo, aparte de ti. Eres una policía de raza, Eba. No permitas que ningún gilipollas te haga pensar nunca lo contrario. Gracias por cubrirme en mi última batalla.
—Ha sido un honor, intendent.
Me acerco y le doy un beso en la frente, un beso que alargo un poco, porque en el fondo sé lo que va a pasar cuando despegue mis labios.
Bonet sonríe y cierra los ojos. Esta vez sé que no los volverá a abrir.
Necesitaba irse con el trabajo hecho, sabiendo que había cumplido su misión, y eso es lo que le acabo de entregar.
La paz de saber que no deja nada pendiente.
Los médicos confirman lo que está claro y yo le miro una última vez, mientras le deseo un buen viaje y lo dejo con su familia.
Las lágrimas hacen un poco más complicado encontrar la salida.
Jimena me está esperando en la puerta y no necesita que le diga nada, solo me abraza.
—Se ha ido, Jimena.
Me lleva un rato poder andar. Cogemos otro taxi y, al llegar, mi amiga me coge de la mano.
—Puede que después de lo de Bonet esto sea lo último que necesites.
—No podría estar más de acuerdo, pero tengo que hacerlo.
Me acompañan hasta una sala llena de ventanales que dan a un bonito jardín.
Mi madre está en una silla de ruedas de espaldas a mí.
Me acerco despacio y me coloco frente a ella.
No necesito que un médico me diga nada. Sus ojos tienen una especie de tela blanca, como si hubiesen perdido la luz.
Me mira, pero no me ve, es como si estuviese viendo algo a través de mí.
Comprendo en un segundo que no tiene ni idea de quién soy.
El dolor que sentí con las puñaladas de Olga no se acerca lo más mínimo al que siento en este momento.
Alguien debería prepararte para algo así, aunque tampoco creo que exista teoría alguna que pueda mitigar el dolor de ser una extraña para la persona que te dio la vida.
Recuerdo lo que me dijeron sobre la memoria de los besos y hago lo único que se me ocurre.
La abrazo, suavemente, con miedo de no romper un cuerpo que se ha vuelto frágil, y la beso con todo el amor que soy capaz de expresar.
Durante unos segundos enfoca su mirada en mí y me acaricia la cara.
Quiero pensar que el amor de una madre es más fuerte que el Alzheimer y que, aunque solo haya sido durante un breve instante, ha sabido que era su hija y que la quiero.
El momento dura muy poco y ella vuelve a fijar su mirada en el infinito.
Cuando salgo de allí, me siento como una niña perdida en medio de una multitud a la que mamá no va a venir a rescatar.
Tengo que hacer un esfuerzo para recordarme que ahora soy yo la que puede salvarme, que ahora sí tengo fuerzas para cuidar de esa niña a la que había olvidado.
Hacemos el resto del trayecto en silencio, hasta que llegamos a la última parada.
—Ya estamos aquí, por fin en casa.
—¿Sabes una cosa, Jimena? La miro y ya no parece mi casa.
—Te han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo, cariño. Vas a necesitar espacio y que pasen los días para asimilar todo esto.
—Sí, supongo que sí.
Me bajo del taxi, cojo mi maleta y me despido de Jimena, que continúa el viaje hasta su casa. Antes de irse, me da un abrazo y me pregunta:
—Aunque ahora no sepas por dónde empezar, todo se irá poniendo en su sitio, ya verás. ¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer?
—Sí. Caminar, amiga, solo eso, caminar.