CAMINO #3
Lugar del hallazgo, la capilla del Asilo de San Antón, en Albacete.
Igual que en la otra residencia, primero rezan las monjas, luego hay misa a las nueve y en medio se encontraron al caballero.
Tomás Soriano, cincuenta y siete años. Padre y esposo autoritario, controlador y abusador.
Perteneciente a un grupo religioso católico extremista y lleno de fanáticos.
Cuando su hija cumplió dieciséis años, el señor llegó a la conclusión de que había sido poseída por el demonio, así que, a espaldas de la madre, que ya de por sí estaba bastante anulada,
decidió llevarla en distintas ocasiones al grupo religioso al que pertenecía para que la pobre fuese sometida a diferentes exorcismos.
Durante un año la llevó semanalmente para sacar al diablo de su cuerpo.
Lo que pasó allí nadie lo sabe, pero fue lo suficientemente horrible para que al cumplir diecisiete la chica entrara en un estado de psicosis absoluta.
Fue la hermana de la madre la que, viendo el estado de su sobrina, obligó a internarla en un centro psiquiátrico.
Lejos del alcance del padre, la muchacha empezó a mejorar, incluso contó algo, no mucho, de las cosas que le habían hecho.
La madre reaccionó, pidió el divorcio y una orden de alejamiento del padre para ella y su hija, que le concedieron.
Tras dos años ingresada, los médicos consideraron que estaba mejor y decidieron darle el alta, a pesar de que ella rogaba quedarse allí.
El mismo día que salió, se subió al terrado de la Torre La Pajarita, el edificio residencial más alto de Albacete, y saltó desde la planta veinte.
Murió con diecinueve años. La madre, Remedios Parral, intentó por todos los medios que condenaran a su exmarido por considerarlo el causante de todo.
Pero, teniendo en cuenta que cuando se suicidó era mayor de edad y que tampoco se pudo demostrar nada del tema de los exorcismos, solo se le acusó de maltrato psicológico en el ámbito familiar,
por lo que recibió una condena de seis meses y nunca pisó la cárcel porque se acordó que se sometería a tratamiento de reeducación.
Vamos, una mierda. Hasta aquí puedo leer, señores. Este ha sido el menú del día.
Como en las anteriores ocasiones en que Ali nos ha relatado la lista y detalles de los delitos de las víctimas, durante unos segundos se forma un silencio espeso en la sala.
Parece que tanta maldad convierte el oxígeno en algo más denso que cuesta respirar y digerir.
En mi cabeza sigue martilleándome el detalle de uno de los delitos, la negligencia médica.
Diego parece leerlo en mi cara y me pregunta.
—Eba, ¿qué era lo que querías que comentáramos?
—El caso del médico; nunca se llegó a iniciar un proceso judicial, por lo que nunca estuvo fichado. Eso lo cambia todo.
—¿Te refieres a que ya no hay un topo?
—El informante tiene que seguir estando, porque hay datos que ni el propio asesino o víctima de su delito tendría.
Lo que cambia es cómo los ha escogido. O bien el que pasa la información se limita a eso y hay otro que dirige al grupo, o son la misma persona, pero no puede haberlos escogido por los delitos, sino por otra razón y con otro método.
—En definitiva, o tenemos una rata dentro del sistema que ha montado su propia familia Manson o tenemos a una rata dentro y a otro tarado más fuera.
—Es un buen resumen.
—La cuestión, jefa: ¿cómo los ha elegido?
—Pues me gustaría responderte, Durán, pero no tengo ni idea.
—A lo mejor yo puedo ayudar con eso.
—¡Elena! —Soto se levanta y le da un abrazo, seguido de Ali—. Qué cara eres de ver, la que hemos tenido que montar para que vengas.
—Qué exagerado, si siempre estoy a un clic. Hola, Diego.
—¿Qué tal, Elenita? —Lo mira con cara de querer matarlo—. Es la costumbre, se me olvida que te has hecho mayor. Ven, que te presento al equipo de Barcelona.
Diego nos presenta a todos, mientras yo no puedo dejar de alucinar con que esa niña que no puede ser mucho mayor que mi hijo sea quien vaya a darnos las respuestas que necesitamos.
—Como veo que estáis jodidillos, cuanto antes me ponga al lío, mejor.
Necesito una sala para montar mi instrumental.
—Veo que solo lleva una maleta pequeña, ella se da cuenta y me lo aclara—: Esto es lo de mano, están subiendo el resto.
En un momento tendremos una mini NASA montada, ya verás qué flipe.
—Vente, que ya te he buscado una. —Soto la acompaña y salen.
Me acerco a Diego y discretamente y en voz baja le pregunto:
—Esta niña ¿es mayor de edad?
—Diecinueve, recién cumplidos, pero cuando veas lo que es capaz de hacer con un ordenador se te pasarán todas las dudas.
Todos se ponen a desliar cables y en poco rato entre monitores, servidores y teclados no sé si se parece a la NASA, pero a la CIA se la da un aire.
Olga y Jimena informan a Diego de que ya han llegado todos los cuerpos y que nos dirán algo cuando acaben.
En ese momento pienso que hay algo más que ha dicho Ali que ha hecho saltar mi alarma interior, pero no consigo recordar qué ha sido.
Puede que no fuese nada importante, pero algo me dice que sí lo es y que voy a tener el runrún en la cabeza hasta que consiga recordarlo.