CAMINO
La joven y pizpireta Elena acaba de dejarnos a todos con la boca abierta.
—Lo he pasado todo a esta pantalla. —Se sienta y empieza a teclear códigos que solo ella entiende—. ¿Os lo enseño?
—Soy consciente de lo buena que eres, Elenita, pero ¿en serio me estás diciendo que has resuelto el caso en horas? —Diego no da crédito—. Llevamos días sin saber por dónde tirar.
—Yo no he dicho que haya resuelto el caso. De hecho, no estoy ni cerca de hacerlo. Me encantaría deciros que soy la mejor del mundo y darle una buena capa de barniz a mi ego, pero la verdad es que solo he encontrado lo que querían que encontrara.
—Explícanos eso, por favor.
—En ningún momento han tratado de borrar su rastro, de hecho, desde hace un mes todo se ha pagado con tarjeta. No se trataba de que no los encontrarais, solo de que no lo hicierais antes de haber acabado. Solo era cuestión de ganar tiempo.
—¿Crees que han acabado?
—Yo apostaría a que sí. No podíais unir los puntos porque os faltaban datos. Cuando hemos tenido todos los sospechosos, en especial los más evidentes, ha sido sencillo; demasiado, diría yo.
—¿Demasiado? Supones entonces que querían ser encontrados.
—Lo mío no son los perfiles, pero lo que sí sé es que para seguirles los pasos no os hacía falta un gran hacker; órdenes, quizás, que hubiesen ralentizado el hallazgo, pero cualquiera con un mínimo de conocimiento como el mío os hubiese dado todas las respuestas.
Aquí tenéis la lista de quién va con quién.
Cada uno alquiló un piso turístico durante un mes cerca de la zona donde vivían las víctimas.
Si mandáis equipos de la científica, seguro que, por bien que lo hicieran, algo encuentran.
—Pásamelos, por favor. Voy a pedir las órdenes ahora mismo. —Elena le pasa la lista a Diego.
—Por lo que se refiere al reparto, nadie se encargó de quien le tocaba, es decir, ninguno estaba cerca de la víctima de la que resultaría sospechoso.
—Entonces ibas bien con lo del tren, jefa.
—Parece que sí. ¿Cómo lo repartieron?
—Vale, esto es un poco lío, así que voy a intentar que quede claro a la primera. Toni Castro, hijo de Virtudes Martorell, se cargó al pederasta de Igualada. Beatriz Montes, sobrina del pederasta, hizo lo propio con Virtudes, la prostituta.
—Intercambio.
—Exacto. En los dos casos de Madrid, igual, uno se encargó del del otro, el narco y el estafador.
—Vale.
—Luego se complica un poco más porque son más cadáveres. El padre de la chica violada en Córdoba se ocupó del niñato que atropelló a la niña en Valencia; la madre de esta se hizo cargo de la mujer que envenenó a su bebé en Galicia; y el padre del bebé mató al violador de Córdoba.
—Qué follón.
—Pues espérate, Durán, que ahora vienen los cinco últimos.
El chaval que sobrevivió al accidente de coche con sus padres es el ejecutor del exorcista de Albacete.
El hermano de la mujer quemada viva por su marido se encargó de la autora del volantazo de Ciudad Real.
El viudo de la mujer que murió por apendicitis liquidó al que asesinó a su mujer en el crematorio familiar en Teruel.
El padre del niño envenenado por su madre con las setas se encargó del médico en Cádiz y, por último, la madre de la chica que se suicidó por los exorcismos del padre mató a la de la sopa de setas en León.
—Imagino que durante ese mes los siguieron, observaron sus hábitos para saber de dónde podían llevárselos y lo prepararon todo, ¿no?
—Supongo, y además hicieron muchas compras, todas por internet, para que no tuviésemos que esforzarnos mucho en saber qué compraron.
Cada uno recibió su silla de ruedas, plásticos de pintor y mantas eléctricas de frío.
El tal Toni fue el que compró las doce pistolas de bala cautiva y el superviviente del accidente de coche, Mateo Arganza, tiene una empresa para la que alquiló doce vehículos, cada uno entregado en el piso de alquiler correspondiente.
—Hay algo que no entiendo. Si ha resultado tan fácil seguirles la pista, ¿para qué tanto rollo? Quiero decir, lo de intercambiarse los crímenes y retrasar el hallazgo de los cuerpos.
—Porque no se trataba de que no los encontráramos, sino de que lo hiciéramos cuando quien esté detrás de todo esto quisiera.
Los primeros crímenes, los de Barcelona, no tenían un sospechoso claro, tuvimos que buscar, porque no eran delitos por los que estuviesen fichados.
Con los de Madrid, la lista era muy grande, así que hubo que hacer criba.
Y luego llegó la lluvia de cadáveres en dos días.
Fueron los últimos los que nos hicieron buscar en los primeros.
—Exactamente, Eba. De hecho, ahí llega el «casi» que he dicho al principio. Ahora sabemos quiénes son, dónde lo hicieron y cómo, pero no tenemos ni idea de dónde están. El rastro de todos desaparece el día veinticinco.
—Está jugando con nosotros desde el principio.
Nos ha dado tantos árboles que no podíamos ver el bosque.
Lo que no tengo claro es si ellos saben que quien sea nos los ha servido en bandeja de plata.
Doce personas no pueden pasar desapercibidas mucho tiempo.
Has dicho que sabías también cómo lo habían organizado.
—Sí, al menos, cómo se conocieron. Hace unos tres años, el tal Toni Castro abrió una cuenta en Instagram.
Hay bastantes vídeos públicos que podéis ver sin problema.
Son básicamente un montón de humo donde habla del dolor, de no poder superar el duelo, de lo injusto que es el mundo en el que vivimos; y luego lo sazona todo con un toque conspiracionista de que las grandes élites nos quieren a todos jodidos.
Ahí llega la parte importante: dice que él ha encontrado el camino a la salvación y a la liberación del alma.
Por una cantidad casi simbólica, diez euros al mes, te ofrece formar parte de su mentoría donde te enseñará las claves para que tú también puedas recuperar tu equilibrio interior y la paz de tu espíritu.
Os aseguro que en estas redes la lista de iluminados que tienen las claves para cambiar tu vida es interminable, y está claro que solo era un método para captar y cribar, porque este tipo de cosas suelen costar muchísimo más, básicamente porque el objetivo no es cambiar tu vida, sino la suya,
haciendo dinero a tu costa.
—¿Y la gente pica en estas cosas?
—Uff, ni te lo imaginas, Durán. Estamos en una sociedad que está muy sola, más conectada que nunca, pero desconectada de lo esencial.
Nadie tiene tiempo para lo importante: la mayoría de las metas son materiales y cuando se consiguen dejan un vacío mayor que el que había.
Tenemos móviles que nos lo dicen todo: cómo llegar a un sitio, cómo hacer la comida, cómo criar a tus hijos…
; pero ninguno te enseña a buscar el auténtico significado de tu vida, así que tenemos un manual de instrucciones para todo en la palma de la mano, para todo menos para vivir en coherencia con quienes somos, porque no tenemos ni idea ni tiempo para parar a descubrirlo.
Hasta las sectas han sabido adaptarse, ahora no hace falta ni meter a Dios en la ecuación, basta con que alguien sepa lo suficiente de marketing digital y cuatro nociones de psicología básica para hacerse con un grupo de gente desesperada por ser feliz.
Personas que pagan miles de euros para que el gurú de turno les diga que su problema es que no saben manifestar, que deben levantarse a las cinco de la mañana y darse duchas frías y alejarse de todo lo energéticamente tóxico.
La gran pandemia de este siglo es la soledad y la desconexión de nosotros mismos.
No hacen falta más maestros con respuestas, hace falta valor para parar, mirar dentro y encontrar la verdad donde siempre ha estado: en el interior de cada uno.
—Joder, Jimena. Me he emocionado y todo. Si montas una secta me apunto.
—Yo también, pero sigo, que nos vamos del tema. Fueron muchas las visualizaciones de los vídeos, pero personas que pagaran la mentoría fueron ciento treinta y seis, entre ellos, por supuesto, los doce sospechosos.
—Como me digas que tenemos ciento treinta y seis asesinos me cojo la baja, pero ya.
—Si dejáis de interrumpirme, acabo la historia.
—Elena se ha puesto firme, pero sigue sonriendo—.
Hace más o menos un año se cierra esa página, al igual que los perfiles de redes sociales, pero solo los de esos doce, por eso creo que durante los dos primeros años estuvo eligiendo a los candidatos perfectos y una vez seleccionados pasaron a comunicarse de otra forma.
Lo cual supone un pequeño problema. Creo que pasaron a hablar a través de la deep web y eso es un pozo sin fondo de la depravación humana.
Si en los registros encontráis sus ordenadores quizás pueda hacer algo, pero no prometo nada.
—Mañana se registrarán los pisos alquilados y los domicilios de cada uno. —Diego ha conseguido las órdenes—. Si los encontramos son todos tuyos.
—Genial. Bucear en lo peor de la gente es una de mis especialidades.
—Yo tengo un par de dudas. —Otra vez noto el zumbido—. Me da que estamos comprando el paquete envuelto para regalo. Elena, ¿has encontrado información de la vida de Toni Castro?
—Así, por encima, no ha cotizado en su vida y no constan estudios ni acabados ni cursados, es un poco fantasma, en realidad.
—Pero, según lo que tenemos hasta ahora, nos tenemos que creer que este tío es el autor intelectual de todo. No me lo trago. Además, están los números.
—¿Qué números?
—Desde el principio todo esto ha tenido elementos religiosos. No puede ser casualidad que sean doce, nada es casualidad con este tarado.
—¿Te refieres a los doce apóstoles?
—Exacto, Soto, y si ellos son los apóstoles nos sigue faltando el mesías.
—Pues como no dé las órdenes a través del Espíritu Santo no hay ni rastro de otra persona implicada.
—Sigo creyendo que Toni Castro es la clave de todo.
Si es la cara visible alguien le ha tenido que dictar el discurso, alguien que no pensaba salir en la foto desde que lo planeó.
Es imposible que un tío que fue criado por una mujer casi analfabeta, que nunca pisó un colegio y que ha crecido en la calle, haya adquirido semejantes conocimientos médicos, matemáticos e informáticos.
Lo de la manipulación te lo compro, porque aprendió a sobrevivir así, pero lo demás ni de coña.
Y luego está la secuencia. No puede ser casual. Fueron entregados así por algo.
—Me he perdido, jefa.
—Si querían ganar tiempo, ¿por qué no de dos en dos?, ¿o de tres en tres? No, es una secuencia. «1, 1, 2, 3, 5», pero no consigo entenderla.
—Para eso está San Google. —Elena teclea los números—. ¿Os dice algo Fibonacci?
En este momento, como si hubiese tenido la mayor revelación de mi vida, los números cobran todo el sentido. Lo he tenido delante todo el tiempo, pero no entendía su importancia.
—Me suena que es una secuencia matemática, ¿no?
—Olga, si también sabes de matemáticas, tendré que pedir que te suban el sueldo.
—Uy, qué va, Diego. Las llevo fatal, no son mi fuerte. Me suena de habérselo oído a mi padre, a él se le daban bien, era de ajedrez y sudokus, pero no me acuerdo bien de qué es.
—Eba, tú sí pareces saber de qué va. ¿Nos lo explicas?
—Fibonacci fue un matemático que trajo a Europa los números indoarábigos, vamos, del cero al nueve, demostrando que su uso era mucho más sencillo que los números romanos.
Aunque en un principio no fue aceptado con agrado, acabaron desterrando el antiguo sistema de cálculo y se convirtieron en el sistema que todos conocemos.
En lo que nos concierne, intentando predecir matemáticamente cuántos conejos habría en un tiempo determinado, partiendo de una pareja de ellos, descubrió algo por lo que pasó a la historia: la secuencia de Fibonacci, que parte de cero,
uno y a partir de ahí se suman los dos últimos para obtener el siguiente.
Es decir: cero más uno, uno; uno más uno, dos; dos más uno, tres; tres más dos, cinco; y así hasta el infinito.
Esa es la secuencia que nos entregaron: uno, uno, dos, tres, cinco.
El gran descubrimiento fue que esa proporción está por todas partes en la naturaleza, en el cuerpo humano, en el universo.
Esta secuencia es, además, la base matemática del número phi o número áureo: el 1,61803.
Si divides cualquier número de la secuencia Fibonacci a partir del cinco, el resultado es siempre alrededor de 1,6.
A este número también se le conoce como número de oro, por lo que acabó siendo la secuencia dorada.
Más o menos en 1500 se publicó un libro de un matemático y teólogo italiano, Luca Pacioli, llamado La divina proporción, que da un montón de razones de por qué este número es divino y representa la absoluta perfección del creador.
Desde ahí siempre ha habido una especie de fascinación porque, efectivamente, la proporción áurea se encuentra hasta en el ADN, en los pétalos de una rosa, en las órbitas de los planetas o en la creación de una borrasca.
En conclusión, se considera la secuencia de Dios.
—Quién quiere internet teniéndote a ti, jefa.
—No es eso, es que es un tema que siempre me ha parecido muy interesante y he leído mucho sobre él, pero el ritmo de los acontecimientos no me permitía ver lo más obvio. Quien sea nos trae el mensaje de Dios en su forma más perfecta.
—Me sumo a tu idea de que el tal Toni no puede haber leído sobre el tostón que acabas de soltar. —Ali ya ha perdido los filtros—. Es imposible que haya montado él solito todo esto.
—Está claro que necesitamos mucha más información de este hombre.
—Diego retoma el mando—. Espero que mañana podamos encontrar cosas útiles en los registros y con suerte quizás nos lleven hasta donde están escondidos, pero por hoy no podemos hacer más.
Así que todo el mundo a descansar. Mañana, a menos que nos den otra sorpresa, todo el mundo aquí a las nueve.
Todo el mundo va saliendo y Diego se acerca hasta donde estoy. Espera a que no haya nadie y me pregunta:
—¿Te recojo en tu hotel a las ocho para cenar?
—Hecho.
Me sonríe, me guiña un ojo y también sale.
Yo me quedo unos minutos más en la sala.
Cada vez que acabamos una reunión tengo la misma sensación, ese zumbido, como una vibración en el pecho que me dice que no estoy viendo lo evidente.
Por un momento, al entender por qué habían dejado así los cuerpos, he pensado que desaparecería, pero ahí sigue.
Me viene a la mente la imagen de un árbol de Navidad, le han puesto tantos adornos, luces y espumillón que no se puede ver el palo que lo sujeta todo.
Tengo el extraño presentimiento de que cuando quitemos todo lo que lo engalana y nos distrae, el palo nos va a dar en la cara.