Salvación, camino y otras mentiras CAMINO #2
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CAMINO #2

Tenía unos niveles en sangre que no había visto jamás, y fue disuelta en agua porque hemos encontrado restos en su estómago, así que suponemos que no se la tomó por gusto.

La verdad es que el cálculo de las dosis tuvo que ser hecho por un matemático prodigioso.

Por lo demás, el mismo disparo, con la misma precisión y, por supuesto, coincido con la doctora Mirren sobre la hora de la muerte.

—Muchas gracias a ambas. Olga, ¿podrías acompañar a Jimena hasta aquí? En breve los llevarán al hotel porque supongo que necesitarán descansar. Todos lo necesitamos.

—Por supuesto, Diego. Ahora vamos para allá. —Y corta la comunicación.

El silencio es aún mayor que antes, pero en mi cabeza hay algo que no para de girar. Es cierto que estoy agotada, pero si me voy al hotel sin soltar lo que estoy pensando no va a haber manera de dormir.

—Con todo el respeto, Diego, pero creo que lo hemos estado planteando mal desde el principio.

—¿A qué te refieres?

—A que lo hemos estado tratando como cualquier homicidio.

Hemos buscado en su entorno, pero en ningún caso hemos encontrado a nadie que, a pesar de tener motivos, tuviera la oportunidad, y pienso que por ahí seguiremos dándonos cabezazos.

Lo realmente importante no es quién los mata, sino cómo saben a quién matar y cómo hacerlo.

—Perdona, jefa, pero no te sigo ni yo.

—La victimología está equivocada. Necesitamos hacernos dos cuestiones importantes.

La primera es cómo se hicieron esos cálculos.

Por ejemplo, en el tema de la escopolamina y la ketamina.

Las dosis eran milimétricas, pero lo eran para cada uno de ellos.

La segunda víctima, Virtudes Martorell, ¿qué podía pesar, cincuenta kilos?

, pero la primera debía rozar los ciento veinte.

No es una dosis perfectamente calculada, cada una de ellas lo es y para eso se necesita disponer de datos muy precisos, números que ni tu entorno más cercano conoce.

Lo he visto claro con el tema de la heroína.

Por ejemplo: Durán, hace más de una década que somos amigos, ¿tienes idea de cuánto peso o de cuánto mido?

—A ver, jefa, a ojo podría más o menos calcularlo.

—Ese es justo el problema. Que a ojo me hubieses matado por sobredosis.

—Entonces, Eba, estás diciendo que tienen acceso a información médica.

—No solo eso, Diego. Todos están fichados y conocen al dedillo por qué. Alguien debe tener acceso a esos datos.

—¿Estás hablando de alguien de dentro? —Diego se pone un poco en guardia, a nadie le gusta que le digan que tiene un zorro en el gallinero.

—Sí. Pero no solo la policía, son muchas las personas que dentro del sistema judicial podrían acceder.

—Lo malo es que eso aún complica más las cosas.

—Depende. Por eso he dicho que la victimología está equivocada. Los cadáveres son solo el medio. Las víctimas reales son los asesinos.

—Vale, Eba. —Ali tiene cara de no entender nada—. Ahora yo también me he perdido. ¿Cómo van a ser víctimas los asesinos?

—Porque los ha escogido a ellos, no a los muertos. Supongamos por un momento que se están marcando un Extraños en el tren.

—Perdone, inspectora, pero no sé de qué habla.

—A veces se me olvida que sois muy jóvenes, Anita.

Extraños en un tren es una película de los años cincuenta que dirigió Alfred Hitchcock, basada en una novela de Patricia Highsmith.

Dos extraños charlan en un viaje en tren y se cuentan lo jodidos que están cada uno por su parte.

Uno quiere quitarse de encima a la mujer y el otro, al padre.

Al final deciden intercambiar los asesinatos para tener una coartada perfecta para el crimen del que sí resultarían sospechosos.

—¿Está en Netflix? Ahora me he quedado con la intriga.

—Búscala, Durán. Lo importante de esa historia es que no son de verdad dos desconocidos.

Uno de ellos sí sabe quién es el otro, porque es un tenista famoso, así que ni el encuentro ni la propuesta son tan casuales.

Lo escoge porque sabe que tiene un problema parecido y que aceptará su ayuda a cambio de que le solucione a él también la papeleta.

Ahora, traigámoslo a lo que nos ocupa. De momento son cuatro muertos, por lo que tenemos cuatro asesinos.

¿Cuántas probabilidades hay de que, mínimo, cuatro desconocidos se encuentren por casualidad en algún sitio, que todos odien a alguien que ha burlado la justicia y que se pongan de acuerdo en cómo repartirse los crímenes y, además, monten toda la parafernalia que han montado?

—Pocas, muy pocas.

—Por eso nos tienen sin poder movernos. Si esto fuese una partida de ajedrez, cada vez que intentemos avanzar nos van a hacer un jaque.

—Entonces, ¿qué hacemos? De alguna manera podremos pillarlos, ¿no?

—Retrocediendo. Necesitamos ubicar al rey, e ir a por él. El resto solo son piezas que va a sacrificar para ganar la partida y, mientras, nosotros seguiremos dándole vueltas al tablero.

—¿Cómo lo hacemos?

—Tratando a los asesinos como a las víctimas, Soto. Los escogidos fueron ellos. Toda secta tiene un líder. Alguien que escoge, enseña y da órdenes. Esa es la pieza clave. Tenemos que coger el sospechoso más evidente de cada crimen y analizar su perfil como víctima.

—Me parece una gran idea, pero lo haremos mañana.

—Diego se levanta y con él, todos—. Jimena ya está en el edificio y tenéis los coches esperando para llevaros al hotel a descansar.

Mañana os recogerán sobre las ocho y media para estar todos aquí a las nueve y empezar a trabajar con el nuevo enfoque. ¿De acuerdo?

La verdad es que necesito una ducha y una cama como agua de mayo, así que no podría estar más de acuerdo.

El hotel está bastante cerca y ya nos están esperando.

No es un cinco estrellas, pero está limpio y bien equipado.

Tenemos cada uno su habitación, cosa que agradezco.

Los quiero mucho, pero mi momento de intimidad y soledad no es negociable.

Ninguno quiere cenar, ha sido un día agotador y estamos todos deseando pillar la cama.

Van entrando cada uno en su habitación y quedamos Jimena y yo.

—¿Y mi mojito?

—Muchas ganas tienes tú de cachondeo, Jimenita. Me lo apuntas en la cuenta, que hoy no puedo con mi vida y, por cierto, mañana tú y yo tenemos que hablar.

—¿De qué? —Lo sabe perfectamente.

—No te hagas la loca, que nos conocemos. ¿Tú no te sabes eso de «donde tengas la olla no metas…»?

—Menos mal que yo solo tengo olla. —Se ríe y aprovecha para el contrataque—. El que tiene algo más que un puchero es Alcázar.

—¿Y? ¿A qué viene eso?

—Que nos conocemos las dos. La Alicia esta tiene un buen meneo, las cosas como son, y un dulce no le amarga a nadie, pero también te he visto la cara de pánfila que se te ha quedado al verlo.

—¿Qué tenemos? ¿Quince años? Es guapo, no te lo voy a negar, pero estoy aquí por trabajo.

—Ya, ya. Cuando toque el mojito, que siempre te suelta la boca, lo volvemos a hablar.

Le saco la lengua como toda respuesta y me meto en mi habitación.

En todos estos años, como soltera convencida que es, la he visto coquetear miles de veces y la mayoría le salen bien.

Yo llevo demasiados años fuera del partido como para pensar en ponerme a jugar ahora.

Es totalmente cierto que es alguien a quien me quedaría mirando en la calle, pero no tengo tiempo de recordar cómo se jugaba a esto; ahora mismo hay cosas mucho más urgentes.

Después de una buena ducha, me meto en la cama.

Estoy rendida y, aunque me crujen un poco las tripas, prefiero dormir a comer.

Sin embargo, no lo consigo. Hay dos ideas que no dejan de darme vueltas y que me impiden conciliar el sueño.

La primera es que alguien que se ha molestado en organizar semejante tinglado no se va a conformar con cuatro víctimas.

La segunda es infinitamente peor. Mi instinto me dice que el zorro está mucho más metido en el gallinero de lo que pensamos.

Un asesino en serie es malo, muy malo, pero si encima es policía es el infierno en la tierra.

No tengo ningún sospechoso, nadie del equipo de Alcázar me resulta posible, pero ahí hay mucha más gente trabajando.

Mañana observaré al resto. Si hay un lobo entre nosotros pienso quitarle el disfraz de corderito.

Entre zorros, lobos y corderos, me quedo dormida.