Salvación, camino y otras mentiras CAMINO #2
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CAMINO #2

Mujer de cuarenta y ocho años que llega un viernes noche con fuerte dolor abdominal de varios días, que ya no le calman ni los analgésicos, con la mala suerte de encontrarse a este señor como cirujano de guardia.

Tras tres preguntas y palpar el abdomen determina que es un dolor ovárico debido, seguramente, a que la señora está ya en fase de premenopausia.

El marido le pide, si es posible, hacerle alguna prueba, a lo que el médico responde que el hospital no dispone de ecógrafo de urgencias, ni noches ni fines de semana, así que le pone un gotero con derivados de morfina y otros analgésicos y la deja en supuesta observación.

Según diría luego el marido, las palabras del médico fueron: «Le aseguro que tengo la suficiente experiencia como para saber que es un dolor propio de una mejor menopáusica».

Doce horas después, estaba muerta por perforación del apéndice y sepsis.

Una analítica hubiera bastado para ver que algo no iba bien, pero hay médicos, solo algunos, por suerte, que se creen dioses y su soberbia se llevó por delante una vida.

El marido, Jaime Antúnez, se arruinó, literalmente, pagando abogados y juicios, pero ya se sabe que entre bomberos no se pisan la manguera y nunca consiguió más que abrir una investigación al médico, que, sobre el papel, tenía un historial intachable.

—Entonces, ¿este no estaba fichado? —Ese dato me parece relevante.

—No, su asesino tuvo el detalle de dejarnos el DNI con una copia de la denuncia.

—¿En serio? Perdona, Diego, pero esto cambia el perfil. Sé que quedan dos víctimas más, pero me gustaría que volviéramos después sobre este asunto.

—Sin problema. Acabamos el repaso y lo hablamos. Continúa, Ali.

—El cuarto o, mejor dicho, la cuarta. Aviso que va a revolver tripas.

Encontrada en León, en la capilla de la Residencia de Ancianos de las Hermanitas de los Desamparados.

Las monjas se levantan a las seis, van a la capilla a rezar y a las siete empiezan a atender a los ancianos para llevar a misa a las nueve a aquellos que quieran.

A las 7:30 una de las hermanas volvió a la capilla a preparar las cosas para la misa y se encontró el cuerpo.

Cristina Fierro, treinta y seis años. Con veinte años tuvo a su único hijo, el cual fue diagnosticado con autismo severo de nivel tres, el más elevado.

No podía apenas comunicarse, cualquier cambio en una rutina o imprevisto producía una crisis que incluía autolesiones, gritos y agresividad y necesitaba asistencia para todo.

En lugar de buscar ayuda especializada, Cristina decidió que lo mejor para su hijo era vivir en el campo, así que se trasladaron a las afueras, cerca de un bosque.

El día de su décimo cumpleaños, Cristina le preparó su plato preferido, crema de setas que ella misma recogía del bosque.

Seis horas después, cuando el padre ya había llegado a casa de trabajar, el niño empezó a sentirse mal, con vómitos y descomposición.

La madre le dijo que se había pasado con las golosinas y que le habrían sentado mal; un rato después pareció encontrarse mejor y se durmió.

A la mañana siguiente estaba muerto. En la autopsia encontraron que en la crema había dos tipos diferentes de setas.

La mayor parte era Amanita caesarea o huevo de rey, una seta exquisita y con un sabor muy delicado, muy típica de la zona.

La malo es que también se encontró un pequeño porcentaje de Amanita phalloides u hongo de la muerte.

Para los no entendidos, lo de ir a buscar setas no es muy recomendable, ya que ambas se parecen muchísimo.

Este hongo, en concreto, está considerado el más peligroso para el ser humano.

Por el tamaño del niño, dos setas fueron suficientes para causarle la muerte.

—Entonces, fue un accidente, ¿no?

—El padre, Carlos Tallón, discrepaba, y yo también.

Esta mujer tenía cientos de libros en su casa sobre curar con plantas y medicina natural.

Su marido aseguró que era una experta en setas y que la había visto leer decenas de libros sobre el tema, aunque casualmente en la casa no se encontró ni uno.

Alegó también que ella no soportaba a su hijo y que en más de una ocasión en la que el chiquillo había tenido una crisis le había dicho que ojalá se muriera y que le estaba quitando la vida.

Lo repugnante es que si ella realmente sabía lo que hacía y, según el padre, todo apunta a que sí, tuvo una sangre fría de la hostia.

Los primeros síntomas ocurren sobre seis horas después de la ingesta y luego pasa a la fase de falsa recuperación.

La persona envenenada deja de tener síntomas mientras las toxinas del hongo van destrozando el hígado y los riñones, hasta que, finalmente, si no se recibe ayuda médica, fallece por fallo hepático y renal.

Es decir, que vio a su hijo morirse durante más de quince horas y no hizo nada.

Gracias a la insistencia del padre fue acusada, pero finalmente se dictaminó homicidio imprudente por negligencia leve. Multa de tres meses y para casa.

—Guau. —Soto está con la boca abierta—. Ahora quiero más a mi madre.

—Comparada con esta, hasta a la de Blancanieves; lo de la manzana fue más rápido.

—Completamente de acuerdo, Durán. Nos queda el último y luego nos vamos todos a por una manzanilla. Ali, por favor.

—Pues ya os digo que la cosa empeora, así que casi que añadimos una tilita a la manzanilla.