Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

Después de conectar toda la ingeniería que necesita Elena para trabajar, Ali le ha pasado la lista de los que necesitamos encontrar.

Como si fuese Mozart a punto de empezar a tocar al piano su mejor sinfonía, la veo mover y estirar los dedos, colocarse unos auriculares y pedir que cierren la puerta.

Mientras ella obra el ansiado milagro y las forenses acaban las autopsias, el resto nos quedamos a la espera.

Soto dice que va a aprovechar y comerá con su novia, Ali ve la oportunidad y le pide permiso al jefe para ir un rato a casa —debe haber dormido poco, como casi todos esta noche, debe ser la luna—.

Durán y Anita están en una mesa del fondo, con un café y hablando.

Diego se acerca hasta donde estoy y se apoya a mi lado en la mesa.

Nos quedamos los dos mirando hacia delante como si estuviésemos viendo una peli.

—Están liados, ¿verdad? —me pregunta mirando a mis chicos.

—Si me lo hubieses preguntado hace una semana te hubiese dicho que ni de coña, de hecho, siempre me había parecido que se caían como el culo.

Ahora no sé qué decirte, el otro día fui a avisar a Durán a su habitación y me abrió ella, así que no lo sé.

Con toda esta locura tampoco he tenido oportunidad de indagar.

Será el aire de Madrid. —Nos miramos un momento que dice muchas cosas, pero Diego desvía la mirada.

—Pensaba que erais muy amigos. Desde que llegasteis os he visto muy unidos.

—Jimena y yo sí lo somos, muchísimo, es como mi hermana. Con Durán me unen muchos años trabajando juntos y nos tenemos confianza y cariño. Anita es mucho más formal, lleva el reglamento grabado en el ADN y aún no he conseguido ni que me hable de tú. ¿Y vosotros?

—Nosotros, la verdad, es que hemos construido una pequeña y rara familia.

Menos Soto, que tiene a su chica y a sus padres cerca, los demás estamos un poco más solos en nuestra vida personal, así que quedamos bastante.

Estas Navidades están siendo atípicas por todo lo que está pasando, pero, si no, solemos juntarnos.

Olga nos hace un poco de mamá a todos y supongo que eso me deja a mí el papel de papá y hermano mayor.

Este año solo nos pudimos juntar después de la cena de Nochebuena.

Ali y yo cenamos juntos porque a Isaac, mi hijo, le tocaba con su madre, y luego se nos unió Soto con su chica.

—¿Olga no estuvo?

—No, tiene familia en Valencia, una prima. Un año vienen ellos y otro va ella. Pero hicimos una videollamada de más de media hora, nos presentó a toda la familia, uno por uno, lo que habían cenado, lo que tenían de postre… Vamos, ya sabes cómo es, pues imagínatela achispadilla por el cava.

—Me hago una idea. —Recuerdo su efusividad el día que nos conocimos y me da la risa—. Es como Jimena, toda positividad y alegría, como si compensaran la tristeza de su profesión.

—Sí, yo también lo creo.

Se hace un silencio. Ya no nos queda nadie del equipo de quien hablar. Solo nosotros.

—Que conste que no se me ha olvidado la conversación de esta mañana, pero no me ha quedado claro si fuera del horario laboral existe la posibilidad de volver a ser dos adultos que se lo pasan bien.

—Si te digo que no me gustaría, te estaría mintiendo, pero tenemos que ser conscientes de que en unos días me voy a ir.

Me preocupa que, aparte de pasarlo bien, acabemos sintiendo algo, por tu parte, por la mía o por la de los dos.

Sea como sea, tiene una fecha de caducidad muy corta, Diego.

Ni quiero pasarlo mal ni hacérselo pasar mal a nadie.

—Puede ser, pero la vida solo es ahora. Prefiero arriesgarme a pasarlo mal que perder la oportunidad de disfrutar esto, se llame como se llame y dure lo que dure.

Soy de los que creen que una semana puede hacer que valga la pena toda una vida, incluso un día.

Hay quien vive toda su existencia sin llegar siquiera a rozar algo así.

Sus palabras remueven dentro de mí ese deseo de vivir que se despertó hace unos días, y vuelvo a pensar en todo eso que no hacemos y dejamos para más adelante.

Tiene razón y yo estoy permitiéndole a mi mente volver a dirigir lo que debo o no sentir.

Sé que está destinado a acabar antes de haber empezado, pero no me quiero perder el camino.

—Que nos quiten lo bailao, ¿no?

—Sí, pero bailemos… ¿Te apetece cenar esta noche en mi casa? En otra ocasión te ofrecería cocinar para ti, pero, viendo cómo va la cosa, cogemos comida de donde más te apetezca.

—Hecho. Pero eliges tú, yo, si tiro de GPS, puedo escoger muy mal.

—Tengo el sitio perfecto. —Suena la llamada entrante de la zona de autopsias—. Luego te cuento.

Entramos a la sala y conectamos con ellas. Ya han acabado y Diego les ofrece que vengan al edificio para ponernos al día y así también les da tiempo de llegar a Soto y a Ali. Elena sigue con su sonata de teclado y ratón, pero la veo quitarse los auriculares y venir hacia nosotros.

—Chicos, tengo un problema.

—Si es solo uno, Elenita…; nosotros tenemos doce. ¿Qué te pasa?

—Pues que no puedo rastrear a un fantasma. Necesito algo del tal Toni, como mínimo, un apellido.

—Eso va a ser complicado de conseguir porque, hasta donde sabemos, nunca lo tuvo, así que seguramente de adulto pudo escoger cualquiera.

—Cualquiera quizás no, Durán. —¿Sigues teniendo el teléfono de Mariana?

—Sí, jefa.

—Llámala y pregúntale sus apellidos. Esa mujer fue lo más parecido que tuvo a una madre y la carta de despedida que le dejó mostraba amor y agradecimiento hacia ella.

—Ahora mismo.

—En cuanto sepamos algo te lo decimos, Elena.

—Gracias, Eba.

—Con los demás, ¿cómo lo llevas?

—Bien, Dieguito. —Parecen un padre y su hija picándose entre sí—. Pero un artista no muestra el cuadro hasta que está terminado, y ese tío me lo está complicando.

—Respetaremos a la artista —intervengo. Durán cuelga y entra—. ¿Lo tienes?

—Mariana González Castro.

—Genial, probaré con eso. Os cuento en cuanto tenga toda la información.

Se gira y vuelve a su cueva tecnológica.

—Menos mal que a Mariana no le cuesta hablar. ¿Te he dicho que me va llamando para saber si tenemos algo nuevo?

—No, pero tampoco me extraña. Creo que siempre se sintió culpable por no poder hacer más por aquel niño, supongo que, a su manera, necesita ayudar como pueda.

—Sí, siempre me dice que si se acuerda de algo más me llamará. Creo que la mujer me ha cogido cariño y le gusta hablar conmigo. Es curioso que alguien que se gana la vida castigando tenga tanto amor y bondad dentro.

—Los seres humanos somos una gran incoherencia. Algunos son más obvios y otros no. Pero pocas personas piensan, sienten y actúan de una forma completamente alineada.

En ese momento entran Jimena y Olga y, unos segundos después, Soto y Ali.

—Bien, señores, ya estamos todos. Olga, Jimena, el público os reclama.

—Estás de buen humor, Diego. Con la que tenemos encima. Ya me contarás a qué se debe.

—Olga, no seas mamá pata, anda. O me lo tomo así o presento mi carta de dimisión. ¿Nos contáis?

—Gracias a los informes que nos ha hecho llegar Ali, podemos ver que cada uno ha sido ajusticiado según su supuesto crimen.

—Jimena le sonríe—. Pasamos rápido por lo que sabemos y se repite: mismo disparo, misma arma, misma combinación de drogas y misma hora y día de la muerte.

Me voy a comprar yo una manta de esas como la que tiene la perrita de Olga para el verano, porque con la conservación ha hecho maravillas.

—Olga se ríe y Jimena continúa su explicación—.

Primera víctima analizada, la mujer encontrada en Ciudad Real, supuesta culpable del accidente de coche.

Además de lo ya mencionado, le estamparon un cristal contra la cara, le dieron un golpe a la altura del esternón y le partieron las muñecas.

—Mucho ensañamiento, ¿no?

—Viendo lo que viene después, no tanto, Ali.

Pero lo importante: Olga buscó la autopsia de la madre que murió en el accidente y eran las mismas lesiones.

Se golpeó la cara con el parabrisas, se le clavó el cinturón a la altura del esternón y se le partieron las muñecas al recibir el golpe sujetando firmemente el volante.

—Está claro. ¿Siguiente?

—Este os lo explico yo, nos vamos turnando para no acabar sin saliva. —Olga pasa al siguiente informe—. La víctima de Teruel, supuesto asesino de su mujer. Todo igual con el añadido de que le quemaron todo el cuerpo con un soplete.

—¿Todo?

—Todo, Durán, menos la cara. Lo que sufrió ese hombre no está escrito. Si no le hubiesen pegado el tiro de gracia, tampoco creo que hubiese sobrevivido a la infección. Te toca, Jimena.

—Tercera víctima, el médico encontrado en Cádiz.

Aquí volvemos a tener una demostración de los exquisitos conocimientos de anatomía.

No sé si habéis visto alguna vez un apéndice, pero tiene un tamaño ridículo.

Se sitúa justo después del ciego, que es la parte baja del intestino grueso.

La cuestión: tiene un largo de entre diez a veinte centímetros, pero un grosor que no excede de los seis milímetros.

Clavar ahí un punzón parece más difícil que que toque la lotería y, sin embargo, es justo lo que le hicieron, asegurándose, además, de que no se le ocurriera morirse antes de tiempo, porque lo retiraron post mortem. Un trabajo de ingeniería médica.

—Eso no ocurre por casualidad.

—Ni de coña, Eba. Empiezo a pensar que estamos persiguiendo a una secta de médicos y no de medicina general, sino especialistas y cirujanos.

—Eso o alguien se ha encargado de enseñarles muy bien lo que tenían que hacer, porque todos muestran una atención al detalle matemática.

Sigo yo con el siguiente, compañera. —Jimena asiente y Olga explica—: Cuarta víctima, la envenenadora de las setas hallada en León.

A esta señora le dieron de desayunar un batido bien aderezado de Entoloma sinuatum, una seta muy tóxica, pero no mortal.

Contiene vinilglicina, una toxina que a las seis horas de ser ingerida provoca unos dolores abdominales terribles, amén de vómitos, sudor frío, temblores y dolor de cabeza.

De todas las setas posibles, escogieron la que provoca los mismos síntomas que padeció su hijo, pero que no es mortal, y por la cantidad encontrada el sufrimiento debió ser horroroso.

—Creo que no volveré a comer champiñones ni rovellons.

—Tranquilo, Durán. Esos son de los buenos y, además, los que compras están cultivados, no recolectados.

—Perdón. —Ali levanta la mano—. ¿Qué son rovellons?

—Aquí los llamamos níscalos.

—Olga, no me digas que entre todas tus virtudes también está hablar catalán.

—No mucho. —Olga se ríe—. Pero recuerda que tengo familia en Valencia, algo aprendes siempre.

—Acabo con la quinta, el amigo de los exorcismos encontrado en Albacete. Le provocaron la asfixia tres veces y las tres fue reanimado con un DEA, un desfibrilador. Para hacerlo utilizaron un rosario que creyeron oportuno dejarle puesto en el cuello.

—Se la jugaron demasiado, ¿no? Podrían no haber conseguido reanimarlo.

—Tienes razón, Anita. Era una posibilidad, pero creo que, como todo lo demás, estaba muy bien calculado.

En un caso de ahogamiento, primero falla la respiración, pero el corazón sique latiendo un poco más.

Quitando el motivo de la asfixia, las posibilidades de no reanimarlo eran pocas.

Esto es todo por hoy, mañana quién sabe.

—No llames al mal tiempo, Jimena. Señores, ¿alguien quiere comentar algo?

Diego nos mira, uno por uno, pero todos estamos en el proceso de asimilar la capacidad del ser humano de hacer daño.

Mis valores éticos se tambalean al cruzarse en mi mente un pensamiento intrusivo: que recibieron lo que se merecían.

Me tengo que recordar a mí misma que nadie puede decidir quién vive y quién muere, que soy una firme detractora de la pena de muerte porque el jurado es humano y los humanos se equivocan y mueren inocentes, que creo en el sistema judicial, aunque no sea perfecto.

Tengo que obligarme a repetirme que no estoy de acuerdo para no caer en la trampa.

Mientras lo hago vuelvo a sentir ese zumbido en mi cabeza, mi inconsciente trata desesperadamente de decirme que algo no encaja, pero, ante el aluvión de datos e información, no soy capaz de discernir qué es lo que provoca esa disonancia en mi cerebro.

Intento repasar qué se ha dicho que haya podido provocarme ese clic en la mente, pero son demasiadas palabras, demasiadas personas hablando, demasiadas historias.

En eso estoy cuando la puerta de la sala donde está Elena se abre de golpe.

La escucho venir corriendo hacia donde estamos y entrar.

—Señores, la reina lo ha vuelto a hacer. Tengo casi toda la información que necesitáis.

—¿Casi toda?

—Algo tendréis que hacer vosotros, ¿no, Diego? Pero de momento os aseguro que con lo que tengo tenéis faena para rato, y lo peor es que lo hemos tenido delante todo este tiempo. Sé quiénes son los asesinos, dónde mataron a las víctimas y cómo lo organizaron. ¿Preparados?