CAMINO
Al llegar a las oficinas, Jimena y Olga nos están esperando.
Tienen cara de haberles pasado un camión por encima, no sé a qué hora acabaron, pero están exhaustas.
Anoto mentalmente hacerles un regalo, han sido un par de campeonas.
Entramos todos en la sala y, casi sin darnos tiempo a sentarnos, empiezan a explicar.
Se nota que quieren irse a casa y no las culpo.
—Bueno, compañeros, vamos a hacer un resumen rápido porque tampoco hay mucho que contar.
La causa de la muerte de los doce del patíbulo es la misma, envenenamiento por cianuro.
Murieron en segundos una vez ingerido. No hay ni un solo indicio de que lo tomaran en contra de su voluntad y, por lo demás, no hemos encontrado en sus autopsias más que algún hígado harto de alcohol.
—Así es, tal y como ha dicho Olga, no hay duda alguna. También han llegado los resultados del laboratorio que confirman la presencia de cianuro en las copas y, por mencionar algo extraño, era casero, de origen biológico.
—¿Qué significa eso?
—Que no lo compraron, lo fabricaron. Hay muchas semillas, frutos y hierbas que contienen cianuro. Eligieron los más potentes y los sintetizaron hasta obtener el cianuro.
—¿Me estáis diciendo que esta panda de pringados supo fabricar cianuro y que además disponían de un laboratorio para sintetizarlo?
—No necesariamente, Eba. Alguien lo hizo, ellos pudieron comprarlo a quien sí tenía el conocimiento y los medios.
A Diego le suena el teléfono y sale de la pecera.
Le veo gesticular, insistir, pero no escucho nada de la conversación.
Olga los ha llamado los doce del patíbulo.
Es cachondo, en realidad, porque esa película va de que un alto mando del ejército selecciona y entrena a doce criminales para una misión suicida contra los nazis.
Lo malo es que parece que soy la única que ve la ironía.
Si me quedaba alguna duda, Diego las disipa todas al entrar en la sala.
—Señores, los jefes han hablado. Consideran que el caso está cerrado.
—No puedes estar hablando en serio.
—Lo siento mucho, Eba. He hecho y dicho todo lo posible. Pero para ellos todo cuadra y consideran prioritario tranquilizar a la población.
—Entonces, volvemos a casa, ¿no?
—Sí, Durán. Me han pedido que os agradezca vuestra inestimable colaboración y que os diga que habéis hecho un gran trabajo.
—¿A qué hora sale el avión? —En mi voz hay una derrota absoluta.
—A última hora de la tarde. Así tendréis tiempo de recoger tranquilamente y descansar un rato.
—De acuerdo.
—Pasareis a despediros, ¿no?
—Claro que sí, Olga. Ha sido un honor trabajar con vosotros.
Veo que Diego quiere decirme algo, pero estoy tan enfadada y a la vez tan ocupada en disimularlo que no hablo con él y bajo directamente al coche que nos espera para llevarnos al hotel. En el recorrido del pasillo que nos lleva a nuestras habitaciones, Durán se acerca a mí.
—Lo siento mucho, jefa. Todo en general. No había podido decírtelo hasta ahora.
—Lo sé, compañero. No siempre se gana.
—Al menos no van a matar a nadie más.
—Estos no, pero encontrará la manera de volver a juntar a doce idiotas cegados por las ansias de venganza.
—No llames al mal tiempo, jefa.
—Me encanta tu optimismo, Durán. A ver si se me pega un poco.
Entran cada uno en su habitación y Jimena y yo continuamos unos metros más.
—¿Cómo lo llevas, amiga?
—Qué parte.
—Pues empecemos por tu madre.
—Como el culo. Creo que aún no soy capaz de asimilarlo. Supongo que por eso para mí resolver este caso era tan importante. Me ayudaba a olvidar el dolor.
—¿Por qué crees que no está resuelto?
—Porque me lo grita el alma, Jimena.
—Quizás deberías considerar que tu alma, ahora mismo, está gritando mucho. Creo que te han pasado más cosas en la última semana que en la última década. Tienes muchísimo que integrar, que ordenar y que decidir. Puede que lo único que necesites sea tiempo.
—Puede ser, ¿y tú? ¿Estás contenta de irnos o no?
—Estoy contenta de que se haya acabado la caza; con respecto a lo que te refieres, te lo diré después. Ali pasará en un rato y tengo pensado hacerle una propuesta.
—¿De matrimonio?
—Qué graciosa. De continuidad. Madrid-Barcelona es un trayecto corto, el AVE hace maravillas.
—Ojalá te salga bien.
—¿Y tú?
—No tengo ni idea. Si te soy sincera, podría quedarme a vivir entre sus brazos, pero no puedo empezar nada con todo lo que me queda por cerrar.
Estaría destinado al fracaso o a la infelicidad.
No puedo saltar de una relación a otra sin pasar antes por mí.
Me hace falta estar conmigo, a solas, curar heridas, volver a reencontrarme para saber qué quiero y qué estoy dispuesta a ofrecer. El tiempo lo dirá.
—Me parece muy bien, amiga. Ya lo sabes, pero, por si se te olvida: si me necesitas, silba.
Ahora sí me da un abrazo, ahora que sabe que soy capaz de sostenerlo.
No es hasta que entro en mi habitación y cierro la puerta que me doy cuenta de que mi maleta está en casa de Diego.
Quizás era lo que quería decirme. Cojo el teléfono para llamarlo, pero en ese momento llaman a mi puerta. Es él, con mi maleta.
—Creo que te va a hacer falta. —Me sonríe y desarma todas mis defensas como el sol al hielo.
—¿Quieres pasar?
—¿Quieres que pase?
—Sí.
Cada beso, cada abrazo, cada caricia están llenas de sabor a despedida. Ambos nos dejamos llevar por una pasión que contiene furia, como si fuésemos capaces de lograr una alquimia imposible que pudiera hacer eterno este momento. Pero nada es eterno.
—Vais a pasar a decir adiós al equipo, ¿no?
—Sí, pero tú y yo nos vamos a despedir aquí.
—¿No quieres que esté allí?
—No, no es eso. Es que allí me voy a despedir del inspector jefe Alcázar, con un apretón de manos y un hasta pronto. De Diego, de ti, quiero hacerlo aquí.
—¿Es un adiós?
—No, es un volveremos a vernos, pero no puedo precisar en cuánto tiempo ocurrirá. Solo sé que quiero volver a verte.
—¿Prometido?
—Prometido.
Ha llegado el momento de los abrazos y las despedidas. Hay caras más largas y otras, como la de Anita, que no ven el momento de recuperar su vida. Diego se mantiene a una distancia prudencial, pero hay abrazos que caben en una mirada.
—¿Y Olga?
—Está trabajando, la pobre. Ha llegado el cuerpo de un sintecho y está haciendo la autopsia. Nos ha dicho que le daba mucha pena no despedirse de ti, con lo ñoña que se pone con estas cosas.
—Pues me voy a acercar, ¿os parece, chicos? ¿Me esperáis aquí?
—Nos queda tiempo, jefa. Ve tranquila.
Jimena me mira, disculpándose por no acompañarme, pero entiendo perfectamente que quiera apurar hasta el último segundo con Ali.
El edificio está a cierta distancia y yo me lo tomo con calma.
Estoy intentando memorizar cada detalle para poder guardar en el recuerdo los últimos minutos en Madrid.
Cuando entro en la sala de autopsias, Olga está a punto de empezar a ponerse el traje de faena, pero se detiene al verme.
—¡Eba! Pensaba que no te iba a ver antes de irte. —Me da un abrazo de los que cortan la respiración—. Me da mucha pena que os tengáis que marchar. Ha sido genial trabajar con vosotros.
—Lo mismo digo, Olga. No podía irme sin decirte adiós. ¿Te han vuelto a liar? —le pregunto mientras señalo el cadáver de la mesa.
—Sí, hija, aquí nunca se para y por desgracia no te imaginas la cantidad de gente sin hogar que muere por hipotermia cada invierno, la mayoría no la reclama nadie y no se puede identificar.
—Qué pena.
—Pues sí, mucha. Por cierto, ahora que estamos solas, ¿cómo estás?
—Estoy todavía en proceso.
—Ya me imagino, lo siento mucho, una madre es lo más sagrado que hay.
—La verdad es que sí. —Me vibra el móvil en el bolsillo—. Perdona un momento, que me están reclamando. Me he encantado un poco viniendo hacia aquí y estarán nerviosos por no perder el avión.
—Tranquila, tú haz, que yo me voy vistiendo también.
—Dime.
—Jefa, no quiero meterte prisa, pero es que al final perdemos el avión.
—Tenemos tiempo, pero, igualmente, ahora voy.
—Vale, jefa. Por cierto, ¿a que no sabes quién me acaba de llamar?
—No.
—Mariana, la pobre dice que se ha acordado de algo y que le parecía importante decírmelo.
—¿El qué?
—El hombre, el cliente de Virtudes Martorell, el que compró a la niña, tenía acento inglés.
—Gracias, Arnau.
Espero que haya sido capaz de entender que llamarle por su nombre no implica nada bueno. La pieza que faltaba del puzle acaba de ser colocada. Intento bajar la mano a la pistola, lentamente, pero no me da tiempo. Noto un pinchazo en el cuello y todo se funde a negro.