Salvación, camino y otras mentiras CAMINO #2
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CAMINO #2

A Diego y a mí nos dejan los que, según mi punto de vista, son los menos evidentes, el maltratador descuartizado de Igualada, la exprostituta y maltratadora infantil de Barcelona y el narco empresario de Atocha.

No tengo claro cuántas horas nos hemos tirado buscando información de cada uno.

En el caso de Virtudes Martorell, ambos apostamos por el hijo que se marchó y que tenía motivos de sobra para querer ver muerta a su madre, pero nadie sabe dónde está.

De la primera víctima, vuelvo a ponerme en contacto con la viuda y le pido por favor que nos cuente si, además de lo que le hizo a ella, sabe de alguien más que pudiese odiar tanto a su marido.

Niega saber nada, pero mi instinto me dice que no solo está mintiendo, sino que trata de proteger a alguien.

Uso el argumento que se me ocurre y le digo que no buscamos a esa persona, sino a alguien que está haciendo pagar a las víctimas por delitos de los que se han librado.

Entonces ocurre la magia. La pobre mujer empieza a llorar desconsolada y repite una y otra vez que ella no sabía nada.

Al parecer, el hombre había empezado a abusar de la hija de su hermana desde que esta tenía siete años.

Cuando la chica cumplió diecisiete, reunió el valor suficiente para contarlo a la familia, pero, en lugar de apoyarla, todos la tomaron por loca.

Su mujer no, ella sabía muy bien de lo que era capaz su marido y en aquel momento dio gracias por no haber podido tener hijos.

Pero pudo más el miedo y calló. Su sobrina, al verse rechazada y tratada como una mentirosa, sencillamente se marchó y no volvieron a saber de ella.

Consigo que me dé su nombre para poder buscarla: Beatriz Montes.

Me parece una candidata idónea. Nos llega el turno del Patrón y discernir a sus amigos de enemigos nos parece misión imposible.

Entonces recuerdo un dato y siento algo parecido a la esperanza.

—Antes de seguir, Diego. Estos crímenes son demasiado personales, viscerales, diría yo. Ningún miembro de la competencia del negocio, legal o ilegal, montaría semejante espectáculo. Le hubiesen pegado un tiro y ya.

—Estoy de acuerdo. Entonces, ¿dónde buscamos? De su entorno personal se sabe poco tirando a nada.

—Ali comentó algo de una asociación de madres que buscaban justicia porque lo acusaban de estar matando a sus hijos, ¿te acuerdas?

—Sí, pero precisamente eso, ¿no nos deja demasiadas candidatas?

—Tenemos que buscar si pasó algo excepcionalmente trágico relacionado con esa asociación.

Nos lleva un rato de investigación por la red, pero, al final, lo encontramos.

No fue la muerte de un chico lo que causó la disolución de la asociación.

Mercedes Soria estaba cansada de ver cómo su hijo se iba consumiendo.

La discoteca había abierto hacía poco y, cuando no llegaba a casa, sabía dónde estaba.

Una noche, después de una fuerte discusión porque ella no había querido darle dinero, y preocupada porque no volvía, decidió ir a buscarlo al famoso lugar.

Su hijo estaba en alguna parte, drogado como un zombi, pero no conseguía encontrarlo.

Como solo una madre sabría hacerlo, empezó a liar un auténtico griterío, con rotura de botellas y mobiliario incluido, pidiendo que le devolvieran a su hijo.

Nadie supo nunca de dónde vino el disparo, pero le atravesó el estómago a la pobre señora.

Murió desangrada en brazos de su hijo, en medio de la pista, no sin antes pedirle que se alejara de aquel hombre y de todo aquello.

Aunque fue una gran tragedia, nunca se encontró el arma ni al tirador, así que nadie pagó por ello.

Eso sí, su muerte sirvió para que su hijo dejara aquella vida y se hizo nada más y nada menos que misionero.

Tenemos un nombre: Jorge Gutiérrez. Cuando parece que todos tenemos información que compartir, Diego hace una señal para reunirnos, pero, antes de poder empezar a hablar, suena la llamada entrante de las forenses.

—Hola, chicas, se nos han pasado las horas volando. ¿Habéis podido hacer las autopsias?

—Así es, Diego. Ahora son cuatro manos y dos cerebros trabajando.

—¿Qué tenéis?

—Muchas cosas, pero la primera va a ser la más importante.

—Ya me da miedo preguntar, pero cuéntanos, Olga.

—A la sala de autopsias han llegado tres cadáveres sin el más mínimo signo de descomposición. Así que hemos supuesto que la muerte había sido reciente. Nada más lejos de la realidad. No habían sido congelados, pero nada cuadraba con un fallecimiento de horas.

—Cuando un cuerpo se mantiene en frío, se ralentiza la descomposición. Hemos supuesto que, aunque no habían estado congelados, sí habían estado en frío. Ahí ha sido cuando Olga se ha dado cuenta de las marcas de la espalda.

—No tiene mucho mérito. Es que tengo una perrita, un pastor del pirineo, es mayor y lo pasa muy mal en verano.

Ya sabéis lo que dicen de Madrid, que tenemos nueve meses de invierno y tres de infierno.

La cuestión es que, como lo pasa muy mal, aunque le deje puesto el aire acondicionado, le compré una esterilla eléctrica que, en vez de dar calor, da frío.

Así han conservado los cuerpos, con un aire acondicionado al máximo y colocándolos sobre una esterilla eléctrica de frío.

—Pero, si se han mantenido en frío, ¿eso no dificulta precisar la hora de la muerte? —Algo he aprendido de las horas junto a Jimena.

—Así es, Elisheba. —¿En serio? Yo a Jimena la mato por decirle mi nombre a Olga—. Pero fue precisamente la doctora Arribas la que publicó un interesantísimo estudio sobre cómo establecer la hora de la muerte en casos como este, a través del humor vítreo de los ojos.

—¿Nos lo explicas, por favor? —Creo que Diego ha pasado menos horas que yo con una forense.

—En casos en que factores ambientales como la temperatura puedan dar resultados erróneos del cálculo de la hora del fallecimiento, esta técnica es muy útil.

El ojo es más estanco y está menos expuesto, por lo que se toma una muestra del humor vítreo y se analizan los niveles de potasio, urea e hipoxantina, los cuales incrementan su concentración a una velocidad lineal y predecible tras la muerte.

Se introducen los resultados en un software creado por investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela y este te da la hora de la muerte.

—Vale, ¿y la hora es?

—La misma que el resto. Ya tenéis a siete asesinos que buscar.

No puedo decir que no me lo esperara, pero tenía la vana esperanza de que dejaran de aumentar los objetivos a perseguir. Cuando Olga y Jimena van a continuar con la explicación de las autopsias, Ali entra en la sala. No me había dado cuenta de que no estaba.

—Diego, tenemos un problema.

—Dime que no son más muertos.

—No, desaparecidos. He comprobado la lista con los nombres de posibles asesinos que me has pasado. Lo bueno es que creo que hemos acertado con todos.

—¿Y lo malo?

—Que todos llevan más de un mes en paradero desconocido, incluyendo el panadero de Galicia. Resulta que su ayudante es el que ha estado haciéndose cargo del negocio. Por lo tanto, es muy posible que sean ellos, pero no tenemos ni idea de dónde están ni de cómo encontrarlos.

El ángel que ha pasado por la sala se nos acaba de cagar encima a todos. Otro jaque. Le estamos echando un pulso a Kaspárov con un ajedrez de viaje y sin saber apenas cómo mover las fichas. Si no se nos ocurre una jugada maestra, parece que estamos a punto de perder la partida.