CAMINO
Empiezan a sonar golpes relativamente fuertes y seguidos en la puerta de mi habitación.
Con un ojo abierto y el otro cerrado miro la pantalla del móvil.
Son las 7:58, por eso no ha sonado aún la alarma.
Como puedo, salgo de la cama y voy a abrir.
Jimena me va a pagar haberme quitado dos minutos de sueño sagrado.
Para mi sorpresa, a quien me encuentro al otro lado es a Diego Alcázar.
—Buenos días, Eba. Siento muchísimo esta intromisión en tu intimidad, pero me urgía hablar contigo. Te he llamado varias veces al móvil, pero no ha habido manera.
Es cierto. Ayer, con el cansancio, se me olvidó ponerle sonido.
Cuando he mirado la hora he visto veintisiete llamadas perdidas, muchas para ser consideradas como «varias».
Voy a decirle que entre, pero caigo en la cuenta de que apenas llevo un minipijama que enseña más de lo que tapa, aunque, total, ya me ha visto, y se le ve con urgencia de contarme lo que sea.
—Tranquilo, no pasa nada. Entra.
—En realidad, necesito que te vistas y reúnas al equipo. Tenemos tres cadáveres más.
—¿Cómo dices? ¿Tres? ¿Aquí, en Madrid?
—No, uno en Puente Genil, Córdoba; otro en Valencia y otro en Abades, Galicia.
—Madre mía, no nos dejan tiempo para poder investigar.
—Creo que esa es justo su intención. ¿Reúnes a los tuyos y nos vemos lo antes posible en la central? Tenéis los coches abajo.
—Ahora mismo.
No tengo tiempo ni de duchas ni de arreglos y el café lo pediré para llevar.
Jimena está despierta. Le explico rápido y me pide diez minutos para estar lista.
La siguiente habitación es la de Durán. Pico a la puerta y, cuando la abre, retrocedo un poco para asegurarme de no haberme equivocado de número.
Es la correcta, pero quien abre es Anita.
No sabe dónde meterse y su cara ha adquirido un tono rojizo de querer que la trague la tierra.
Me lo apunto mentalmente en la lista de cosas sobre las que hablar, pero no ahora.
Durán aparece por detrás con la misma cara de circunstancias que Anita.
Sin hacer ningún tipo de observación, les digo que en diez minutos tenemos que estar abajo porque salimos pitando hacia Canillas.
Debe ser que tanta adrenalina está provocando un subidón hormonal, porque yo empiezo a no entender nada.
Cuando llegamos, son más o menos las ocho y media, ya están todos allí, menos Olga.
—Jimena, Olga está esperando a que lleguen los cuerpos para que podáis empezar con las autopsias lo antes posible. ¿Sabrás llegar al edificio?
—Tranquilo, Diego. Sin problema.
Jimena sale y los demás, sin necesidad de orden alguna, entramos en la sala de cristal. Especialmente para los que hemos llegado tarde, Diego empieza a explicar:
—Bueno, señores, es obvio que nos quieren ocupados y se nos acumula la faena.
Gracias a que ya se ha comunicado a todos los cuerpos de seguridad del estado la investigación en la que estamos metidos, en cuanto han encontrado los cuerpos en entornos relacionados con la virgen en cuestión, nos han llamado y se ha solicitado su traslado inmediato en helicóptero hasta aquí.
Los compañeros analizarán igualmente los diferentes lugares, pero todos sabemos que no van a encontrar nada.
Lo bueno de las nuevas tecnologías y de que todos estén fichados es que sabemos quiénes son antes de llegar los cadáveres. Ali, por favor, ¿nos pones al tanto?
—Voy a ello. Antes de empezar, perdón por el tostón, pero es que son tres.
»El primero fue dejado a las siete de la mañana en el Santuario dos Desamparados de Abades, Pontevedra.
Solo dan misa el primer sábado de cada mes, por lo que estaba cerrada, aunque sí tienen alarma.
Cuando saltó el aviso y llegaron, la puerta había sido forzada y encontraron el cadáver de una mujer a los pies de la virgen.
La historia pone un poco los pelos de punta.
Susana Travanco, treinta y seis años. En 2016 mató a su bebé de seis meses.
Llenó el biberón con leche aderezada con diazepam y fluoxetina y se lo dio tranquilamente.
En 2017 la condenaron a doce años de cárcel, pena muy escasa, pero se utilizó la depresión posparto como atenuante.
De estos solo cumplió seis por una conducta ejemplar y quedó en libertad en 2023, aunque tenía que seguir con el tratamiento psiquiátrico.
—Podemos poner al padre del bebé como el primero de la lista, ¿no?
—Yo diría que sí, Soto. Sigo, que aún me quedan dos.
El segundo ha aparecido en Valencia, en la Real Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados.
Abren a las siete y media. Sobre las ocho menos cuarto, el cura ha visto entrar a alguien que llevaba a un hombre en silla de ruedas y se han colocado en el banco delantero.
El hombre ha pensado que estarían orando o haciendo tiempo para confesarse, así que ha seguido con sus preparativos.
Unos minutos después, ha salido y, al ver al hombre de la silla de ruedas solo, sentado en el banco, se ha acercado y se ha encontrado el percal.
La víctima, la más joven por el momento: Daniel Amat, veintiocho años, un niño rico al que sus papás le regalaron un coche superdeportivo con veinte años, con el que, en vez de meterse en un circuito, decidió correr y vacilar por el centro de la ciudad.
La mala suerte y su temeridad hicieron que se llevara por delante a una niña de ocho años que, tras dos días en la UCI, falleció a causa de las lesiones internas, especialmente las del hígado.
El pipiolo no pisó la cárcel porque su papi pagó a unos abogados de los de miles de euros la hora que consiguieron que fuese exculpado porque la niña había cruzado corriendo por donde no debía.
Me jode coincidir en algo con esta banda de asesinos, pero la verdad es que a veces la justicia en este país es una puta mierda.
—Hoy va de niños. Qué asco de gente, joder.
—Pues sí, Durán, pero como a todos los que la justicia les haya dado la espalda les dé por matar, va a quedar poca gente para contarlo. Queda uno más, ¿no, Ali?
—Sí, Diego, ya os digo que la cosa no mejora.
Tercera víctima, hallada en la Iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados, en Puente Genil, Córdoba.
Fue el último en ser encontrado porque la misa es a las nueve y el párroco no abrió las puertas hasta casi las ocho.
No vio entrar ni dejar a nadie, pero al salir de su oficina vio a alguien sentado en el primer banco del lado derecho, justo delante de la imagen de la virgen.
Cuando se acercó para decirle que faltaba más de una hora para la misa, vio que estaba muerto.
La víctima, por decir algo, era Sebastián Carrero, cuarenta y seis años, un empresario cárnico de la zona.
En 2016 fue acusado de violar y agredir a una niña de quince años.
La transcripción del juicio es una película de terror.
Las vejaciones, los golpes y todo lo que le dio la gana hacerle provocan escalofríos.
Pero el veredicto es aún peor, como sucedía y, por desgracia, aún sucede a veces, la juzgada fue la víctima.
La dejaron como una mentirosa, provocativa y demasiado liberada sexualmente para su edad y, a falta de pruebas, los abogados de la defensa la hicieron quedar como una loca que se había inventado todo eso porque el acusado no le hacía caso.
Él fue absuelto, ella intentó aguantar, pero dos meses después del juicio se suicidó.
Un mes después, murió también la madre, de pena, supongo.
—De acuerdo. Olga me acaba de comunicar que ya han recibido el cadáver de Valencia, los otros dos están de camino, pero empezarán a trabajar con lo que tienen.
Nos irán comunicando todo lo que vayan descubriendo por si algo nos ayuda.
Nosotros podemos ir trabajando sobre el enfoque que dio Eba ayer.
En estos tres casos creo que está clarísimo los que encabezan a los posibles sospechosos, pero en los cuatro primeros quizás esta más difuso.
¿Os parece si empezamos a elaborar una lista e intentamos localizarlos?
—Me parece perfecto, pero antes me gustaría decir algo.
—Me sabe mal interrumpir al jefe, pero creo que es importante—.
Sin darnos cuenta, estamos cayendo en la trampa que nos han puesto delante.
Hemos dejado de ver a los fallecidos como víctimas con base en los delitos que han cometido.
Y si hacemos eso perderemos la perspectiva.
Estoy de acuerdo en que desgraciadamente la ley y la justicia no siempre van de la mano.
Esas personas, supuestamente, cometieron actos horribles, unos más que otros, que causaron dolor.
Pero el sistema judicial existe por algo, se necesitan pruebas sólidas, no supuestos.
Es cierto que eso a veces deja culpables en la calle, pero cuando eso no se aplica ocurre algo aún peor: que inocentes acaban entre rejas.
En este país se nos da de muerte suponer y acusar.
Os recuerdo que en 2001 una mujer fue condenada a quince años de cárcel por un crimen que no cometió y contra la que no había ni una sola prueba.
Para los medios e, inevitablemente, para el jurado popular era más relevante su condición sexual que las pruebas para condenarla.
Para todo el mundo era una lesbiana perversa que había corrompido a una buena cristiana y, al verse rechazada, se había vengado.
Tuvo que morir otra chica para que el ADN y el modus operandi demostraran que era inocente, pero pasó diecisiete meses en prisión y le quedó siempre el sambenito de que cuando el río suena agua lleva.
Con todo este rollo quiero deciros que todos son víctimas y verdugos, tanto los fallecidos como los asesinos.
Debemos establecer la victimología de los asesinos para llegar hasta la persona que está realmente detrás de todo esto.
—Tienes toda la razón. No perdamos el objetivo de vista, chicos. Nos repartimos las víctimas y empezamos a buscar.
Tras las palabras de Alcázar, todos nos ponemos a trabajar. Hacemos grupos de dos: Durán y Ali, Soto y Anita y Diego y yo. Que vayamos contrarreloj no deja tiempo para charlas personales, pero mi mirada le deja claro a Durán que me debe una conversación.
Tenemos siete muertos y somos tres equipos.
Ali y Durán se encargan de la víctima de Valencia, el conductor, y la de Galicia, la madre que asesinó a su bebé.
Anita y Soto cogen al hallado en Córdoba, el violador, y el asesor financiero de Villaverde.