CAMINO
El avión que me lleva de vuelta a Madrid está pasando por unas turbulencias que hace que se mueva más de lo que debería, pero esta vez no me ponen nerviosa porque todo lo que se mueve dentro de mi cabeza supera con creces cualquier sacudida exterior.
Cuando Sergio me llamó antes de ayer, todo mi equipo quiso acompañarme.
Jimena insistió en venir conmigo, pero no podía permitirlo, estamos en un momento crucial de la investigación, tenía que quedarse, aunque lo realmente cierto es que necesitaba estar sola.
Diego me llevó al aeropuerto y me acompañó hasta la zona da embarque.
Solo estuvo a mi lado, sosteniéndome con su presencia, no abrió la boca.
Entendió, sin necesidad de palabras, que lo último que me apetecía era hablar; tenía demasiado que procesar. Me dio un abrazo justo antes de irme.
—Si en algún momento necesitas hablar, de lo que sea, llámame. No importa la hora.
—Gracias, Diego. No sé qué voy a encontrarme ni si podré estar muy pendiente del móvil, pero si ocurre algo, si descubrís algo importante, por favor, mándame un mensaje, al menos.
—Prometido.
Al aterrizar en Barcelona, Sergio me estaba esperando.
Me abrazó fuerte al verme y, al igual que en el que me había dado Diego antes de subirme al avión, noté como mi cuerpo se había transformado en algo parecido al corcho.
No era capaz de sentir nada, quizás porque si me permitía una emoción no podría caminar.
En el trayecto al hospital, Sergio me iba explicando lo que habían dicho los médicos, pero me daba igual.
Solo tenía una idea en mi cabeza: necesitaba verla, aunque no estuviese segura de estar preparada ante lo que pudiese encontrarme.
Al apoyar mi mano en la maneta de la puerta de la habitación, temblaba; respiré hondo y abrí.
Mi madre estaba en la cama, despierta, preguntándole a mi padre qué hora era.
Cuando se giró hacia mí y me vio, se iluminó su cara.
—¡Trocito mío! Qué bien que ya estás aquí. Tu padre no ve bien el reloj, dale un beso a tu madre.
De todos los escenarios que había imaginado, ese era con diferencia el último que hubiese podido esperar.
El corcho de mi cuerpo empezaba a mojarse por los litros de agua en forma de lágrimas que lo iban deshaciendo.
La abracé, la besé, la toqué, me dejé caer en los brazos de mi mamá, aquella a la que me había empeñado en olvidar en un intento de que sus reproches no dolieran.
Me había llamado «trocito», como hacía cuando era pequeña, cuando no tenía mayor expectativa sobre mí que quererme y que la quisiera.
Al notar que lloraba, me acarició la cara, me dio un beso y me preguntó:
—¿Estás bien, cariño? ¿Qué te pasa?
—¿Sabes dónde estás, mami?
—Claro, en el hospital. Pero tú no te pongas triste, que solo ha sido un susto. Estoy bien. ¿Qué hora es? —Y volvió a su tarea de alisar las arrugas inexistentes de las sábanas.
Un grupo de médicos me llevó a una sala, supongo que dulcemente decorada y cómoda para amortiguar el impacto de todo lo que tenían que contarme.
Me explicaron muchas cosas del Alzheimer; algunas las entendí, otras no.
Al parecer, hay muchas cosas sobre esta enfermedad que aún no entiende ni la medicina.
—Lo que no entiendo es por qué mi madre, de repente, es solo la persona dulce y cariñosa que recuerdo de mi infancia. Les puedo asegurar que ese no ha sido su carácter en las últimas décadas.
—Verás, Eba. —Una trabajadora social me cogió la mano e intentó explicarme las cosas con la mayor ternura de la que fue capaz—.
Las fases del Alzheimer son complejas. Aún no se sabe muy bien por qué hay personas que las transitan todas y otras no.
En grandes rasgos se suele hablar de tres niveles, leve, moderado y grave.
Otros estudios han llegado a distinguir entre siete fases.
Que no haya sido observable no significa que tu madre no las haya pasado, pero igualmente el ictus que ha sufrido ha acelerado todo el proceso.
Para que me entiendas, de las siete, tu madre estaría en la seis, más o menos.
A grandes rasgos, esta etapa está muy marcada por la desinhibición, la búsqueda de seguridad, cariño y la memoria afectiva.
Cuando el daño afecta a la zona del cerebro que se encarga de la conducta, al perder los filtros de comportamiento autoimpuestos o adquiridos con los años, digamos que la persona vuelve a ser ella en estado puro.
El resultado depende de qué hubiese bajo las restricciones mentales y de hasta qué punto esa persona se hubiese sometido a lo que considerara socialmente correcto.
Si unes eso a que su mundo se ha vuelto confuso y que está desorientada, el cariño y el contacto físico les reconforta y les da tranquilidad y seguridad.
Aquí es donde entra la memoria afectiva, digamos que es la última que se pierde, la llamamos la memoria de los besos.
Pueden olvidar nombres o a veces no reconocer rostros, pero las voces, el contacto físico o el afecto permanecen intactos.
—Al escuchar esto me empezaron a caer las lágrimas—.
Sé que todo esto es muy duro. No sé si te servirá de algo, pero que haya ocurrido así también tiene algo bueno.
En fases muy tempranas, cuando todavía tienen mayor consciencia de lo que les está ocurriendo, es muy habitual que pasen por una etapa de enfado y paranoia extrema, volviéndose violentos, difíciles de manejar e incluso agresivos con sus cuidadores.
Ser insultado, amenazado o pegado por alguien a quien amas es demoledor para las familias.
Al menos, no has tenido que vivir algo tan destructivo.
—Ya, lo entiendo. Pero si son siete y está en la seis, ¿cuánto tiempo le queda?
—En el Alzheimer es muy difícil calcular el ritmo de deterioro con exactitud.
—Por favor, la verdad.
—Una vez entran en el nivel tres, el grave, estadísticamente la esperanza de vida está entre dos y cuatro años.
—La estadística está bien, pero en el caso de mi madre, con lo que habéis podido ver, tendréis una orientación.
—Por nuestra experiencia —tomó la palabra el neurólogo—, no más de dos años, aunque por el avance y progresión me arriesgaría a decirte que no más de uno.
—Y, durante ese tiempo, seguirá deteriorándose, hasta no ser capaz de recordar cómo se traga el agua.
—Muy probablemente.
En ese momento el estómago se me subió a la garganta. Quería gritar, llorar, vomitar, pero era incapaz de pronunciar una palabra. Ana, la trabajadora social del hospital, volvió a cogerme de las manos.
—Entiendo muy bien por lo que estás pasando, no por mi trabajo, sino porque hace tres años estaba sentada donde estás tú ahora.
Te voy a dar un consejo, quizás ahora te parezca incluso cruel, pero puede que más adelante agradezcas haberlo tomado.
Esta dolencia es imprevisible en ciertos aspectos, no hay fechas ni plazos fijos, así que no se sabe cuánto durará una fase.
Aprovecha este momento, despídete de tu madre, dale todos los besos y abrazos que te sea posible, hazlo mientras puedas, porque un día al despertar no sabrá quién eres y ya no podrás.
Intenta quedarte con todo el amor y la dulzura que ahora es capaz de darte, porque ese será tu mejor recuerdo.
Decidí seguir su consejo. Durante dos días estuve junto a la cama de mi madre, dándole besos, haciéndola reír, contándole mil historias y escuchándola hablarme de cuando ella era pequeña como si hubiese sido ayer.
Guardo como el mayor de los tesoros cada caricia que me dio, cada beso, cada vez que me llamaba trocito.
Lloré a escondidas cada vez que entraban a cambiarle el pañal y la veía dócil, tranquila, como si no fuese con ella.
La madre que había visto el día de Navidad les habría arrancado los pelos a cualquiera que intentara levantarle al camisón, pero ella ya no estaba ahí.
Una vez, hace mucho tiempo, escuché en un documental sobre el Alzheimer que a las personas que padecen esta enfermedad se las entierra dos veces.
En aquel momento me pareció dramático y no lo entendí.
Ahora sí lo entiendo. El fallecimiento físico es el segundo, pero hay otro antes, el momento en el que te das cuenta de que nunca volverás a ver a esa persona, aunque tengas su cuerpo delante.
Esa comprensión necesita un duelo, porque conlleva una pérdida y, aunque sea algo que muchos no entienden, es vital pasar por él hasta llegar a la aceptación.
Mi padre también se ha convertido en una sombra.
Se niega a aceptar que no va a volver. Necesitó mucha ayuda para entender que su mujer tenía que ser ingresada en un centro especializado porque él no podría proporcionarle los cuidados que iba a necesitar.
Para él eso significaba encierro y abandono.
Solo aceptó cuando le aseguraron que podía estar con ella todo el tiempo que quisiera.
Eran las nueve de la noche de ayer cuando recibí un mensaje de Diego. Me decía que lo llamara si podía, que tenía algo que contarme.
—Hola, Eba. Sería una gilipollez por mi parte preguntarte cómo estás. ¿Quieres hablar?
—Ahora mismo no. Necesito un poco de tiempo para asimilar todo esto o pensar en otra cosa.
—Puedo darte las dos opciones. En el momento en que estés lista, yo lo estaré para escucharte. Sobre pensar en otra cosa, Elena acaba de recibir un mensaje. Antes de que preguntes, es irrastreable, lo han hecho pasar por mil sitios, pero lo importante es lo que dice.
—¿Qué dice?
—«Porque los malvados serán destruidos, pero los que esperan en el Señor heredarán la tierra. Mañana, a las doce del mediodía, recibiréis el lugar donde Dios os entregará su promesa de justicia». ¿Qué opinas? ¿Crees que es una burla?
—No. Mañana es el octavo día, el ocho de la secuencia. Los va a entregar, la promesa de justicia es darnos a doce asesinos.
—¿Por qué?
—Porque forma parte de su plan y de su mensaje.
—Y ¿cuál es el mensaje?
—Creo que lo sabremos mañana.
—Imagino que querrás quedarte en Barcelona.
—No, Diego. Mañana trasladan a mi madre a una residencia y yo necesito pensar en algo más porque me voy a volver loca. Cogeré el primer avión de la mañana para estar allí cuando llegue el mensaje. Hoy despediré el año y quién sabe qué más.
—Como tú quieras, Eba. Avísame de la hora de llegada para ir a recogerte.
—Así lo haré. Diego, brinda por mí esta noche, necesito toda la energía positiva que sea posible.
—Cuenta con ello. Prometido.
Con esa última palabra, que se ha convertido en un mantra de confianza entre los dos, acabamos la llamada.
Esta mañana le he dado todos los besos y abrazos que he podido a mi madre y con sus manos me ha cogido la cara y, mirándome con unos ojos que empiezan a estar más opacos de lo normal, me ha dicho:
—Te quiero, trocito.
Nunca hubiese pensado que tres palabras pudieran hacerte tan feliz y al mismo tiempo llenarte de una tristeza tan infinita como un abismo.
Se acaba de encender la luz de aviso para ponerse los cinturones y comenzar el descenso.
Aunque el equipaje es el mismo, vuelvo mucho más vacía que la primera vez que llegué a Madrid.
Hoy me siento un poco más sola, como si la pérdida de memoria de mi madre conllevara perder parte de mi historia, de mi vida entera, como si ya no tuviese un lugar seguro al que volver, donde, aunque juzgada, siempre estaría protegida.
Al menos tengo claro cómo llenar ese hueco.
Aunque sea de manera temporal, servirá para calmar el dolor.
No pienso parar hasta dar con la persona que me ha robado los últimos días de mi madre.
Acaba de convertirse en algo personal. Si quiere mensajes divinos yo seré su Némesis, alguien tiene que recordarle que los humanos no pueden jugar a ser dioses.
Aterrizamos.