Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

—Bien, esta es la situación que tenemos. Si podéis contarnos algo más que hayáis encontrado en las autopsias, adelante.

—Tenemos tres hallazgos destacables, pero creo que, en vez de ayudar, solo corroboran que, quien sea, sabe muy bien lo que hace.

—Así es, Jimena. Primero los más evidentes.

Una media hora antes de morir, la víctima de Valencia recibió un golpe muy intenso en el hígado, si lo hubiesen hecho antes hubiese muerto por hemorragia interna masiva, en lugar de por el disparo.

Además, no recibió el golpe en cualquier sitio.

Si miramos el cuerpo por delante, el hígado está protegido casi en su totalidad por las costillas, excepto el borde inferior, que tiene un área expuesta de entre tres y cinco centímetros.

Un puñetazo en esa zona es lo que se conoce como gancho del boxeador.

Si se golpea el hígado en ese lugar, el nervio vago se activa inmediatamente como respuesta y produce una especie de reset que no suele durar más de treinta segundos, la persona pierde la consciencia y el tono muscular.

Pero, por las marcas que muestra el cadáver, creemos que el golpe se dio con algún tipo de barra de hierro, probablemente un bate metálico.

Por el material y la forma, la velocidad y fuerza que alcanzaría un golpe así equivaldrían a las de un impacto a unos 160 km/hora, lo más similar al impacto producido por el atropello de un vehículo.

Os va sonando, ¿no? Pero, al no ser con la mano, además del reinicio, produciría una ruptura con hemorragia interna, por eso no pudieron hacerlo mucho antes del disparo.

No obstante, aunque durase poco tiempo, el dolor y la agonía serían incalculables.

—Les están dando de su propia medicina, ¿no?

—Supongo, Durán. Lo que viene ahora no es apto para almas sensibles. ¿Te importa, Olga?

—No, por favor. Adelante, compañera.

—La víctima de Córdoba tenía más superficie amoratada que blanca. Además de haber sido utilizada como saco de boxeo, le introdujeron vía rectal una botella de cerveza, y no un quinto o… ¿aquí cómo lo decís?

—Botellín o botijo.

—Pues no de ese tamaño, sino de las de un litro. Una vez dentro, partió el cristal, así que mejor no os contamos el destrozo.

—No hace falta, a todos nos sobra imaginación.

—La tercera víctima, la de Galicia, también sufrió lo suyo. Le dieron de beber agua con ácido oxálico.

—¿Qué es eso, Olga?

—Perdona, Diego, es un limpiador soluble en agua templada, corrosivo y muy potente. Se utiliza para la limpieza profunda de madera, mármol o metal. Es de venta libre, así que rastrear la compra, descartado.

—¿Y no corrían el riesgo de cargársela antes de tiempo?

—Si lo hubiesen hecho a ojo, sin duda. Pero los resultados de laboratorio dicen que fue perfectamente calculado, le administraron 2,5 gramos, lo que le destrozó la garganta, el esófago, el estómago y parte de los intestinos; era la cantidad justa para provocar un dolor indescriptible durante horas,

como si se estuviese quemando por dentro, pero no para matarla.

—Muchas gracias, compañeras. Si habéis acabado y queréis venir para aquí, por nosotros, perfecto.

—Ahora iremos, gracias, Diego. —Se apaga la pantalla.

—Conclusiones, equipo. No tengo claro si el sadismo va en aumento o solo es una cuestión de elección del peón al que le toca llevar a cabo la ejecución. Lo que está claro es que las autopsias nos explican la historia, pero no nos dan nada de lo que poder tirar.

—Discrepo. —Todos los ojos se vuelven hacia mí—.

No nos ofrecen nada desde un punto de vista científico o material.

Se han asegurado de que no haya nada rastreable.

Pero hay algo que por más que uno se esfuerce en ocultar siempre sale a la luz: lo que sentimos en lo más profundo de nuestro ser.

Ocurre a través de lo que decimos, hacemos o no hacemos.

—Explícate, Eba, por favor.

—Con todas las autopsias que hemos visto, podemos tener claro que el modus operandi está relacionado con el delito cometido por la víctima y todos, cada uno a su modo, han sido torturados y han sufrido dolor físico, mucho. Todos, menos una.

—¿Quién?

—Virtudes Martorell. El daño que ella les hizo a sus hijos fue mental: abandono y venta de la primera y maltrato psicológico del chico.

Lo que tuvo que ver ese niño a diario debió ser demoledor según nos explicó Mariana, la compañera de piso y batallas de Virtudes.

Pero nos lo explicó ella, en la autopsia no había el más mínimo indicio de tortura o ensañamiento.

¿Cómo se tortura mentalmente a una mujer medio drogada por alguien a quien no conoce?

—Ni idea, la verdad.

—Explicándole que va a morir por lo que hizo y sabiendo que es su hijo quien está detrás de todo.

Como un fantasma del pasado que aparece para castigar y que además te dice que te va a matar por tu culpa.

Sin posibilidad de redención. Pero una madre, por mala que haya sido, es una madre.

Existe una resistencia biológica que hace muy difícil dañar a quien nos ha permitido respirar.

Por eso creo que Virtudes Martorell y su hijo son la clave de todo.

Lo difícil, obviamente, va a ser encontrarlo.

—Para eso se me ocurre una cosa.

—Dime, Soto.

—Elena. Si alguien puede encontrar un rastro es ella.

—Es una idea fantástica. Llámala, a ver cuándo puede estar aquí.

—Perdón. —Levanto la mano como una niña en el colegio—. ¿Quién es Elena?

—La mejor hacker informática que hemos tenido jamás.

Empezó como casi todos, liándola y metiéndose donde no debía, pero, cuando le ofrecimos cambiar de bando, aceptó.

Es muy Robin Hood y lo de hacer justicia es innato en ella.

Lo malo es que no es muy ortodoxa y a veces camina un poco por encima de la línea, pero tiene una inteligencia fuera de lo común y unas habilidades informáticas difíciles de encontrar.

Si alguien puede encontrar un rastro de esa gente es ella.

Soto cuelga el teléfono y vuelve a entrar en la pecera.

—Mañana a las diez estará aquí.

—Perfecto. —Diego mira el reloj—. Entre búsquedas y autopsias son más de las cinco de la tarde. Viendo que hasta que llegue Elena no vamos a poder avanzar más, ¿os parece si nos vamos a descansar?

—Vaya. —Jimena y Olga acaban de entrar por la puerta—. Ahora que llegamos nosotras se acaba la fiesta.

—Lo siento, Jimena. —Ha hecho sonreír a Diego, todo un logro—. Pero por hoy hemos hecho todo lo que podíamos.

—Todo no, algún alma caritativa habrá que lleve a cuatro catalanes a comer decentemente por Madrid. Acepto un mojito también. —Y le guiña un ojo a Alicia.

—Yo al mojito no, pero hambre hay y conozco varios sitios donde se come estupendamente. —Vaya sorpresa, el inspector jefe Alcázar es humano, come y todo—. ¿Os apuntáis alguno?

Todos dicen que sí, menos Olga.

—Uff, me encantaría, de verdad. Pero con este trajín tengo a mi pobre perrilla abandonada. A la próxima me apunto, seguro.

La comida pasa volando. El sitio donde nos han traído es una maravilla y se come divinamente.

Todos hacemos un esfuerzo por evitar hablar del caso y permitir a nuestros cerebros un poco de oxígeno.

Jimena, que sigue siendo la mejor en esto de socializar, deriva sutilmente el tema hasta entrar de lleno en el estado civil de cada uno; ya tiene lo que quería.

Ali está soltera, nos cuenta que rompió con su chica hace más o menos un año.

Bingo para Jimena. Soto lleva con la misma chica desde el instituto y, según dice, esperan casarse pronto.

Qué bonito es ser joven. Durán y Anita se declaran solteros y ambos esquivan el contacto visual conmigo.

Podría decir unas cuantas cosas al respecto, pero ambos cuentan con mi discreción, la cual, por cierto, no incluye a Jimena: se lo tengo que contar.

Cuando le llega el turno a Diego, se pone un poco serio.

Se divorció hace cinco años, tiene un hijo de doce años al que ve mucho menos de lo que le gustaría y de pareja tiene a su trabajo, que no le deja tiempo para más.

Me toca a mí. Por primera vez digo en voz alta que me estoy divorciando —ahora Anita y Durán sí me miran porque no tenían ni idea—, que es una separación amistosa y que tengo dos hijos adolescentes que me ignoran bastante.

Entre confesiones y risas, la sobremesa se ha alargado y son casi las ocho de la tarde.

—Bueno, chicos, ahora toca ese mojito, ¿no? —Jimena no pierde comba.

—Conozco un sitio donde los hacen muy buenos. —Parece que Ali se apunta—. Está al lado de mi casa.

Hasta yo he captado la indirecta de la ubicación escogida, por supuesto, mi amiga más, así que acepta sin pensarlo.

Durán y Anita se excusan con que están muy cansados y tienen ganas de llegar al hotel.

Seguro que sí. Soto también se va, el pobre dice que si no cena hoy con su novia lo de la boda va a ser imposible porque lleva días sin verla.

Así que, como no tengo ningún tipo de ganas de sujetarles las velas a estas dos, estoy a punto de esgrimir una excusa elegante cuando Diego se me adelanta.

—Venga va, me tomo uno con vosotras y para casa. ¿Y tú, Eba?

—Hecho, uno y a dormir. —También ha pillado la situación entre estas dos y me está echando una mano.

El sitio donde nos lleva Ali es chulísimo.

Está lleno de gente de nuestra edad y la música que suena es de nuestra época.

Creo que hemos acabado en un tardeo. Después del primer mojito, caen unos cuantos más.

El lugar es cómodo y acabamos bailando todos, hasta al jefe.

Como si fuese un exorcismo para quitarnos de encima tanto horror y muerte, nos dejamos llevar por el ritmo y el alcohol.

Son las diez y media de la noche y, cuando busco a Jimena, no la encuentro.

Diego se acerca y me habla al oído para que pueda oírle:

—No las vas a encontrar. Hace un rato que se han ido.

—¿En serio? Qué cabronas.

—Estaba clarísimo, Eba.

—Ya, ya he visto que no has querido dejarme sola con ellas.

—No ha sido solo por eso. —Aunque la música siga igual de alta, se ha acercado mucho más a mi oído y me ha recorrido entera un escalofrío—. ¿Pedimos un taxi y te acompaño hasta el hotel?

—Claro, lo que no sé es si me vas a tener que acompañar hasta la habitación, porque creo que nos hemos pasado con los mojitos.

—Sin problema.

El sitio está cerca y llegamos enseguida. Diego paga el taxi y se dispone a acompañarme.

—No le has dicho que te espere, luego a lo mejor no encuentras.

—Si algo hay en Madrid son taxis, tranquila.

Me cojo de su brazo y subimos en el ascensor, me acompaña hasta la puerta de mi habitación, pasa la tarjeta magnética y me la devuelve.

—Sana y salva, señorita. Misión cumplida. ¿Nos vemos mañana?

Estoy a punto de contestar que sí, pero en ese momento veo en sus ojos el mismo deseo de entrar que tengo yo de que lo haga, quizás esto sea como montar en bici y nunca se olvida.

Lo cojo de la corbata y lo acerco despacio hasta mi boca, por si aún se lo quiere pensar.

Cuando nuestros labios están a un milímetro, ambos apagamos el cerebro.

Nos besamos como si el mundo estuviese a punto de acabar.

Suavemente, pero con fuerza, me apoya contra la pared sin dejar de recorrer todo mi cuerpo con sus manos.

Mientras me besa el cuello, levanta un momento la vista y nos quedamos mirándonos a los ojos.

Por un segundo creo que se lo está pensando y que se va a marchar y me dejará con semejante subidón, pero, en lugar de eso, me abre de un tirón la camisa, llevándose por delante los botones, y con la pierna cierra la puerta. Empieza el partido.