CAMINO
Podría haber supuesto que nos íbamos a encontrar con algo así, pero no lo hice.
Tenía la esperanza de poder obtener información de esta gente para pillar al autor intelectual de todo este horror, pero nos acaba de cerrar todos los caminos.
Solo es un fantasma de quien no hay la más mínima evidencia tangible y de cuya existencia, a estas alturas, parece que solo yo estoy convencida.
El espectáculo que hemos encontrado en la casa es absolutamente dantesco.
Doce cuerpos, en avanzando estado de descomposición.
No soy forense, pero creo que llevan bastantes días muertos.
Hemos estado buscando asesinos y nos han entregado doce cadáveres.
Lo que no hay es sangre ni rastros de violencia, no sé cómo han fallecido, pero no parece que haya habido lucha.
Mientras esperamos la llegada del equipo forense, hacemos una primera inspección ocular del lugar.
Cada uno de ellos tiene a su lado una copa, metálica, parecida a un cáliz, y hay restos de algo que parece pan.
Uno de ellos tiene en sus manos unas hojas de papel escritas a ordenador.
No puedo cogerlas hasta que la científica haga su parte, pero me agacho para intentar ver qué dicen.
Alcanzo a leer el título: Nuestro mensaje, palabra de Dios.
Fantástico, nos han dejado un manifiesto.
Seguro que su lectura resultará apasionante.
Obviamente, pienso esto de un modo totalmente sarcástico, porque si de algo estoy convencida es de que esas páginas serán una sarta de mentiras y peroratas sobre Dios.
En este momento de mi vida preferiría leer un tratado sobre la reproducción de las ostras.
Jimena y Olga se quedan paralizadas un instante cuando entran y ven lo que tienen por delante.
—Eba, querida amiga, ¿tú eres consciente de que estos son doce y nosotras solo somos dos?
—Madre mía, Jimena, y pensábamos que el día de las cinco autopsias había sido una locura.
—A ver, señoras. Tranquilidad. Entiendo perfectamente que esto es muchísimo trabajo, pero de momento nos podemos conformar con la causa de la muerte y o mucho me equivoco o han muerto todos de lo mismo. Una vez sepamos eso, se puede profundizar más en cada uno por si tuvieran algo útil.
—Vale, haremos lo que podamos, pero esta vez serán dos mojitos, uno para cada una.
El proceso de levantamiento de los cuerpos es largo y tedioso. Hasta que los demás no acaben su parte, no tengo mucho que hacer, así que salgo a respirar aire puro que no huela a muerte. Diego sale conmigo y nos apoyamos en uno de los coches.
—¿Qué opinas?
—Que parece un suicidio colectivo y que las hojas que tiene uno de ellos en la mano lo van a confirmar.
—Pero tú no estás de acuerdo.
—Ni de coña. Aunque empiece a sonar como una paranoica, sigo convencida de que nos falta el más importante. No sé cómo lo ha hecho, pero se los ha cargado.
—No es fácil matar a doce personas a la vez.
—Depende de tu poder de convicción y sea quien sea lo tiene y mucho.
Nos hemos ido tragando todas sus mentiras, una por una, mientras nos cegaba con falsa justicia, con falsas muestras de fe y salvación.
Hemos andado el camino que quería y exactamente como lo quería.
Esto va mucho más allá de un iluminado obsesionado con Dios.
Hemos olvidado el componente humano, la emoción.
En todo este plan hay rabia y deseo de venganza, y la venganza es algo personal.
Sea quien sea tiene relación directa con las víctimas o con los asesinos.
—El problema va a ser demostrarlo.
—Sí, eso va a ser un gran problema.
Son las cuatro de la tarde cuando llegan todos los cuerpos al edificio de la científica y Olga y Jimena empiezan a trabajar y a organizar a destajo.
El resto tenemos por fin acceso al escrito encontrado.
Elena lo digitaliza y nos juntamos todos en la pecera para enterarnos por fin del mensaje. Ali es la encargada de leerlo.
—Nuestro mensaje, palabra de Dios.
»Me llamo Toni Castro y hablo en mi nombre y en el de todos los hermanos con los que he realizado este camino.
A estas alturas sabemos que ya tienen toda la información sobre lo que las personas a las que consideran víctimas nos hicieron, a nosotros y a aquellos que amamos.
Ninguno era inocente, todos merecían lo que les pasó, pero el sistema de justicia de los hombres está podrido, tanto que permite que cada día monstruos como estos caminen libres en el mundo.
La fe nos liberó a nosotros de tanto dolor, de años de sufrimiento e impotencia.
Dios nos mostró el camino a la salvación, el más angosto, el más difícil, pero el correcto.
Todos decidimos recorrerlo por voluntad propia y con plena consciencia.
Muchos de esos asesinos iban a misa los domingos, se confesaban y eran absueltos de sus pecados como si el perdón de Dios pudiese pagarse con una penitencia o comprarse con una limosna.
Solo la fe en nuestro Señor Todopoderoso puede conceder la gracia divina de su perdón, y la fe no son palabras; son obras.
»Eso fue lo que decidimos hacer, obramos aquello que nos dictaba nuestra creencia y se los entregamos a Dios para que él pueda condenar o salvar sus almas.
Al comenzar nuestra misión sabíamos cuál debía ser nuestro final, no por miedo a lo que los hombres decidieran sobre nuestros actos, sino porque teníamos claro que era un viaje sin retorno.
Todos somos conscientes de que hemos actuado en contra de la voluntad de Dios: «No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: "Mía es la venganza, yo pagaré", dice el Señor» (Romanos 12:19).
Por eso aceptamos nuestro destino y ponemos nuestras almas en manos del creador, confiando en su benevolencia y su perdón, porque también merecemos el castigo, pero lo recibimos sin temor, tranquilos, anhelantes de ser recibidos por nuestro padre y rendir cuentas ante él.
Podrán encontrar el veneno en las copas; el mismo que estaba matando nuestro espíritu ahora lo libera.
Vamos hacia ti, Señor, porque solo tú tienes las respuestas.
«No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana, pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar».
(1ª Corintios 10:13) Acogemos tu promesa y dejamos testimonio de tu poder. Alabado sea el Señor.
Cuando Ali acaba de leer, se forma un silencio de ultratumba.
Me viene el recuerdo de un viaje que hice a París, donde, mientras me dirigía feliz hacia Notre Dame, de repente, cayó un aguacero de tal intensidad que tuve que volver al hotel para poder cambiarme de ropa.
La foto que ha quedado de los presentes no es muy diferente a la cara que se me quedó a mí. Es Durán quien rompe el mutismo.
—Después de tanto rollo, nos han acabado el trabajo y se han suicidado.
—Eso es lo que parece, pero no creo que sea la verdad.
—A ver, Eba. Han dejado una carta y tampoco creo que nadie consiga que doce personas tomen veneno a la fuerza. Al menos uno se rebota.
—Sé que eso es lo que quiere que creamos, Ali, pero estoy segura de que es otra mentira.
Diego conecta con la zona de autopsias; cuando responden, aparecen en pantalla Olga y Jimena, como salidas de una película de terror y ciencia ficción.
—Dime, Diego.
—Sé que es mucho pedir, pero ¿tenéis algo?
—De momento, una autopsia hecha por encima y los primeros resultados del laboratorio.
—Olga se quita los guantes y coge unos papeles—.
En todas las copas había restos de cianuro, ahora están analizando la composición.
Con respecto al muerto que hemos tenido tiempo de examinar, confirmada la causa de la muerte: envenenamiento por cianuro.
Cabe destacar que querían asegurarse de que funcionara, porque la cantidad encontrada es para matar a seis elefantes en segundos.
Dado que todas las copas lo tenían, podemos suponer que encontraremos lo mismo en los demás, pero paciencia.
—¿Hay algún signo de forcejeo o de que alguien les hiciera tomarlo a la fuerza?
—En Toni Castro, que es el cadáver que hemos podido examinar Olga y yo, ninguno. En el resto, a simple vista, tampoco, pero nos fijaremos.
—Una duda más, Jimena.
—Dime, Ali.
—El cianuro, ¿sabe o huele a algo?
—Sí a las dos cosas. Tiene un olor característico de almendras amargas y el mismo sabor.
—Gracias, chicas. Os dejamos trabajar en paz, que tenéis mucha faena.
—Os vamos contando, gracias, Diego.
—Una cosa, Olga. —Sigo buscando respuestas—. ¿Han analizado el pan?
—Sí, nada destacable, pan sin levadura.
—Bueno —interrumpe Jimena—, es destacable que bebieron con ansia, todos tienen manchas de vino en la ropa.
—Vale, gracias a las dos.
Sé que este es el momento en que tocaría aplicar el principio de la navaja de Ockham, el que dice que la explicación más sencilla suele ser la que tiene más probabilidades de ser la correcta, pero no puedo. Mi cerebro sigue buscando la manera en la que nos está engañando.
—Jefa, si huele y sabe es complicado hacer que alguien se lo beba sin darse cuenta, ¿no?
—Estaba mezclado con vino, el cual, de por sí, ya tiene un toque amargo y afrutado. Además, hay otra cosa que no me cuadra.
—¿El qué?
—El pan. Está claro que fue una comunión, pero según los protestantes es un memorial, un recordatorio de la muerte de Cristo y un acto de unidad de la congregación.
A cada miembro se le da una copa, pero el pan se reparte en trozos pequeños.
Una sola pieza de la misma hogaza. No deberían haber quedado restos al lado de cada uno de ellos.
—No sé, Eba, a lo mejor les pareció más sencillo.
—Esta gente no ha hecho nada sencillo, Soto.
—Bueno —dice Diego—, sea como sea necesitamos tener todas las autopsias y resultados de la científica, así que, menos Olga y Jimena, a las que hoy les toca trabajar extra, el resto nos vamos a descansar. Ha sido un día muy largo y duro.
Todo el mundo está de acuerdo y van saliendo. Se palpa en el aire una mezcla de fracaso y alivio, o quizás sea solo yo quien siente el fracaso. Diego se dirige a Durán y a Anita.
—Chicos, tenéis el coche en la puerta para llevaros al hotel. A Eba la acercaré yo, que llevo su equipaje en el coche del aeropuerto. —Los dos asienten y nos quedamos solos en la sala—. Venga, va, no le des más vueltas por hoy o te acabará estallando la cabeza.
—¿Tú también piensas que me he obsesionado con alguien que no existe?
—Yo pienso que estás agotada, física, mental y emocionalmente.
Necesitas descansar, pero, a tu pregunta, no creo que seas de las que se emparanoia con fantasmas.
Pienso que tienes un instinto impresionante y que si te está diciendo que hay más es por algo, aunque los demás no lo veamos.
Por hoy, descansa, mañana le damos todas las vueltas que necesites.
—Gracias.
—No hay de qué. Va, que te llevo al hotel.
—Diego, sé que te he dicho que necesito tiempo y que eso es muy incoherente con lo que te voy a pedir, pero ¿podrías dormir conmigo? Solo dormir.
—Por supuesto, será un placer abrazarte hasta que te duermas.
Nos vamos a su casa. Aprovecho que llevo la maleta para darme una ducha y ponerme el pijama.
Cuando salgo del baño, me está esperando con una taza de chocolate caliente, que me bebo como una niña buena y nos metemos en la cama.
Es bonito que te cuiden de vez en cuando.
Mientras me voy quedando dormida, van pasando por mi mente un millón de ideas, retazos de frases, palabras sueltas que chirrían.
No entiendo por qué, pero sencillamente no encajan.
Lo último que recuerdo antes de que me venza el sueño es ver un puzle.
Está montado, pero le falta una pieza. La imagen, en un principio borrosa, se va aclarando hasta que consigo distinguirla.
Es el rostro de una mujer, alguien a quien he visto, creo que es Virtudes Martorell y parece querer decirme algo desde su tumba, pero justo ahí me quedo dormida.