CAMINO
Hoy no suena el teléfono, solo el despertador, a las siete de la mañana.
Creo que he dormido poco más de tres horas, pero sin duda ha valido la pena.
Miro a Diego, que sigue durmiendo, y como un carrusel mi recuerdo se llena de imágenes de anoche.
La cena fue divertida, nos reímos muchísimo y me permitió ver al hombre detrás del cargo, alguien payaso, tierno e inteligente, y yo también pude ser tal y como soy, sin máscaras.
En la sobremesa llegaron las confesiones, cada uno contó cómo había vivido ser padre y ser madre, cómo habíamos transitado el darnos cuenta de que ya no estábamos con quien queríamos estar y cómo, cada uno a su manera, estamos en el camino de descubrir quién somos realmente, pero, sobre todo,
quién queremos ser.
Desnudamos nuestras almas y luego desnudamos nuestros cuerpos.
No tengo palabras para describir todo lo que sentí anoche.
Nunca había tenido el deseo de ser capaz de fundirme con una persona hasta llegar a convertirnos en uno solo, olvidándome de todo lo que no fuese su piel, su boca, sus manos.
Mirar a una persona a los ojos en un acto tan íntimo y notar la necesidad de caerte dentro de su mirada.
Mientras yo rememoro todas esas sensaciones, Diego empieza a despertarse y se me ocurre que quizás pueda crear algún recuerdo más, así que le ayudo a salir de los brazos de Morfeo haciéndole caer en los míos.
Creo que le parece una gran idea porque, al segundo beso, las sábanas empiezan a volar.
A regañadientes, porque podría tirarme en esa cama una semana, a las ocho y media me voy a la ducha.
Oigo como le suena el teléfono, pero no puedo escuchar la conversación.
Cuando salgo, espero cualquier cosa de esa llamada, pero no hay crispación en su rostro.
—Me acaban de llamar. Han empezado los veinticuatro registros. En los pisos alquilados y en sus domicilios.
—Uff, menos mal, ya creía que nos iba a girar la tuerca y nos iba a dejar ocho muertos más.
—¿Ocho?
—Sí, sería el siguiente número de la secuencia, pero estoy con Elena en que creo que ha acabado de entregar al mensaje. Ahora nos falta entenderlo.
—Pues tendremos que ir a trabajar. —Me mira y me atrae hacia sus brazos—. ¿Sabes que estás muy sexi recién salida de la ducha?
—¿No me digas? Deberías haberte duchado conmigo. Sin toalla y con espuma lo estoy más.
—Eso ha sido cruel, inspectora. —Empieza a besarme el cuello y a mí se me cae la toalla—. ¿Crees que nos da tiempo?
—Ojalá. Pero el jefe no puede llegar tarde. —Con el mayor de los pesares le doy un beso rápido y me separo de él para vestirme, mientras él se mete en la ducha.
Me fascina que un hombre se duche y esté listo en menos de cinco minutos.
Yo nunca lo he conseguido en menos de diez, y eso contando que no tengo el pelo muy largo y que tenga que hacerlo rápido por necesidad.
He sido precavida y llevo ropa de recambio.
Ya va a ser un cantazo si nos ven aparecer juntos, pero si encima llevo la misma ropa que ayer es como ponerme un cartel de dónde he estado toda la noche.
Cuando entramos en las oficinas agrandamos un poco nuestra distancia vital y nos encontramos con todos, que ya están esperando.
Por un momento pienso en poner alguna excusa, pero aquí, menos Olga y Soto, los demás tienen mucho que callar, así que me las ahorro.
—Buenos días, señores y señoras. Me acaban de comunicar que ya han empezado con los registros de los pisos y casas, así que por el momento nos toca esperar a ver qué encuentran. ¿Y Elena?
—Ya sabes que la puntualidad no es lo suyo, Diego.
—Lo sé, Soto. A ver si la adquiere con los años. Voy a por café y vemos qué podemos ir haciendo.
Cuando Diego se va al office, Jimena se acerca a mi lado y discretamente me aparta un poco del grupo.
—¿En serio no piensas contarme nada?
—Nada de qué, Jimena, si te veo menos aquí que en Barcelona.
—Pues no sé, por ejemplo, dónde has pasado la noche, o las noches.
—¿Dónde las has pasado tú?
—Ya lo sabes. —Y mira a Ali de reojo.
—Tú también lo sabes.
—¡Te lo estás tirando! —Menos mal que ha gritado susurrando.
—Qué borrica eres, hija. Digamos que estoy conociendo Madrid.
—Pues te lo tiene que estar enseñando de puta madre, porque tienes una cara de felicidad… —Me da uno de sus abrazos—. Me alegro mucho de verte contenta.
—Como yo a ti, no se te ve nada mal.
—Creo que tengo un problema. —Se pone seria.
—Tienes dos, pero ¿cuál crees tú que es?
—Que estoy sintiendo algo por ella. No sé muy bien qué, pero cuando estamos juntas no tengo ganas de salir corriendo o irme a mi casa al acabar.
—Eso no es un problema, amiga. Solo necesitas tiempo y ya se verá. Nunca has sido cobarde, no lo seas ahora.
—Entendido. ¿Y el otro problema que tengo?
—¿Tú por qué le dices mi nombre completo a Olga? El otro día cuando me llamó Elisheba me dieron ganas de estrangularla, a ella y a ti.
—¿Yo? Yo no he dicho nada. Habrá sido alguien de su equipo o lo habrá visto en los papeles. Sabía quién era yo, así que deben salir todos los nombres. ¿Has pensado en cambiártelo?
—Muchas veces, pero si lo hago mi madre dejará de hablarme el resto de su vida. Por cierto, tengo cotilleo.
—Suelta.
—El otro día pillé a Anita en la habitación de Durán.
—Joder con la capital. Estamos todos desatados. —Nos da la risa tonta, pero la cortamos rápido al ver que vuelve Diego.
—Parece que Elena ha acertado de pleno. Me acaban de llamar de científica y de momento han encontrado restos de sangre en dos de los pisos alquilados. Ya me han dicho que no va a ser fácil porque se encargaron de dejarlos ultralimpios.
—¿Cómo de limpios? Una de las compras que encontró Elena fueron plásticos de pintor. Si forraron el suelo y los muebles con eso y, teniendo en cuenta que el arma que utilizaron apenas debió dejar salpicaduras, ¿dónde han encontrado los restos de sangre?
—Buena observación, Jimena. ¿Quieres dejar la medicina forense y venirte con nosotros?
—Deja, deja. Me llevo mejor con los muertos que con los asesinos.
—Todos los propietarios de las casas y los pisos alquilados han comentado dos detalles idénticos.
Lo primero, que cuando llamaron para alquilar las viviendas insistieron mucho en que estuviesen como en las descripciones, haciendo hincapié en que tuvieran bañera y aire acondicionado en perfecto funcionamiento.
Lo de la bañera no les pareció destacable, pero a todos les pareció raro que insistieran tanto con el aire, teniendo en cuenta que era finales de noviembre.
Lo segundo es que nunca les habían devuelto las propiedades más limpias de lo que estaban.
Todos han mencionado que olía fuertemente a lejía, pero, como todo estaba perfecto, no le dieron mayor importancia.
Los restos de sangre se han encontrado en ambos casos en los desagües de la bañera.
—Ahí está de nuevo.
—¿El qué, Eba?
—El qué no, el quién, la mano diabólica detrás de todo.
Ninguno de los sospechosos tenía conocimientos para montar todo esto.
Les dio instrucciones precisas haciéndoles creer que no quedaría rastro alguno.
La lejía puede llegar a degradar tanto la sangre que solo permita identificar el grupo, pero no el ADN, y además les hizo plastificar la casa para darles la falsa seguridad de que no encontraríamos nada que pudiese llevarnos hasta ellos.
Pero ninguno tuvo la idea de que el agua sola no se llevaría los restos, no desmontaron desagües ni echaron lejía.
En esas muestras encontraremos el ADN de cada una de las víctimas y el pago del alquiler nos llevará a su asesino.
Desde el principio su plan ha sido sacrificarlos en busca de lo que mierda sea que quiere conseguir.
—¿Y cómo vamos a encontrar a quien está detrás? Es un espectro, no tenemos ni idea de quién, ni cómo, ni por qué.
—Siento decir que no lo sé. Creo que no se han acabado las sorpresas. Lo que más me jode es que somos unos peleles en sus manos descubriendo solo lo que quiere y cuando quiere.
—Y ¿si no existe?
—Existe, Soto, estoy segura. Nadie planea doce asesinatos con tal nivel de meticulosidad y conocimientos para que después sea tan fácil ponerles una diana en la frente a cada uno.
Solo se me ocurre que encontrarlos sea nuestra única opción.
Quizás alguno de ellos tiene información de su maestro.
Esa tiene que ser nuestra prioridad porque, al menos yo, sigo sin ver cuál es el mensaje divino en todo esto, más que el de la justicia del ojo por ojo.
Es tal su nivel de inteligencia y maldad que nos ha hecho dudar a todos en algún momento sobre si lo merecían o no.
Ni siquiera nos hemos planteado que el sistema no fallara en todos los casos, que alguno de ellos fuese realmente inocente.
Nos hemos tragado su historia y hemos llegado a ver justicia en crímenes que van en contra de todo lo que defendemos.
Si ha conseguido eso con nosotros qué no habrá hecho con doce personas llenas de dolor y deseo de venganza.
—Es cierto —dice Ali—, a mí me ha pasado.
Todos asienten. Hay una maestría en su nivel de manipulación que no hubiese creído posible en un ser humano.
Su historia quizás es la más terrible de todas, porque hace falta mucha rabia, dolor, sufrimiento, para urdir algo así.
Lo malo es que no se cuál es y vuelvo a tener la sensación de que algo me grita en el pecho, que en realidad tengo todas las piezas del puzle, pero no soy capaz de ver la imagen.
En ese momento suena mi teléfono. Es Sergio. Qué raro. Me aparto un poco y contesto.
—Hola, Sergio, ¿qué pasa? ¿Todo bien?
—Hola, Eba. Siento tener que llamarte. Pero ha pasado algo.
—¿Los niños están bien?
—Sí, sí, tranquila. Están bien. Es tu madre, Eba. Ha sufrido un ictus. —Mi corazón deja de bombear unos segundos—. Está bien, la han estabilizado, su vida no corre peligro, pero es necesario que vengas, urgentemente.
—¿Qué más pasa, Sergio?
—El ictus ha provocado una aceleración brutal de un Alzheimer que suponen llevaba tiempo desarrollando. Habla y nos reconoce, pero no es ella. Al menos, no la que yo conozco y, según los médicos, no creen que vuelva a recordar cómo caminar. Tienes que venir. Lo siento muchísimo, Eba.
—Cojo el primer avión. Te aviso para que me recojas.
—Por supuesto.
Cuelgo el teléfono y me sujeto al borde de la mesa más cercana.
Noto como todo gira a mi alrededor, pero yo no me muevo.
Mi madre, ese carácter, esa mujer de genio y figura, capaz de enfrentarse a todo amparada por su fe, postrada en una cama el resto de su vida, necesitando que alguien le dé de comer o le tenga que cambiar un pañal.
No tengo duda alguna de que si pudiese elegir, preferiría morir; ella tiene a Dios y su creencia de que la muerte no es el final.
Lo que está claro es que algo así no es vida.
Pero no puede elegir. En realidad, nadie lo hace, solo debemos entender por qué escogimos un camino u otro, porque la elección en sí es solo una ilusión de que tenemos el control de nuestra existencia.
La vida es esto, algo que lo cambia todo en un solo segundo y solo nos queda aprender qué hacemos con lo que nos acaba de ocurrir.
Por desgracia, yo no tengo ni idea de cómo lo voy a hacer.