CAMINO
Me despierta el sonido del móvil, lo cojo y miro la hora: son las 7:45, pero no es mi teléfono el que está sonando. Es el de Diego, que está al otro lado de la cama.
—Inspector jefe Alcázar, dígame. —Veo como se pone blanco—. ¿Me lo puede repetir? Ordenen el traslado inmediato, vamos para allá. —Cuelga y me mira—. Cinco.
—¿Cinco qué?
—Han encontrado cinco cadáveres.
—No me estás tomando el pelo, ¿verdad?
—Ya me gustaría. ¿Avisas a tu equipo y yo al mío?
—Sin problema, pero hay un pequeño detalle que resolver antes. —Lo miro de arriba abajo por si lo pilla por sí solo, pero no—. Estás desnudo, Diego, en mi habitación, si aviso a los míos te van a pillar en calzoncillos, con suerte.
—Es verdad. Me he quedado tan alucinado que no he pensado en algo tan obvio.
—Hacemos una cosa. Te vistes, sales del hotel, te vas a casa a cambiarte de ropa y por el camino haces todas las llamadas. Yo me ducho y aviso a mi gente. Por mucho que corramos, los cadáveres no van a llegar antes.
—Vale. —Se calla un momento y, como si fuese el emperador del cuento, cae en la cuenta de que ambos estamos desnudos. Le veo formular mentalmente lo que quiere decirme—. Sobre lo que ha pasado, Eba, no sé si querrías hablarlo.
—Pues depende, si no hablarlo nos va a afectar para poder trabajar juntos, lo hablamos. Si somos dos adultos que se lo han pasado muy bien, pero que son capaces de separar lo personal de lo profesional, no creo que sea necesario.
—Entendido. —No sé si era la respuesta que esperaba—. Lo hacemos así.
Se viste todo lo rápido que puede y recoge sus cosas. Llama a un taxi para que le esté esperando en la puerta del hotel. Cuando va a salir, se para un momento, vuelve hasta la cama y se sienta a mi lado.
—Cuando salga por esa puerta seré un profesional, el inspector jefe Alcázar, que hablará de trabajo con la inspectora Salinas, pero, antes, quiero que sepas que ha sido una noche increíble.
—Me besa con una mezcla de ternura y pasión que hace que esté a punto de volver a quitarle la ropa y no dejar que salga de la cama, pero tenemos mucho trabajo que hacer, así que le dejo separarse de mí.
—Inspectora Salinas, la veo en un rato.
—De acuerdo, inspector jefe Alcázar.
Cuando sale por la puerta, se me congela la sonrisa.
Es verdad que he pasado una noche maravillosa, lo que no es tan cierta es mi pose de adulta.
Me moría de ganas de decirle que me encantaría repetir, que me parece un hombre fascinante y que, además del formidable sexo, había notado una química y una conexión brutales.
Pero ha ganado mi parte racional, la que me ha recordado que dentro de unos días tengo que volver a Barcelona, a mi casa, donde todavía me quedan muchos capítulos que cerrar y algunos nuevos por abrir.
Prefiero quedarme con el recuerdo de algo único y extraordinario que empezar algo que ya sé que tendré que dejar a medias.
Cumplo con nuestro acuerdo, me ducho y empiezo con las llamadas al equipo, hoy no tengo ganas de sorpresas al llamar a la puerta.
Durán y Anita me confirman que nos vemos en diez minutos en la puerta del hotel.
Jimena me dice que nos vemos allí, qué sorpresa.
Cuando entramos en la tercera planta, el ambiente tranquilo del primer día ha desaparecido.
Es todo un hervidero de gente que se mueve de un lado a otro, teléfonos que no dejan de sonar y un murmullo continuo de fondo.
Dentro de la pecera está Diego con Olga, Jimena y Soto.
—Buenos días a todos. ¿Qué está pasando ahí fuera? —pregunto mirando a Diego.
—Que ya no hay quien lo pare. Todos los medios están enterados y hablando de ello.
Los más comedidos dicen que somos una panda de incompetentes por permitir que un asesino mate a doce personas en nuestras narices.
Como se enteren de que no es uno, sino doce, piden nuestro encarcelamiento directamente.
—Déjalos que ladren, Diego. Nosotros a lo nuestro. Además, aquí tenéis todo un equipo para lidiar con la prensa.
—Sí, en eso están los pobres desde ayer, hoy ya la cosa se ha desmadrado.
—Y Ali, ¿dónde está? —No sé si preguntar a Jimena o a Diego, pero me contesta él.
—Está acabando de recopilar la información de los fallecidos, evidentemente estarán todos fichados.
—Disculpa, Diego, me acaban de comunicar que ya tenemos el cadáver de Ciudad Real. ¿Vamos, Jimena?
—Por supuesto.
—En cuanto tengamos algo, os vamos contando.
—Gracias, Olga.
Las forenses salen y entra Ali. El cruce de miradas lo deben haber notado todos, pero nadie hace el menor comentario.
—Ya tengo la información de los cinco cadáveres. —Ali teclea en el ordenador y la información aparece en pantalla grande—. Preparaos, que vienen curvas. Empiezo por la que ya tenemos en la sala de autopsias, hoy sí les he pasado los informes a las forenses por si les ayuda.
—Gracias, Ali.
—No hay de qué. Vamos allá. Primera víctima, Lola Campos, cuarenta y nueve años.
Encontrada en el Santuario de la Virgen de los Desamparados, en Villanueva de la Fuente, Ciudad Real.
No se molestaron ni en meterla dentro, es una zona alta, donde van muchos senderistas, y tiene un mirador en la parte de atrás.
La dejaron a los pies de la estatua de la virgen que hay en la entrada.
La encontraron unos excursionistas y ya nos contarán qué le han hecho, pero, al parecer, tenía la cara como un cristo.
—Querían espectáculo.
—Parece que sí, Eba. El delito en cuestión por el que fue procesada y absuelta se las trae.
Lola iba de copiloto en un coche que pegó un volantazo, se metió en el carril contrario y chocó de frente con otro en el que iba una familia.
La madre, el padre y una niña de doce años murieron en el acto, solo sobrevivió el hijo mayor, que entonces tenía diecisiete.
—Pero has dicho que iba de copiloto, ¿no? ¿Qué culpa tiene ella?
—Ahí es donde la trama se complica. El conductor del vehículo, que era su marido, también murió en el acto. Lo curioso es que su nivel de alcohol y drogas en sangre fue cero, mientras que ella casi hizo petar la máquina.
—Eso no es un delito.
—Eso no, pero provocar el accidente sí. El chaval superviviente aseguró que pudo ver cómo ella se echaba encima del conductor y cogía el volante.
Las investigaciones llegaron hasta el restaurante donde había cenado el matrimonio, que, aparte de grabar las botellas de vino que se pimpló ella, registró también una pelea monumental entre ambos.
Ella aseguró que antes de coger el coche ya habían hecho las paces y lloró desconsoladamente por lo que calificó como un despiste.
Aseguraba que le pareció ver que se cruzaba algún animal y quizás por eso él había reaccionado así.
Por mucho que el chaval peleó para demostrar que había sido ella, nadie le hizo caso.
Achacaron su confusión al trauma vivido y ella quedó libre sin cargos.
Ocurrió en 2013 y él siguió luchando hasta que en 2019 prescribió el delito.
Se llama Mateo Arganza y en este momento tiene treinta años.
—Bien, otro nombre que pasarle a Elena. Siguiente, Ali.
—Segunda víctima del día. Luis Blanco, cincuenta y un años. Encontrado en la Ermita de los Desamparados, en Rubielos de Mora, Teruel, también muy temprano. La alarma del sitio se activó sobre las seis de la mañana al forzar la puerta. Al llegar se encontraron al muerto sentadito frente a la virgen.
—¿Presunto delito?
—Cargarse a su mujer. Su noviazgo empezó como el de todos los psicópatas.
Él le abría la puerta de los sitios, le colocaba la silla y si podía respiraba por ella.
Los regalos y atenciones pasaron a los celos enfermizos y el control absoluto.
Jamás tuvieron una discusión en público, pero su familia y amigos veían cómo ella dejaba de arreglarse, siempre ponía excusas para no ir a las reuniones familiares, etc. Un aislamiento de manual, del que la única prueba era la palabra de ellos.
Un día llamó a su mejor amiga, le dijo que estaba muy mal, que mejor le contaba en persona, y quedaron en que iría a comer a su casa al día siguiente, pero nunca apareció.
Según la versión del marido, cuando él llegó a casa ella ya no estaba.
Faltaban su bolso, algunas cosas personales y una maleta con ropa.
Ella le había enviado un email diciendo que se marchaba, que necesitaba cambiar de vida y que, por favor, no la buscaran.
Su entorno aseguraba que él tenía acceso al correo de ella, pero no se pudo probar que hubiese enviado nada.
—Parece que se cansó y se fue, ¿no? ¿Por qué lo acusaron?
—Por varias razones. La primera, el testimonio del entorno de la mujer, que aseguraba que jamás habría roto la relación con ellos por más que quisiera dejarlo a él, la llamada que hizo el día antes a su amiga indicaba que algo no iba bien.
Todos los psicólogos que lo examinaron concluyeron que tenía un perfil narcisista con ciertos rasgos psicopáticos.
Por último, lo que fue su condena y a la vez su salvación: la empresa familiar era una funeraria con horno crematorio incluido.
La suposición es que la drogó con diazepam u otra benzodiacepina similar, la metió en el coche y la quemó viva.
Por más que registraron la casa, no encontraron ni una gota de sangre ni el más mínimo indicio de violencia.
Se sabía, pero no se puede condenar a alguien por tener cara de asesino.
Todos sabemos que eso de «sin cuerpo no hay delito» es una mentira como un templo y que si los indicios son suficientemente inculpatorios se puede condenar a alguien, aunque no se encuentre el cadáver. Pero es que no había nada.
—¿Sospechoso?
—Su madre murió, quedó su hermano, Iñigo López, de treinta y cinco años, que aseguró que no pararía hasta saber qué había pasado con su hermana.
—Elena va a estar ocupada. Siguiente.
—Venga, vamos a por la tercera, como las sevillanas.
Este es de los que tocan las narices porque hubiese sido muy fácil de evitar.
Encontrado en Cádiz, en la Iglesia de los Desamparados de Sanlúcar de Barrameda, preciosa, por cierto.
Igual que el anterior, forzaron la puerta de madrugada, saltó la alarma y se encontraron el pastel.
La víctima, Andrés Sigüenza, sesenta y un años, médico.