Salvación, camino y otras mentiras EL FINAL DEL CAMINO
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EL FINAL DEL CAMINO

Abro lentamente los ojos, intentando enfocar lo que veo.

No tengo ni idea de dónde estoy, pero no es la sala de autopsias.

Intento moverme, pero tengo los brazos atados a lo que creo que es una tubería y también tengo algo que me inmoviliza los pies.

Me doy cuenta de que no tengo nada que me tape la boca, así que, estemos donde estemos, no le preocupa que nadie me escuche gritar.

Eso no es bueno. Olga aparece en mi campo de visión.

Sigue siendo ella, pero ya no es la misma persona.

La máscara risueña, cariñosa y amable ha desaparecido, ahora su rostro es oscuro, frío y sus ojos me observan como a una rata de laboratorio.

—Bienvenida, inspectora Elisheba Salinas.

—¿Qué estás haciendo, Olga?

—Aprender de mis errores. Forma parte del método científico, ¿no? Ensayo y error. Quiero saber qué he hecho mal.

—Me estarán buscando.

—Seguro que sí, pero como bien dijiste este complejo es como una ciudad y te aseguro que este es el último sitio en el que se les ocurriría buscar. Así que tenemos tiempo. Cuéntame, ¿en qué me he equivocado?

—No pienso contarte una mierda, puta psicópata.

—Eba, Eba, Eba. Empezamos muy mal. Te recuerdo que fuiste tú quien dijo que el sujeto mostraba unos conocimientos en anatomía humana fuera de lo normal. Para tu desgracia, tenías razón. Sé cómo hacerte sufrir lo indecible durante horas y no matarte. Ya verás, te lo voy a demostrar.

Acerca una mesita auxiliar y coge una bandeja llena de instrumentos que parecen quirúrgicos.

Se sienta frente a mí, en el suelo, agarra algo parecido a un bisturí largo y, antes de que tenga tiempo de reaccionar, me lo clava en un costado del abdomen.

Siento un dolor terrible e intenso y por un momento creo que me voy a desmayar.

—No, querida colega, aunque lo pienses, no te vas a desmayar.

Verás, no he atravesado ningún órgano vital.

Sí que es una zona que sangra bastante, pero tu cuerpo será capaz de minimizar la pérdida.

El dolor que sientes es porque me he asegurado de rozar una serie de nervios, pero tranquila, no los he cortado.

Lo malo es que duele mucho. Ahora que ya sabes lo que puedo hacerte, vamos a retomar la conversación.

¿Qué te ha dicho tu compañero para que supieses que era yo? ¿Él también lo sabe?

—No sabe nada. Para él ha sido una tontería anecdótica, para mí ha sido la pieza que me faltaba.

—¿Seguro que no sabe nada?

—Te estoy diciendo que no, maldita chiflada. —En mi afán de proteger a Durán, no he calculado las consecuencias de insultarla y noto cómo se hunde el bisturí al otro lado del abdomen.

—No soporto que me llamen loca. Te explico: ahora sí te he rozado el hígado, no mucho, tranquila, tenemos horas hasta que colapses, no creo que nos lleve tanto. ¿Qué te ha dicho?

—Que el hombre que compró al bebé de Virtudes Martorell tenía acento inglés.

—¿Solo eso? Vaya mierda. En Mallorca hay más apellidos ingleses que españoles. Tiene que haber algo más.

—Eso hizo que detalles que mi inconsciente había captado tuvieran sentido.

Cuando nos presentaron tuve la sensación de que te conocía, pero eso no era posible, a menos de que te parecieras a alguien a quien sí había visto.

Mi equipo no vio el cadáver de Virtudes Martorell y Jimena no se fija en las caras de las personas que abre, pero yo sí la miré, la observé y tú eres el vivo retrato de tu madre.

—Vaya, maldita genética. ¿Algo más?

—Cuando Ali presentó los expedientes de las cinco últimas víctimas, matizó que esa vez sí os había pasado una copia al equipo forense; por lo que el día anterior, en el hallazgo de los tres cuerpos, no lo había hecho.

Aun así, cuando comentaste las lesiones sufridas por la víctima de Valencia, el chico que atropelló a la niña, dijiste: «Os va sonando, ¿no?»

. Durán os preguntó si les estaban dando su propia medicina y Jimena respondió que suponía que sí.

Ella solo lo suponía porque no tenía acceso a los detalles de los delitos, pero tú sí lo sabías.

—Guau, inspectora. Reconozco que he subestimado tu inteligencia.

Quería asegurarme de que fuese tu equipo el que viniese porque los estudios de la doctora Arribas me iban muy bien para determinar la hora de la muerte en situaciones ambientales adversas, pero no conté contigo, fallo mío. ¿Alguna otra cosa?

—Sí. —Cada vez me cuesta más mantenerme despierta.

Estoy perdiendo mucha sangre y el dolor casi no me deja hablar—.

Tengo una amiga valenciana. Nos reímos muchas veces comparando cómo se dice una palabra en valenciano y en catalán.

Ella no llama a los níscalos rovellons, sino pinatells.

Tenías que saberlo porque tienes alguna relación con Barcelona.

Tu madre adoptiva no era inglesa, era catalana, ¿verdad?

—Correcto.

—Te aseguraste de hacer una videollamada en Nochebuena que te colocaba en Valencia mientras alguien le disparaba a tu madre en el corazón a kilómetros de distancia, pero no pudiste evitar ir a verla, ¿a que sí?

Tú fuiste el fantasma de las navidades pasadas que vio tu madre antes de morir.

Necesitabas que supiera que todo era culpa suya y que la ibas a matar por lo que había hecho. Tenías que mostrarle tu poder.

—Brillante, inspectora.

—Has matado a veinticuatro personas, nada de esto es brillante.

—Corrección: yo no he matado a nadie.

—La autoría intelectual es peor que la material; y, no obstante, materialmente has matado a doce.

—Nadie los obligó a beber.

—Tú pusiste el cianuro.

—Podrían no habérselo bebido, se supone que se nota el sabor.

—Alguien como tú no dejaría esa variable al azar. Tú repartiste el pan. Los restos que analizaron no formaban parte de la hogaza original, eran solo para despistar. Todos se mancharon la ropa de vino, seguramente porque tenían la boca dormida. ¿Qué anestésico llevaba el pan?

—¡Qué buena eres! —Se lo está pasando en grande mientras yo me desangro—. Lidocaína. Es una pena que tenga que eliminarte, eres una contrincante formidable.

—Esto no es un juego, Olga, es la vida real. Entiendo que el abandono de una madre es algo horrible, pero…

—¡Tú qué vas a entender! —Ahora ya no se divierte—. Por haber sido tan buena, te voy a contar mi historia. —Me da un bofetón—. No se te ocurra desmayarte, que este momento es importante.

—Necesito ayuda, Olga… Me estoy desangrando —balbuceo.

—Lo sé, pero ya te he dicho que tenemos tiempo.

Érase una vez, hace más de cincuenta años, que la puta de mi madre decidió venderme a uno de sus clientes.

Ya sabes el tipo de usuarios que tenía, podría haber encontrado a uno de esos a los que les gustaba que los ataran, pero me vendió a uno de los que daban y mucho.

Mi querido padre era un físico teórico que solo se ponía cachondo haciendo sufrir.

Cada vez que iba a Barcelona por trabajo utilizaba los servicios de la Cachetes.

En uno de sus viajes conoció a una bellísima dama de la burguesía catalana, mi madre.

Congeniaron enseguida, ya que ella acababa de terminar la carrera de matemáticas, algo reservado para hombres y alguna mujer cuyo papá se lo pudiera permitir en aquella época.

Mi padre vio en ella una buena compañera de equipo y la posibilidad de mejorar su clase social, así que se casaron.

No creo que llegara a tocarla ni la noche de bodas.

A ella no podía cortarla con un cuchillo, asfixiarla o quemarla con cigarros y, sin eso, no le funcionaba la herramienta.

Mi madre se hubiese muerto antes que separarse.

De donde ella venía, lo único que importaba era lo que se veía de puertas hacia afuera.

Le temía más al qué dirán que al demonio, así que llegaron a un pacto.

Él podía hacer lo que quisiera con quien quisiera, siempre que fuese discreto; a cambio ella quería una familia perfecta, al menos, eso debía parecer.

Por supuesto, eso incluía un hijo. Él no se lo iba a dar, así que le pidió que consiguiera uno.

Ella no haría preguntas, solo quería que fuese un bebé y que fuese una niña.

Lo que no sabía la amiga de Virtudes es que el trato de mi venta se hizo mucho antes de que yo naciera.

»Mi madre eligió mis nombres en honor a una física y una matemática a las que admiraba, convirtiéndome en su proyecto de vida.

Los domingos íbamos a la iglesia, protestante, por supuesto, un acierto más para ti.

Escuchábamos la palabra de Dios, después mis padres charlaban animadamente con los hermanos de la congregación mientras hacían gala de una fe que no tenían.

El resto de la semana yo recibía clases diarias sobre matemáticas, física cuántica, biología.

Cada vez que no entendía algo, mi madre se ponía histérica; si cuestionaba algo de lo que me explicaba, me pegaba con cualquier cosa que tuviese a mano y me hacía escribir hasta que me sangraban los dedos o me encerraba en un pequeño armario durante horas.

Para ellos, Dios solo era un constructo de los hombres, la verdad absoluta era la ciencia.

La única dosis semanal de amor la tenía en la iglesia.

La palabra del Señor me reconfortaba y me daba fuerzas.

Cuanto más amaba yo a Dios, más me odiaban ellos.

Cuando cumplí catorce años, se me ocurrió decir que había pensado en hacerme religiosa.

Recuerdo cómo se miraron. Mas tarde entendí que mi madre le estaba dando permiso a mi padre.

Esa noche entró en mi habitación. Supliqué, rogué, lloré, le dije que era el mayor de los pecados, que yo era sangre de su sangre.

Me miró fijamente y me dijo que yo no era nada suyo, solo era la hija de una puta a la que había comprado.

Esa fue la primera vez que me violó, mientras me asfixiaba y me golpeaba.

Después de esa vinieron muchas más. Fue puliendo su técnica: me quemaba con cigarros, usaba puros, porque el daño era mayor, me cortaba con una navaja, siempre en lugares que tapara la ropa.

Yo solo rezaba en mi mente y le pedía a Dios que acabara pronto.

Él fue lo único que me mantuvo con vida.

»Cuando llegó el momento de ir a la universidad, nadie me preguntó qué quería estudiar.

Me entregaron una hoja con la matrícula en la carrera de Matemáticas.

Me quería morir. Esa noche la iglesia celebraba la conmemoración de la muerte de Cristo.

Para mí era algo sagrado, así que me prohibieron ir.

Los dos eran igual de sádicos, cada uno a su manera.

Recuerdo que recé durante horas, pidiéndole a Dios que acabara con mi dolor, que me enseñara el camino.

Pasada la medianoche, llamaron a la puerta; era la policía.

Un rayo había impactado en el coche de mis padres, lo que les hizo salirse de la carretera.

El coche ardió en llamas y los dos murieron quemados dentro.

No me lo podía creer, el Señor había respondido a mis plegarias.

Mi herencia me permitía vivir el resto de mis días sin trabajar, pero entendí que Dios me había estado preparando para una misión más grande.

Yo sería su mano para impartir justicia, pero debía ser mejor.

Cambié mi carrera por Medicina y después estudié Química, para acabar especializándome como forense.

Tengo másters en anatomía patológica, en antropología forense y una lista muy larga.

El resto, ya lo sabes, cuando estuve preparada busqué al otro hijo de la puta.

Era un chico listo, pero la odiaba casi más que yo, por lo que fue muy fácil de manipular.

—Era tu hermano y no te tembló el pulso para matarlo.

—No era mi hermano, era un imbécil que se atrevió a decirme que yo había tenido más suerte que él porque me había vendido. Él solo tenía que escuchar los gritos de su madre, yo lo sufrí en carne propia.

—Olga… —Se me acaba el tiempo—. Imagino que pasaste un infierno. Nadie debería vivir algo así. Siento muchísimo tu dolor, te lo juro, ojalá pudiese hacer algo que te hiciera sentir mejor, pero yo no tengo la culpa.

—No, no la tienes, pero tu inteligencia te ha condenado. Te aseguro que eres la única a la que me sabe mal tener que matar, pero es una cuestión de supervivencia.

—No te servirá de nada, cuando me encuentren atarán cabos y sabrán que has sido tú.

—Pero es que no te van a encontrar. Un divorcio, una madre con Alzheimer, un caso frustrante. ¿Quién podría culparte por querer desaparecer? Cuando me pregunten, después de la llamada, te di un abrazo, intenté animarte porque te vi triste y nos despedimos.

—¿Y mi cuerpo?

—Ay, Eba, hay un detallito que no te he contado.

No te mentía cuando te he dicho que el duro invierno de Madrid hace estragos en las personas sin hogar, mucho más de lo que sale en las noticias.

En las grandes ciudades cuesta tanto encontrar un piso como un nicho, así que cuando nadie los reclama se acumulan.

Eso me dio la excusa perfecta para convencer a los jefes de que invertir en nuestro propio horno crematorio nos saldría rentable a corto plazo.

—Se aparta y entonces veo lo que hay detrás—. ¿No te parece precioso?

—Olga, por favor… —gimo, sin apenas aliento ya—. Tengo dos hijos…, no me merezco esto.

—No, no te lo mereces, yo tampoco merecía todo lo que me pasó, pero quién sabe, los caminos del Señor son inescrutables.

—Las lágrimas empiezan a caer de mis ojos y Olga se agacha junto a mí, me acaricia la cara y me consuela—.

Shh, no llores. Te prometo que no te voy a hacer sufrir.

Será muy rápido, un corte limpio en el cuello y en unos segundos habrá acabado todo.

—Me coloca el bisturí a la altura de la yugular—.

¿Quieres decir algo antes de reunirte con el creador?

—Yo sí, puta loca. —Olga se gira al escuchar la voz de Diego y en ese momento suenan dos disparos—. ¡Eba!

Diego y Durán corren hacia mí para desatarme. A mi lado está el cuerpo sin vida de Olga, uno de los disparos adorna el centro de su frente. Apenas me quedan fuerzas, he perdido mucha sangre y no creo que aguante mucho más. Diego me coge entre sus brazos y yo miro a Durán.

—Lo has entendido.

—Claro que sí, jefa. Tú solo me llamas por mi nombre cuando algo está mal.

—Tengo sueño…

—¡Eba! —Diego está llorando, no debo tener buena pinta—. Tienes que aguantar, ¿me oyes? La ambulancia está llegando. Te vas a poner bien.

—¿Prometido…?

—Siempre, Eba, prometido.

Su voz y sus palabras son lo último que escucho antes de cerrar los ojos.